Feminismos
Sara Ahmed: “La felicidad es una técnica para dirigir a las personas”

Sara Ahmed, escritora feminista y académica independiente, lleva años investigando los mecanismos institucionales que dificultan e impiden que las quejas por sexismo, racismo o acoso sean escuchadas y atendidas.

Sara Ahmed
Sara Ahmed, durante la entrevista con El Salto. Víctor Serri

Con el estallido del #MeToo se nos alertó de lo peligroso que resultaba que las mujeres se tomaran la justicia por su cuenta. Una y otra vez se dijo que señalar públicamente al agresor suponía empezar una caza de brujas feminista. El subtexto de esta reacción era simple: las mujeres se estaban quejando donde no tocaba, y lo estaban haciendo de una forma que no era la correcta. ¿Por qué no acudían a la justicia? ¿Por qué no respetaban los protocolos? ¿Por qué se empeñaban en armar un escándalo?

Sara Ahmed (1969, Inglaterra), escritora feminista y académica independiente, lleva años investigando los mecanismos institucionales que dificultan e impiden que las quejas por sexismo, racismo o acoso sean escuchadas y atendidas. En junio de 2017 empezó a trabajar sistemáticamente esta cuestión dentro del entorno universitario, después de dejar la dirección del Centro de Investigaciones Feministas de Goldsmiths, en la Universidad de Londres, en protesta por los problemas que tuvieron algunas estudiantes para denunciar múltiples situaciones de acoso sexual.

Desde que publicó La promesa de la felicidad (Caja Negra, 2019), hace ya una década, Ahmed se ha interesado por explorar cómo las reclamaciones feministas, antirracistas y LGTBI, al hacerse públicas, se transforman en interrupciones del bienestar colectivo. Así nació la figura de la “feminista aguafiestas”, que Ahmed utiliza para señalar que el feminismo no tiene por objetivo arruinar la felicidad de los demás, como tantas veces se le ha achacado, sino denunciar que la idea misma de felicidad es un instrumento ideológico que perpetúa la desigualdad.

¿Por qué es tan importante romper el silencio?
“Romper” es una buena palabra para describirlo, porque nos enseña cuánta violencia puede ser necesaria para alumbrar ciertas informaciones. Se utilizan muchos métodos para impedir que sepamos qué está pasando, sobre todo se les dice a las víctimas de acoso que no deben confrontar ese problema porque hacerlo podría perjudicarlas.

¿Se las amenaza con la infelicidad (la suya y la de los demás)?
Muchas veces, al menos en el contexto británico, cuando hay un problema, la universidad exhibe todas las políticas y protocolos que tiene establecidos: políticas sobre desigualdad, políticas sobre acoso, políticas sobre dignidad en el trabajo… Un montón de políticas que usan como escaparate: “Oh, mira lo que estamos haciendo”, “oh, mira, estamos trabajando en un ambiente más inclusivo”. Es como si dijeran: si tenemos las políticas, no tenemos el problema. Y esto es precisamente una forma de usar la felicidad institucional: crean la impresión de que se está trabajando para solucionarlo, y así evitan tener que hacer algo al respecto. Con su acción oscurecen las inconsistencias, la infelicidad, la violencia, la injusticia y el trauma, y todo ello lo hacen bajo el signo de la felicidad.

De hecho, en La promesa de la felicidad llegas a afirmar que la felicidad es la posición por defecto de los oprimidos.
Se nos ha dicho que la felicidad es aquello que debemos querer, que una buena vida es una vida feliz. Y para mí lo interesante no era preguntarme en qué consiste esa felicidad, sino dónde está localizada, ya que siempre está asociada con vivir la vida de una cierta manera: casándote, formando una familia, estudiando una carrera… Ya desde el principio, desde los cuentos de hadas y las historias para niños, se nos dice que para ser felices tenemos que hacer unas cosas y no otras. Y estas cosas se convierten en bienes que dirigen a la gente a través de unos caminos muy concretos. La felicidad, como promesa de vivir de una determinada manera, es una técnica para dirigir a las personas.

