Memoria histórica
50 años del primer homenaje popular a García Lorca, un desafío al régimen franquista en Fuente Vaqueros
Desde su asesinato el 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca se convirtió en uno de los símbolos internacionales de la barbarie fascista. La reacción al fusilamiento del poeta fue universal: desde los primeros homenajes de la República en plena contienda hasta el incansable aliento del exilio en América, la figura del granadino se convirtió en un faro de resistencia global. Incluso bajo la losa del franquismo, actos furtivos, recitales clandestinos o el arrojo de la juventud antifranquista consiguieron mantener viva una llama que, sin embargo, seguía amordazada para la mayoría del pueblo, tal y como recuerda un reportaje del Diario de Sevilla sobre la memoria del poeta.
Cuarenta años duró el silencio en la garganta del pueblo de Granada. Nada más y nada menos. Fue un mutismo cimentado en el miedo tras cuatro décadas de imposición; un país donde la dictadura del silencio fue la condena paralela de un régimen que sometió a media España a la persecución, la muerte y el exilio. Durante cuatro décadas, el nombre del hijo más ilustre de la Vega de Granada se pronunciaba hacia adentro, en los patios cerrados y con el aliento contenido, como si el recuerdo de sus versos pudiera despertar de nuevo la represión, el señalamiento o, peor aún, los fusiles.
Durante cuatro décadas, el nombre del hijo más ilustre de la Vega de Granada se pronunciaba hacia adentro, en los patios cerrados y con el aliento contenido, como si el recuerdo de sus versos pudiera despertar de nuevo la represión, el señalamiento o, peor aún, los fusiles
Aquel mutismo responde al triunfo de lo que historiadores como Francisco Espinosa han bautizado como la “pedagogía del terror”: un miedo paralizante e inoculado por la dictadura para garantizar su supervivencia a través del castigo y la persecución a cualquier disidencia. Sin embargo, la verdad de los pueblos tiene su propio reloj, y el 5 de junio de 1976, el nombre de Federico García Lorca volvió a pronunciarse en voz alta. El primer homenaje en la cuna del poeta no fue un simposio académico ni una cita de salón. Fue una catarsis multitudinaria donde miles de almas se congregaron, valientes, para espantar los fantasmas de la dictadura en lo que hoy se entiende como hito histórico y ejercicio de memoria democrática.
La gestación del homenaje y el pulso al régimen
La estampa de aquella riada humana fue el desenlace de un tenso pulso contra las instituciones de la dictadura. La semilla de esta rebelión poética había germinado meses antes, en octubre de 1975, al abrigo de la peña del barrio del Realejo. El histórico local de la Peña El Realejo se encontraba situado en la calle Molinos número 68, en pleno corazón del castizo barrio granadino. Esta peña funcionó a mediados de los años setenta como un importantísimo foco cultural y de resistencia democrática. Presidida por el profesor Juan Antonio García Rivas, en aquel local, bajo la fachada de asociación vecinal y cultural, se organizaban reuniones clandestinas, charlas y conferencias sobre la participación política en los barrios, según documenta el Mapa de la Memoria Histórica de Granada.
Fue allí donde Rivas y un poeta de alma libertaria, Antonio Rodelas, comenzaron a organizar el acto con empeño. De aquellas ideas floreció una inédita Comisión de los Treinta y Tres —en la que la biógrafa y feminista Antonina Rodrigo destacó como la única mujer del grupo organizador—, un mosaico de la disidencia antifranquista que fijó un objetivo innegociable: tomar Fuente Vaqueros por el 78 aniversario del poeta. La familia Lorca, al conocer el arrojo de la propuesta, apoyó sin fisuras la misma, como rememora el medio local Ahora Granada.
