Ivan Montemayor: “Se menciona poco que detrás de cada desahucio hay un juez que habilita que ese drama ocurra”

En su libro 'Policía, tribunal y cárcel', este investigador analiza los intereses que dan sentido a la policía en la sociedad de hoy, el sesgo del poder judicial y la criminalización de la pobreza que supone el sistema penitenciario.
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Ivan Montemayor, autor de Policía, tribunal y cárcel: crítica del sistema penal. Foto de Frederic Sala.
19 may 2026 05:11

Ivan Montemayor Delgado (1993) es criminólogo y doctor con una tesis sobre la criminalidad contra los derechos de los trabajadores y el capitalismo de plataforma. Ha publicado este 2026 el libro Policía, tribunal y cárcel: crítica del sistema penal en el que explora cuáles han sido las funciones reales de esta “parte opaca del estado” que no siempre se quiere mirar ni describir abiertamente. Posteriormente, reflexiona sobre qué tendría que hacer la izquierda con estas tres instituciones en tiempos de discursos securitarios y punitivistas, pero sobre todo, quiere ser una aportación a un tema del cual la izquierda no supera muchas veces los lugares comunes ante las falacias de la derecha y sus altavoces mediáticos voluntarios e involuntarios.

¿Por qué este libro?
Mi objetivo es tratar unos temas muy “cafeteros” del mundo de la academia y de la criminología crítica que ya había trabajado durante el máster y el doctorado. Mi intención era llevarlo a un público más amplio, que pudiera servir de referencia a la gente que milita o que se plantea cómo hacer políticas públicas en el campo del sistema penal. El sistema penal sería el conjunto de la policía, los tribunales y la prisión. Digo tribunales y no justicia. Creo que se hace muchas veces teoría política sin contar con elementos que son centrales en la construcción de los Estados. Son tan centrales que una de las primeras instituciones nacionales españolas que se crean con la construcción del estado liberal es precisamente la Guardia civil en 1844.

¿Cómo definirías históricamente la policía?
Si nos fuéramos muy muy atrás, la propia raíz griega de la palabra policía tiene que ver con polis, con la ciudad, y para los griegos la policía era la gestión del ámbito urbano, de la ciudad. Con el tiempo, el término se va utilizando para referirse a lo que en inglés se llama policies, es decir, las políticas públicas que llevan a cabo los ayuntamientos en nombre del rey. Si miramos, por ejemplo, lo que era la policía en muchos aspectos tenía que ver con la gestión, por ejemplo, de los alimentos. Existía la policía de la almendra, la policía de la harina... se trataba de conseguir las condiciones mínimas suficientes para que la vida en la ciudad fuera posible. Curiosamente esto lo mantenemos con la policía portuaria que se encarga del control de las mercancías. Por lo tanto, esto es importante, no había diferencia entre policía y economía, formaban parte de la misma disciplina que se llamaba cameralismo.

¿Cuándo empieza a mutar esto?
Hay un cambio fundamental, y esto lo vemos en gente que reflexiona sobre la policía como Adam Smith, que es uno de los últimos cameralistas y uno de los primeros economistas políticos, que es que el ámbito policial pasa a ocuparse de la gestión de la pobreza y la disciplina social. Y esto tiene que ver con el paso del feudalismo al capitalismo. Es decir, que la policía se tenga que encargar de unas nuevas funciones, y aquí es donde aparece la policía, tal como lo entendemos, como un cuerpo diferenciado, como un cuerpo que se inspira de alguna manera en los cuerpos militares, con sus rangos, con sus estructuras, etc. Algunos ejemplos: la policía metropolitana de Londres es de principios del siglo XIX, igual que la policía nacional en el estado español, o que la ya mencionada Guardia Civil. El caso de los Mossos d'Esquadra sería diferente, pero la policía, tal y como la entendemos en términos modernos, aparece con el nacimiento del capitalismo donde se encierra a una cantidad hasta entonces nunca vista de pobres y desposeídos con los enclosures. Es la era de los grandes cercamientos. 

