Incendios Forestales
La chispa del lunes, las aguas de marzo y el éxodo rural de 1950: múltiples causas para un verano catastrófico
Dos fuegos han marcado sendos récords en apenas un mes. Julio de 2026 será recordado por la tragedia de Los Gallardos (Almería) en el que es el incendio forestal con más víctimas mortales en este siglo. Esta semana se confirmaba la muerte, tras más de tres semanas en coma, de la víctima decimocuarta de ese fuego. En ese momento los incendios de Ávila y Madrid se habían convertido ya en el incendio más voraz en términos de territorio de la historia. 44.000 hectáreas ardieron en cinco días, con el agravante del desplazamiento obligatorio de más de 73.000 personas. De nuevo, una marca histórica, no superada por el terremoto de Lorca (2011) o las inundaciones del litoral. Como se repite estos días, esto se ha producido cuando falta más de un mes para que termine el verano. De hecho, ni siquiera ha terminado julio y ya han ardido 11.000 hectáreas en Fermoselle (Zamora), que se suman a los incendios récord y a los de Toledo, Castelló y Guadalajara.
Cada verano se reproducen fuegos cada vez más salvajes, pero, aunque no lo parezca, se producen menos incendios. En su último informe, “Incendios Forestales 2026: Incendios extremos, el reto de adaptar el territorio”, la organización conservacionista WWF señalaba un hecho: entre 2016 y 2025 la media de siniestros se redujo en un 33% respecto a la década anterior. Los motivos principales: la concienciación ciudadana y la persecución del delito.
El geógrafo Fernando Medina, investigador de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) y experto en protección civil, constata esa tendencia general en el caso de esa isla: “Han disminuido los incendios, pero ha aumentado la virulencia de los que se convierten en grandes incendios forestales, los que se ha puesto de moda llamar incendios de sexta generación”, resume. En el caso de Gran Canaria, el 98% de la superficie quemada en las últimas dos décadas ha sido provocado por solo cuatro incendios.
El hecho determinante para este geógrafo, no obstante, es que el enfoque debe cambiar para situar la protección civil en el centro. Medina lo tiene claro: “En el estudio que hicimos hemos encontrado la necesidad de que los incendios deben dejar de medirse por el número de hectáreas quemadas; no quiere decir que tengamos que obviarlas, pero ya no es suficiente. El problema ahora aparece cuando el fuego entra en contacto con las personas”.
La interfaz urbano-forestal
Aquí es donde entra otro término en el nuevo vocabulario de los incendios. Si la “sexta generación” se refiere a incendios inextinguibles, inabordables desde el punto de vista técnico y el concepto ya se ha extendido en la cobertura periodística de los fuegos, Medina se refiere a la interfaz urbano-forestal como el factor determinante para el necesario cambio de abordaje de estos fenómenos. Se refiere a aquellas zonas que combinan viviendas, carreteras, jardines, cultivos y bosques, lugares privilegiados y cada vez más buscados como formas de conexión con el territorio lejos del mundanal ruido de las ciudades e incluso de la vida tradicional de los pueblos.
“Esa famosa y romántica idea de irse a vivir al monte trae consigo una serie de consecuencias”, explica Medina. En aquellas viviendas que tocan con el monte, el problema se produce porque falta la base: la “adaptación a un territorio con una vulnerabilidad y exposición y un riesgo diferente”.
En estos incendios confluyen los factores que tienen que ver con el cambio climático y la emergencia ecológica junto a cuestiones de regulación autonómica, provincial y local
Olga Martín Sánchez es concejala de Izquierda Unida - Unidas Podemos - Alianza Verde en el ayuntamiento de Pelayos de la Presa, uno de los municipios madrileños afectados por el incendio. Al otro lado del teléfono, con una comunicación afectada por las consecuencias del fuego, Martín Sánchez cuenta que dos decenas de casas han ardido como consecuencia del incendio unificado de Villa del Prado y San Martín (Madrid) y Burgohondo (Ávila).
Esta concejala da cuenta de ese cambio en el uso del territorio en esta localidad madrileña: “No hay agricultura, hace ya muchísimo tiempo que se quitaron las viñas y se construyeron urbanizaciones, ganadería apenas hay, aquí lo que funciona es el turismo y la cercanía con el pantano”, señala.
