Groenlandia
Groenlandia, o la nueva geopolítica gótica
Groenlandia, durante unas semanas, ha puesto a Europa al borde del abismo. La extravagante apetencia del imperialismo trumpiano por la gran isla ártica tiene sin embargo raíces en la narrativa gótica, heredera del colonialismo supremacista. Ignorarla puede costarnos caro, cuando vuelva, más pronto que tarde, a la mesa geopolítica la ‘guerra blanca’. Somos de los que creemos que, frente a la audacia de los infatigables y alucinados exploradores polares, la mejor forma de reflexionar sobre la reciente polémica ártica, es pegados a la calefacción y calentitos en nuestra casa.
Miramos viejos mapas y fantaseamos con los viajes de nuestros antepasados balleneros en Islandia, de cuya asiduidad quedó incluso un pidgin vasco-islandés y un edicto que permitía matar vascos en las costas de Islandia, derogado formalmente en 2015. ¿Llegarían a asentarse temporalmente los vascos, como los vikingos, en la gran isla helada en alguna de sus incursiones y existió el ducado de Nouvelle Navarre en su extremo sur, tal como refiere el capitán mercante Gabriel de la Landelle? Al menos nuestros piratas, como Joanes de Suhigaraychipi, alias Coursic, libraron batallas navales en su aguas… En cualquier caso, este es un testimonio más de la antigüedad de la relación de todos los pueblos marineros del arco atlántico europeo con el Gran Norte. Y de su fascinación tanto como de su interés económico y geoestratégico.
El furioso empeño de la administración Trump por quedarse con Groenlandia “a las buenas o a las malas”, parece más un capricho conspiranoico que una maniobra estratégica realista, pero tiene profundas raíces en una narrativa ideológica y literaria colonialista
No obstante, siguiendo esta tradición, el furioso empeño de la administración Trump por quedarse con Groenlandia “a las buenas o a las malas”, parece más un capricho conspiranoico que una maniobra estratégica realista. Somos conscientes de que tiene que ver con el trampantojo de la seguridad y con el control de nuevas vías marítimas expeditas de banquisa pero, sobre todo, con la promesa de inmensas riquezas bajo el hielo del “nuevo Congo boreal”, como la denominó Trump.
Pero la atracción por Groenlandia, también como grial ficticio del misterioso Artico, tiene profundas raíces en una narrativa ideológica y literaria colonialista, cuyo impacto residual en cierto imaginario imperialista global en ningún caso es despreciable. Y a la que mentes primaras, provistas de radares mentales para cualquier basura ideológica imperialista, como la del presidente norteamericano, de una puerilidad obsesiva, no parecen inmunes.
Más allá de exploraciones míticas ya desde la época de los primeros exploradores griegos como Piteas de Massalia, John Dee, el mago y espía inglés, propuso a Isabel I su conquista en el Brytanici Imperii Limites, en la creencia de que, pertenecieron al mítico rey Arturo (Dee no solo se apropia del territorio sino del propio título de Imperio porque, en esa época solo el Papa podría darlo y, como es sabido, la reina Isabel no se llevaba especialmente bien con Roma). Pero este solo fue el comienzo de una era de exploraciones en la busca del Paso del Noroeste, entre el Atlántico y el Pacífico, que llevó a Europa a padecer una contagiosa fiebre ártica, y que posibilitó fletar numerosas expediciones, muchas de las cuales acabaron en desastre total, como la célebre Expedición Franklin en 1845 -novelada por Dan Simmons en El Terror-, en la cual perecieron todos sus miembros y en la que se supone hubo episodios de canibalismo.