La inminencia de un clamor popular en las calles preocupó a los guardianes del régimen. Cuando la Comisión lanzó su manifiesto —redactado para la ocasión por el periodista Eduardo Castro—, el pánico cundió en los despachos del gobernador civil y de las jerarquías del Movimiento. La difusión de la convocatoria sobrepasó las fronteras del país; contó con el apoyo y la solidaridad de intelectuales como Luis Buñuel, Dámaso Alonso, Antonio Gala o el hispanista Gerald Brenan. En un intento burdo por domesticar el recuerdo y arrebatarle la voz al pueblo, las autoridades coaccionaron al alcalde local para improvisar un contra homenaje el 27 de mayo, apadrinado por exministros de la dictadura y jaleado por cabeceras falangistas.
En un intento burdo por domesticar el recuerdo y arrebatarle la voz al pueblo, las autoridades coaccionaron al alcalde local para improvisar un contra homenaje el 27 de mayo, apadrinado por exministros de la dictadura y jaleado por cabeceras falangistas
Fue entonces cuando la familia del poeta, indignada por la maniobra, publicó un comunicado fulminante desautorizando la farsa gubernamental. En él rechazaron que cargos no democráticos capitalizaran la figura del poeta, exigiendo luz sobre su asesinato y lamentando la mancha que aquel crimen dejó en Granada. El secuestro oficial había fracasado; la indignación fue compartida por intelectuales como Gabriel Celaya, quien en la prensa nacional tachó la maniobra del régimen de “suciamente oportunista” frente al homenaje “auténtico” del pueblo, un detalle recogido por el investigador Juan José Lanz en su estudio sobre la época.
El prólogo matutino: Poesía en el corazón de Granada
Aquel 5 de junio, la ciudad de Granada amaneció empapelada de carteles convocando al pueblo al primer homenaje a García Lorca. El latido previo de la jornada se sintió con fuerza en El Patio de los Mármoles del Hospital Real de Granada —por aquel entonces sede de la Facultad de Filosofía y Letras—. El espacio se abarrotó para acoger, entre otros actos, a los supervivientes de La Barraca, aquel teatro popular al que el propio Lorca había infundido vida en su juventud.
La celebración de esta antesala, respaldada por la previa recogida de firmas populares, fue posible en gran medida gracias al empeño de figuras clave de la resistencia cultural granadina como Juan de Loxa y el colectivo Poesía 70, un hito del que se hicieron eco cabeceras como el Diario de Almería, el diario El País y las crónicas del ya citado Ramos Espejo.
Fue la víspera de un día histórico en la que también resonó la poesía de Blas de Otero. Como dejaría escrito el poeta Rafael Guillén —quien ejerció como comisario del evento— en la prensa local, recordando cómo lo recogió en su hotel para ir juntos a aquel patio abigarrado: “Rafael Guillén intervino por la mañana [...] Por la tarde, en Fuente Vaqueros, a cielo abierto, fue ya la apoteosis”. El acto fue pacífico, pero la mañana no transcurrió sin incidentes. Y es que, al igual que ocurriría por la tarde, las autoridades solo habían concedido un permiso estricto de media hora.
Tal y como atestiguan los testimonios recogidos en el treinta aniversario de la efeméride por Canal UGR, al excederse el límite de media hora, las fuerzas de seguridad irrumpieron en el recinto. Esta acción policial encendió los ánimos del alumnado, desembocando en una serie de altercados y daños en el mobiliario de la Universidad.
A las cinco de la tarde
Dado el contexto y lo sucedido en la previa, con el ambiente electrizado, el homenaje se convocó a la hora lorquiana por excelencia. No podía ser otra. El silencio expectante se rompió cuando resonaron por los altavoces los inmortales versos del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías: “A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde”. La inmensa avalancha humana contrastaba con la intimidante presencia policial; como recordaría al Independiente de Granada el fotoperiodista Juan Ferreras, enviado a cubrir el acto, Fuente Vaqueros estaba atestado de gente y autobuses, pero “rodeado por la Guardia Civil con sus fusiles Cetme”.
