Educación
Colegios-palacio, árboles y edificios con visera: cómo transformar los coles ante la crisis climática
Aclaración previa: ninguna de las expertas entrevistadas para este reportaje está en contra de poner aire acondicionado en los colegios. Es decir, no están en contra de que el espacio que habitan los niños, niñas y adolescentes cuente con las comodidades que se dan por sentadas en los espacios de adultos.
Lo que proponen es una mirada más amplia en el espacio y en el tiempo. Ser capaces de imaginar. Por ejemplo: que en el colegio de tu vecino de 10 años las temperaturas están alcanzando los 35 grados y su maestra decide organizar una actividad de lectura en la biblioteca del barrio. O que la hija de tu amiga, que tiene cinco, cambia los talleres interactivos que se iban a hacerse en el aula por un taller de árboles y bichos en el parque de al lado. O también que tu madre, en sus setenta y muchos, no tiene un parque cerca pero sí un colegio con una fuente que puede utilizar un sábado cuando sale a caminar.
Antes de seguir, algunos datos: el sindicato CC OO Madrid ha denunciado ante la Inspección de Trabajo que numerosos centros educativos públicos de la región registran temperaturas que pueden llegar a superar en algunas los 35 °C a primera hora, lo que incumpliendo la normativa de prevención de riesgos laborales, añaden. En Andalucía, seis años después de aprobarse una la Ley de Bioclimatización, sus medidas solo llegan a uno de cada diez colegios. Valencia ha aprobado una orden que insta a bajar las persianas y flexibilizar los horarios. Mientras, un consejero de Cultura dice que el calor es fuente de inspiración y otros políticos que “cuando hace calor, hace calor, y no pasa nada!”.
Ante la obviedad de unas temperaturas que suben más y suben antes, algunas expertas proponen una mirada más larga o más abajo
Peticiones en change.org con títulos como “Aire acondicionado en los colegios de Leganés”, “Estudiar con este calor es imposible. Queremos aulas climatizadas” o “Aire acondicionado en todos los colegios, escuelas infantiles e institutos públicos de España” forman parte del paisaje de junio y dan fe de dónde se centra la conversación.
Pero, ante la obviedad de unas temperaturas que suben más y suben antes, algunas expertas proponen una mirada más larga o más abajo. Pensar los espacios con más arbolado y menos cemento, como sugiere Carmen Duce, coordinadora de Ecologistas en Acción; empezar mirando al suelo, como propone la arquitecta Adriana Ciocoletto, de Punt 6; o cocinar con restos, como dice Marta Román, integrante de Gea 21, son algunas de las ideas que pone encima de la mesa el ecologismo y el feminismo.
Más vegetación, menos asfalto
“Cuando se están superando unas temperaturas insoportables, igual no queda más remedio”, dice Carmen Duce sobre la instalación de aire acondicionado en las aulas. Pero hay que tener en cuenta que una medida así alimenta el círculo vicioso de consumo de energía y las islas de calor, y llama a pensar en soluciones a largo plazo, porque “el calor viene cada vez antes y de una manera extrema”.
La coordinadora ecologista llama a pararse y pensar con la información y las aportaciones científicas disponibles. Al mismo tiempo que se sostiene la pelea por una reducción drástica de las emisiones, “hay que transformar rápidamente lo que se pueda los espacios para poder resistirlos”.
Carmen Duce: “Los coles tendrían que ser refugios climáticos, pero ahora mismo son más bien como infiernos”
Y eso se hace, para empezar, con “más vegetación, menos asfalto, más aislamiento y más relación con el entorno”. Duce hace un llamamiento a mirar a los patios y poner en marcha programas para levantar el asfalto, dejar más tierra y plantar arbolado, con asesoría experta y con cabeza, puntualiza. Además, hay medidas que no tienen que ver con las infraestructuras, como una adaptación de contenidos y de horarios.
“Al final el colegio debería ser una parte más del barrio. Y aquí ya sí que a veces me gustaría entrar. Yo creo que tiene que ver también con los entornos escolares. No solamente son las horas que pasan niños, niñas y profes en el centro escolar, sino cómo llegan y como van y cómo se mueven”. Porque, “los coles tendrían que ser refugios climáticos, pero ahora mismo son más bien como infiernos”.
Refugios climáticos y cuidadosos
Adriana Ciocoletto es arquitecta de Punt 6, una cooperativa de arquitectas, sociólogas y urbanistas que piensan en el diseño urbano desde una perspectiva feminista. Y habla así de los colegios: “Son edificios de hormigón, durísimos en toda su construcción, inclusive en el patio”. Espacios, sigue, donde “la naturaleza no se ha tenido en cuenta para el propio diseño”. Habla en presente porque asegura que la estructura de los colegios es un “corta y pega” que llega desde los años 80 hasta los 2000.
El urbanismo feminista “busca poder adaptar los espacios a la vida de las personas desde un punto de vista interseccional para atender una diversidad de necesidades en función de géneros, edades, orígenes, diversidades funcionales, perfiles socioeconómicos, ciclos vitales, etcétera”. Aterrizado en el ámbito específico de los colegios, la arquitecta parte de que son espacios que “están pensados en despachos y no se adaptan en absoluto a la vida”. “Seguramente cumplan muchísimas normativas, pero no cumplen con la adaptación al clima y al entorno”, zanja.