La precariedad suicida de estas expediciones árticas generó, aparte de numerosos diarios y libros de viajes, y una inusitada expectación popular en la prensa de la época, una literatura de lo sublime y del horror góticos. Las primeras espadas de la época como Ann Radcliffe en El demonio de las nieves, Samuel T. Coleridge en La balada del viejo marinero, Mary Shelley en Frankenstein o el moderno Prometeo, Wilkie Collins en En mares helados o A. Conan Doyle en El capitán del Pole Star, recalaron en sus siniestras delicias, reflejando un universo tan extraño y desolado como de irresistible atractivo. Un poderoso influjo gótico que más tarde, tras la estela de E. A. Poe en la Narración de Arthur Gordon Pym, contagió la literatura antártica de Julio Verne de La esfinge de los hielos y de H.P. Lovecraft de En las montañas de la locura, y que recuperan autores latinoamericanos recientes como Benjamín Labatut o Michel Nieva.
No obstante la heroica culminación de las expediciones al Paso del Noroeste o al centro topográfico o magnético del Polo norte, no agotó la fascinación ártica. Vuelve a reactivarse en el imaginario mítico gracias al esoterismo de los ocultistas nazis, de Rosenberg a Himmler, que más allá de expediciones alemanas al Polo Norte, se canaliza a través de la Sociedad Ahnenerbe y, especialmente, de la Sociedad de la última Thule, en pos de la mítica isla de Thule, capital de Hiperborea, supuesto origen de la raza aria y umbral del mundo subterráneo de Agartha. Un lugar legendario en el norte inexplorado en cuyo interior se creía que, por estar más cerca del Sol, existiría un territorio libre de hielo y apto para ser habitado. Justamente una Greenland, como proclamaba el propagandístico nombre con el cual Erik el Rojo bautizó a esta isla de hielos perpetuos.
El neoimperialismo trumpiano que predica la conquista de su propia área de influencia bajo la delirante doctrina Donroe, se lanza a los sueños colonialistas polares bajo la amenaza del colapso, arriesgándose no solo a acelerar el nuevo (des)orden mundial, sino a enemistarse con sus aliados europeos de la OTAN
Tras la II Guerra Mundial el imaginario ártico vuelve a reactivarse como escenario liminar de un guerra, más fría si cabe, que justamente se dirime como proyección futura de una última batalla en las vastedades heladas. Tal como refleja el enérgico thriller Estación Polar Cebra (1968, John Sturges), en el que un submarino nuclear norteamericano y paracaidistas soviéticos se disputan una capsula espacial caída en el Polo Norte. Película esta favorita de otro conspiranoico norteamericano, el multimillonario aviador, Howard Hughes, que la veía en bucle fascinado incluso con un polo filmado en estudio, con hielo de cartón piedra.
Pero la llegada del calentamiento global y el deshielo ha despertado de nuevo las ambiciones geopolíticas del Ártico. La oportunidad de abrir nuevas rutas marítimas y conseguir acceso al petroleo, minerales y tierras raras bajo el hielo, ha puesto a Groenlandia, de nuevo, en el centro del tablero geopolítico. Como consecuencia, en gran medida -más de lo que podamos imaginar- de una narrativa gótica de vergonzante perfil neocolonialista. Lo curioso de esta nueva coyuntura es que las grandes potencias como Rusia, China y, especialmente, Estados Unidos no solo buscan ampliar sus territorios en un nueva escalada imperial del clásico lebensraum nazi sino construir un imperio diferido en el tiempo. La extracción de la minería ártica, pese a su empuje, actualmente, no parece suficientemente rentable y, por tanto, el valor de Groenlandia no reside en el presente, sino en un hipotético ‘mercado de futuro’, aún improbable y en todo caso solo operativo a medio y largo plazo. Paradójicamente, mientras el sur ecuatorial se desertifica y se convierte en progresivamente inhabitable, en el norte se abre la expectativa de la penúltima operación extractivista. Este es el sentido perverso del colapso climático, en el cual el capitalismo terminal oficiosamente no se cree, pero que de hecho pretende explotar hasta sus últimas consecuencias…
Así, el neoimperialismo trumpiano, la némesis del neoimperialismo ruso también en el Artico, que predica la conquista de su propia área de influencia bajo la delirante doctrina Donroe, se lanza a los sueños colonialistas polares bajo la amenaza del colapso. Sueños que tienen su contrapunto en el cosmismo de tecnobros como Elon Musk o Jezz Bezzos, y que ya ilusionaron a los nazis esotéricos, como la Sociedad Vril (basada en la novela del británico Edward Bulwer-Lytton, Vril, el poder de la raza venidera), aficionada a construir platillos voladores. O la conquista de un lugar supuestamente vacío y salvaje -el Artico o Marte- para fundar una nueva provincia del imperio, alejada del colapso que están provocando en la Tierra. Probablemente para lograr lo que ya propone una extraña empresa tecnolibertaria como Praxis que se ha propuesto comprar la isla para crear su correspondiente tecnoutopía de, en sus propias palabras, “paraíso territorial desregulado” y librarse así del control estatal y burocrático que tanto aborrecen.
