Policía
Sergio García: “El poder de la policía se ve en su capacidad para producir cultura favorable a la institución”
@martincuneo.bsky.social
La policía más famosa del mundo es la de Nueva York (NYPD), una institución inmortalizada en series míticas como Policías de Nueva York, Ley y Orden o Brooklyn Nine-Nine y que cuenta con más de 800.000 seguidores en X/Twitter. Mucho más cerca, el departamento de comunicación de la Policía Nacional española lleva décadas desarrollando una estrategia que le ha llevado a ser el cuerpo policial con más seguidores de todo el mundo, nada menos que 3,8 millones.
Y la estrategia de redes sociales es solo un aspecto del “salto cualitativo” que ha experimentado la comunicación de las fuerzas de seguridad en España para transmitir a través de series y películas, de los medios de comunicación y otros canales sus puntos de vista. De estar vinculadas a la represión del franquismo, a las torturas, a la guerra sucia contra ETA y más recientemente a los desahucios, la Guardia Civil y la Policía Nacional figuran desde hace años entre las instituciones mejor valoradas por la población española.
Mucho tiene que ver con esta percepción la ‘copaganda’ —neologismo que combina la palabra inglesa cop y propaganda—, un concepto que pretende explorar la “simbiosis” entre policía, medios de comunicación y productos culturales de difusión masiva. Este es uno de los temas centrales del libro Policía y cultura. Estudios en torno al poder simbólico de las fuerzas de seguridad (Bellaterra, 2026), coordinado y editado por Sergio García García e Ignacio Mendiola.
Sergio García García es profesor de Antropología Social en la Universidad Complutense de Madrid y lleva más de una década militando en colectivos de base e investigando sobre la policía desde una óptica abolicionista. Para realizar esta investigación sobre la ‘copaganda”, que se recoge en uno de los capítulos del libro, García y Mendiola hablaron con responsables de algunos gabinetes de comunicación policiales españoles y también con periodistas que tratan temas de sucesos y de seguridad en los grandes medios. Este investigador nos da pistas para entender cómo las fuerzas de seguridad han llegado a ocupar un papel tan central y autónomo en la vida política española, cuáles son sus estrategias y qué grietas existen para desmontar este discurso.
La policía ha ido ganando peso institucional, cada vez más presupuesto, personal y autonomía. Se ha convertido en un actor fundamental de la política en el Estado español
¿Qué necesidad había de este libro? ¿Qué hueco viene a cubrir?
Por un lado, no hay mucha literatura sobre policía en el Estado español y menos desde una perspectiva crítica. Hasta ahora se habían publicado algunos estudios historiográficos sobre historia de la Policía Nacional y la Guardia Civil, pero no había análisis críticos sobre las instituciones policiales.
Por otro lado, se ha producido un progresivo aumento del poder de la policía, que se manifiesta, entre otras expresiones, también en su capacidad para producir realidad, cultura y significados de algún modo favorables a la propia institución, a su función y a su mandato, que siempre es de sostenimiento del orden social de unas entidades que, además, nace y siempre está ligada a ese orden social del capitalismo racial.
¿Por qué crees que hay tan poca investigación crítica sobre la policía?
La policía siempre ha sido una institución muy opaca. Es difícil investigarla a nivel académico. Además, la institución siempre ha estado muy ligada a los intereses del poder político de turno y se ha construido en una fortaleza muy difícil de penetrar, algo que le ha permitido tener una amplia impunidad. También es verdad que en España hasta ahora ha habido poco interés por parte de las ciencias sociales. Y cuando lo ha habido, ha tenido que ver o bien con el análisis histórico de cómo surge la institución o bien un interés desde la crítica social muy centrado en los aspectos jurídicos, es decir, en cómo la policía ha ejercido la fuerza sobre manera y cómo ese ejercicio de la fuerza ha violado derechos, ha conculcado derechos. Pero es verdad que desde las ciencias sociales ha sido un campo muy poco transitado.