Dices que la policía se constituye fundamentalmente como represora en su nacimiento, en el siglo XIX. ¿Y qué es hoy en día?
Como elemento represor en el sentido de fabricación del orden, que dice Mark Neocleous, y de mantenimiento de ese orden. Es un gran mito que la policía lo que haga es defender la ley.

¿A qué te refieres?
Hay muchos tipos de leyes. La regulación de los alquileres es una ley, también. Las leyes laborales son leyes, pero a nadie se le ocurre avisar a la policía cuando tienes un accidente laboral, sino que vas a inspección de trabajo o a otras instituciones. Lo que hacen es el orden en el sentido del orden en el espacio público. Por ejemplo, Robert Peel, cuando funda la policía metropolitana en Londres, habla de law and order. Y este orden, al final, tiene que ver con la circulación de mercancías, con el mantenimiento del orden del capitalismo en el espacio urbano.

Entonces, sería represor de todo aquello que pueda cuestionar dicho orden.
Claro, y esto lo mantienen. Hay una teoría que aparece en una revista que se llama The Atlantic, que es la teoría de las ventanas rotas. Esta teoría la adapta Rudy Giuliani, el alcalde de Nueva York, y es la teoría según la cual una ventana rota de un coche o un graffiti son elementos que provocan desorden y que los elementos urbanos, sobre todo muy visuales, harán que posteriormente haya delincuencia. Por lo tanto, es curioso que los elementos más conservadores de la criminología o de las ciencias policiales, de pe a pa, dicen lo mismo que los creadores de la policía como Robert Peel: que la policía lo que tiene que hacer es perseguir el desorden.

¿A qué se refieren con el desorden?
Cuando hablan de desorden están pensando en cosas muy concretas, están pensando en los sintecho. Por ejemplo, la teoría de las ventanas rotas dice que el primer vagabundo es la primera señal que vendrán nuevas formas de delincuencia organizada. Es decir, que cuando veas a alguien mendigando ponte a temblar porque lo siguiente será que vendrán bandas organizadas, asesinatos, machetes... Al final, la criminalización de la pobreza siempre está muy presente en todo esto.

Collboni ha usado los antidisturbios de la Guardia Urbana para desalojar asentamientos de personas sintecho en la Zona Franca: un ayuntamiento no debería tener esa competencia

Me consta que la tuya es una propuesta posibilista, no abolicionista. ¿Qué defiendes tú que podría ser una “policía de izquierdas”? 
Hay diferentes posturas. Una reformista de la policía, una garantista y una abolicionista. Yo estaría más en la segunda. En primer lugar, creo que hay que frenar la expansión policial. Somos de los países de Europa que más policías tiene por número de habitantes, sin que se haya demostrado que supone una reducción de la delincuencia. Mientras que el Estado español tiene un policía por cada 300 personas, Finlandia tiene uno por cada 700. Además, tenemos policías que solapan las competencias. Policías urbanas, Mossos, Guardia Civil y Policía Nacional. Todos hacen un poco lo mismo y esto provoca una duplicación de cuerpos. Con esto, yo creo, como creían los ilustrados, como Cesare Beccaria, que el sistema penal tiene que ser la última ratio y que debe servir para los problemas más importantes de la sociedad. Con esto quiero decir que, antes que nada, una policía reducida.

¿Hasta qué punto?
La mínima necesaria para llegar a los objetivos sociales necesarios. En esta policía reducida hay cosas que hace la policía que podrían hacer otros tipos de organizaciones. Un poco la propuesta que tiene Zohran Mamdani, el actual alcalde de Nueva York. En su cuerpo de seguridad comunitaria, una parte de la seguridad la harán trabajadores sociales, psicólogos, justamente cuando traten con personas en la calle en situación de vulnerabilidad social. Pero tú me podrías preguntar, ¿qué hacemos?, ¿reducimos la policía y, entonces, qué hacemos con la policía que queda? Está muy bien poner trabajadores sociales, pero tú seguramente tendrás que gestionar esta policía igualmente. Porque cada vez que ganas unas elecciones estás ganando un cuerpo de policía.

