La guerra climática: los perdedores de siempre

El cambio climático ha dejado de ser una advertencia futura para convertirse en una experiencia diaria. Sin embargo, aunque el fenómeno es global, sus consecuencias no se reparten de forma equitativa. Como ocurre con tantas otras crisis, los perdedores son, una vez más, los mismos.
Marta Ruiz López
2 feb 2026 18:24

Olas de calor extremo, inundaciones repentinas, sequías prolongadas o tormentas cada vez más violentas ya no son anomalías, sino síntomas de un sistema climático alterado. El tiempo extremo actúa como un amplificador de las desigualdades económicas preexistentes. Las personas y comunidades con menos recursos suelen vivir en zonas más vulnerables: barrios expuestos a inundaciones, viviendas mal aisladas frente al calor o regiones dependientes de una agricultura frágil frente a la sequía o a las inundaciones. Allí donde faltan infraestructuras sólidas, seguros adecuados o redes de protección social, cada evento climático se convierte en una amenaza hacia la propia vida.

Hablar de cambio climático no es solo hablar de temperaturas o emisiones, de datos y porcentajes, sino de justicia económica y social. Quienes menos han contribuido a la crisis climática son quienes más la padecen. Esta paradoja ética plantea una responsabilidad colectiva, es necesario diseñar políticas de adaptación y mitigación que tengan en cuenta las desigualdades y protejan, de manera prioritaria, a los que más sufren esta exposición ante los fenómenos severos.

Invertir en infraestructuras capaces de resistir los envites cada vez más violentos, reforzar los sistemas públicos de salud que sean capaces de abarcar a una población en muchas ocasiones enferma, garantizar una transición ecológica justa y apoyar económicamente a las comunidades vulnerables no es solo una cuestión ambiental, sino un imperativo moral.

El tiempo extremo no crea las desigualdades, pero las hace visibles y más crueles. Violenta a los cuerpos sujetos a la precariedad y, en su grado más extremo, es capaz de matar. Si no se abordan las diferencias económicas que condicionan sus efectos, el cambio climático seguirá teniendo un rostro conocido: el de los perdedores de siempre. Afrontarlo con justicia es, quizás, una de las grandes pruebas éticas de nuestro tiempo.

El desafío climático no se resolverá solo con tecnología o cifras de reducción de emisiones, sino con una revisión profunda de nuestras prioridades colectivas. Porque el verdadero termómetro de esta crisis no está únicamente en los grados que suben, sino en la distancia, todavía enorme y cada vez más grande, entre quienes pueden adaptarse y quienes solo pueden resistir.

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