La Generación Z, dispuesta a cambiar las reglas del juego

De Bangladesh a Marruecos, pasando por Nepal, o Serbia, la Gen Z está protagonizando una serie de protestas que ponen en jaque a los gobiernos de sus países. El malestar por la falta de oportunidades y las pocas perspectivas de futuro son el motor que impulsa a la juventud a salir a la calle.
GenZ bandera
Un joven con una bandera de 'One piece' en las protestas de Serbia del pasado mes de octubre. Queralt Castillo Cerezuela.

El pasado 17 de noviembre llegaba la noticia: Sheikh Hasina, la primera ministra de Bangladesh y la mandataria más longeva del mundo, derrocada el 5 de agosto de 2024 tras unas protestas de gran envergadura y protagonizadas por los más jóvenes del país, era declarada culpable en ausencia. Acusada de crímenes de lesa humanidad y condenada a muerte por la justicia bangladesí, Hasina se encuentra actualmente refugiada en India y niega las acusaciones. Se la considera la última responsable de la muerte de 1.400 personas y de miles de detenciones en la represión de la revuelta.

Las protestas tuvieron lugar entre julio y agosto de 2024 y han significado un revulsivo no solo para el país, sino para toda la región. Los más jóvenes demandaban cambios estructurales para luchar contra la inflación, la desaceleración económica y los altos niveles de desempleo: en un país con 170 millones de habitantes, 18 millones —casi una quinta parte entre los 18 y los 24 años— no trabaja ni estudia.

Este malestar es compartido por la juventud de otros países de una región caracterizada por la falta de oportunidades económicas y de perspectivas de futuro, así como por el hartazgo de los altos niveles de corrupción de las élites políticas y económicas del país. Los más jóvenes ahora dicen basta. Se trata de la Generación Z, en adelante Gen Z; y forman parte de ella las personas nacidas entre 1995 y 2010, año arriba, año abajo. Verónica Díaz Moreno, profesora de Sociología en la UNED y experta en el tema, distingue entre los jóvenes de 18 a 24 y de 25 a 34 años. Se trata, eso sí, de una generación nacida en la era de internet y marcada, sobre todo, por la pandemia.

Descontento, desconfianza y falta de expectativas

Hay quien habla de “fractura generacional”, hay quien recurre a la “polarización social” y a una “desafección máxima”. También hay quien considera que se trata de la “rebeldía de la juventud”. Sea como sea, es evidente que la Gen Z ha protagonizado, a lo largo de los dos últimos años, eventos políticos considerables que, en algunos países, incluso han desembocado en la caída de gobiernos, como es el caso de Bangladesh, Nepal o Madagascar.

Sin embargo, mientras la juventud del sur global se levanta contra las élites de sus países y sus gobiernos corruptos para exigir mejoras en materia de sanidad, educación y trabajo, en el norte esa fotografía cambia completamente y la población joven se escora cada vez más hacia discursos de extrema derecha populista que propone soluciones sencillas a problemas estructurales complejos.

Se ha detectado una fractura generacional vinculada, sobre todo, a la necesidad de mejorar las perspectivas de futuro

“La juventud es heterogénea —recalca Díaz Moreno—, por eso sus demandas son diferentes”. Esa juventud global tiene en común, sin embargo, un malestar concreto relacionado con la falta de expectativas y la desafección política. Cada país y región ofrece un contexto político, social y económico y una historia diferentes, pero sí se ha detectado una fractura generacional vinculada, sobre todo, a la necesidad de mejorar las perspectivas de futuro. “Existen las diferencias intergeneracionales, pero no hay que perder de vista las intrageneracionales”, explica Díaz Moreno, quien puntualiza: “Hay jóvenes que viven muy bien, y otros que viven muy mal, y eso depende del poder adquisitivo de las familias”.

En el caso de España, es importante distinguir entre las dos franjas de edad (18-24 y 25-34) porque las preocupaciones y las tendencias son distintas. Los datos publicados en el Estudio sobre miedos e incertidumbres del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de noviembre de 2025 dan buena muestra de las preocupaciones y las inclinaciones de la juventud española. Preguntados por quién, de los principales líderes políticos/as, preferirían que fuese el/la presidente/a del Gobierno, un 20,6% de los jóvenes entre 18 y 24 años asegura que elegirían a Santiago Abascal; un porcentaje más alto que la preferencia por Pedro Sánchez (18,2%) y muy superior a la preferencia por Alberto Núñez Feijóo (2,6%). En la franja de edad de 25-34 años, el porcentaje de preferencia por Abascal se reduce hasta el 13,3%; Pedro Sánchez sube hasta el 19,5% y Feijóo se mantiene en un 2,8%.