A pesar de la vigilancia, la tensión se desbordaba en cánticos: según los presentes, la débil megafonía apenas lograba imponerse a una multitud que coreaba sin cesar “¡Federico Vive!” y entonaba a pleno pulmón “El pueblo unido, jamás será vencido”. A las cinco en punto de la tarde y bajo un sol que caía a plomo sobre las choperas, cientos de globos ascendieron hacia el cielo granadino llevando escrita la palabra “amnistía”, como inmortalizaría la prensa nacional.
La periodista Karmentxu Marín, en su crónica para el diario El País —que se erige hoy como una de las fuentes de mayor valor documental sobre aquel día—, inmortalizó el éxito de la convocatoria fijando la asistencia en aproximadamente 6.000 personas. Sin embargo, otras crónicas locales, como las publicadas por el enviado especial de Ideal, elevaron la magnitud de aquella marea humana asegurando que fueron hasta 10.000 voces las que abarrotaron la plaza para clamar por el poeta.
A pesar de la vigilancia, la tensión se desbordaba en cánticos: según los presentes, la débil megafonía apenas lograba imponerse a una multitud que coreaba sin cesar “¡Federico Vive!” y entonaba a pleno pulmón “El pueblo unido, jamás será vencido”
La estampa de aquella multitud era irrepetible: una mezcla magnética donde personas de todos los estratos sociales se fundían con la intelectualidad, que florecía a la luz pública prácticamente por primera vez, como relata el fotógrafo Miguel Booth en su portal Somos Pineros. Entre las miles de firmas que suscribieron la adhesión se encontraban figuras de la talla de Vicente Aleixandre, Alejo Carpentier, Pedro Laín Entralgo o Gerardo Diego. A ellos se sumaba una inmensa amalgama de futuros mitos y referentes culturales; entre la multitud que aquel día se la jugó frente a la Guardia Civil se encontraban cantautores como Carlos Cano —que ayudó a difundir clandestinamente el manifiesto—, el cantaor Enrique Morente, y un jovencísimo estudiante llamado Luis García Montero, para quien aquella jornada marcaría a toda su generación, un impacto rememorado años después por el diario Infolibre. En el homenaje también estuvieron presentes figuras como el dúo musical Lole y Manuel, símbolo del nuevo flamenco y del despertar andaluz.
El desafío a la dictadura era completamente frontal. Según atestiguan las crónicas, sobre las cabezas de los miles de asistentes se veían diversas pancartas reivindicando una “Andalucía Libre” y exigiendo “Pan, Trabajo y Libertad”. La voluntad pacífica del pueblo dictó su ley. Como subraya la crónica de Marín, el civismo fue la nota dominante; el respeto era tan abrumador que el servicio de orden interno fue asumido por 120 miembros de la propia organización. La tensión y el enorme despliegue de la fuerza pública solo se tradujeron en un ligero incidente cuando la Policía intervino para retirar una bandera republicana alzada entre la multitud, saldándose con la incautación de un carné de identidad, pero sin detenciones.
Gargantas contra el miedo y un silencio atronador
El misterio oscuro y estremecido del duende lorquiano pareció descender sobre aquel estrado de madera improvisado, que temblaba levemente ante la expectación de miles de personas con el corazón en un puño. Justo después de que sonaran los versos iniciales grabados, fue el poeta José García Ladrón de Guevara quien rasgó la tensión leyendo el manifiesto con una sentencia demoledora: “Amigos, compañeros, son las cinco de la tarde. Dicen que para dar muerte a un poeta, muerte de verdad, hay que matarlo dos veces: Una, con la muerte; otra, con el olvido”.
Tras explicar el motivo de la convocatoria en el mismo lugar donde Federico había nacido, pidió a la multitud "un minuto de silencio, el último minuto de silencio en su memoria”. Cuarenta años de luto se condensaron en aquel silencio atronador que se aprovechó segundo a segundo, hasta romperse definitivamente cuando el propio Ladrón de Guevara gritó al micrófono: “¡Federico García Lorca está vivo!”, a lo que la multitud respondió al unísono: “¡Está vivo! ¡Federico vive!”.