Todo esto tiene que ver con el imaginario general que todavía percibe a la policía como a una institución que está ahí, como si no tuviera ningún papel ni ninguna autonomía y que simplemente obedece al poder político y ya está, cuando lo que estamos viendo es que, precisamente, ha ido ganando peso institucional, cada vez más presupuesto y cada vez más personal. La policía se ha convertido en un actor fundamental de la política en el Estado español, de ahí este interés por investigarla.
Buena parte de los medios de comunicación dependen de las fuentes policiales para informar sobre ciertos temas
Tienes una trayectoria de años de crítica del trabajo de la policía. ¿Cómo ha sido eso de entrar en los gabinetes de comunicación policiales?
Yo llevo trabajando mucho tiempo sobre policía. A priori me posiciono como abolicionista, pero necesito del punto de vista de los propios policías para entender la subjetividad y para entender mecanismos internos de cómo funciona lo policial para poder afinar. Y siempre genera algo de tensión. La crítica siempre genera algo de tensión.
Pero en este caso fue sorprendentemente fácil. Creo que fue porque uno no existe hasta el momento una crítica abierta a la comunicación policial. Entre otras razones, porque buena parte de los medios de comunicación dependen de las fuentes policiales para informar sobre ciertos temas. Por otro lado, estos departamentos que tienen que ver con ese trabajo ‘buenista’ de la policía ayudan a las instituciones policiales a lucirse. En principio, nadie puede pensar nada malo de un departamento de comunicación policial, y más cuando tiene un montón de seguidores en TikTok o en Twitter.
Después de haber conocido de cerca los gabinetes de prensa policiales y haber hablado con periodistas que tratan la información policial, ¿te ha sorprendido algo?
Partíamos de una hipótesis que procedía de otras múltiples investigaciones en el campo de la seguridad ciudadana y de lo policial, que es que la policía produce buena parte de la información que se comunica sobre sucesos, sobre delincuencia, sobre protestas. No hemos descubierto nada de eso. Ya lo sabíamos. Estaba como hipótesis de fondo, pero sí que necesitábamos conocer un poco en profundidad cuáles son las estrategias. Cuáles son los mecanismos a través de los que se hace eso, cuáles son las infraestructuras, cuáles son los puntos de vista de quienes comunican tanto en el lado de los gabinetes de comunicación, como en el lado de los propios medios de comunicación o de los periodistas.
Uno de los términos clave del libro es ‘copaganda’. ¿Qué es exactamente?
La ‘copaganda’ es todo aquello que o bien es producido por las instituciones policiales o por medios de comunicación y pasa por los gabinetes de comunicación de las instituciones policiales y tiene como fin comunicar el punto de vista policial sobre la realidad.
Tiene como cometido trasladar la visión de la policía, que no es universal, sino que es uno concreto, que es el de los intereses de una institución que gestiona el orden social en el capitalismo racial. Y desde un determinado punto de vista, que además necesita legitimarse, puesto que buena parte de sus actuaciones son controvertidas. Necesitan legitimarse a través de toda una cobertura simbólica favorable.
En los años 30 produjo un pacto de conveniencia entre la policía y Hollywood para ofrecer una imagen favorable de la institución a cambio de que no se persiguiera a ciertas figuras y estrellas
Es un concepto que surge en Estados Unidos de los propios movimientos sociales por la justicia racial y contra la violencia policial, pero que se ha ido incorporando progresivamente en los estudios sociales sobre sobre la institución. Pensábamos que a lo que asistíamos aquí en el Estado español también merecía este nombre por lo elocuente que resulta.
¿En qué se concreta esa simbiosis entre policía, medios y cultura de la que hablas?
