Francia
Comité Invisible: “Se generacionaliza la revuelta para evitar que se generalice”
El alcalde de Limoges ha sabido definir con insospechada exactitud la revuelta de los estudiantes franceses. En declaraciones ante los medios, mientras observaba impotente como ardía el Ayuntamiento de la ciudad —ese engendro kitsch— dijo: “No se trata de una travesura ni de una bobada sino de odio. Odio a la bandera francesa, odio a las instituciones, odio a los directores de instituto, odio a los maderos, odio a los políticos, odio a todo lo que encarna la autoridad”. Más allá de las enormes diferencias entre las situaciones que se desarrollan a ambos lados de los pirineos, la entrevista resuena con las discusiones de estrategia y táctica que se están dando actualmente por estos lares. O, mejor dicho, genera fuertes disonancias con las posiciones hegemónicas en este país, puesto que en el Estado español la perspectiva sostenida en la entrevista brilla por su ausencia. Aquí puede leerse la entrevista en su sitio original, en francés.
Azar del calendario o signo de los tiempos, en cualquier caso, es en plena revuelta de la juventud y en vísperas de un posible “retorno de los Chalecos Amarillos”, cuando el Comité Invisible publica su Manual de supervivencia. Desde hace una veintena de años, a través de sus libros de intervención (La insurrección que viene, A nuestros amigos, Ahora...), este colectivo ha sabido tanto inspirar como hacer balances críticos de las sucesivas oleadas de revuelta y de las situaciones que se han producido a partir de ellas. Con su Manual de supervivencia transmite un pensamiento exigente, duro, sin concesiones ni halagos, autocrítico, pero que también sabe mostrarse generoso y honesto.
Muchas de las cuestiones que plantea son, a veces, también las nuestras, del mismo modo que, en definitiva, son las de muchas personas frustradas por las derrotas y el sentimiento de impotencia: ¿cómo pensar las repetidas derrotas a pesar de la persistencia de formas de conflictividad? ¿Qué balance hay que sacar de ello? ¿Cómo sobrevivir al momento? ¿Cómo prospera el enemigo? ¿Cómo afrontar con seriedad y estrategia al capital y retomar verdaderamente la ética y la perspectiva revolucionarias?
Asumiendo su crítica del espacio público, sus intervenciones siguen siendo escasas, pero dos colaboradores del Comité Invisible han respondido a nuestras preguntas sobre el libro y para aportar su propio análisis del momento que estamos atravesando.
El Manual de supervivencia explica que los Chalecos Amarillos han hecho realidad una forma de insurrección que los autónomos llevaban mucho tiempo esperando, pero que lo han hecho sin ellos: es decir, se trata de un movimiento nacido del encuentro entre experiencias singulares, hasta entonces aisladas, más que de una organización previa. ¿Existen puntos en común con la revuelta actual de la juventud o se trata de la enésima movilización de izquierdas que reivindica, canalizada, recuperada o incluso saboteada por los sindicatos y los partidos?
Lo que está sacudiendo el país en este momento no es un movimiento social, es un movimiento vital. El mundo de los “adultos” al mando conduce a tumba abierta contra el muro; acelera incluso. Le da igual todo, quiere seguir disfrutando hasta la última gota de petróleo. Pretender ser “responsable”, “razonable” y depositario de la “autoridad” es el colmo de su feroz infantilismo. Una sociedad de viejos no puede sino exaltar los valores de la juventud, a falta de ser joven. Quiere todos los signos de la juventud, pero detesta su vitalidad.
Los estudiantes de secundaria no tienen ningún motivo para sentirse solidarios con semejante civilización de suicidas. Han visto a sus padres y sus profesores someterse a todas las humillantes aberraciones de la gestión de la COVID y luego enredarse en turbias justificaciones para confinarlos y someterlos a su vez a esa misma situación. Hasta tal punto que, cuando toman la palabra, uno creería estar oyendo a los padres de sus propios padres. Explota un estudiante: “Porque vosotros aceptéis que os traten como a chuchos de mierda, os paguen con migajas y ni siquiera consigáis hacer la compra completa para todo el mes, no todo el mundo tiene que aguantar lo mismo; solo porque vosotros no habéis tenido los cojones de alzar la voz. Lo siento”. Lo contrario también es cierto. El famoso nazi Henry Ford decía: “Si la población comprendiera el sistema bancario, creo que habría una revolución antes de mañana por la mañana”. Si los estudiantes supieran lo que sus profesores —salvo contadas excepciones, y por eso mismo tanto más valiosas— dicen de ellos en la sala de profesores, no quedarían muchos institutos intactos en Francia. Gobernar un mundo sin otra promesa que la de su colapso se anuncia más complicado de lo previsto. No es seguro que la geolocalización de los hijos por parte sus padres sea suficiente para ello.