¿En qué sentido?
Cada vez que una fuerza de izquierdas gana un ayuntamiento está ganando una institución donde hay un cuerpo armado que tiene que gestionar. El primer paso es desmilitarizar. En este sentido es muy interesante la propuesta de Bally Bagayoko, alcalde de Saint-Denis de La France Insoumise desde hace poco, habla de una policía no militarizada. Esto quiere decir que no haya cuerpos antidisturbios. Por desgracia, hay muchos municipios de Cataluña, como Badalona o Hospitalet, en que las Guardias Urbanas tienen cuerpos antidisturbios, que es una forma de militarización de la policía. Por ejemplo, Collboni ha usado los antidisturbios de la Guardia Urbana para desalojar asentamientos de personas sintecho en la Zona Franca. De hecho, un ayuntamiento no debería tener esa competencia.

¿Que sí que tendría que hacer una posible policía de izquierdas?
En el caso de las policías locales, se ha hablado muchas veces de la policía comunitaria. Esto siempre genera dudas: ¿qué es la comunidad? ¿Son solo la gente blanca con DNI, son solo los pequeños comerciantes? ¿O las asociaciones de vecinos? Se podría plantear una policía de proximidad, de barrio —pero teniendo en cuenta que no se debe tener una visión estrecha de esta comunidad— y que al final haga ciertas funciones de servicio público, de ayuda a los vecinos.


¿Cómo por ejemplo? ¿Con qué podría ayudar?
Creo que en el caso concreto de Barcelona sería interesante plantear que la Guardia Urbana tuviera un papel en la lucha contra la especulación inmobiliaria, en la detección de Airbnb ahora que se prohibirán todos. También podrían ser una mediación entre los ciudadanos y las instituciones que tantas veces se presentan como cerradas en la población. Podrían ayudar a hacer trámites burocráticos, inscripciones a cursos sobre cómo protegerse de los fraudes y la ciberdelincuencia, indicar direcciones de servicios de asistencia, etc. Evidentemente, se podría plantear la crítica de que esta función la podrían hacer también mediadores y no necesariamente policías. Es un reto, claramente la policía también tiene agencia, tiene sindicatos, tiene fuerzas corporativas que hacen muy difícil los cambios. 

Hay una perversión del sistema penal ideado en la ilustración y la conversión de este en un sistema penal autoritario

El segundo tema del libro es el tribunal. ¿Qué han sido los tribunales en la historia del ser humano?
Es una cuestión que podemos echar muy para atrás, hasta Antígona y las tragedias griegas. Pero lo importante es cómo nacen los tribunales como los entendemos nosotros, es decir, en el estado de derecho. Antes de la Revolución Francesa, se entendía que los tribunales y que los jueces o los magistrados son algo así como simples ejecutores de la voluntad del rey o de un señor feudal. Había un gran alcance de la discrecionalidad. A partir de la Revolución Francesa y la Ilustración se entiende que el juez simplemente debe aplicar la ley.

¿Qué implican esos cambios?
Son muy importantes las reflexiones de un jurista como era Robespierre. Claro, como muchos jueces venían del antiguo régimen, venían de la monarquía, al final aparece la idea de tener un Tribunal Supremo, que debía poner criterios para limitar las interpretaciones reaccionarias que pudieran hacer los jueces de las nuevas leyes. Es decir, que los Tribunales Supremos nacen para limitar el poder judicial. Yo creo que, en esta tradición de Tribunal Supremo, su máxima expresión hoy en día serían los Tribunales Internacionales, como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos o como el Tribunal Penal Internacional, que acusa Netanyahu de genocidio. Creo que en el ámbito internacional de los derechos humanos es donde tenemos los jueces más ilustrados.