Históricamente, esa simbiosis surge de la necesidad de legitimar a la institución. Las primeras intuiciones de que la policía está interviniendo en lo que se comunica en las películas surge en Hollywood en los años 30. Entonces, en el cine en general, la institución policial quedaba reflejada como torpe, tonta o injusta. Pero nunca había una visión positiva de la institución policial. Y al mismo tiempo se estaban produciendo algunos escándalos alrededor de algunas figuras de Hollywood, con escándalos de estrellas que necesitaban limpiar su imagen. Ahí se produjo un pacto de conveniencia entre las instituciones policiales y la industria del cine para ofrecer una imagen favorable de la policía a cambio de que no se persiguiera a ciertas figuras y a ciertas estrellas.
Todo esto se va evolucionando y, a partir de los años 70-80, en Estados Unidos, justo cuando entran en vigor las políticas de ley y orden de Nixon y de Reagan, las instituciones policiales cada vez tienen más interés en comunicar desde su punto de vista. Aquí en España, eso ocurrió a partir de los años 60, cuando se crean los gabinetes de comunicación, pero, sobre todo, a lo largo de los 80, cuando hay una necesidad de comunicar de una forma favorable que legitime a la institución dentro del marco democrático.
En el lado de los medios de comunicación, cuando se produce la liberalización del mercado mediático y aparecen las nuevas televisiones privadas en los años 90, la fuerte competencia entre medios de comunicación hace que necesiten posicionarse a nivel de audiencias trasladando informaciones espectaculares, muchas veces vinculadas con el material que te puede proporcionar las fuentes policiales. Al mismo tiempo, la precarización del propio mercado mediático hace que la búsqueda de información se abarate cada vez más. El hecho de que los medios pidan informaciones impactantes, rápidas y baratas favorece que los periodistas busquen en los temas de seguridad, de delitos, a la policía casi como única fuente de información, una información que no se contrasta con otras fuentes. Y todo esto coloca a los gabinetes de comunicación policial como la fuente primordial de determinado tipo de noticias.
A la policía le interesa vender su punto de vista, pero eso no triunfa si no hay una demanda, si no hay audiencia que pida esos contenidos.
El cine, las series y la propia información policial han ido trasladando puntos de vista, esquemas y narrativas policiales al público general
En la investigación hemos trabajado la oferta, no la recepción de todos estos productos, que efectivamente sería tan amplia como es nuestra sociedad. Pero sí que podemos intuir a partir de los análisis de los propios periodistas o de los propios comunicadores policiales qué es lo que ese público, esa audiencia espera de la comunicación.
Tendríamos que hablar, en primer lugar, de cómo se ha ido produciendo históricamente esta audiencia. El cine, las series y la propia información policial han ido consiguiendo producir una cultura policial, ya no solamente interna, es decir, al interior de la institución, sino una cultura policial externa. Han ido trasladando puntos de vista, esquemas y narrativas policiales al público general. Ahora hay una predisposición muy socializada de cara a aceptar estos productos.
Los periodistas o comunicadores policiales son conscientes de que el híper bombardeo de notas de prensa sobre grandes operativos policiales tiene también su límite y acaba desgastando. Por eso buscan insertarse en otros nichos de significación que ya no van tanto por la idea del héroe guerrero que desarticula una banda de peligrosos delincuentes, sino también esquemas que pasan por el héroe humanitario que es capaz de salvar vidas y de ayudar a la gente. Eso lo vimos de forma muy prominente durante la pandemia, cuando ante la carencia de otros servicios públicos, se mostraba a la policía como salvadora.
Todo esto está muy conectado con otras necesidades de narrativas por parte del público. También lo vemos cuando los periodistas del gabinete de comunicación policial nos dicen que la serie de la que se sienten más orgullosos es Servir y proteger (2017-2023), que fue una telenovela blanca hecha para público sobre todo mayor que duró aproximadamente unos 1.700 episodios y estuvo durante años en las tardes de muchas casas. La veían sobre todo mujeres y ofrecía a esas mismas telespectadores una imagen fantasiosa de la institución policial, en una comisaría de barrio que tenía mala fama. Tenía como comisaria a una mujer mayor, que podría ser una abuela, una mujer bondadosa que estaba allí para servir y proteger al vecindario, casi para hacer trabajo comunitario. Cuando los propios responsables policiales te dicen que esta fue la serie de la que se sienten más orgullosos y que conectaba muy bien con el público y que, de hecho, tuvo mucha audiencia lo que nos están queriendo decir es que hay también una expectativa por parte del público de escuchar historias que entroncan con sus propios esquemas y sus propios círculos, con sus propias narrativas culturales.
