Memoria histórica
Aline Sierp: “Solo un gran debate público puede cicatrizar las heridas del pasado”

Conversamos con esta profesora de la Universidad de Maastricht y copresidenta de la Memory Studies Association, sobre los retos que tiene ante sí la Unión Europea en lo que respecta a la memoria histórica.

Aline Sierp
Aline Sierp, durante la entrevista Rubén Díaz

publicado
2019-05-25 09:00:00

Más allá del Brexit, el nuevo Parlamento Europeo, salido de las elecciones del 26 de mayo, tendrá que lidiar con los múltiples conflictos “identitarios” que se desarrollan en el territorio de la Unión, a menudo alentados por discursos ultranacionalistas y xenófobos, que abusan de la interpretación del pasado para conseguir sus objetivos políticos en el presente. ¿Tiene Europa problemas de “memoria”? Se lo preguntamos a Aline Sierp.

Pero antes, para situar el tema: ¿qué entendemos por “memoria”?
Memoria e Historia son cosas diferentes. La memoria es la elaboración del pasado e incluye las formas en las que éste ha sido interpretado, las narrativas construidas sobre los hechos históricos, así como un proceso de selección, interpretación y transformación de esos hechos.

Puedo entender lo inevitable de esa selección; no podemos recordarlo todo, ni como personas ni como sociedades. Entonces, tendríamos que preguntarnos por los criterios: ¿cómo elegimos qué recordar y qué no?
Efectivamente, la memoria es selectiva y uno de los principales criterios de selección es la utilidad, tanto a nivel personal como social. Cuando las necesidades sociales o políticas cambian, la memoria también lo hace: esto se ve, por ejemplo, en el cambio frecuente de los hechos del pasado que se conmemoran o en el tipo de historia que se enseña en las escuelas.

Imagino que estamos ante el uso político y partidista del pasado...
El pasado es una herramienta muy agradecida para los políticos, porque hay muchas emociones y cuestiones identitarias relacionadas con él, y éstos son precisamente los elementos que los partidos populistas suelen usar en su discurso para conseguir sus objetivos. Si a esto unimos el hecho de que mucha gente no está del todo bien informada, tendremos una herramienta muy útil en manos de los políticos. De hecho, uno de los retos de la UE es el de intentar contrarrestar este abuso político de la memoria.

Los medios de comunicación a menudo sirven a intereses políticos y repiten estereotipos históricos

¿Y qué puede hacer la UE para promover una ciudadanía mejor informada? Entiendo que tanto el sistema educativo como los medios de comunicación tienen algo que decir en este asunto.
Así es, pero la UE no tiene competencias a nivel educativo, por lo que su influencia en ese terreno es muy limitada; lo que sí hace es apoyar proyectos concretos, como fue por ejemplo el de el manual franco-alemán [de historia reciente de Europa], que fue publicado pero, desafortunadamente, es poco usado en las escuelas, con lo que la utilidad del proyecto queda en entredicho. En cuanto a los medios de comunicación, a menudo sirven a intereses políticos y quizás tienden a repetir estereotipos históricos. Su papel debería ser, sin embargo, el de proporcionar los contextos históricos que habitualmente están ausentes. Quizás sea necesario también que los investigadores presten más atención al papel que juegan los medios de comunicación en la construcción de la memoria.

En cualquier caso, difícilmente los países miembros van a ponerse de acuerdo en una sola visión “paneuropea” del pasado, tanto del reciente como del no tan reciente. Tampoco parece que este debiese ser el objetivo, ¿no es así?
En mi opinión, la UE ha tratado de usar la memoria para crear un sentimiento de comunidad. Más allá de las diferentes memorias, de las diferentes narrativas, de que muchos momentos históricos, como por ejemplo la Segunda Guerra Mundial, han sido vividos de forma muy diferente en según qué lugares, tenemos que preguntarnos sobre el resultado que esta experiencia común nos ofrece a la hora de unirnos. La UE está tratando de ir más allá de la interpretación de los hechos concretos; de hecho la propia existencia de la UE es un buen ejemplo: los orígenes de la cooperación están en la experiencia común de la guerra.

Es cierto, pero el recuerdo de esas guerras del pasado se suele usar también como fuente de conflictos para el presente. Es lo que ocurre en España, pero también en otros países de la UE. ¿Cuáles son, a día de hoy, los temas y los conflictos sobre el pasado que más preocupan a las autoridades europeas?
La memoria se ha convertido en un asunto especialmente controvertido en Europa desde la ampliación al Este de la UE, en 2004, que puso de manifiesto los diferentes puntos de vista entre el ‘Este y el Oeste’, especialmente en relación a lo ocurrido durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Sigue siendo un reto cómo afrontar esta parte del pasado europeo, pero también hay otros grandes temas como el del colonialismo, sobre el que ha habido un gran silencio, en parte debido a la incapacidad de los estados para afrontar su pasado colonial y, al mismo tiempo, por la intención de la UE de no mancharse las manos con un tema tan complejo. El recuerdo del colonialismo resulta también controvertido, porque está relacionado con muchos de los asuntos con los que la UE debe lidiar en el presente, como es el caso de la inmigración. En el momento en que la UE tome posición sobre el pasado colonial, tendrá también que hacerlo en relación a otros de actualidad, como éste de la inmigración.