Se “generacionaliza” la revuelta para evitar que se generalice. La actual revuelta de “los jóvenes” habla esencialmente de la condición común
En una sociedad administrada, lo que se denomina “la juventud” es simplemente el elemento libre, aquel que aún no está atado por una carrera profesional, un superior, un crédito o un entorno, y que, por tanto, puede permitirse formular lo que todo el mundo ve, pero prefiere callar. Se generacionaliza la revuelta para evitar que se generalice. La actual revuelta de “los jóvenes” habla esencialmente de la condición común. ¿Qué sentido tiene hacer carrera en un mundo a 45°C —y, por tanto, estudiar en él—? ¿Cómo se atreve esta sociedad a tratar sus insostenibles contradicciones como un “problema psicológico” [de salud mental], y, por tanto, apelar a la “resiliencia” frente a nuestra “ecoansiedad”? ¿Cuánto tiempo más vamos a tolerar la selección y segregación que se está llevando a cabo en todos los niveles de la población, y, por tanto, sistemas como Parcoursup y MonMaster? ¿La vida consiste en cuidarse a sí mismo como capital humano, y, por tanto, como conjunto de competencias? ¿Cuándo vamos a dejar de trabajar para nuestro propio reemplazo por la IA, destino que las start-ups del ministerio ya han prometido a los profesores? Y, sobre todo, ¿cómo hacer la revolución en un mundo diseñado íntegramente para impedírnoslo? Todas estas preguntas, y algunas más, han sido nuestro punto de partida para escribir el Manual de supervivencia. Durante dos años, hemos intentado responder a ellas, hacer el balance estratégico del fracaso de los movimientos en los que habíamos participado y despejar el terreno para un nuevo comienzo de un proceso revolucionario. Sabíamos que era una tarea necesaria, pero ya nadie hablaba de revolución. Nos preguntábamos si todavía escribíamos para alguien. Ahora sabemos para quién hemos escrito. No hemos currado en vano.
El primer rasgo común entre los Chalecos Amarillos y la actual revuelta de los estudiantes de secundaria es que ambas provienen de los sectores más ajenos a la socialización militante, a sus códigos, a sus machaqueos, a su tristeza, a su radicalidad consistente en poner mal careto. Son revueltas que todavía saben decir “yo”. Y, de hecho, antes de la semana pasada, no habíamos vuelto a experimentar, desde los tiempos de los Chalecos Amarillos, una alegría semejante por estar en la calle, bromear, bailar, cantar, hacer pintadas y provocar disturbios.
Otro rasgo común es arremeter contra la humillación como norma de integración social, es decir, como fundamento de la cultura francesa, y desafiar por tanto el buen juicio. Los problemas con los cagaderos en los institutos no son problemas de mierda, sino una muestra evidente de desprecio. Por eso deben terminar. “Generación Z porque seremos la última generación a la que traten como una mierda”, decía una pancarta el martes pasado. Ninguna necesidad es despreciable —necesidad de dormir, de pasta, de consideración, de sentido, de amor—. Todo en la cultura francesa pretende avergonzarnos de nuestras necesidades, hasta el punto de que “hacer sus necesidades” es sinónimo de cagar. Los estudiantes de secundaria, como los Chalecos Amarillos, desafían abiertamente este tabú. Las necesidades, en su materialidad y singularidad, son ingobernables: en cuanto las enarbolamos, los gobiernos ya no saben qué pretexto aducir para cambiar de tema. Un tercer rasgo común entre estas dos irrupciones es el rechazo del double bind gubernamental, el rechazo a dejar que el poder nos vuelva locos a fuerza de órdenes contradictorias. Se trata, por tanto, de la misma manera de tomarle la palabra al poder: “Nos has dicho que viniéramos a buscarte; pues bien, aquí estamos, Macron: ¡estamos en los Campos Elíseos y pronto estaremos en el Elíseo!”. “Ah, os pasáis todo el año machacándonos con que hay que trabajar, sacar buenas notas y sacrificarnos por nuestro futuro; pues bien, ¡dadnos las condiciones para hacerlo, hijos de perra!”.