en las series Nunca o casi nunca hay una crítica a la institución policial. Dentro del cuerpo siempre hay algún personaje que es corrupto, que es violento o racista, pero al final es neutralizado
¿Qué arquetipos se repite en la producción audiovisual que trata sobre la policía?
Está el ‘guerrero’ que es capaz de arriesgar su vida y sacrificarse, pero que tiene una enorme potencia a través de un capital físico o del capital tecnológico de la institución para salvar vidas. Por otro lado, tenemos al ‘salvador’, ese héroe sacrificado, que lo da todo por la institución y que trabaja inserto de la comunidad policial, pero que también lo da todo por la sociedad. En las series más críticas vemos la figura de la ‘manzana podrida’. Nunca o casi nunca hay una crítica a la institución. Dentro del cuerpo siempre hay algún personaje que es corrupto, que es demasiado violento o que es demasiado racista, pero al final es neutralizado por la institución o algunas de esas figuras heroicas que son más capaces o más fuertes que esa manzana podrida.
¿Cómo ha ido evolucionando la ‘copaganda’ en las últimas décadas desde la mala imagen que tenía la policía en la transición a la actualidad?
Tendríamos que matizar si realmente tenía tan mala imagen la policía al final del franquismo. Es verdad que la policía estaba asociada a la represión de los movimientos por las libertades políticas y a la represión de la pobreza, del pequeño delincuente, que era a su manera una especie de héroe de los barrios de clase trabajadora. En los barrios más empobrecidos, la policía era un enemigo, nunca fue un amigo.
Pero también hay que tener en cuenta que ya en los años 60 aparecen en España las primeras estrategias de gestión policial, que no solamente se encargan del orden público, sino que también empiezan a gestionar la seguridad ciudadana.
Empieza, por ejemplo, la radio policial y el coche patrulla y, a través de esta radio patrulla, la institución comienza a tener presencia en los barrios y, de manera muy especial, en los barrios de clase media y de clase media baja. En esos años, la policía no solo es vista como esa que reprime, sino también como esa que interviene en conflictos. Aquella que protege los intereses de esa pequeña clase media o clase media baja que empieza a ser también propietaria y que también tiene unos intereses frente a otros que serían, digamos, los pobres.
A partir de los 80 comienza a haber un interés por comunicar y por introducir en nuevos roles a la policía que le permitan legitimarse también entre entre los habitantes de los barrios de clase trabajadora. También por la necesidad de tapar la guerra sucia contra ETA y otros operativos policiales que conllevaban letalidad policial o torturas.
Con este tipo de narrativas y estrategias, buena parte de los sectores críticos y de la izquierda en los barrios, por ejemplo el movimiento vecinal, empieza a ver a la policía de una forma completamente distinta
Cuando la izquierda institucional llega a los ayuntamientos, trae un discurso de la policía de barrio, de un policía que ya no solo sirve a los intereses del Estado o de los privilegiados, sino que está cercano a la ciudadanía, que va caminando. Y aunque esto no se tradujo en prácticas materiales más allá de la narrativa de la izquierda, estuvo muy presente el discurso de que la policía debe estar al servicio de toda la ciudadanía, también en los barrios pobres y obreros.
Con este tipo de narrativas y estrategias, buena parte de los sectores críticos y de la izquierda en los barrios, por ejemplo el movimiento vecinal, empieza a ver a la policía de una forma completamente distinta.
¿Empiezan a pedir más policía?