Aprovechar la infelicidad como herramienta política, ¿en esto consiste ser una feminista aguafiestas?
Lo interesante de la figura de la feminista aguafiestas es que aparece en una situación difícil, encarna un estereotipo feminista: es la que parece interesada en arruinar la felicidad de los demás. Pero en ningún caso el proyecto consiste simplemente en hacer a la gente infeliz, sino que pasa por decir: si atender al racismo y al sexismo te hace infeliz, entonces causaremos infelicidad; si la gente nos amenaza con la infelicidad, nosotras no nos vamos a detener; si creemos que la broma es ofensiva, no nos vamos a reír simplemente para hacerte sentir mejor. Te diremos: eso no está bien. Para. No estamos de acuerdo con eso. Por supuesto, puede haber consecuencias. El proyecto sobre las quejas en el que he estado trabajando muestra que estas son aún más graves cuando te enfrentas sola a este proceso, por lo que ser una feminista aguafiestas tiene que ver también con construir colectivos para apoyarse las unas a las otras, porque es difícil ser la causa de la infelicidad de los demás.

En Vivir una vida feminista (Edicions Bellaterra, 2018) hablas de la importancia de tender puentes entre la calle y la academia, pero cierto lenguaje técnico puede convertir la teoría feminista en un espacio elitista. ¿Se puede salvar esta distancia?
El feminismo está donde se necesita que esté y, de hecho, necesita estar en todas partes. La universidad es una de las instituciones donde se transmite el conocimiento, y resulta absolutamente central que esté allí, impidiendo que solo se produzca la transmisión de valores blancos, occidentales y patriarcales. Pero esto no significa que debamos usar siempre un lenguaje académico, como tampoco significa que el feminismo empiece y acabe en la universidad.

Creo que la teoría feminista está en lo que hacemos cuando vivimos nuestra vida de una manera feminista, y sé que mucha gente —también la gente que nunca ha ido a la universidad— encuentra en los libros aquellos recursos que le permiten dar sentido a lo que le pasa. Una de las ideas más importantes de la segunda ola de feminismo, de los años 70 en particular, era la idea de concienciación: darnos cuenta de que lo que nos pasa a nosotros también les pasa a otros y tener palabras para describir nuestra experiencia.

El feminismo tiene que ver con abrir una puerta, y esto significa permitir a otros encontrar algo en esa palabra

¿Crees que es necesario que el feminismo se haga un lugar dentro del mainstream? A diferencia de lo que defienden autoras como Jessa Crispin, ¿el feminismo pop puede favorecer la lucha de las mujeres?
Entiendo que hay muchas críticas a cierto feminismo neoliberal, centrado en ser feliz y maximizar tus posibilidades. Un tipo de feminismo que no habla de estructuras y desigualdades, y que ve este movimiento como una forma de autopromoción. Debemos ser críticos y cuestionar el uso del feminismo en estas técnicas. Pero, aun así, lo cierto es que nunca sabes cómo la gente puede comprometerse políticamente y verse motivada a cuestionar el mundo en el que estamos. La palabra “feminismo” está llegando cada vez más lejos, sí, y es cada vez más promiscua. Pero tiene muchos efectos que no podemos conocer por adelantado, y caeríamos en cierto elitismo si dijéramos que “nuestro feminismo es genuino y real, mientras que tu feminismo es superficial y de camisetas”. El feminismo tiene que ver con abrir una puerta, y esto significa permitir a otros encontrar algo en esa palabra.

Quizá una prueba de la fuerza del movimiento feminista es la reacción antifeminista que acompaña al auge de la extrema derecha. 
Desde mi posición y experiencia es algo que he visto muchas veces: siempre que hay posibilidades de avanzar para el feminismo, de no seguir reproduciendo los mismos modelos, se produce una respuesta antifeminista. Sucede también en las universidades progresistas a través de la burla: se desprecia el feminismo como algo pasado de moda, como “políticas de la identidad” o simplemente como algo poco importante frente a lo realmente importante.

Hay muchas formas en las que se sugiere que el feminismo no es legítimo, científico ni inteligente. Pero la narrativa de la extrema derecha se basa en la descripción de lo que significa la existencia humana, ser hombre y mujer, definen lo que es importante y lo que debemos transmitir, y por eso el feminismo se ha convertido en un enemigo para estos modelos. Vuelven a las ideas de la supremacía blanca y la heteronormatividad como lo correcto, como lo que hay que hacer porque es lo natural.

Aquí lo que estamos presenciando, además, es que hay un sector de la izquierda que considera que las demandas feministas y LGTBI no responden a problemas materiales, ni preocupan a la clase obrera. ¿Qué lugar crees que juegan estos discursos dentro del panorama político y qué daño pueden llegar a causar? 
Es un problema muy serio, y también está ocurriendo en Reino Unido. Hace poco tuvimos una experiencia que refleja esto a la perfección: después de conocerse un caso de violación dentro del Partido Socialista de los Trabajadores, lo que se hizo fue intentar silenciar el caso alegando que había que priorizar los intereses del partido. Para restarle importancia, se dijo además que era algo común, que sucedía en otros partidos. Es decir, la cuestión de la violencia sexual se tapó porque supuestamente era algo que no preocupaba a los trabajadores.