Los militAntes tardaron tres semanas en sumarse a los Chalecos Amarillos, primero los calificaron de “fascistas”. Como recuerda el Manual de supervivencia, aquella insurrección puramente proletaria, antisindical, antipolítica y antirrepresentativa, se hizo sin ellos
De repente, el poder está desnudo y empieza a farfullar. Después, muestra su verdadero rostro y desembucha. Trata el bloqueo de un instituto como un acto de “violencia urbana” y explica, en una emisora de radio pública, que hay demasiados estudiantes de secundaria, que muchos de ellos no tienen sitio en el instituto y que, de todas maneras, aunque cursen estudios, estos nunca les bastarán para competir con la IA en el mercado laboral. Ahora queda todo claro.
La mala conciencia de los militantes por haber “faltado a la cita con los Chalecos Amarillos” —a los que tardaron tres semanas en sumarse y a los que, para empezar, calificaron de “fascistas”— es tal que, desde entonces, no han dejado de querer “rehacer a los Chalecos Amarillos” en cada oportunidad. Y, de hecho, como recuerda el Manual de supervivencia, aquella insurrección puramente proletaria, antisindical, antipolítica y antirrepresentativa, se hizo sin ellos. Eso no ha impedido que, tras sus primeros altercados con los antidisturbios, los Chalecos Amarillos adoptaran la técnica del black bloc, técnica para los disturbios surgida de la autonomía alemana de los años ochenta que no se popularizó en Francia hasta mucho más tarde, en 2016. Adoptaron la técnica, no la identidad. Sin embargo, más que por este detalle, ciertamente impactante, los Chalecos Amarillos actuaron como autónomos por su constante rechazo de toda representación, de todo portavoz, de toda organización exterior, de toda mediación institucional. “¡Ningún poder para nadie!”, reivindicaban los autónomos alemanes en 1981. Los Chalecos Amarillos fueron aquella “autonomía más allá de los autónomos” con la que soñaban los indios metropolitanos [italianos] en 1977.
Si los Chalecos Amarillos han sido una herida en el orgullo de los autónomos, para los sindicatos fueron una pesadilla: trabajadores que se rebelan, toman las calles y la palabra directamente, sin pasar por sus representantes oficiales y subvencionados. Hay que acordarse de los discursos de Laurent Berger [secretario general, en aquel momento, de CFDT, sindicato de raíces cristianas y orientación socialdemócrata] en 2023, al comienzo del movimiento contra la reforma de las pensiones: no hablaba más que para expresar su desprecio por los Chalecos Amarillos. De hecho, la única y exclusiva motivación de las cúpulas sindicales en aquel movimiento era tomarse la revancha contra ellos, no imponerse al Gobierno, frente a sus provocaciones, mediante jornadas de movilización intermitentes, sino simplemente recuperar su posición después de semejante afrenta. Se trataba, pues, de un movimiento de restauración.
Para los sindicatos, los Chalecos amarillos fueron una pesadilla: trabajadores que se rebelan, toman las calles y la palabra directamente, sin pasar por sus representantes oficiales y subvencionados
Por toda una serie de razones, el actual movimiento de estudiantes de secundaria y universitarios está menos preparado para defenderse de las maniobras sindicales y politiqueras. El martes pasado, una marcha desde el Ayuntamiento hacia Matignon [residencia oficial del primer ministro francés], decidida por miles de estudiantes de secundaria y universitarios, pudo ser torpedeada tranquilamente por las organizaciones sindicales y transformada en una marcha cuyo destino era acabar cercados por la policía en la plaza Vauban, sin que ello provocara ningún escándalo. Sindicatos, medios de comunicación, organizaciones de izquierda: los falsos amigos son mucho más peligrosos que los verdaderos enemigos. Si consiguen jodernos es precisamente porque, durante un tiempo, han fingido estar de nuestro lado. En cuanto a los partidarios de Mélenchon, con su estrategia de hegemonizar todo lo que se mueve y su táctica PANG! (Personne À Notre Gauche, “nadie a nuestra izquierda”), no hacen más que preparar cínicamente la mayor y más amarga decepción política desde Mitterrand. Se alimentan de las esperanzas ajenas como las garrapatas de sangre. ¿Es eso una excusa para no unirse a los estudiantes de secundaria? No, ciertamente. “Unirse a los estudiantes” significa no tanto seguirlos y respaldarlos como extender el rechazo y los devenires de los que su gesto es portador. Rechazar ser triturados. Rechazar ser víctimas del sistema. Cobrar vida, volverse autónomo, explosivo. Tenemos confianza: de todos modos, no existe ninguna solución electoral para este callejón sin salida de la civilización.