Empiezan a pedir más policía. Al mismo tiempo que se clausuran las puertas de entrada a la Administración para pedir servicios sociales que requieren inversiones, se abre la puerta de la policía a los barrios como interlocutor privilegiado para hablar con el ayuntamiento de turno. En esa relación de constante roce y de mutuo encuentro entre movimiento vecinal, comerciantes, ciudadanía en general e instituciones policiales, empieza a producirse otra visión.
¿Cómo influyó el conflicto vasco en este cambio de visión de la ciudadanía sobre la policía?
En los años 90, ya se ha olvidado un poco la guerra sucia de los GAL y las torturas en Intxaurrondo. Y se empieza a ensalzar la figura de la policía como víctima del terrorismo. Las asociaciones de víctimas y luego, por supuesto, todo el aparato mediático que surge alrededor, potencia todo esto. Empiezan a colocar a la policía como víctima.
Todo eso ayudó a mejorar la imagen de estas instituciones y hoy, tanto la Policía, la Guardia Civil y el Ejército, son las mejor valoradas. Y esto tiene que ver con esa construcción de la idea de la policía como servicio a la ciudadanía, que en realidad está construido sobre mitos.
Con la crisis de 2008 y las imágenes de policías que desahucian familias o que reprimen protestas, la imagen de la policía vuelve a caer. ¿Qué estrategias utiliza la policía para mejorar esa imagen?
La eclosión de la protesta coincide con el momento en el que se comienzan a potenciar todos estos gabinetes de comunicación, especialmente el de Policía Nacional y el de la Guardia Civil. Tiene mucho que ver con las imágenes de manifestaciones, donde se ven cargas completamente desproporcionadas, cuando empieza a haber también una proliferación de medios de comunicación de izquierdas, que empiezan a dar noticias críticas sobre la policía, algo que hasta entonces solo estaba en los fanzines de las casas okupas o de los centros sociales. Cuando aparece un aparato mediático crítico surge una mayor necesidad de comunicar desde su propio punto de vista.
Otro punto de inflexión sobre la imagen de la policía, esta vez a nivel global, se produjo tras el asesinato de George Floyd, en 2020, en Mineápolis.
En las últimas décadas ha surgido una nueva tecnología de bolsillo que es la cámara del móvil, que permite hacer cosas que hasta ese momento eran impensables. Todas las narrativas, los relatos populares sobre violencia policial, al fin y al cabo eran hasta entonces, sobre todo, relatos orales, difíciles de documentar. Cuando aparece el móvil y la cámara todo esto permite documentar con fotos y con vídeos las actuaciones policiales. Ante esta emergencia o este uso no esperado de la tecnología, la institución policial tiene que defenderse porque se está haciendo llegar a un enorme número de personas, primero con la grabación y luego con la difusión en redes sociales, imágenes que no se desean.
La muerte de George Floyd y el movimiento Defund The Police es el cenit de este movimiento antipolicial, aunque ahora estamos volviendo a ver otro cenit con las intervenciones del ICE en Estados Unidos. Estamos volviendo a ver eso que se produjo en 2020, que es la completa deslegitimación de la policía. Todo esto, acompañado de la eclosión de discursos antipunitivistas y de análisis histórico que ligan el surgimiento de la policía con la esclavitud y el capitalismo racial en Estados Unidos, estaba poniendo en tela de juicio a la propia institución, hasta el punto de que se estaba reclamando su desfinanciación, incluso su desmantelamiento en muchas ciudades. Algunos autores analizan cómo eso incentivó la necesidad de mayor ‘copaganda’ por parte de las instituciones policiales.
¿Qué papel juegan en todo esto los reality show policiales con periodistas empotrados?
Cops es un formato audiovisual muy exitoso en Estados Unidos. Aquí comenzó con Policías en Acción, que se emitió en la Sexta a partir de 2013. Luego llegó 091: Alerta policial (2017) y se sigue emitiendo. La Guardia Civil también tiene varias (Control de carreteras, 062: Alerta Ciudadana, Seprona en Acción, Control de Fronteras: España).
