Francia
La huelga general une a sindicatos, estudiantes y chalecos amarillos contra Macron y el coste de la vida
Francia vive hoy, jueves 5 de noviembre, una jornada de huelga general convocada por la intersindical y que se anuncia masiva. A principios de semana, la CGT difundía que las plataformas intersindicales unitarias tenían convocadas 252 concentraciones y manifestaciones para reunir a todos los sectores en huelga, también en las ciudades más pequeñas.
Los sindicatos piden un mejor reparto de la riqueza, subidas salariales, más recursos para los servicios públicos y la defensa del empleo. A esas reivindicaciones se suman las del movimiento estudiantil y la defensa del derecho de manifestación, que los poderes públicos han conculcado en las últimas semanas.
La Liga de los Derechos Humanos manifestó ayer en un comunicado, firmado por numerosas organizaciones, que “el gobierno vulnera la legalidad y además con prácticas deshonestas, porque los prefectos, tras haber negociado los trayectos de las manifestaciones con los sindicatos, cambian de opinión y aplican prohibiciones de último momento, no permitiendo la presentación de recursos”.
A finales de octubre, el Gobierno ofreció a las organizaciones estudiantiles unas medidas que el movimiento ha calificado de “migajas”, y todavía no ha anunciado oficialmente la ligera subida prevista del salario mínimo (SMIC). Por ahora, el margen de negociación parece escaso. Los mercados financieros presionan sobre los tipos de interés a los que se endeuda el Estado francés, y el Ejecutivo sigue sin mayoría en una Asamblea Nacional dividida en tres bloques. Macron, además, agota su segundo y último mandato, y la primera vuelta de las elecciones presidenciales está prevista para el 18 de abril.
Hasta ahora, el Ejecutivo parece apostar por acabar con el movimiento a golpe de represión y por desacreditar las manifestaciones. Pese a lo que muestran las imágenes, las presenta como estallidos de violencia popular desatada y manipulada por “la ultraizquierda” y por La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon.
El Gobierno confía también en que el miedo a perder el curso devuelva al estudiantado a las aulas, ahora que ha atendido algunas de sus demandas defendidas en las calles durante el último mes y medio. Son logros escasos tras semanas de bloqueos y manifestaciones multitudinarias.
En siete semanas de protestas, la policía ha detenido a más de 10.000 personas, ha herido a cientos y ha mutilado a varias; 329 han acabado en prisión
Desde que el movimiento arrancó a mediados de septiembre, la policía ha practicado más de 10.000 detenciones, 329 personas han ingresado en prisión y cientos han resultado heridas por las armas de los agentes. Algunas han quedado mutiladas, con pérdidas de ojos y manos, y una persona murió en la manifestación del 17 de octubre.
La Secretaria General de la CGT Sophie Binet afirma estar “muy preocupada con la deriva que observa en las fuerzas policiales y con que, particularmente, la extrema derecha progrese en su seno, lo que lleva a prácticas que nada tienen que ver con las de una policía republicana”.
Tres sábados en la calle contra el coste de la vida
La huelga de hoy toma el relevo de las manifestaciones del sábado pasado. Pese a las vacaciones escolares, entre 320.000 y 500.000 personas, según el Gobierno y los sindicatos respectivamente, volvieron a recorrer las calles de toda Francia contra “la vida cara”.
Muchas de esas marchas se prohibieron de nuevo. El Gobierno impuso recorridos periféricos y cambiantes, y en muchos casos modificó en el último momento convocatorias que las prefecturas ya habían autorizado. Desplegó 70.000 agentes, con compañías de élite, drones y helicópteros, pero también con policías inexpertos y poco formados para controlar manifestaciones, lo que aumenta el riesgo de heridas por el mal uso de unas armas que se venden como no letales.
La asistencia fue algo menor que la de los dos sábados anteriores, cuando entre 400.000 y 800.000 personas salieron a la calle en decenas de ciudades para apoyar a la juventud estudiantil en lucha. Lo hicieron en un clima de fuerte represión y de rabia por la violencia policial y por las trabas al derecho de manifestación. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y mostraron a un Gobierno incapaz de encauzar la crisis.
Los sábados de protesta nacieron contra la vida cara y se han convertido en una defensa del derecho de manifestación frente a la deriva autoritaria de Macron
Las tres jornadas se convocaron contra la vida cara, con reivindicaciones de alcance general, y crecieron al calor de la movilización estudiantil del último mes y medio. Pero se han convertido cada vez más en una afirmación del derecho de manifestación frente a la deriva autoritaria del presidente y de su primer ministro, Sébastien Lecornu. Los sábados se han instalado así en el paisaje político para reclamar un mejor reparto de la riqueza y defender las libertades públicas, y continuarán en las próximas semanas si el Gobierno no cede.
La coordinación nacional de los chalecos amarillos ha tomado una expresión de moda entre la población adolescente y llama a un “six-seven” en noviembre: huelgas y bloqueos el viernes 6 y un “Acto IV” por la igualdad real el sábado 7.
Los institutos vuelven a bloquearse tras las vacaciones
La novedad de esta semana es que los institutos reabrieron el lunes 2 de noviembre. Terminaron las vacaciones y se levantó el cierre administrativo que mantenía clausurados muchos centros desde principios de octubre.