El libro consagra páginas importantes a la “gubernamentalidad a través del trauma”. Esto pasa, particularmente, por cargar contra la estupidez estratégica de los organizadores de la movilización de Sainte-Soline, que condujo a una “traumatización” deliberada. “Volver a empezar” implicaría, por tanto, aprender la lección y salir de la repetición traumática. Una vez más, nos encontramos ante una represión policial tan previsible como masiva. ¿Nos estamos metiendo una vez más en una trampa?
Cuando en tres semanas se encierra a 7.000 estudiantes de secundaria bajo detención policial y se carga contra ellos a caballo o se les lanza granadas a las que se les ha quitado la anilla, evidentemente ya no se trata de “mantenimiento del orden” ni de un problema de “asignación de unidades”. Se trata de una estrategia. “El objetivo de la operación era asustar a los alumnos y a sus padres para poner fin cuanto antes a la revuelta”, explica con toda naturalidad un comisario de policía. Esta banal confesión ilustra hasta qué punto los gobiernos han tomado por costumbre, en los últimos años, manejar los traumas —ya tenga por origen una catástrofe, un atentado, una guerra o su propia policía—. En este último caso, el Manual de supervivencia habla de “traumatización estratégica”. La represión del movimiento de estudiantes de secundaria confirma, por desgracia, esta tesis. En Francia, el levantamiento de los Chalecos Amarillos marcó el punto de inflexión en esta nueva configuración. Durante la semana del 8 de diciembre de 2018, el Gobierno y los medios de comunicación no dejaron de agitar la amenaza de que se produjeran muertes. Fue entonces cuando arrojaron por la borda la “doctrina Malik Oussekine” [estudiante asesinado por la policía durante una manifestación en 1986 que provocó la dimisión del ministro de Universidades y se convirtió en un símbolo de la violencia policial]. La estrategia de “mutilar a uno para disuadir a cien” ya se había probada en el contexto de las ZADs [Zonas a Defender], ya fuera en Sivens, en Bure o durante el desalojo de Notre-Dame-des-Landes. Aprovechando un terreno no urbano, la policía y la gendarmería hacían llover granadas ofensivas que explotaban azarosamente. Así se procedió, claramente, en Lens.
En cuanto a la técnica de embestir a los manifestantes con vehículos policiales, hace tiempo que se viene ensayando en los suburbios. ¿Cuál es su objetivo desde el punto de vista de la gestión de masas? Ninguno. Se trata de traumatizar. El choque y el espanto se amplifican mediante los vídeos, una forma como cualquier otra de volver las herramientas de los manifestantes contra ellos mismos, haciendo que sus propios vídeos se conviertan en el vehículo de difusión del trauma y, por tanto, de la disuasión. Denunciar la fascistización de la policía solo sirve para ocultar lo que esta forma de gobernar tiene de fundamentalmente democrático.