Para cambiar esto, “lo primero que hay que replantearse es cómo es el suelo”, dice. Y hay que hacerlo más allá de una maqueta a la que se añaden “verde y azul” (es decir, zonas de agua y zonas de arbolado”. Hay que recuperar el sueño en su naturalidad, que permita que plantas, pasto y árboles puedan crecer. Además, solamente pensando la orientación del edificio y la distribución del interior, dice la arquitecta, los espacios ya pueden ganar en adaptabilidad climática. “Hay que comprender que si abrimos una ventana de norte a sur y permitimos la ventilación cruzada, esto nos puede refrescar en algún momento del día”. Por otra parte, porches o “zonas visera” que prevengan el sol directo en las fachadas procurarían también algo de alivio.
Ciocoletto también ve necesario un cambio de mentalidad con respecto a los materiales. Madera o barro son materiales que tienen un comportamiento mejor con la naturaleza, pero “los equipos de arquitectura que están innovando tienen problemas porque usan materiales que no están del todo aceptados por el código de edificación y se enfrentan a reticencias a nivel institucional de poder habilitar edificios con otras maneras de construir. Pero se puede construir de otra manera”.
La orientación del edificio, edificios con viseras y patios con porches, o innovar en el uso de materiales son algunas ideas que aporta la arquitecta Adriana Ciocoletto, de Punt 6
Y, como Carmen Duce, cree que hay que ir hacia un replanteamiento integral de lo que es un colegio como espacio urbano, algo que pasa por concebir las escuelas y los patios como refugios climáticos comunitarios y ecofeministas, que no buscan solo el confort climático sino también social. Ese refugio, explica, “está pensando para la diversidad de necesidades no solo climáticas, sino también de cuidados”. Y, aunque incluye por supuesto un planteamiento en horario escolar que atienda a las necesidades del alumnado y de las personas adultas que lo utilizan, Ciocoletto también imagina unos colegios abiertos al barrio y adaptados al entorno .
“La escuela tiene espacios súper interesantes; lo que pasa es que la miramos solo como institución y no es fácil abrir la escuela; es necesario un trabajo de sensibilización hacia las propias comunidades educativas en las escuelas para que puedan cumplir otros roles ecosociales”, explica.
Colegio-palacio frente a colegio-castillo
A Marta Román le gusta “cocinar con restos”, pero no habla de croquetas sino de equipamientos públicos. “Es el gran recurso que tenemos ahora mismo y que podemos gestionar de otra manera; hay que ampliar sus potencialidades”. Por eso, “más que construir nueva infraestructura, se trata de cómo utilizamos la que tenemos de una forma más inteligente, más mezclada y más diversa”.
Román es geógrafa en integrante de Gea21, una consultora ambiental y social con larga trayectoria en sostenibilidad urbana, ecourbanismo y movilidad sostenible. “Los equipamientos se han concebido como reinos de taifas con una funcionalidad muy sectorial, y plantearte algo distinto ahora mismo es un reto”. La experta se remonta unas décadas atrás, cuando la infancia habitaba las calles y no solo los colegios o las áreas infantiles: “En ese sentido, antes el colegio no tenía que dar respuesta a todo, estaban unas horas en clase, pero luego gran parte del día lo pasaban fuera”. Frente a eso, “hoy en día estamos pidiendo que los centros educativos cumplan todas las funciones”.
A esta geógrafa le preguntamos qué es el “colegio castillo” del que habla en sus charlas: “Es un concepto que yo acuñé para intentar explicar una cuestión relacionada con los equipamientos públicos”. Y sigue con las metáforas: el colegio castillo es una infraestructura defensiva, que está construida en medio de un foso —calles con coches o estrechas que no permiten permanecer en ellas—. Es un espacio amurallado que te recibe con un “patio de armas hormigonado”, con las consecuencias que ello tiene en las temperaturas. Frente a esta idea, Román propone la del colegio-palacio. Pero, ojo, no habla de lujo ni de exclusividad, sino simplemente de cambiar la lógica defensiva y plantearse como un espacio abierto con un “salón urbano previo” donde sea posible y fácil entrar y salir, y estar abierto a otros usos y, también, capacitado para usar otros equipamientos cercanos.
“No quiero contribuir a un discurso de exclusividad, como si las criaturas necesitasen unas condiciones aptas y extremas y por lo tanto, como si fueran seres frágiles, que necesitan cosas que no les vamos a poder nunca dar”, dice. El colegio-palacio ya existe, es aquel que “está abierto, aquel que permite entrar a otros y permite salir; aquel que dice tengo esto que funciona bien o tengo este rincón que puede abrirse y por lo tanto voy a utilizarlo”.
“Lo que me parece inadecuado es pensar que niñas y niños tienen que vivir en un mundo ideal, que tienen que tener unas condiciones perfectas de temperatura, de sonido, y que todo tiene que ser cuqui, porque eso significa que la ciudad nuestra no es apta para ellos y ellas, que nunca vamos a llegar a tener esas condiciones donde nuestros angelitos tienen que que vivir”, ahonda. “Tenemos tantos recursos ahora mismo en nuestras ciudades y pueblos infrautilizados: nuestra labor es precisamente como sacarle jugo”.
“Los niños y las niñas son ciudadanos de pleno derecho ya. Tenemos ciudades, por supuesto mejorables, pero tenemos ciudades en paz y condiciones magníficas en nuestro país y por lo tanto tienen el derecho de utilizarla tal como está. ¿Hay que mejorarla? Por supuesto, pero no solo para la infancia”, dice. “Creo que sería tal riqueza para la infancia tener clases en sitios distintos, aprender en su ciudad… es que se me ocurren tantas cosas. Pero en lugar de eso, a veces nos concentramos solo en cómo convertirlos en jaulas de cristal, en jaulas climatizadas”, reflexiona.
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