Institutos y facultades, ocupados o al menos movilizados, fueron el origen del movimiento y siguen siendo su núcleo. Con su vuelta, la juventud ocupa de nuevo el centro de la huelga intersindical unitaria de hoy.
Los estudiantes han vuelto a bloquear institutos y universidades en Lyon, Grenoble y París, y la policía ha cargado contra ellos en Toulouse y Montpellier
Parte de los institutos y universidades han retomado los bloqueos, como en Lyon, Grenoble, el centro de París y la banlieue. En Toulouse y Montpellier, la policía ha cargado contra estos blocus, una forma de protesta habitual y aceptada en la cultura de movilización francesa, y estudiantes y profesorado han vuelto a unirse para defender sus centros y sus campus.
Es quizá la mayor paradoja de Francia. La escuela enseña desde la primera infancia el lema “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, heredero de las revoluciones de 1789, 1830 y 1848, pilares de la historia moderna en los programas escolares. Después cuesta convencer a esa misma juventud de que se conforme con la falta de horizontes vitales, la desigualdad crónica de oportunidades y la fuerte segregación social que persisten en uno de los Estados más fuertes y redistributivos de Europa.
Las grandes movilizaciones que se repiten año tras año muestran que las expectativas de la juventud no caben en el margen actual de lo posible. Pesan el cambio climático, tras un verano de temperaturas récord; la implantación de la inteligencia artificial en todos los ámbitos y el temor, aún sin demostrar, a que destruya empleo; y el auge de una extrema derecha corrupta y antisemita que los medios presentan una y otra vez a las puertas del poder.
La generación Z europea afronta estos desafíos desde una posición subordinada, en las sociedades envejecidas de un continente que se presenta a todas luces decadente. ¿Qué futuro se le ofrece a la población joven en ese contexto?
Desde octubre sin clases en los institutos
Desde principios de octubre no hay clases en muchos institutos de las grandes ciudades. En otras ciudades y pueblos, menos movilizados, las clases se interrumpen con regularidad y con un alto grado de aceptación social. Esa ruptura de la normalidad obliga a replantear el día a día de los centros.
Los institutos y universidades bloqueados por los estudiantes o cerrados por las autoridades se han convertido en la ocasión para que la juventud tome protagonismo y plantee el cambio de rumbo que Francia, y con ella toda Europa, lleva casi dos décadas esperando.
El movimiento nació entre los estudiantes de bachillerato y su profesorado, y hace semanas que se sumaron los universitarios. Con un pliego de reivindicaciones más amplio, defiende ahora la educación pública y protesta contra la vida cara, pero es también un movimiento de la juventud que reclama un papel activo en la construcción del futuro.
Los jóvenes bloquean sus institutos y facultades porque quieren tiempo para luchar. Numerosos testimonios dan cuenta de su energía y su creatividad, y de que toda una generación se siente parte de un movimiento que desborda una franja de edad o un país. Siguen de cerca las movilizaciones de España, Bélgica, Albania, Portugal o Serbia, cuyas imágenes y lemas recorren las pantallas de todo el mundo.
El movimiento retoma viejos lemas, pero también inventa los suyos con mucha alegría. La generación Z protesta con pancartas y disfraces de superhéroe, y recupera La Marsellesa y la bandera tricolor, poco habituales en movilizaciones anteriores, aunque los chalecos amarillos ya las enarbolaban en 2018 y 2019. Algunos análisis hablan ya de un patriotismo criollo, internacionalista y revolucionario, que se niega a dejar esos símbolos en manos de los fascistas.
Lecornu ofrece “migajas” a los estudiantes
El lunes 26 de octubre, unas seis semanas después de que empezara la protesta en los institutos, Lecornu dio su primera respuesta política más allá de la represión, sin ocultar el desprecio por el movimiento social que le caracteriza. Antes de reunirse con las organizaciones estudiantiles, recibió a varios influencers y les adelantó las medidas, con la esperanza de que esa táctica de comunicación ayudara a contener la rabia juvenil.
Ese día, el Gobierno anunció una “fuerte evolución” de Parcoursup, la plataforma de acceso a la universidad, en 2027, antes de “reemplazarla en 2028”, cuando ya habrá otro presidente y otro Gobierno. Anunció también que renuncia a parte de los recortes de plantilla previstos en el proyecto de presupuestos de 2027, que tampoco tiene mayoría asegurada en la Asamblea Nacional. Y prometió 4.000 millones de euros en préstamos a bajo interés y un plan plurianual de 1.000 millones en inversión directa para renovar institutos y colegios.
Las clases se limitarán a 28 alumnos en la mitad de los institutos en septiembre de 2027, y más tarde en el resto; hoy es habitual que haya 35 o 36 por aula. Por último, el Gobierno creará 15.000 plazas más en la enseñanza superior y actualizará las becas con la inflación de 2026, sin compensar la pérdida acumulada en los años anteriores.
La juventud movilizada y sus organizaciones consideran que estas medidas van por fin en la buena dirección, pero son insuficientes. Las llaman “migajas” y piden seguir con la lucha.
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