Opinión
La Prioridad climática y el esperpento Nacional(ista)

Entre la psicopatología colectiva y el colapso termodinámico, la supervivencia exige una ruptura radical con las narrativas del viejo mundo para reconstruir el vínculo comunitario frente al abismo climático.
Congreso Greenpeace
Greenpeace proyecta sobre el edificio del Congreso de los Diputados (Madrid) el mensaje “Aquí manda Repsol” para denunciar la retirada del impuesto a las energéticas que se pretende acordar en la Comisión de Hacienda este lunes. ©Greenpeace Handout/Pedro Armestre Pedro Armestre

El último informe de la Organización Meteorológica Mundial y el programa europeo de vigilancia ambiental Copernicus confirman los peores pronósticos climáticos para todo el continente y especialmente para los países del Mediterráneo: aumento de la duración e intensidad de las olas de calor, disminución alarmante de los recursos hídricos, incendios cada vez más extensos y peligrosos, acidificación de los mares y ralentización de la corriente atlántica que templa y regula el clima europeo (AMOC, por sus siglas en inglés), etc.

No hace falta que aquí repitamos unos datos que siempre se pueden consultar en las páginas oficiales. Doy por hecho que la inmensa mayoría de la ínfima minoría que leerá estas palabras no los consultará, y de todos modos tampoco lo necesita: basta ejercitar un poco nuestra capacidad de observación sensible y situada (que diría Donna Haraway) para percibir la emergencia ambiental y climática en nuestro entorno más cercano. Además, si la evidencia de los datos científicos y de los análisis rigurosos sirviera para cambiar las políticas o siquiera para concienciar a la ciudadanía ya hubiéramos hecho la re-evolución eco-feminista y decrecentista hace muchos lustros y no habría ya que escribir artículos como este.

Muy al contrario, la paradoja es que cuanto más conocimiento científico acumulamos sobre la irreversibilidad del deterioro climático y ambiental más se profundiza y prolifera una modalidad de disociación de la conciencia ciudadana que sería pasmosa sino fuera dramática y suicida. Alienación, desconexión de la realidad, amnesia colectiva, psicosis, etc, son manifestaciones de este tipo de subjetividad disociativa que altera la percepción de la realidad, que insensibiliza y en el extremo provoca fugas delirantes y trastornos de personalidad en una modalidad de cuadro patológico que en este caso no se circunscribe a lo individual que también sino que alcanza dimensiones de pandemia social, y que merece denominarse, por tanto, psicopatología colectiva o social.

Y es desde ese cuadro de padecimiento clínico colectivo desde el que podemos entender fenómenos como el sentido del voto en una región como la extremeña, que estando en la vanguardia del sufrimiento climático y eco-social, vota repetidamente a los aceleracionistas climáticos y a los destructores del medio ambiente, a los pro-nucleares y extractivistas, a los privatizadores y cleptómanos. Una tierra que sufre los estragos del vuelco climático en forma de incendios como el de la Jarilla, de sequías y eventos tormentosos que cortocircuitan la productividad y rentabilidad del sector agropecuario, de vendavales insólitos como los de este invierno, necesitaría gestores públicos que no fueran eco-ignorantes, que estuvieran a la altura de los retos colectivos que enfrentamos como región y que ya llevan decenios explicitados por la mejor ciencia.

Una tierra que sufre los estragos del vuelco climático en forma de incendios como el de la Jarilla (...) necesitaría gestores públicos que no fueran eco-ignorantes

En 1972 se publicó el primer informe del Club de Roma, un análisis sistémico completo y solvente en el que se advertía de que el crecimiento ilimitado de la economía era insostenible y por lo tanto imposible física y termodinámicamente. Las leyes de la termodinámica son los principios universales que rigen los intercambios de energía aquí, en Tasmania, en China y probablemente en todo el universo, y son inviolables, o cómo decía Juan de Mairena (Don Antonio Machado): “la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”.

Pero nuestros políticos y economistas neoclásicos tanto liberales como socialdemócratas y marxistas tienen menos luces que el porquero de Agamenón y se han dedicado a desafiar las leyes de la termodinámica, especialmente la segunda, la de la Entropía. Ese intento de abolir la entropía se ha sustentado en una especie de milagro energético: los recursos fósiles, enterrados hace entre 300 y 400 millones de años, y que desde hace poco más de 200 años alimentan la borrachera energética que posibilitó la revolución industrial y el crecimiento exponencial de la población humana y de la economía. Aunque desde hace más de medio siglo estábamos advertidos de que la loca carrera del crecimiento no podía continuar indefinidamente y cuanto más persistiéramos en ella peor iba a ser el futuro, no sólo no enmendamos la senda de nuestra economía y el rumbo de la civilización, sino que aceleramos aún más con la vuelta de tuerca neoliberal, extractivista y globalizadora. Y ahora hemos llegado al final.