Estos programas son un género que narran lo que ocurre en la calle y las intervenciones policiales a través de la incorporación de la cámara a las propias unidades. Es un género relativamente barato de producción que consiste en trasladar la jornada cotidiana de los policías al público con un producto distinto al true crime, que está hecho para el gran público o al igual que series como Servir y proteger, que están pensadas para el nicho de población mayor.
En 091: Alerta policía, al contrario que otros productos, no se censura el cotidiano del trabajo policial urbano. Es una serie sobre todo basada en la noche de las grandes ciudades, en la que se trata de transmitir tensión y peligro. Y tiene como protagonistas no deseados —o no deseados por ellos— a mucha población migrante. No se oculta el trabajo policial real en las calles. Esto te dice un poco cuál es la audiencia. Estos productos no tapan el sesgo racista de las intervenciones policiales y reproducen estas visiones que criminalizan a la población inmigrante.
¿Qué papel juegan las superproducciones en esta estrategia de ‘copaganda’?
Hay series como GEO: más allá del límite o CAEM, una producción que hizo la Guardia Civil sobre los rescatadores de montaña, que son producciones mucho más caras con una factura cinematográfica importante, con personajes reales. GEO: Más allá del límite es una serie muy bien hecha, con muchos medios y que traslada de una forma más dinámica una realidad ficcionada.
Todo esto en la misma línea de transmitir que la policía es una familia donde el individuo se sacrifica y lo da todo por sus compañeros y también por la ciudadanía. Y ese individuo, ese sujeto policía, es una especie de superhéroe que ha tenido que pasar por un proceso de selección tan duro que al final solo han quedado los mejores, con una fortaleza psicológica, con una capacidad de sacrificio y con unas cualidades físicas increíbles, y que son quienes te van a proteger.
¿Cómo consiguen los gabinetes de prensa policiales que los puntos de vista que ofrecen esas películas o series sean favorables para la policía?
Para empezar, si quieres hacer un producto audiovisual sobre la Policía Nacional, la Guardia Civil u otro cuerpo, y quieres usar su marca, sus uniformes, sus vehículos, tienes que pasar por el gabinete de comunicación. Son marcas registradas y te tienes que ajustar a los intereses de la propia institución. Son los gabinetes de comunicación policiales los que aprueban que se haga una serie con su nombre, con sus uniformes. Al haber un boom de plataformas y de este tipo de productos, y una gran demanda por parte de productoras en relación a lo que pueden ofrecer los gabinetes, son ellos los que tienen el poder de seleccionar las series que se van a realizar. Y desde ese poder, desde esa posición hegemónica dentro de la interacción, pueden más fácilmente imponer ciertas visiones, ciertos contenidos.
Si quieres hacer un producto audiovisual sobre la Policía Nacional, la Guardia Civil u otro cuerpo, y quieres usar su marca, sus uniformes, sus vehículos, tienes que pasar por el gabinete de comunicación
Es verdad que los gabinetes de comunicación no tienen la posibilidad de censurar. En el caso de la serie Antidisturbios, que ha sido de las que más relevancia ha tenido en los últimos años, criticaban que daba una visión un poco ‘trastornada’ de los policías, que si uno era alcohólico... Ellos no tienen la posibilidad de censurar, pero la próxima vez que quieras colaborar con ellos probablemente lo vayas a tener más difícil.
¿Qué estrategias tienen los gabinetes de comunicación de la policía para colar su visión en los medios, que en teoría son independientes?
Para empezar, los gabinetes de comunicación policiales garantizan con sus notas de prensa noticias que tienen buena acogida por las audiencias, temas de sucesos, de delitos a escala nacional, autonómica o local. Con eso ya llena los vacíos y es algo que se espera desde muchos medios de comunicación.