¿Cuáles son los conflictos en torno a los tribunales?
El problema es que hay diferentes visiones o teorías de lo que es la justicia, retributiva, preventiva, etc. Pero en todo caso, el problema es el mito de que los jueces son imparciales. Y esto, por mucho que podamos hacer teorías de la justicia o teorías de cómo tendría que ser el poder judicial… También es importante pasar de los libros a la realidad, a la realidad política y del día a día. También hay que reflexionar sobre el hecho de que ha habido dictaduras con poder judicial, es decir, el régimen franquista tenía jueces, el régimen de Mussolini tenía jueces, el régimen nazi tenía jueces. Hay una perversión del sistema penal ideado en la ilustración y la conversión de este en un sistema penal autoritario.

Ha habido intentos de cambiarlo por parte de la izquierda.
En aquellas circunstancias tan particulares de la guerra civil, García Oliver, que pasó de camarero a ministro de Justicia, y era militante de la CNT, acabó siendo ministro de justicia y dando un discurso que fue reproducido por Solidaridad Obrera sobre cómo tenía que ser la justicia intentando vincular los valores republicanos con una ideología que, obviamente, va mucho más allá como es el anarcosindicalismo. Y él hablaba de una justicia humana, es decir, una justicia que tuviera en cuenta las condiciones materiales de los trabajadores y que entendiera que muchas veces las personas que realizan delincuencia común, hurtos, etc. Son, en sus palabras, igualmente víctimas del sistema capitalista que les pone en aquellas condiciones. En esta idea de justicia humana, él entiende que tendrían que ir a centros que él diseña como un tipo de ciudades penitenciarias donde se les enseñara habilidades para desarrollarse en la sociedad a través de oficios, etc. 

¿Cómo definirías tú una justicia humana, entonces?
Una justicia humana, en primer lugar, no podría tener maltratos, no podría, en ningún caso, aceptar la tortura ni física ni mental, y debería tener en cuenta las consecuencias a largo plazo del encierro sobre una persona. Se ha podido demostrar, y esto los criminólogos que más lo tratan lo saben, que a partir de cierto tiempo viviendo en la prisión tiene efectos físicos. Por ejemplo, pierdes perspectiva, porque al ver una pared el ojo se desacostumbra y ya no puedes ver de lejos. A nivel de salud mental, la propia desocialización que provoca la prisión hace muy difícil que puedas después volver a vivir en libertad. Y por desgracia, hay muchos suicidios en las prisiones. En esto son muy interesantes las propuestas de medio abierto, que tienen muchos países como Suecia, como Finlandia, para intentar que la persona (si es que deben existir las prisiones y esto lo pongo en entredicho) vivan lo más parecido posible a la vida en libertad.

Uno de los temas principales a cambiar y que ya se hablaba antes del primer gobierno progresista del estado en 2019, era el tema de los jueces, pero no lo han hecho. ¿Qué hay que hacer?
Hablamos de una cosa muy seria. El poder judicial es uno de los tres poderes de un estado, junto con el legislativo y con el ejecutivo. Hablamos de un pilar que no cambia cuando hay elecciones. El poder judicial español está completamente escorado hacia la derecha. No tiene por qué ser así esencialmente. Por ejemplo, vemos en Italia que hay jueces progresistas e históricos como Luigi Ferrajoli, ha habido un referéndum para reformar el poder judicial y ponerlo al servicio de Meloni y ésta ha perdido. Persiste la idea del juez republicano, del juez que mantiene los valores de la República Italiana ante los políticos populistas. El poder judicial italiano ha podido bloquear el intento de Meloni de crear campos de inmigrantes deportados en Albania.

Cómo explica siempre Inaki Rivera, la prisión ideada por Bentham no existió nunca, y la última bombilla de la Ilustración se apagó

¿A qué se debe esta diferencia?
Es una tradición diferente a la nuestra. La nuestra no es esta. La nuestra es una tradición donde hay sindicatos como la Asociación Profesional de la Magistratura (APM), que mantienen un control muy férreo del poder judicial. Evidentemente, en términos nacionales, es un poder muy centralizado, con una ideología nacionalista y de extrema derecha. 