Estamos ante una juventud que no confía ni en el sistema ni en las instituciones porque no les ofrecen soluciones. Eso lleva a la desafección, y es ahí donde encuentran su caladero los discursos radicales y populistas

Las causas de la derechización de la juventud española —que hasta ahora ha tenido un marcado carácter masculino— son parecidas a las causas del viraje hacia la extrema derecha de la juventud en países como Francia o Alemania: desconexión de las narrativas de los partidos políticos tradicionales por ineficaces, corruptos e incapaces; desafección por los medios de comunicación y consumo de información a través de pseudocanales y redes sociales; precariedad laboral y falta de expectativas económicas. En general, se puede hablar de cierto sentimiento de frustración y pesimismo de cara al futuro.

Estamos ante una juventud que no confía ni en el sistema ni en las instituciones, porque no les ofrecen soluciones. Eso lleva a la desafección, y es ahí donde encuentran su caladero los discursos radicales y populistas, que han puesto de moda “lo políticamente incorrecto” y una serie de narrativas falsas como la ausencia de libertad de expresión —en el contexto de nuestro país—. Las noticias falsas y las medias verdades de estos discursos tienen su altavoz en una serie de redes sociales en las que todo está permitido. No solo eso: estas plataformas tienden a premiar este tipo de discursos exaltados; el algoritmo hace la magia. A todo esto hay que sumar la falta de alfabetización digital, la ausencia de una cultura democrática sólida y la cristalización de un discurso que ha calado entre ellos: la idea del orden y la meritocracia. “Creen en el orden, en el esfuerzo, en la responsabilidad individual y en la meritocracia —señala Verónica Díaz—, algo que es muy conservador y liberal”.

A todos estos factores, Díaz le suma el “efecto de la juventud”, que habitualmente “te lleva a adoptar posturas consideradas ‘rebeldes’ y un rechazo por lo establecido, algo que también llevó a muchos jóvenes a votar a Podemos en su momento”. Una parte importante de la juventud considera “que los partidos tradicionales no solucionarán sus problemas, por eso se van al extremo”. Hoy por hoy, Vox es el único partido que los jóvenes perciben como fuera del sistema, aunque no lo esté. Los de Abascal, por su parte, aprovechan la coyuntura para acercarse a estas franjas de edad con “discursos populistas que proponen soluciones fáciles a problemas complejos”, señala la experta, quien ve un gran problema en la narrativa del “nada que perder”, instalada en ciertos sectores de la Gen Z.

Demandas concretas y protestas con resultados dispares

Si nos alejamos miles de kilómetros de España, hacia el continente asiático, también se observa ese “nada que perder”; pero la dirección que toma esa narrativa es muy diferente. “El apoyo a la extrema derecha y la movilización a la acción directa que se está produciendo en suelo asiático, por ejemplo, son dos respuestas a un mismo malestar”, sostiene Inés Arco, analista especializada en Asia Oriental del centro de investigación CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs). En países como Bangladesh, Nepal, Sri Lanka o Myanmar, la juventud ha llevado sus protestas hasta las últimas consecuencias. Un buen ejemplo es la caída de una líder consolidada como Sheikh Hasina en Bangladesh.

Hartos también de la corrupción de las élites de Nepal, la falta de libertad de expresión y la ausencia de oportunidades —la tasa de desempleo juvenil alcanza el 20%—, los jóvenes salieron a las calles el pasado septiembre cuando el Gobierno cerró hasta 26 plataformas de redes sociales, fundamentales para las comunicaciones de su población con su gran diáspora. Sin más organización que un hashtag que empezó a circular por redes (#nepokids) para denunciar los privilegios de los y las hijas de las élites, miles de jóvenes inundaron las calles de Katmandú y otras ciudades del país. La escalada no se hizo esperar y, a pesar de restablecer el acceso a las redes sociales cerradas, nada aplacó el descontento de los más jóvenes. En las protestas, unos 70 manifestantes fueron asesinados por la policía.

Quienes también llevaron las protestas hasta sus últimas consecuencias, en este caso entre 2022 y 2023, fue la Generación Z de Sri Lanka

En un país que desde 2006 ha tenido hasta 14 gobiernos distintos —ninguno de ellos ha conseguido finalizar el mandato—, el malestar juvenil hizo caer al primer ministro, Khadga Prasad Oli. A los jóvenes nepalíes no les sirve que en el país haya pluralidad democrática y que los procesos electorales se lleven con normalidad. Quieren algo más. La mayoría de la población es dependiente de las remesas familiares que llegan procedentes de los países del Golfo Pérsico y la sensación entre la Gen Z es de “estancamiento”, tal y como lo define Inés Arco.