Luego, en la propia interacción con los periodistas se puede ver cómo los gabinetes tienen la capacidad de mando a la hora de decidir, por ejemplo, el ritmo de las publicaciones, ya sea acelerando su publicación o ralentizándolo. Ellos pueden marcar ese ritmo precisamente porque ocupan una posición hegemónica. Hablando con periodistas cuentan que se sienten examinados, evaluados por los gabinetes de comunicación policiales. Cada uno se tiene que ganar la confianza de esos gabinetes y eso significa estar a expensas de lo que ellos deseen. Cuando publicas algo crítico, pues a lo mejor no te van a hacer caso la siguiente vez.
¿Es un esquema de premios y castigos?
Los gabinetes de comunicación tienen premios para reconocer a los periodistas que han reflejado bien el trabajo policial. En la medida en que te consideran como alguien de confianza, vas a tener mucho más acceso.
Hay determinados periodistas que llevan muchos años cubriendo sucesos para los mismos medios de comunicación y que tienen ganada esa confianza y que son los que suelen obtener estos premios por parte de la institución.
¿Cómo han cambiado las redes sociales el trabajo de estos gabinetes de prensa?
La posición hegemónica de los gabinetes ha crecido con el auge de las redes sociales. Ellos saben que si un medio de comunicación no les hace caso, da igual, porque siempre pueden publicar una noticia en redes sociales y, sí tiene repercusión, el periodista que cubre estos temas se va a ver obligado a seguirle la pista a esa noticia y acabará llamando de todas formas.
Antes, la relación era más simétrica en la medida en que había una conveniencia mutua. El medio de comunicación necesita información y la institución policial necesitaba comunicar determinadas cosas y ahí había un encuentro. Ahora los periodistas son más prescindibles y, por lo tanto, son los que deben seguir la pista, los que van detrás de esa noticia. Están en una posición mucho más precaria.
Los gabinetes de comunicación tienen premios para reconocer a los periodistas que han reflejado bien el trabajo policial. En la medida en que te consideran como alguien de confianza, vas a tener mucho más acceso
Alguna periodista sí mencionaba el tema de los castigos cuando habían hablado mal de la policía o habían sido algo críticos. Y cuando digo “críticos” no significa el tipo de crítica que podemos entender desde los movimientos sociales, de los excesos policiales, el racismo. A lo mejor, “crítica” simplemente es hablar de cierta ineficacia policial en una operación. Sí se refleja mal el punto de vista policial, el periodista puede verse castigado con no tener acceso.
Esto, por ejemplo, aparece mucho en ese subproducto entre el periodismo y el espectáculo que es el true crime, reportajes sobre delitos en programas de televisión que normalmente necesitan de los gabinetes policiales para que les proporcionen información. Y ahí es donde aparecía esta cuestión de castigos por parte de los gabinetes que negaban información por enfoques críticos.
La imagen que tienen los cuerpos policiales se ha visto afectada en los últimos tiempos por los vínculos crecientes de muchos de sus integrantes con la extrema derecha. ¿Cómo manejan esta información los gabinetes de comunicación?
Los gabinetes intentan presentar una imagen de la institución como infalible a nivel técnico, bien dotada a nivel tecnológico y, al mismo tiempo, moderna y democrática. Esta imagen pasa por la construcción de figuras de héroes que te van a proteger y te van a salvar. Por eso, el hecho de que haya un altísimo porcentaje de los miembros de las fuerzas de seguridad y de los sindicatos policiales mayoritarios que son de extrema derecha no casa bien con ese discurso, no encaja. Entonces, simplemente, se obvia, se hace como si no existiera, como se obvian muchas otras cosas. Un gabinete de comunicación policial nunca informa sobre cargas en una manifestación.
Por supuesto, el tema de la extrema derecha es un tema completamente tabú. A la institución le interesa presentarse como una neutra y técnica para legitimarse
En esto, era interesante la Exposición del Segundo Centenario de la Policía Nacional (2024). Era interesante ver que las armas no estaban. Están en el siglo XIX y luego desaparecen. No se exhiben armas en periodo democrático, sino drones, vehículos bien dotados o trajes espectaculares. Y la entrada de la mujer en la institución, pinkwashing que simboliza la verdadera democratización después de pasar por el túnel franquista. En toda la exposición no aparecen por ningún lado los antidisturbios, una de las unidades por la que es más conocida la institución. Casi podemos aprender más de las omisiones que de lo que aparece a la hora de entender la comunicación policial. Por supuesto, el tema de la extrema derecha es un tema completamente tabú. A la institución le interesa presentarse como una neutra y técnica para legitimarse.