No obstante, el problema al respecto en Groenlandia no reside tanto en su pertenencia formal a Dinamarca, la antigua potencia colonial (que la ha convertido en territorio autónomo susceptible de autodeterminación), como en la existencia del pueblo inuit, 57000 habitantes de Kalaallit Nunaat (la Tierra de los hombres del Norte), convertida en moneda de cambio colonial. Una población que, pese al inevitable proceso de aculturación, mantiene algunas de sus señas de identidad, que la arraigan a un territorio hostil pero sobre el que se resisten malamente a su explotación total para no contribuir al cambio climático.
Groenlandia, constituye así la penúltima frontera del capitalismo tecnofeudal del siglo XXI en su deriva imperial-fascista y la Antártida será la última
Groenlandia supone para el trumpismo desbocado, incluso más que otras partes del globo con potenciales riquezas a explotar (Venezuela y su petroleo, Gaza y su resort, Panamá y su canal, etc.), la nueva versión norteamericana de la fiebre del oro alaskeña, la cual, sublimada como revisión de la fiebre ártica norteamericana que acosaba a exploradores como el norteamericano Robert Peary, da como resultado un expediente de locura geopolítica. La ambición groelandesa de Trump supone el paradigma de la nueva narrativa colonialista de tendencia irracionalista, capaz de arriesgarse no solo a acelerar el nuevo (des)orden mundial, sino a enemistarse con sus aliados europeos de la OTAN y alentar las ambiciones de las potencias euroasiáticos como Rusia y China. El umbral de un abismo, cuyas imprevisibles consecuencias contendrían al capitalismo racional de otras épocas de regresar a una dinámica decimonónica de brutal reparto del mundo por la fuerza.
Por otra parte, el deshielo del permafrost ártico ha dado pie a una nueva oleada de noir gótico, que pretende alertar sobre sus amenazas biológicas. Series como Fortitude, True Detective. Noche polar o The Head abundan en esa temática, que podríamos llamar de gótico ecologista, que combina ciencia, chamanismo y crimen. La nueva generación de thrillers nórdicos ya no se contenta con llevar a Agata Christie al Polo sino que descubre que, en última instancia, el verdadero criminal es el progreso humano, esto es, el Antropoceno convertido en Colapsoceno.
Pero la consecuencia letal más inmediata del deshielo no es su amenaza a la fauna local como el oso polar y al frágil ser humano por el lento pero inexorable incremento del nivel del mar, sino el descongelamiento de su peor amenaza: el imperialismo fascista. El verdadero monstruo que acecha, como en las ficciones antárticas, en aquel gótico alienígena de El enigma de otro mundo o La cosa, es heredero del inglés victoriano o del nazi de Thule: un extraterrestre demasiado terrestre, un (neo)fascista que bajo las barras y estrellas pretende devorarnos. Y que no viene de otro lugar distinto que del alma fascista del imperialismo norteamericano, voraz conquistador de territorios bajo la doctrina Monroe, y fundado sobre la esclavitud y la segregación racista de nativos, afroamericanos o latinos.
Groenlandia, constituye así la penúltima frontera del capitalismo tecnofeudal del siglo XXI en su deriva imperial-fascista y la Antártida será la última, cuando el tiempo lo permita y las actuales bases científicas se conviertan en cabezas de playa de los ejércitos de las grandes potencias. En su vastedad helada dormita, como En las montañas de la locura de H.P. Lovecraft, el horror sublime y definitivo: el regreso de los despiadados Antiguos capitalistas, frente a los cuales los Shoggoths socialistas nada tienen que hacer.