Quienes también llevaron las protestas hasta sus últimas consecuencias, en este caso entre 2022 y 2023, fue la Generación Z de Sri Lanka, que hizo caer, en julio de 2022, el Gobierno de Gotabaya Rajapaksa. El malestar era parecido: crisis económica, inflación, falta de acceso a artículos de primera necesidad y enfado por los altos niveles de corrupción. La respuesta gubernamental, la misma que en Bangladesh o Nepal: toque de queda, cierre al acceso a determinadas redes sociales, violencia policial contra los manifestantes y declaración del Estado de emergencia, entre otros.

Otro buen ejemplo, aunque con un contexto distinto, es el de Myanmar, país que desde el 1 de febrero de 2021 vive sumido en una dictadura militar que ha provocado miles de muertes y millones de desplazados internos. En Myanmar han sido también las generaciones más jóvenes las que, desde hace cinco años, luchan contra el ejército birmano. Tras las primeras manifestaciones los días posteriores al golpe de Estado, los y las jóvenes no dudaron en coordinarse para organizarse en lo que se conoce como las Fuerzas de Defensa del Pueblo (PDF, por sus siglas en inglés). Quienes no han querido coger las armas para luchar contra el Tatmadaw (el ejército birmano) llevan organizándose desde 2021 en el Movimiento de Desobediencia Civil (CDM, por sus siglas en inglés).

Tanto las PDF como los CDM han colaborado con las fuerzas armadas étnicas que llevan enfrentándose desde hace décadas al todopoderoso ejército birmano para controlar territorios; y, si bien no han ganado la guerra, sí han conseguido disputar ciudades y enclaves estratégicos a los militares. Entrando ya en su quinto año, la guerra civil en el país aún no ha terminado, pero estos jóvenes no están dispuestos a dar su brazo a torcer.

Otros países asiáticos en los que ha habido protestas importantes protagonizadas por los más jóvenes son Malasia, Indonesia, Filipinas, Maldivas o Timor Oriental

Otros países asiáticos en los que ha habido protestas importantes protagonizadas por los más jóvenes son Malasia, Indonesia, Filipinas, Maldivas o Timor Oriental. En todos estos, el eje del malestar se encuentra la desigualdad. Sin embargo, “los jóvenes no buscan hacer caer los regímenes”, explica Inés Arco. “En lugares como Timor Leste, Maldivas, Filipinas o Indonesia las demandas iniciales han sido muy concretas, no buscaban la caída de los gobiernos”, recalca.

Esta característica es compartida por protestas parecidas pero más cercanas, como las acaecidas en Marruecos a finales de septiembre, desatadas por la muerte de ocho mujeres embarazadas en un hospital público de Agadir. En un contexto de precariedad en sectores como la sanidad o la educación y de inversión en megaproyectos para la Copa del Mundo de fútbol que se celebrará en 2030, los y las jóvenes marroquíes salieron a las calles durante varios días para llamar la atención sobre su enfado. Las protestas no buscaban hacer caer al monarca Mohamed VI, sino tumbar el Gobierno y mostrar el rechazo a los partidos políticos. “En este sentido, [estos jóvenes] siguen perpetuando los cauces muy tradicionales de la política marroquí, que son los de culpar al Gobierno y a todas las instituciones intermedias”, explicaba hace unas semanas a El Salto Irene Fernández Molina, profesora de relaciones internacionales en la universidad de Exeter y miembro del Consejo Académico del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC),

David Minoves, presidente de CIEMEN (Centre Internacional Escarré per a les Minories Ètniques) y director del Fons Català de Cooperació, asume la misma tesis: “En Marruecos hay que diferenciar entre el Gobierno y el monarca, que es visto como un representante de Alá en la Tierra y no se le puede tocar. Esto contrasta con la visión de corrupción que hay hacia el Gobierno. Es cierto, eso sí, que esta generación ha elevado el tono y el nivel de protesta y las ha enfocado a sus condiciones materiales y sus expectativas vitales”, explica a El Salto.

Organizaciones horizontales, sin portavoces y sin siglas políticas

Una de las características que comparten las protestas es la ausencia de líderes y portavoces oficiales. Hay caras más visibles que otras, pero estos movimientos —si se les puede llamar así— escapan a la organización tradicional. Es así porque en las redes sociales todo es más horizontal, pero también por temas de seguridad: han aprendido de las generaciones anteriores y saben que en el momento en que hay líderes, el poder va a por ellos. Por eso se muestran prácticos. Tampoco están alineados con ningún partido político concreto.