Cuando se encierra a 7.000 estudiantes de secundaria bajo detención policial y se carga contra ellos a caballo o se les lanza granadas ya no se trata de “mantenimiento del orden”, Se trata de una estrategia, se trata de traumatizar
¿Sainte-Soline, en marzo de 2023? La trampa se veía desde todas partes, desde cualquier punto y desde cualquier perspectiva. Quienes habían participado en las manifestaciones salvajes del movimiento contra la reforma de las pensiones, con sus efigies de Macron decapitadas, sus amenazas a Luis XVI lanzadas desde la plaza de la Concordia o el ataque al tribunal administrativo de Nantes, sabían que algo estaba en a punto de escapar al agotador control sindical. Para el poder, era necesario y urgente aplastar en sus comienzos a la generación que estaba naciendo allí. Así que instaló sobre aquel promontorio una gigantesca ratonera para militantes. Cualquiera que estuviera frente a aquella elevación de tierra, rodeada de camiones que formaban una muralla, con el general de las fuerzas enemigas haciendo alarde de su presencia en el adarve de la fortaleza, adivinaba de inmediato la trampa. Quien hubiera escuchado las provocaciones de Darmanin [actual ministro de justicia, en aquel momento, ministro del interior] en los días anteriores, como si se tratara de un boxeador antes de un combate, habría olido la emboscada. Pocos días después de nuestra completa derrota, los gendarmes se jactaban en los periódicos del éxito de su operación de traumatización. Ese era el término que utilizaban. El movimiento quedó cortado en seco. Las maniobras y los cálculos politiqueros de los organizadores de aquella jornada no bastan para explicar que una trampa tan evidente funcionara. Mientras no se mire de frente este tipo de fracasos y toda la maraña de razones que han conducido a ellos, uno se condena a repetirlos. Se sigue siendo prisionero del bucle de la repetición traumática. Durante la manifestación del pasado 6 de octubre en París, el pequeño disturbio que estalló justo antes de desembocar en la plaza de la Nación tenía precisamente como objetivo no sufrir el dispositivo policial que estaba preparado para destrozar allí las escaramuzas habituales al final de las manis.
Cada revuelta que sea mínimamente consecuente inventa sus propias formas, que son también tácticas. ¡Es inabarcable todo lo que puede existir más allá de la estúpida trashumancia sindical! En cada ocasión, el acontecimiento nunca se sitúa del lado de la simple “manifestación”; de lo contrario no se habría oído a Lecornu [primer ministro] felicitarse en la Asamblea [parlamento] por “estas manifestaciones que el Gobierno acoge con mucho respeto [...] y con alivio, porque por fin tenemos un marco legal, declarado y democrático en el que puede expresarse el desacuerdo”. A principios de este mes, los estudiantes de secundaria han demostrado que era posible mantener el propio centro educativo en estado de sitio, mediante el fuego y el “delirio”. Nadie los esperaba allí, empezando por sus propios carceleros. El 6 de octubre en Lyon, en lugar de soportar el encierro de la asamblea general trotskista, la marcha se extendió por sus alrededores para levantar barricadas. Sin duda se bailó más alrededor de aquellas hogueras improvisadas que en los bancos de la Bourse du travail [la “casa del pueblo” de Lyon que, además de alojar la sede algunos sindicatos, también alberga una sala de espectáculos]. Cada irrupción encuentra su propio repertorio, que al final siempre se opone a lo preconizan los aspirantes a jefe. Todo esto da testimonio de la persistencia de esa inteligencia táctica que tanto nos faltó en Sainte-Soline. Por suerte, no existe un estado mayor que dirija los bloqueos de institutos en Francia, a diferencia de lo que ocurrió aquel día en el departamento de Deux-Sèvres. Además, la estrategia de traumatización no ha tenido el efecto esperado sobre el movimiento de estudiantes de secundaria. Todo lo contrario, ha añadido una causa más a un movimiento que ya no andaba escaso de ellas. Y ha templado su determinación, esa que, precisamente, se pretendía minar. ¡Caramba, fallaron otra vez!
El gabinete del primer ministro probó un programa informático capaz de cartografiar en tiempo real los riesgos de fractura del cuerpo social, a partir del ruido digital
Existe cierta expectación en torno a la fecha del 17 de octubre, que se supone será la del regreso de los Chalecos Amarillos. En el Manual de supervivencia se critica severamente la ilusión de que las redes sociales puedan generar por sí solas una dinámica revolucionaria, incluso a través del ejemplo que suele acompañar a esta idea (el de las revoluciones árabes). El fracaso del 10 de septiembre de 2025, considerado una “burbuja especulativa militante”, ilustra esta tesis. ¿Seguimos inmersos en este tipo de burbuja o bien este llamamiento, asociado a la revuelta juvenil, crea una configuración más abierta?