A partir de ese instante, el estricto reloj del Gobierno —impuesto por el entonces ministro de la Gobernación, Manuel Fraga Iribarne, quien llegó a enviar a la plaza a un delegado con un cronómetro para medir el tiempo, según documenta la Andalupedia— fue arrollado por el peso incontenible de la historia.
Por aquel micrófono desfilaron algunas de las gargantas más hondas de la cultura, dispuestas a cobrarse la deuda de cuatro décadas. Manuel Fernández-Montesinos, sobrino del poeta, tomó la palabra en nombre de una familia herida para evidenciar frente a la multitud la absurda mezquindad del poder: “Después de cuarenta años nos conceden media hora...”. Aquel límite temporal, sin embargo, se grabó con orgullo en la memoria de los y las presentes. El fotógrafo Juan Ferreras lo resumió a la perfección: “Solo dieron permiso para media hora y se cumplió a rajatabla. Pero fue la media hora más larga, intensa y feliz de mi vida”.
La emoción, que ya se podía cortar en el aire, subió de tono al ver a José Agustín Goytisolo asomarse al estrado empuñando tres claveles rojos como tres heridas abiertas. En un acto de inmenso desafío frente a los fusiles que rodeaban la plaza, Goytisolo leyó su poema Más que una palabra, dedicado a Oriol Solé Sugranyes, un preso político fugado de la cárcel de Segovia que acababa de ser abatido por la Guardia Civil apenas unas semanas antes. El paroxismo colectivo estalló cuando Blas de Otero se plantó ante la Vega, recibido por una multitud que coreaba sus propios versos: “¿Dónde está Blas de Otero? Está con los estudiantes y obreros, con los ojos abiertos”. Otero no eligió su réplica al azar: recitó Recuerdo y no recuerdo, un poema escrito en memoria del inmenso impacto que le causó ver actuar al propio García Lorca junto a Margarita Xirgu en Bilbao cuando él era apenas un niño de seis años, como han analizado académicos como Juan José Lanz. Con esa carga emocional a sus espaldas, sentenció: “Vengo con un fusil, pero con un fusil de paz... Y el que no quiera oírme, que se vaya...”.
Aquella sucesión de instantes logró incluso burlar las fronteras: el exilio se hizo carne a través de unos altavoces cuando resonó, dolorida y lejana, la voz grabada de Rafael Alberti recitando su poema Balada del que nunca fue a Granada. “¿Quién hoy sus jardines aprisiona y pone / cadenas al habla de sus surtidores? / Nunca vi Granada. / Venid los que nunca fuisteis a Granada. / Hay sangre caída, sangre que me llama. / Nunca entré en Granada. / Hay sangre caída del mejor hermano. / Sangre por los mirtos y aguas de los patios. / Nunca fui a Granada...”. Su voz desató un clamor unánime, un grito ensordecedor de los asistentes exigiendo su regreso inmediato a España mientras coreaban: “Ra, ra, ra, Alberti a Graná” y “Sí, sí, sí, Alberti a Madrid”.
A esta catarsis se sumaron actrices telúricas y activistas inquebrantables como Lola Gaos, tal y como recoge el rotativo Granada Hoy. Nuria Espert recitó con la voz quebrada por la emoción el poema La Cogida y la muerte(del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías), mientras que Aurora Bautista declamó Arbolé, arbolé lanzando un globo rojo a los cuatro vientos. Todas ellas invocaron con “fiereza la fuerza arrolladora y la violencia poética del teatro lorquiano”. Las caras de los allí presentes hablan por sí solas. Llanto, indignación, orgullo y rabia contenida que convirtieron aquel día en un estallido histórico de liberación.
La noche después del homenaje: El mitin histórico y la censura conservadora
La media hora impuesta por el régimen fue un corsé demasiado débil para contener el ansia libertaria de un pueblo que acababa de despertar. Aquella sed de reivindicación exigía continuar y, al caer la noche, la jornada culminó con la celebración de un mitin político en el corazón de Granada.