¿Tiene que ver? ¿Va ligado que sea tan conservador como que sea tan centralizado? 
Sí, totalmente, porque es un sistema de difícil acceso y para poner un ejemplo clarísimo de cómo de culturalmente nacionalista español es el ambiente.... Mira a Manuel Marchena, que juzgó el Procès. Él es canario. Y en ningún momento tú lo escucharás con un acento canario, porque la gente que oposita oralmente, porque es una tradición muy oral, en los procesos de oposiciones a juez, intentan desesperadamente esconder sus acentos. Hasta este punto es centralizado el poder judicial. Igualmente, querría aclarar que no se trata solo de la cuestión nacional, que hemos visto con la amnistía, el procès, etc. sino que los jueces tienen un papel muy importante en cuestiones como la vivienda. Por ejemplo, en la serie Antidisturbios, que trata el tema de los desahucios, y creo que es muy buena serie, salen los antidisturbios y los activistas, pero no aparece en ningún momento un juez. Se menciona poco, pero detrás de cada desahucio hay un juez que firma un papel que en realidad es quien habilita que todo este drama ocurra. 

¿Qué hacer?
Creo que la clave es, en primer lugar, el acceso de las clases populares a la función judicial, que hoy en día es muy complicada en este sistema de oposiciones memorísticas. Creo que se tendría que avanzar hacia un sistema de becas para que las clases populares pudieran acceder más a la función judicial. Por otro lado, tenemos a Francesc Pi y Margall, en aquel intento de crear un Tribunal Supremo Federal en que habría dos miembros de cada estado de la Federación en aquel Tribunal. Se tiene que avanzar hacia una democratización federalizante del poder judicial, en el sentido de que el Consejo del Poder Judicial represente, y tenga miembros elegidos de cada comunidad autónoma o estado. Hace falta también que haya un traspaso del poder judicial en las comunidades autónomas, como por ejemplo había en la Segunda República la Generalitat republicana. Hoy en día tenemos menos competencias que entonces en algunos aspectos. Lo que quiero decir: la descentralización y la democratización irían de la mano, en el caso del poder judicial.

 Cuando es presidente, una de las cosas que hace Antonio Maura es acabar con el jurado popular, sobre todo en Barcelona, que es donde había el movimiento obrero. ¿Por qué? Porque si había jurado popular absolvían muchas veces los trabajadores a lo qué habían acusado falsamente porque eran trabajadores ellos mismos. Estoy de acuerdo con lo que planteas en el libro que la relación entre cierre y capacidad represiva tiene mucho que ver.
Tradicionalmente, los jueces en el estado español siempre han desconfiado de los tribunales populares. Es una figura muy limitada hoy en día. 

¿Quién hay hoy en las prisiones? Los pobres, porque los números así nos lo muestran. Más del 40% de los presos están por delitos contra la propiedad y el orden socioeconómico, es decir, robos, hurtos

Tercer tema: prisiones. ¿Siempre ha habido prisiones? 
No. Cada sociedad, y lo explican muy bien Rusche y Kirchheimer en su libro Pena y Estructura Social, en su momento histórico, en su lugar y época concretos, han tenido su forma de castigar. Esto lo vemos también en que cada tipo de sociedad ha tenido su tipo de penas. Por ejemplo, en el imperio romano era la crucifixión, la edad media, las penas corporales, en la edad contemporánea las penas de galeras, como vemos en obras como Don Quijote, y en nuestra actualidad las penas de prisión. Si pensamos, por ejemplo, en la prisión modelo de Barcelona, es de finales del siglo XIX y aparece muy influenciada por esta idea del panóptico de Jeremy Bentham, que sería este espacio central de la prisión desde las que tú podrías ver todas las galerías, que podría clasificar presos. A pesar de que Bentham también veía en el panóptico —y esto mucha gente no lo dice— como un instrumento donde la gente podría ver las prisiones por dentro. Él afirmaba que la sociedad tenía el deber de ver qué pasaba dentro de las prisiones para evitar las torturas. Jeremy Bentham era evidentemente un ilustrado y estaba en contra de la tortura. Cómo explica siempre Inaki Rivera, la prisión ideada por Bentham no existió nunca, y la última bombilla de la Ilustración se apagó. 