Gen Z serbia
Manifestantes jóvenes en las protestas de Novi Sad, en Serbia, en octubre de 2025. Queralt Castillo Cerezuela

En Serbia, los estudiantes llevan protestando desde hace más de un año en contra del Gobierno de Aleksandar VučićIvana Nikolic, profesora de lengua y literatura española en la Universidad de Kragujevac, explica que, en el caso de las protestas estudiantiles en el país balcánico, desde el inicio la inexistencia de caras visibles o representantes del movimiento ha sido algo buscado para evitar represalias. La mayoría de estudiantes de Serbia preguntados para este reportaje no se quiere mostrar a cámara, ni siquiera desea que su nombre quede por escrito. Es el caso de T., una estudiante de 20 años, originaria de Novi Sad, que ha estado presente en todas las manifestaciones y marchas que se han llevado a cabo desde el 1 de noviembre de 2024, cuando una marquesina se derrumbó en la estación de tren y causó la muerte de 16 personas, lo que ocasionó un estallido social que se ha extendido a lo largo del año en forma de protestas masivas contra el gobierno, la corrupción y el clientelismo.

Estas protestas tienen varios puntos de encuentro; ya no solo por lo que al malestar con sus respectivos gobiernos respecta, sino en la manera de organizarse

A pesar de compartir ciertas características, sin embargo, no se puede hablar de un movimiento global, defiende Minoves: “No podemos hablar de una internacional juvenil por la revuelta popular, pero sí que hay una coincidencia que tiene como punto de partida el cambio de las expectativas. Sí que se puede hablar, sin embargo, de fractura generacional”. En esta fractura generacional, explica el analista, tiene mucho que ver la manera por dónde y cómo se informa la juventud global, desconectada de los medios de comunicación tradicionales. “Se informan por redes sociales”, algo que cambia las reglas de juego. “Las redes permiten que la gente se movilice rápidamente y que los individuos estén más conectados entre ellos. Puede que ese malestar no salga en televisión y que pase desapercibido, pero que haya un movimiento en redes que, de pronto, estalle y arrastre a gente que no tiene nada que perder. Y esto es lo que ha pasado en diferentes países en diferentes momentos concretos a lo largo de los últimos dos años”, explica. “¿Podemos hablar de una ‘primavera’? No lo sé, pero lo que sí parece evidente es que los mecanismos de movilización y de participación política que manejan [estos jóvenes] excluyen a los partidos políticos y los sindicatos tradicionales; y esto es algo que vemos en diferentes países”.

Relja Skrbic, estudiante serbio de 26 años, asegura que, si bien el movimiento de protesta estudiantil que acecha el Gobierno de Vučić no está conectado con movimientos extranjeros similares, sí comparten descontentos y enfados. “Cada generación tiene su lucha, y es bastante lógico que, si todos vivimos en sociedades similares, en algún momento la insatisfacción se agrave, y que eso suceda de forma paralela [...] La mayoría de los políticos que gobiernan actualmente son de la generación anterior y sí, creo que esto es global. Es hora de cambiar de generación y dejar que gobiernen personas más jóvenes. Es absurdo permitir que personas de 70 años decidan cómo vamos a vivir; sobre todo, si no están dispuestos a cambiar nada. Por eso los jóvenes tenemos que presionar, y hacerlo todos juntos, para así responderles. No estamos conectados, pero peleamos en la misma lucha”, dice decidido.

En algunos sitios, como Nepal, Bangladesh o Madagascar, donde han conseguido hacer caer a sus respectivos gobiernos, se ha visto la potencia que pueden llegar a tener estas protestas. Esto también se debe, en parte, a que “han conseguido arrastrar a otros sectores de la población”, recalca la analista Inés Arco. “Esto ha quedado, a menudo, invisibilizado, pero no se le puede restar importancia. En Madagascar, los militares terminaron posicionándose con los manifestantes; y en Nepal [los jóvenes] consiguieron que se sumaran otros segmentos poblacionales que empujaron las protestas”.

Enarbolando una bandera con una calavera sonriente que porta un sombrero de paja, que tiene origen en One Piece, un manga creado por Eiichiro Oda y de los más vendidos de la historia, quizás estos jóvenes no formen parte de un movimiento global conectado porque no es lo que buscan. Acechados por el trauma que supuso la pandemia —cuyas consecuencias a largo plazo aún están por ver—, con la mirada puesta en gobiernos que ni los escuchan ni hacen nada por entenderlos; y ante un futuro caracterizado por la falta de expectativas, la Gen Z se moviliza en base a sus propios códigos. Los y las analistas entrevistadas en estas páginas coinciden que, si bien es pronto para analizar el fenómeno y poder extraer conclusiones, no hay que apartar la mirada de estos jóvenes, descontentos, frustrados y con tantas ganas de cambiar las reglas del juego.

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