La semilla de esta unidad de acción se había plantado mediante un acuerdo histórico. Tal y como revela el archivo personal de Juanjo del Águila, los representantes de las fuerzas políticas en la clandestinidad mantuvieron una laboriosa reunión para consensuar un manifiesto conjunto. El documento, mecanografiado y fechado en Fuente Vaqueros el 5 de junio de 1976, llevaba la rúbrica de los delegados del Partido Comunista de España, Partido Socialista Obrero Español, Comisiones Obreras, Movimiento Comunista, Alianza Socialista de Andalucía, Partido del Trabajo y la Comisión de Arte y Cultura C.D.
El texto denunciaba sin ambages que Federico fue asesinado por fuerzas fascistas y condenaba el intento de apropiación del poeta por parte del Estado. El manifiesto concluía advirtiendo que “no podrán establecerse las bases de una auténtica cultura popular hasta que sean restablecidas las libertades democráticas sin restricciones, y los pueblos de España puedan decidir su futuro y expresar libremente su propia personalidad”.
Con este férreo consenso previo, y una vez finalizado el multitudinario acto de Fuente Vaqueros, la jornada se trasladó de nuevo a la ciudad. Horas después de la apoteosis en la Vega, esa misma sede del Hospital Real que había acogido los versos por la mañana fue el escenario de un hito político sin precedentes. Como relata de nuevo Del Águila—que acudió aquel día desde Madrid en representación del entonces clandestino Partido Comunista de España—, aquel espacio acogió “el primer mitin político celebrado en Granada tras la muerte del dictador”, donde se presentaron representantes de diversos partidos, movimientos y sindicatos todavía ilegalizados: “En el mismo hablaron, por este orden, Juan José del Águila del PCE, Alfonso Guerra por el PSOE, Isidoro Moreno por el PTE, Alejandro Rojas Marcos por ASA, María Dolores Descalzo por el MCE y Francisco García Salve por CCOO”.
La planta baja del Hospital Real se vio desbordada por la masiva afluencia de jóvenes y universitarios. Y es que, de nuevo, miles de personas asistieron al epílogo de aquel día histórico. A lo largo de los noventa minutos que duró el acto, el estrado estuvo presidido por una pancarta reivindicativa, flanqueada por la enseña andaluza y la tricolor republicana. Desde aquel estrado, los líderes de izquierda unificaron su discurso reclamando la “unidad de las fuerzas democráticas”, repudiando frontalmente el “continuismo reformista” y alzando la voz contra “las medidas represivas” de la época.
El eco de aquel grito de libertad y de aquel mitin nocturno incomodó a los guardianes del viejo régimen, que intentaron empañar la gesta desde la prensa conservadora. Tres días después, en un contexto político sumamente convulso y con Carlos Arias Navarro todavía al frente del país, el ABC de Sevilla situaba lo sucedido en una columna lateral bajo el acusador titular: “Granada: Utilización política del homenaje a García Lorca”. En un alarde de cinismo mediático, la misma página que normalizaba y cedía grandes titulares a las soflamas nostálgicas de los Alféreces Provisionales o a las marchas de Fuerza Nueva lideradas por Blas Piñar, se escandalizaba alertando sobre las proclamas democráticas que habían resonado en Granada. Era el último pataleo de una España gris que se resistía a desaparecer frente a un torrente imparable.
A pesar de aquella tinta amarga, el reloj de la historia ya no tenía marcha atrás. Aquel 5 de junio, Fuente Vaqueros logró condensar, en apenas media hora, el dolor y la esperanza luminosa de varias generaciones. Aquella tarde memorable, contra las agujas de la censura y cobijados bajo el sol de la Vega de Granada, miles de almas libres rompieron las cadenas del olvido para devolverle a Federico García Lorca la palabra, la voz y el latido que, cuarenta años atrás, le habían robado en algún lugar todavía desconocido.
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