El final se llama Ormuz, un estrecho marítimo angosto por el que circula –o más bien circulaba- una enorme proporción del tráfico marítimo y del comercio mundial de materias primas, específicamente energéticas (petróleo de buena calidad –este detalle de la calidad no es menor- y gas natural) pero también de fertilizantes nitrogenados, azufre, aluminio, helio. Es esta sin duda una estupenda metáfora de lo estrecho que va a ser, o que está empezando a ser, el cuello de botella económico y civilizatorio que vamos a enfrentar en los próximos tiempos, un período crítico para la humanidad en que la supervivencia colectiva depende de una corrección radical que sitúe a la economía y la organización social toda dentro de los límites ecológicos y termodinámicos, a riesgo en el caso contrario de colapsar catastróficamente.

O sea que como pese a las advertencias de la ciencia del clima, de las ciencias ambientales, de los economistas críticos y de los movimientos sociales hemos dilapidado medio siglo precioso para rectificar radicalmente el rumbo de la mega-máquina global e iniciar una senda de decrecimiento que hubiera podido ser difícil pero amable y democrática, ahora vamos a iniciar un proceso de decrecimiento desordenado, acelerado y doloroso que va implicar sacrificios y perturbaciones radicales en el modo de vida y la organización social. De hecho, el decrecimiento ya empezó hace años, sólo que recurriendo a la burbuja del endeudamiento privado y público y a la de la sobrevaloración inmobiliaria, se ha logrado mantener la ilusión del crecimiento del PIB, pese a que amplios sectores de la población han visto decrecer alarmantemente su disponibilidad de recursos y su calidad de vida, y eso en el Norte privilegiado en el que estamos, no digamos ya en el Sur global. Pero ahora lo que se avecina es un decrecimiento catastrófico y una desglobalización descerebrada indisimulables que ha sido provocada y acelerada por las megalómanas decisiones de unos pocos gobernantes mundiales.

Pero ahora lo que se avecina es un decrecimiento catastrófico y una desglobalización descerebrada indisimulables que ha sido provocada y acelerada por las megalómanas decisiones de unos pocos gobernantes mundiales

Y es que otra de las inquietantes circunstancias que concurren en esta crisis a la que vamos, es que en esta borrachera fósil del capitalismo psicótico nos hemos dotado de estructuras políticas y económicas tan enfermas e ilógicas que han promovido una ‘selección’ negativa, por la que han acabado gobernando los peores ejemplares de homo y fémina sapiens en todas –o casi- las instituciones políticas y económicas. Los más perversos, los más infames, los más ladrones, una auténtica ‘conjura de los necios’ ocupa hoy los puestos de mando en los que se toman las decisiones sobre el destino de la humanidad. Y sólo así es como podemos entender fenómenos como el de Trump, Milei, Putin, Netanyahu o, sin ir tan lejos, Guardiola y su coalición de retrógrados… que son todos epifenómenos de la alienación y disociación colectivas y del consenso perverso que ha llevado a los puestos de máxima responsabilidad a personas literalmente enfermas, que en una sociedad sana estarían apartadas porque representan un peligro para sí mismas y para la propia comunidad.

El problema de fondo es que es la sociedad misma la que opera de un modo esquizoide en la que fenómenos como la alienación digital masiva provoca una fragmentación de sentido, una híper-estimulación banal, una erosión dañina de los vínculos y de la empatía, que resulta en polarización y sacralización de un individualismo feroz y agresivo, y desemboca en una pérdida de capacidad cognitiva y sensible para entender los verdaderos problemas que nos acucian, lo que conduce a dosis de violencia y crueldad ‘reales’ que habían sido previamente difundidas, ensayadas y banalizadas digitalmente. En este sentido el manifiesto tecnofascista de Palantir supone un hito de elocuencia sombría: ante la crisis multidimensional en marcha las élites más ricas, y la riqueza es en el capitalismo terminal directamente proporcional a la perversidad y la maldad, se preparan para un escenario trágico en el que la descomunal capacidad de la tecnología se pone al servicio del supremacismo colonialista, de la guerra total contra las “culturas regresivas y disfuncionales” (sic), del genocidio y del ecocidio.