Este discurso califica el feminismo como una forma de promoción personal, y aunque en Estados Unidos el tema de las políticas de la identidad está muy extendido entre la derecha, lo problemático es que, al menos en Reino Unido, desde hace cinco o seis años es la izquierda la que piensa que el feminismo es una distracción para los objetivos reales. Es agotador, y hemos invertido demasiado tiempo en estos debates porque pensábamos que estábamos en posiciones cercanas, pero ahora creo que lo mejor que podemos hacer es ignorarles. Hace ya tiempo que tanto el feminismo radical como el movimiento antirracista demostraron que la raza, al igual que el género, operan directamente sobre cuestiones materiales y originan desigualdades.

A veces, como feministas aguafiestas, corremos el riesgo de ignorar otras demandas porque creemos que pueden arruinar “nuestra fiesta”. Lo hemos visto con la creciente reacción antitrans. ¿Cómo podemos mantenernos alerta para saber si estamos siendo parte del problema? 
Para mí está siendo algo muy difícil. Prefiero describirlo no como una corriente del feminismo radical, sino como una campaña de odio y discriminación contra las personas trans, que son justamente a quienes más tenemos que cuidar. Gran parte del trabajo que tenemos por delante es pensar cómo es posible que esté ocurriendo esto justo ahora: una vuelta a un discurso esencialista sobre lo que significa ser hombre y mujer, con ataques que hacen referencia a características físicas.

Aunque pienso que el feminismo puede avanzar en muchas direcciones, hay límites, y ahora hay que decirle directamente a quien esté en una de esas campañas: eso no es feminismo. También lo que nos están indicando es que debemos estar alerta con el uso de la palabra “feminista”, para que no se tergiverse su significado, al igual que ocurre con la “diversidad”: vemos que el feminismo corre el riesgo de convertirse en un escaparate para dar la apariencia de algo radical.

¿El papel de feminista aguafiestas puede ser también asumido por los hombres? 
Se está utilizando mucho en redes y medios el concepto de masculinidad tóxica, pero hay mucho más trabajo que hacer y tenemos que tomárnoslo como algo importante. Sobre todo, hay que mirar hacia la norma y asegurarnos de atacar en esa dirección, pensar en todas las posibilidades en las que se puede ser un hombre, una mujer, o no ser ninguna de las dos cosas. Por ejemplo, lo que yo veo en la última campaña de Gillette no son advertencias a los hombres sobre cómo deben comportarse, ya que eso sería muy reductivo: es un anuncio sobre libertad.

Sin embargo, la reacción da miedo. Nos hace pensar en cuánto queda por hacer y por qué cuando hay pequeños intentos la respuesta siempre es la misma: no, los hombres tienen que seguir siendo hombres. Y por eso creo que la respuesta es sí: dejar de reproducir las restricciones de género es un trabajo de todos. 

Sin embargo, eso no significa que los espacios no mixtos no sean necesarios. Si todo lo que se aprende en la universidad son estudios del hombre, no basta únicamente con introducir estudios sobre el género: también necesitamos estudios sobre la mujer, y con mujer me refiero a todas las que se reconocen como tal. Esto es muy importante: tener espacios seguros para aquellos grupos minoritarios que están intentando vivir lo mejor que pueden en espacios de opresión.

Para aliviar esos momentos en los que nos preguntamos si nos estamos complicando la vida más de lo necesario has inventado el kit de supervivencia de la feminista aguafiestas. ¿Qué es esta herramienta? 
La historia de esta idea es graciosa porque surgió pensando en mi viejo bolso, con el que cargo siempre, totalmente andrajoso y sucio, pero es mi compañero y le tengo muchísimo aprecio. El kit de supervivencia feminista es también un lugar donde poner cosas y al que poder recurrir en los momentos difíciles. En el mío hay muchos libros feministas, me han servido de salvavidas y siguen haciéndolo; por supuesto también está mi perro y Audre Lorde.