Unas semanas antes de la disolución de la Asamblea Nacional, en junio de 2024, los asesores más cercanos a Macron visionaban juntos, en el Elíseo, la serie La Fièvre (“La fiebre”). En su discurso del 9 de junio, en el que anunció la disolución, el propio Macron evocará, de hecho, esa misma “fiebre”. La serie fue concebida por un antiguo miembro del Partido Socialista, próximo a la corriente de Jean-Luc Mélenchon. En ella, los adversarios, tanto partidarios como detractores del Gobierno, se enfrentan a golpe de influencia comunicativa para apaciguar o avivar las revueltas en el país. Los profesionales de la comunicación de todos los bandos escrutan una suerte de gigantescos paneles de control, en los que observan en directo cómo emergen las tensiones en las redes sociales. Es una fantasía propia del poder cibernético: la Control Room. Los lectores de la revista de la Escuela Politécnica saben que, precisamente en 2024, el gabinete del primer ministro probó un programa informático capaz de cartografiar en tiempo real los riesgos de fractura del cuerpo social, a partir del ruido digital. Lo que importa en este mapeo no son las ideas que circulan ni quién las propaga (ya fueran militantes o bots rusos), sino las desviaciones respecto de la norma, cómo se coagulan, forman abscesos y cómo reventarlos.
No debería sorprendernos que los gobiernos conviertan las herramientas de comunicación en herramientas de control. Lo que sí debería inquietarnos, por contra, es que tantos revolucionarios hayan acabado por adoptar una idea similar de la revuelta. Les bastaría, después de haber tejido una red de cuentas reales o falsas y acumulado followers; después de haber forjado un llamamiento de gran viralidad, con pulsar una gran flecha para desencadenar la insurrección. Esta concepción comunicativa del levantamiento no data del año pasado. Facebook y Twitter ya aplicaban este relato a las “Primaveras Árabes”. Pero, como explica detalladamente el Manual de supervivencia, no hubo ninguna revolución Facebook. Del mismo modo que Mayo del 68 no fue una revolución de RTL [compañía privada de radiotelevisión], ni Génova 2001 fue una revuelta de Wanadoo. No se trata de negar el papel de los medios de comunicación en estos acontecimientos, especialmente en lo que respecta a su ritmo. La multiplicidad de los storytellings, la idea de que cada cual podía mostrar su mundo a todo el mundo, es literalmente una invención del movimiento altermundialista, surgida del encuentro entre los primeros hackers y el movimiento zapatista. Hay que admitir que esta idea se ha vuelto contra nosotros, como tantas otras armas procedentes del ciclo de insurrecciones de este último cuarto de siglo. No hemos hecho más que empezar a inventariar nuestro arsenal.
La insurrección es la única manera de escapar de la trampa electoral que se perfila en el horizonte. Todo el mundo percibe que las presiones morales y financieras para ponernos en vereda no harán más que intensificarse en los próximos meses
En el fondo, desde que el movimiento de los Chalecos Amarillos se agotó en la repetición de las marchas de los sábados, “Chalecos Amarillos” se ha convertido en una manera de decir “insurrección” sin pronunciar la palabra. Y, de hecho, la insurrección es la única respuesta a la altura del sofocamiento, la humillación, el empobrecimiento y la tomadura de pelo que nos reserva el aparato gubernamental. Sin embargo, desde el 8 de diciembre de 2018, ese aparato se ha armado para defenderse de una nueva irrupción de los Chalecos Amarillos, después de que los acontecimientos del 24 de noviembre y del 1 de diciembre de aquel año lo pillaran desprevenido. Necesitamos por tanto un nuevo efecto sorpresa. La vitalidad de los estudiantes de secundaria puede cambiar la situación y complicar la ecuación represiva de las fuerzas gubernamentales, pero una insurrección no se reduce a multiplicar las manifestaciones. En lugar de especular sobre esa fecha, preferimos extraer las lecciones estratégicas de las derrotas pasadas y partir de aquello que quedó sin realizar. Retrospectivamente, lo más loco de aquellas jornadas insurreccionales de los Chalecos Amarillos fue que pasáramos por delante de las sedes del banco Lazard, de la UIMM [patronal de la metalurgia], de LVMH [multinacional francesa del lujo] o por debajo de las oficinas de Publicis [multinacional francesa de publicidad y relaciones públicas] sin percatarnos de que era allí, mucho más que en el Elíseo, donde se agazapaba el enemigo: el capital. Las cosas están más claras ahora. La arrogancia del capital lo ha dejado al descubierto. Las direcciones circulan. La insurrección es la única manera de escapar de la trampa electoral que se perfila en el horizonte. Todo el mundo percibe que las presiones morales y financieras para ponernos en vereda no harán más que intensificarse en los próximos meses. El confinamiento mediante el precio de la gasolina no es más aceptable que los confinamientos de los años anteriores. Además, no podemos permitir que el régimen macronista desaparezca sin hacerle pagar por los abusos cometidos. Estos claman venganza. En cualquier caso, estaremos en la calle el 17 de octubre.