La prisión no existe desde siempre.
Es un invento reciente y hemos vivido una expansión enorme recientemente. Si pensamos en cuál es el país del mundo con más presos por persona, hablaríamos hasta hace poco de Estados Unidos, donde aparte el sistema carcelario cotiza en bolsa ya que está parcialmente privatizado. Digo “hasta hace poco”, porque ha sido superado por El Salvador, con Nayib Bukele. 

¿Quién hay en las prisiones hoy?
A las prisiones en el siglo XIX tenían que ir los pobres. Cómo explican Pavarini Melossi en su libro Cárcel y fabrica, la idea era conseguir el disciplinamiento social, es decir, pasar del campo a la ciudad a través de la prisión. En las prisiones se trabajaba. Entonces, respondiendo a tu pregunta. ¿Quién hay hoy en las prisiones? Los pobres, porque los números así nos lo muestran. Más del 40% de los presos están por delitos contra la propiedad y el orden socioeconómico, es decir, robos, hurtos, pero no grandes atracos sino un tirón, coger una cosa del Mercadona... Después, un 20% estarían por delitos contra la salud pública, es decir, por “trapis” de droga, no necesariamente hablamos de grandes narcotraficantes, sino de alguien que tiene más de la cantidad permitida en su casa. Por último, por homicidio, que sería el delito más grave —que incluiría asesinatos y homicidios imprudentes— menos de un 8%. También tenemos a la gente que está por delitos sexuales o de tráfico. Es decir, que en la prisión hay gente que está allí mayoritariamente por cuestiones sociales. Como mínimo, el 60% encerrada por cuestiones económicas. Naturalmente, pueden existir personas peligrosas en nuestra sociedad, pero la estadística nos muestra que la prisión sigue siendo un espacio donde van a parar las personas en situación de exclusión social. 

El encierro en la prisión durante muchos años es criminógeno: el etiquetamiento que supone la identidad de “delincuente” hace más probable la reincidencia

¿Entonces, qué cambios planteas?
Pienso que, en primer lugar, deberíamos evitar una nueva expansión carcelaria, y aquí tendríamos que debatir sobre si nos interesa mantener o no la idea de la reinserción social o de la resocialización. El ideal que dicta, por ejemplo, la Constitución. El ideal de resocialización entra en crisis en los años 80 con la llegada del neoliberalismo. Es muy curioso lo que ocurre con el llamado Informe Martinson de 1974.

¿Quién era Robert Martinson?
Un investigador de Estados Unidos que investigó si funcionan o no los programas de reinserción. Desde una posición progresista de izquierdas llega a la conclusión de que no. Estos programas psicológicos de tratamiento que se hacen en las prisiones no estaban bajando la reincidencia suficientemente. ¿Qué pasa? Que muchos grupos de derecha que quieren más mano dura, penas más largas, utilicen este informe de Martinson como argumento para acabar con la resocialización. Martinson se suicida, se lanza desde el balcón de casa suya porque se está utilizando su informe en contra de sus objetivos.


¿Qué puede hacerse en este momento?

Hace falta menos prisión, pero de manera posibilista y estratégica tenemos que seguir reivindicando las rendijas que nos da la resocialización. Aquí en Cataluña tenemos ejemplos muy claros de cómo funcionan las penas alternativas en las prisiones o del cumplimiento en tercer grado que permiten minimizar el encierro. Pero claro, si miramos las últimas reformas penales, no van hacia aquí. Van a la prisión permanente revisable, o la última ley sobre la multirreincidencia aprobada por partidos tan diversos como Juntos, PSOE, PP o Vox. Todos siguen yendo hacia un endurecimiento. Está demostrado que penas más duras no son disuasivas. Una de las pocas cosas que tenemos claro es que no funciona. No se ha podido demostrar nunca que funcione la disuasión penal, la idea que no se delinquirá por miedo a la pena. En los estados de los Estados Unidos, donde hay pena de muerte no hay necesariamente menos delincuencia que en el estado español, por ejemplo. 