Cuando te das cuenta de que el mundo es un lugar que no está construido para alguien como tú, este kit se convierte en un deber político. También es necesaria la solidaridad, las conexiones con los demás y los cuidados. Nuestra forma de luchar contra las estructuras no depende tanto del cómo, sino de con quién compartimos esta batalla. Ese ‘nosotras’ también está en el kit de supervivencia.

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8 Comentarios
phdezarias@gmail.com 18:03 8/6/2019

Excelente abordaje en la entrevista a Sara Ahmed muy a tono con la reciente denuncia de las estudiantes de Derecho en la UCR sobre abuso y acoso sexual, aunque difumina la relación de la opresión de la mujer con las sociedades de clase y en particular con la del capitalismo y la sociedad burguesa actual en crisis agónica.
También esta el plano de lo micro social que no debe separarse del enfoque social que toca Ahmed,en donde debería haber un " ...Párela con eso, no estoy de acuerdo con eso, aunque haya consecuencias..." El argumento de "asi son los hombres", es contra corriente reclamar que se haga la vasectomía, o entienda que es una RE lacion y se venga afuera, o que use el condón etc, y por eso mejor tomo pastillas aunque jodan mi metabolismo o espero tener la pastilla del día después u otras de último recurso y disfrazo esto en razón de la felicidad mía y de la relación, con un supuesto ejercicio de empoderamiento. Soy empoderada porque en la desigualdad me defiendo adaptandome, acoplandome a lo que existe: la desigualdad, el no respeto del derecho de la mujer a decidir sin tener la espada de Damocles del embarazo encima. Y claro que a todos los recursos anticonceptivos deben tener derecho las mujeres y hasta el derecho al aborto legal, pero por qué todo el peso recae en el lado de la mujer? Los hombres nos lavamos las manos y ellas se adaptan en la angustía de buscar cual recurso defensivo pueden utilizar, casi todos afectando su salud integral corporal y emocional. Diran que asi hay felicidad de las dos partes. No se. Creo que que eso lleva a relaciones toxicas basadas en un refuerzo del individualismo, sumisión, opresion, alienacion y no en la realizacion de facultades, respeto y comprension entre dos.
Pablo Hernández A

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#34748 18:46 24/5/2019

Prefiero la teoría de género, perspectiva de geénero y conciencia de género que de feminismo... debemos incluir a los hombres para replantearnos esas construcciones teleológicas de felicidad! diversificar los medios para ciertos fines, los referentes y modelos que discriminan, violentan y excluyen. El sistema mismo nos hace complices y reproductores; aun cuando empecemos a ser conscientes y sensibles no hemos creado las opciones reales, factibles de justicia. Pues el patriarcado es cómplice del capitalismo que de modo desigual e injusto distribuye los medios materiales asociados a simbolos de reconocimiento y jerarquias.

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Lilith Silva 5:00 25/3/2019

Que belleza!

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#31983 24:47 21/3/2019

Miedo es lo que dais. Fanatismo? Una suerte de dogma irrebatible? Miedo, mucho miedo es lo que da este tipo de posiciones que tienen más que ver con el fascismo que con una verdadera liberación

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#34749 18:52 24/5/2019

Para evitar posturas o interpretaciones como la tuya, es preferible hablar de género; es una categoría más incluyente. Aunque no comparto tu lectura del texto arriba mencionado, entiendo la realidad de estas criticas o emociones sobre el feminismo. Me preocupa que dicho movimiento no llegue hacia donde planeaba por desprestigio; la idea es justicia... debemos replantear la estrategia y no repetir la violencia de otra manera.

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Gatúbela 10:20 22/3/2019

Un comentario que lo único que aporta es la ignorancia sobre el significado del feminismo y del fascismo.
Típico de quien cree que la libertad de expresión implica libertad de odio. 🤦🏻‍♀️
Aporta o aparta.

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#31937 25:17 20/3/2019

La "felicidad" institucional es falsa en todos los sentidos, y enfrentar esa falsedad es la forma de combatirlo.
Amargarse la vida e intentar hacerlo con la de los demás, y ser tan imbécil de tomarlo como un indicativo de que se está avanzando, es autodestructivo y contraproducente para llevar a cabo un cambio real más allá de servir los intereses del capital para la nueva fase que se avecina.
Denunciar y no callarse es lo correcto, pero permanecer en la amrgargura es contrarrevolucionario.
Hay que construir una vida feliz, realmente digna de ser vivida y ni la mentirosa felicidad del sistema, ni el desasosiego permanente del feminismo nos acercan a ella

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#31886 12:07 20/3/2019

No lo es menos que la ideología de género

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