Todo el texto es un fino análisis de las formas contemporáneas de la dominación del capital y de sus mutaciones a lo largo de los últimos quince años. Muestra cómo los llamados “revolucionarios” han caído en todas las trampas que se les han tendido y refuerzan su dependencia así como su impotencia. Critica la debilidad analítica y estratégica de esos medios. ¿Cuáles son, entonces, las vías de resistencia, de huida, de subversión, la estrategia adecuada, para todas esas numerosas personas que, aunque probablemente estén atrapadas en sus contradicciones, ya no pueden soportar más el mundo tal y como es, pero que, aisladas y acorraladas por toda la maquinaria del capital —que es descrita con precisión— no saben por dónde empezar?
Cuando por fin salimos de nuestra reserva y nos rebelamos, todavía encontramos en nuestro camino todo un pequeño universo militante para intimidarnos. Pretende tener las buenas prácticas, los buenos discursos, la organización necesaria y todo un abanico de soluciones listas para usar. ¡Hasta tiene equipo de sonido y contactos con periodistas, imaginaos! Lo que documenta el Manual de supervivencia es que todo ese pequeño entorno no posee más riqueza que sus fracasos, y su determinación a repetirlos. Si tuviera la menor solución, no estaríamos donde estamos. Estamos en Francia, un país donde siempre hay alguien que pretende educaros. Cuando no es el Gobierno, son los anti-gobierno. Los ambientes militantes son un callejón sin salida, no un punto de partida. No hay malos puntos de partida; el mejor es, sin duda, aquel en el que nos encontramos, con las personas a las que queremos y aquello a lo que estamos vinculados —bastaría con que dejásemos de contarnos historias, de participar en el juego de la mentira social y de sus supuestos “valores”; en el fondo bastaría con que dejásemos de estar aterrorizados—. Aterrorizados ante la posibilidad de ser excluidos. Es lo que el Manual de supervivencia denomina el “proceso de singularización”. No tiene fin. En eso consiste vivir de verdad. Ya nadie quiere sacrificarse. Ningún “valor colectivo” consigue ya imponer el sacrificio. Hay que construir las realidades colectivas sobre algo distinto al sufrimiento. Precisamente para impedirlo, ahora vuelven a sacar el horizonte de la guerra. Pero la verdadera guerra se libra entre todos estos procesos de singularización y el orden reinante, en plena descomposición, que pretende seguir vampirizando toda forma de vida sobre la Tierra.
Los ecos que actualmente se devuelven entre sí las revueltas francesas, belgas, españolas o albanesas no son fruto de la casualidad. Hay una guerra en curso entre nosotros y el capital, que tiene por trasfondo las mil formas de dependencia con las que este cree tenernos sometidos
A estas alturas, todas las opciones legalistas han sido descartadas, ya sea al respecto de las megabalsas, de la autopista A69 [ambas son proyectos contra los que lucha el colectivo ecologista Soulèvement de la Terre], de la ley Duplomb [que elimina restricciones ambientales del sector agropecuario], del derecho laboral o del derecho internacional. “Quemarlo todo, puesto que todo ya está ardiendo” decía una pancarta de la manifestación parisina del martes pasado. “¡Que se joda casi todo!” precisaba, con mayor sutileza, otra. Los ecos que actualmente se devuelven entre sí las revueltas francesas, belgas, españolas o albanesas no son fruto de la casualidad. Hay una guerra en curso entre nosotros y el capital, que tiene por trasfondo las mil formas de dependencia con las que este cree tenernos sometidos. Todo el Manual de supervivencia es un esfuerzo por actualizar nuestra lectura de este teatro de operaciones. No podemos resumirlo en unas pocas frases. Constatando, poco antes de morir, la dirección fatal que estaba tomando el régimen soviético, Lenin escribía: “No están perdidos (y muy probablemente no perecerán) aquellos comunistas que no se dejan llevar ni por las ilusiones ni por el desaliento, conservando la fuerza y la flexibilidad necesarias para, de nuevo, volver a empezar desde cero y acometer una de las tareas más difíciles”. Este consejo sigue siendo válido en pleno apocalipsis del capital.
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