¿Cómo ha conseguido la Policía Nacional tantos seguidores en X?
Hicieron una cosa que en ese momento todavía no se hacía del todo en la institución policial, que fue contratar a comunicadores que no eran policías o que eran policías con una cualificación adicional como periodistas o como expertos en marketing.
Y esto es curioso porque ningún otro departamento de la Administración pública tiene esta posibilidad de comunicar tanto y tan abiertamente y con una visión tan libre. Esto no ocurre ni en la sanidad ni en los servicios sociales ni otras políticas. Esto solamente es un privilegio del que gozan las instituciones policiales. Y tiene que ver con que la institución se ha ganado a base de presión sobre el poder político de turno, a base de ir ganando presupuestos, de haber ido ganando personal, cobertura jurídica, un músculo y un peso relativo dentro del propio Estado, dentro de la propia administración que le hace tener un grado enorme de de autonomía.
¿Los gabinetes de comunicación policiales han conseguido su objetivo?
Sí, lo han conseguido. Prueba de ello es que la policía tiene muy buena imagen a nivel de encuestas. Prueba de ello es que no existe una crítica desde la izquierda que vaya más allá de denunciar ciertas violencias o cierta violación vulneración de derechos. Y ha conseguido construir el mito de la eficacia policial en la vida cotidiana. Ha conseguido que buena parte de los problemas sociales a la hora de ser pensados por la ciudadanía se codifiquen a través de soluciones policiales cuando la policía no puede solucionar esos problemas.
Lo vemos constantemente cuando ocurre algo en un colegio, en un parque o en situaciones de la vida cotidiana, en los barrios. Y lo primero en lo que piensa la gente es en llamar a la policía.
La posibilidad de autoorganizarse para documentar y evidenciar este trabajo policial cotidiano cuando es violenta o cuando es racista, me parece un arma muy potente
En uno de los capítulos del libro relato una escena en la que un chico roba un móvil a una chica. Un grupo de vecinos y de gente que había en un bar conseguimos parar al chico. Conseguimos atender a la chica. Tranquilizarla. Conseguimos recuperar el móvil. Pero hubo un vecino que necesitó retener dentro del bar al chico hasta que llegase la policía. Es una escena muy interesante porque de lo que nos habla es de la creencia mágica en la policía, no para que solucione el incidente, porque ya lo habíamos solucionado entre la gente que estaba allí. Porque la policía, por muy rápida que sea su respuesta, nunca o casi nunca va a llegar a tiempo de resolver el incidente. Sin embargo, para lo que se esperaba a la policía era para poner orden, un orden simbólico en la situación y para, en todo caso, imponer ese orden a través de la imposición de una sanción o una detención, como si eso fuese la solución mágica a los problemas que nos ocurren. Entonces, toda esta ‘copaganda’ sirve. Es muy útil para esta creencia en la policía como institución eficaz.
¿Qué grietas hay en ese discurso de la ‘copaganda’?
Yo miraría a Estados Unidos, donde tanto en la época de Defund The Police, a partir del surgimiento de Black Lives Matter, como ahora, con con la violencia del ICE, se está produciendo una reacción ciudadana en forma de organización social y comunitaria para autodefenderse y documentar audiovisualmente la violencia policial. Aquí tuvimos la Ley Mordaza, que fue una reacción legal precisamente a esa mala imagen de la policía que se había conseguido a través de las movilizaciones del 15M. La posibilidad de autoorganizarse para documentar y evidenciar este trabajo policial cotidiano cuando es violenta o cuando es racista, me parece un arma muy potente.
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