¿Dónde hay menos delincuencia?
En el norte de Europa, que son justamente los países que tienen el estado del bienestar más desarrollado. No han podido demostrar que endurecer las penas hará que en el futuro haya menos delincuencia. Es uno de los grandes mitos que intento desmontar. Es a partir de las reformas neoliberales de los años 80 que se dispara la población penitenciaria, hay relación directa. También la caída de la URSS, en los 90, hizo que Rusia y otros estados del antiguo Bloque del Este desarrollaran formas de criminalidad organizada, en una situación de miseria y corrupción. Y además hay otro tema, si me permites, y es que el encierro en la prisión durante muchos años es criminógeno: el etiquetamiento que supone la identidad de “delincuente” y los contactos que hacen en la prisión, hacen más probable la reincidencia. 

Acabamos con una pregunta fácil. ¿Cómo crees que tendría que ser una seguridad defendida por la izquierda?
Por no caer en el lugar común, se dice muchas veces eso de que la seguridad para la izquierda es la vivienda, tendría que ser la sanidad, tendría que ser la educación. Claro, pero también está la seguridad personal. Los criminólogos hablamos siempre de seguridad objetiva y seguridad subjetiva. Seguridad objetiva serían los delitos que realmente puedes sufrir en la calle. Yo estoy convencido que se pueden prevenir con políticas sociales, pero también trabajando con aquellos grupos que en el futuro pudieran caer en redes de delincuencia organizada más grande. Creo que es muy importante que los chicos jóvenes de los barrios en situaciones de vulnerabilidad puedan llevar a cabo actividades organizadas en los barrios, en su comunidad, que los lleven hacia otros caminos en la vida. Y me parece que es muy interesante en Francia existe la figura del educador de calle, una especie de dinamizador social, integrador social, que intenta actividades como el deporte, como la música, como el arte... Seguramente, necesitamos contratar masivamente educadores sociales para hacer trabajo en los barrios.

¿Qué más?
En cuanto a la seguridad subjetiva, entiendo que es un problema que interesará más a la gente que se dedica a la política institucional. Aunque tú digas que los números dicen que vivimos en una sociedad relativamente segura, la gente se siente insegura. Jane Jacobs en su libro sobre la vigilancia y sobre la seguridad, Vida y muerte de las grandes ciudades, reflexiona sobre cómo se hace para que una población sienta como propias las calles. Esto tiene que ver con el uso que se hace del espacio público. Habla, por ejemplo, de los balcones. Cuando una comunidad hace suya la calle, es porque es capaz de montar actividades en la calle, porque hay una vecina al balcón que está mirando qué pasa, porque se hacen fiestas mayores en los barrios, etc.

¿Cómo se convierte un barrio en barrio seguro?
Un barrio seguro tiene cuatro características. Tiene espacios de usos mixtos, es decir que haya gente trabajando en un taller y al lado gente en un bar y, al lado, una familia. Esto es lo contrario del funcionalismo. Un lugar para vivir, un lugar para trabajar. Es importante según Jacobs que haya edificios bajitos, no estos edificios gigantes. Edificios antiguos, tiene que haber, porque quiere decir que no se han gentrificado del todo. Y densidad, que esto desde aquí en Barcelona no se echa de menos, pero se refiere a densidad de relaciones sociales, que es lo contrario a barrios con comunidades cerradas, donde solo son ciudades dormitorio como los PAU de Madrid que estudió, en sus contradicciones del urbanismo neoliberal, la antropóloga Inés Cueli. Y, finalmente, se deben hacer y rehacer los vínculos comunitarios. Es decir, cuando tú hablas con tus vecinos, conoces a sus hijos o a sus padres, sean del origen que sea, es más difícil que te sientas inseguro. Cosa complicada cuando la gente tiene que cambiar de domicilio cada dos por tres por culpa de la especulación. La comunidad organizada, además, también puede vigilar a la propia policía, para prevenir que haya abusos.

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