¿Y qué políticas está llevando a cabo la Unión Europea para mitigar estos conflictos?
El papel de la UE en las políticas de memoria es básicamente simbólico, ya que no tiene competencias legales en la materia. Las cantidades para financiar los asuntos relacionados con la memoria son ridículas. Quizás las resoluciones del Parlamento Europeo sobre memoria sí que tengan ese papel simbólico, pero rara vez se conocen o se atienden a nivel nacional; suelen quedar en bonitas declaraciones con poco efecto práctico. Es el caso del 23 de agosto [Día Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo], fecha con la que el Parlamento Europeo quería reconocer, también, el sufrimiento de los países de la Europa Central y del Este bajo los regímenes comunistas y, sin embargo, pocos ciudadanos saben siquiera de su existencia. Se trata del día en el que se produjo el pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la URSS, del inicio de la división de Europa, pero pasa desapercibido en buena parte de la Unión.

Es un tema controvertido volver a poner sobre la mesa asuntos como el de hasta qué punto se pueden comparar los regímenes totalitarios entre sí

¿Por qué? Principalmente porque a nivel nacional no ha habido interés en la mayoría de los países, pero tampoco la UE se ha esforzado demasiado, porque es un tema controvertido volver a poner sobre la mesa asuntos como el de hasta qué punto se pueden comparar los regímenes totalitarios entre sí, más allá de la siempre controvertida comparación entre la URSS y la Alemania nazi.

O la comparación de éstos con otros regímenes, como el de Franco. De hecho, en España, hablar de “memoria histórica” suele significar hacerlo sobre la represión franquista durante y después de la Guerra Civil, así como sobre la búsqueda y exhumación de los restos de los desaparecidos. Sin embargo, desde la derecha política española se suele aludir a que recordar esos temas significa volver a abrir heridas que quedaron cerradas durante la Transición; ¿qué opinión le merece esta afirmación?
Pues la cuestión sería qué tipo de heridas han cicatrizado y bajo qué condiciones. Los años de la Transición estuvieron caracterizados por un gran silencio. Posiblemente los españoles no han tenido la posibilidad de trabajar adecuadamente con sus recuerdos. Es relativamente normal que, después de 40 años, haya este momento de conmoción, que provoca preguntas, y pienso que está bien que lo haya. Tapar heridas que siguen abiertas no va a ayudar en absoluto. Sólo un debate real y público puede cicatrizar esas heridas. Y esto no ha ocurrido, se han silenciado muchas voces. Es muy sano que ahora se esté dando este debate.

El problema es que ese debate se está dando, al menos entre nuestros partidos políticos, siempre en un contexto electoral, sin la calma necesaria y utilizando la memoria como arma arrojadiza para conseguir votos; me pregunto si, en esas condiciones, puede salir algo positivo del “debate”.
No pienso que eso per se sea un problema. El debate político no es negativo; probablemente, de hecho, sea algo necesario. Si vemos el caso alemán o el italiano, lo que diferenció a uno del otro en la forma de lidiar con su pasado tras la Segunda Guerra Mundial fue, precisamente, la existencia o no de un debate político, que tuvo lugar en el caso alemán, pero no tanto en el italiano. En Alemania, con claras diferencias de interpretación entre el centro-derecha y el centro-izquierda, la memoria formó parte, durante mucho tiempo, de la contienda electoral, pero también del debate público. Fue doloroso, pero con el tiempo ese debate hizo posible que el país volviese a estar unido. Es posible que España deba pasar por un proceso similar para encontrar un cierto denominador común.

Pero hasta ahora hemos visto, en nuestros políticos, una actitud poco constructiva y un uso del discurso sobre el pasado más destinado al conflicto que a la construcción de comunidad y de solidaridad. Otra cosa es el movimiento memorialista, que ha sido en España el principal motor del debate sobre la memoria y el que se ha encargado de que siga en la agenda. ¿Cuál es el papel de los ciudadanos organizados, los activistas o los investigadores de la memoria en esa “elaboración del pasado”?
El activismo memorialista es especialmente importante a nivel nacional y local. Es habitualmente a nivel nacional donde se produce la selección del pasado que se va a difundir, donde se reprimen ciertos episodios históricos y se elabora un discurso homogeneizado. De hecho, la Comisión Europea ha tratado de apoyar el trabajo local sobre memoria, precisamente para ‘saltarse’ el nivel nacional y financiar proyectos locales llevados a cabo por pequeños museos, organizaciones no gubernamentales, etc. que trabajan sobre el terreno. Por otra parte, es deseable el máximo nivel de intercomunicación posible, el intercambio de información, entre todos los actores.

La UE intenta fomentar el intercambio de información entre grupos de investigación o activistas a través de la financiación de redes en las que participen el mayor número de países posibles

Muchos activistas están haciendo investigaciones de gran valor, tanto para los investigadores de la memoria como para alimentar el debate público. Su papel es esencial para desenterrar temas olvidados durante mucho tiempo. De hecho, la UE intenta fomentar el intercambio de información entre grupos de investigación y/o activistas a través de la financiación de redes en las que participen el mayor número de países posibles. Aun así, la ayuda es insuficiente y muchos activistas tienen la sensación de estar trabajando solos, sin el necesario apoyo. La cooperación entre grupos de activistas es esencial porque, en muchas ocasiones, se están enfrentando a problemas similares, a pesar de que los contextos políticos sean muy diferentes en cada caso.

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