Ese mismo marco de ‘elocuencia sombría’ es el que explica que el nuevo-pero-rancio gobierno extremeño haya incluido la ‘prioridad nacional’ en su programa de (des)gobierno, una premisa racista y xenófoba que responde a esa forma de hacer políticas odiosas a favor de las élites que parasitan el trabajo vivo, señalando a ‘los otros’ como los responsables de los problemas sociales que las propias élites con su cleptomanía privatizadora han provocado. Y ‘los otros’ son siempre los migrantes, los diferentes, los adversarios, “los disfuncionales” como ladra el manifiesto de Palantir. 

La estrategia es delirante, de acuerdo, pero efectiva: logra que las clases subalternas dirijan su justa rabia por el deterioro palpable de sus condiciones de vida contra los que están aún más abajo en la escala social, que sirven de chivo expiatorio. Así es como se logra desviar la atención de quién son los verdaderos responsables de la situación de crisis estructural, económica, climática, social y cultural: las élites económicas, los terratenientes, la casta política a sueldo del estado, etc, que se van de rositas y siguen manteniendo el mando y su nivel de vida insostenible, mientras aquí abajo nos empobrecemos todas.

Que buena parte del electorado del PSOE comparta estos argumentos racistas de la “prioridad nacional” confirman que la gangrena de la disociación psico-cognitiva alcanza ya dimensiones verdaderamente alarmantes en el cuerpo social, y esa es una pésima noticia de cara a los retos que tendremos que afrontar en el futuro inmediato. Mientras las mayorías sociales sigan comulgando con la propaganda psicótica de las fuerzas más sombrías que nos conducen a la distopía de la guerra civil darwinista y a la guerra mundial por los últimos barriles de petróleo, estaremos dilapidando los recursos emocionales, intelectuales y afectivos que necesitamos para poner en marcha el freno de emergencia de la historia que invocaba Walter Benjamin, para parar la loca carrera al abismo a la que nos conduce la locomotora del desarrollo tecnológico y la locura nihilista de las élites.

Nos faltan “cráneos privilegiados” que diría Max Estrella, pensadores como Don Ramón María del Valle-Inclán que tuvo que recurrir a un género literario nuevo para dar cuenta de la ignominia y la vergüenza que provocaba la realidad social de este país bajo el reinado del racista y autoritario bisabuelo del actual Borbón: el esperpento. ¿Qué pensaría hoy Don Ramón de un gobierno que se dice progresista y ha incrementado el gasto militar como ningún gobierno de derechas se hubiera atrevido hasta elevarlo por encima del 2% del PIB, en un momento en que la pobreza crece y eso que todavía no nos ha alcanzado la recesión que viene?

Esa locura belicista de nuestras élites es la que, con Ormuz como sangrante metáfora, ha disparado una crisis económica global y una recesión mundial que en los próximos meses va a suponer una interrupción dramática del tiempo histórico, un acontecimiento tan singular como necesario de ruptura de la realidad que nos va a obligar a transformarnos tanto a nivel colectivo, como a nivel individual.

Esa locura belicista de nuestras élites es la que, con Ormuz como sangrante metáfora, ha disparado una crisis económica global y una recesión mundial que en los próximos meses va a suponer una interrupción dramática del tiempo histórico...

Estamos atrapados en una doble pinza. De un lado el agotamiento ya inocultable del petróleo y del gas, de otro la disrupción climática y el inmenso holocausto de la biodiversidad. Ese evento de sexta extinción que el sesgo cognitivo tremendo y dramático –por invisible- que se llama antropocentrismo no nos deja valorar en su justa medida y por tanto nos lleva a minusvalorar, incluso a los que llevamos decenios alertando de ello, cuanto depende no sólo el bienestar humano, sino nuestra propia supervivencia del bienestar de las otras especies en Gaia.

Y es que precisamente estos siglos de individualismo feroz han tenido como uno de sus más dañinos efectos el de castrar la capacidad vincular. Si apenas somos capaces de sostener vínculos y relaciones sanas con nuestros semejantes, si todavía proliferan patologías como el racismo, el nacionalismo, la violencia de género y el supremacismo colonial, pues nos podemos imaginar la inmensa tarea psico-política y sentimental que tenemos que acometer con urgencia para situarnos en las coordenadas de amor fraternal con las otras especies, una deconstrucción del antropocentrismo que necesitamos simplemente para sobrevivir como especie y esquivar el escenario aberrante del colapso violento de la civilización, o en el extremo el escenario dantesco, absurdo e infernal de la extinción de la especie.