Pero no adelantemos acontecimientos; con la esperanza de que no se tuerza la componenda de última hora para la compra o el dominio de facto de la isla, la propia desmesura irracional de Trump y su administración se muestra como una fiebre blanca similar a la del capitán Ahab en pos de Moby Dick. Y que puede, y debe, acabar en un gran fiasco, lo cual no supone ningún consuelo. Pero, en fin, ¿quién puede disponer de una ruta fiable en el mapa vacío del Artico, que como en La caza del Snark de Lewis Carroll, confunde la caza del Snark con la del Boojum?
La ambición trumpiana sobre Groenlandia no obedece tanto a una aspiración racional del viejo capitalismo depredador como a un delirio irracional del desesperado capitalismo terminal en su coqueteo con la geopolítica del caos
En definitiva, esta es nuestra hipótesis; la ambición trumpiana sobre Groenlandia no obedece tanto a una aspiración racional del viejo capitalismo depredador como a un delirio irracional del desesperado capitalismo terminal en su coqueteo con la geopolítica del caos, la cual, y aquí está la gracia, se apoya en la narrativa gótica colonialista en torno a los polos. Un misterio blanco fundado sobre una amalgama de esoterismo nazi, estética de lo sublime, teología colonial y noir gótico, que confiere a Groenlandia el aura de nuevo el Dorado blanco, utopía ártica y Shambala capitalista… Una Nada perfecta que lo puede ser Todo.
Lo que en estrictos términos geopolíticos podría convertir a Groenlandia en Las Malvinas del hegemón norteamericano en caída libre, y de paso, dislocar definitivamente nuestro mundo en crisis, puede acabar como una tormenta en un vaso de agua, la especialidad de TACO cuando encuentra resistencia. Incluso el bufón presidencial ha de tener a su vera consejeros que, bajo el hielo, tengan los pies en la tierra, y que entiendan que las bravuconadas groelandesas de Trump solo pueden funcionar como tácticas mafiosas para negociar algunos beneficios contantes y sonantes.
La “guerra blanca” que, como dice Marzio G. Mian, Trump ha acelerado en el Artico, todavía como una primera fase de una guerra híbrida, ha convertido a la Groenlandia de 3 kilómetros de espesor del hielo, de una terra nullius en un escenario en disputa por las superpotencias polares, en la que ya operan cuarenta y una compañías mineras, treinta de las cuales son occidentales. Bussines as usual, efectivamente, solo que en este caso el componente irracional del capitalismo propio del imperialismo fascista, atravesado de fiebre boreal goticista, nos advierte de los desastres del porvenir en otras partes del globo, de Gaza a Mineápolis.
Frente a estas ambiciones polares desaforadas el ejemplo de los exploradores vascos Ignacio Oficialdegi y Ramón Larramendi viajando por las autopistas de viento impulsados por las cometas de los trineos de viento en la Antártida y Groenlandia (prescindiendo de contaminantes y caros vehículos oruga), resulta una elegante y delicada aproximación poética al Gran Norte. Una alternativa para que la inevitable fiebre blanca que nos asalta nos sirva para soñar que también otro Artico es posible.
Entre tanto, al calor de la calefacción, esperamos con cierta inquietud acontecimientos del remoto Artico, sobre el desenlace de una representación absurda, como si Esperando a Godot en la nieve, solo nos trajera finalmente al hambriento oso trumpista, que ha olido sangre. Y, entonces, como gritaban aterrorizados los nativos de Gordon Pym, en la novela inacabada de Poe y que recuperara el filofascista Lovecraft, ante la aparición de una figura espectral, blanca y gigantesca, proclamaremos aquel incomprensible y ominoso: ¡Tekeli-Li! ¡Tekeli-li!… o el fascismo que viene por el norte.
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