Esta es la coyuntura real en la que nos movemos en este tiempo que podemos denominar como ‘singularidad histórica’. Lo definimos singularidad porque nunca antes la humanidad entera se había enfrentado a un reto semejante: el agotamiento de los recursos fósiles que son la sangre del sistema económico, demográfico, cultural y político, y la destrucción de la estabilidad climática que perturba radicalmente las condiciones de habitabilidad del planeta. Y ambos cierres ontológicos se retroalimentan: si terminamos de quemar las reservas fósiles que quedan —y ese es el programa de nuestras élites, que pretenden hacerlo además desplegando un arsenal bélico inconmensurable, y que por eso merecen el calificativo de ‘exterministas’ no como insulto o exageración, sino como mera descripción—, si quemamos lo que queda el clima de la Tierra se convertirá en un infierno inhabitable para nuestra especie. Y esto no es futuro, esto es el presente que estamos inaugurando y del que Gaza fue el umbral catastrófico, porque tenemos que reconocer que consentir y/o cooperar con un genocidio retransmitido en directo es el acta de defunción de la UE, del estado de derecho y de la democracia liberal.

Lo más esperpéntico es que nos enfrentamos a esta mutación o singularidad histórica huérfanos y huérfanas de narrativas, nunca nuestra especie tuvo que tomar decisiones tan trascendentales acerca de la viabilidad del metabolismo social y planetario y eso al mismo tiempo que el metabolismo se desbarata y deteriora peligrosamente, y si ya aprendimos que ‘la casa del amo no se puede desmontar con las herramientas del amo’, ahora la tesitura es que la casa común se desmorona ante la enormidad del peso y monstruosidad moral de la ‘casa del amo’ y tenemos que inaugurar nuevas subjetividades, mitologías y cosmovisiones de supervivencia, porque las ‘del amo’ a derecha e izquierda no pueden dar cuenta de la ruptura sistémica que ellas mismas han alimentado. Hace mucho tiempo que deberíamos haber aprendido que no hay nada virtuoso que hacer dentro del sistema, ahora hay que ir más allá: lo que tenemos que asumir es que ni siquiera hay nada que pensar, narrar o sentir dentro de las subjetividades e ideologías del viejo mundo que simbólicamente murió en Gaza. Y lo que imprime todavía mayor dramatismo es que hay que hacerlo con urgencia, porque el tiempo se acaba y se está cerrando la guillotina geológica, climática y ecológica sobre nuestro mundo. 

Lo más esperpéntico es que nos enfrentamos a esta mutación o singularidad histórica huérfanos y huérfanas de narrativas...

El mando nihilista global promueve la disociación, la desesperación, la abolición de todo sentido y una especie de ‘carpe diem’ darwinista y brutalizante, por eso la fe es una forma de resistencia contemporánea. Hay que tener fe: en la larga historia de homo y fémina sapiens en Gaia, hemos atravesado muchos momentos críticos, muchas catástrofes, y siempre han emergido recursos psicológicos, emocionales y culturales que han asegurado la supervivencia. En todo sistema complejo (y el más complejo es Gaia) las perturbaciones masivas provocan la aparición de imprevistas propiedades, espontáneas reorganizaciones, nuevos equilibrios, nuevas dimensiones de la auto-organización y la resiliencia. Si la enfermedad más dolosa y dolorosa de nuestro tiempo es el individualismo feroz entonces la resistencia es el vínculo, el trabajo en lo relacional, la reconstrucción de la comunidad. Si la principal cortapisa que tenemos a la hora de configurar subjetividades resilientes en tiempos caóticos es la falta de relatos, la incomunicación y la anomia como incapacidad de nombrar, entonces la tarea de narrar, la de dar voz también a las otras especies y a Gaia se convierte en tarea re-evolucionaria. Quizás estamos en esa fase previa pero indispensable: dotarnos de un relato colectivo y una cosmovisión luminosa que confronte la sombra tecnofascista imperante, en la fe de que la perentoria necesidad re-evolucionaria acabara por configurar ‘el sujeto’ re-evolucionario que hoy no somos capaces, todavía, de vislumbrar, pero que ya sentimos palpitar.

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Marta Ruiz López
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