No es una excepción, sino una tendencia que se explica a través del cambio de modelo económico acontecido en España desde mediados del siglo pasado: “El abandono del plan programático demográfico que sufre el medio rural en España desde el siglo XX, sobre todo después de la Guerra Civil, hace que las tareas tradicionales, la ganadería, la agricultura, la recogida de leña, la recogida de material de la biomasa por parte del ganado, desde los cerdos hasta las mulas, todo eso desaparece”, indica Miguel Ángel Soto Caba, responsable de las campañas de Bosques de Greenpeace. “Con lo cual, el entorno de los pueblos, que antes era pastoreado y no crecía una hierba allí por la acción del ganado, se ha vuelto vulnerable al fuego”.
Porque como señala Martín Costas, portavoz de Ecologistas en Acción, “hay muchos otros factores que deben ser tenidos en cuenta” además de la crisis climática para abordar un problema que no tiene fácil solución. No existe una fórmula mágica para solucionar el impacto brutal de estos incendios, indica Costas, dado que confluyen los factores que tienen que ver con el cambio climático y la emergencia ecológica, junto a cuestiones de regulación autonómica, provincial y local, que tienen que ver con las actividades humanas que se llevan a cabo en los territorios, la regulación y el control de lo que se hace y aquello que no se hace.
Múltiples factores
La detención de un operario contratado por la Asociación de Ganaderos de Burgohondo por el uso ilegal de un martillo hidráulico, fue la chispa de un incendio sin parangón en la historia reciente de las provincias de Ávila y Madrid, pero como decía un artículo reciente sobre la cobertura comunicativa de los incendios forestales: “Un incendio puede explicarse por una barbacoa de hoy, la dirección del viento de ayer, una primavera seca, cuatro décadas de cambios en el uso del suelo o un siglo de emisiones”.
No obstante, la aproximación a la cobertura de incendios debe cambiar la manera de comunicar, refuerza Fernando Medina. “Estamos en una situación de estrés territorial”, resume. Los días de calor extremo han aumentado y la crisis climática genera un cúmulo enorme de energía, las altas temperaturas acelera la evaporación de la tierra y la vegetación hacia la atmósfera, y las noches han perdido humedad, con lo cual los incendios se extienden durante períodos más prolongados.
“Nuestro territorio ha cambiado; cada persona o cada administración, cada integrante del sistema de la protección civil tiene que poner medidas”, señala Medina
Un informe publicado el 30 de julio por el grupo de científicos World Weather Attribution identificaba este patrón basándose en los incendios de 2025: un “choque climático” provocado por “primaveras inusualmente húmedas seguidas de veranos calurosos y secos que promueve un crecimiento abundante de vegetación que posteriormente se seca, creando grandes cantidades de combustible altamente inflamable y aumentando el riesgo de incendios forestales”.
Fenómenos como el de Los Gallardos eran insólitos hace poco años, refiere Miguel Ángel Soto. En Almería ardieron plantas como el esparto: “Una planta muy dura y que crece en ecosistemas semiáridos, y que tampoco es tupida; el problema entonces no es que no hubiera gestión forestal, es que no existe la gestión forestal o la gestión del territorio en zonas de esparto. Puedes hacer zanjas, desbroces, cortafuegos, quemas prescritas pero, ¿en un espartal? Esto nunca se había visto”, señala.
“Nuestro territorio ha cambiado, estamos en una situación en la que cada persona, cada administración, cada integrante del sistema de la protección civil tiene que poner medidas. No basta con estar en la parte técnica del incendio, de hecho en esa parte técnica tenemos más medios, necesitamos más actuaciones“, señala Medina.
Una carta del bombero forestal Ángel Almada publicada por El Salto incidía en uno de los elementos fundamentales para entender este cambio de paradigma con respecto a los incendios: “No quiero perder mi vida, la única que tengo, por salvar tu chalet levantado allí donde había bosque, cuando lo has rodeado de arizónicas y no has desbrozado ni un metro cuadrado entorno a él”.
Soto destaca la jardinería pirófita como un factor poco tenido en cuenta a la hora de reducir riesgos. Se trata de crear espacios protegidos mediante plantas, árboles y arbustos que dificulten el contacto del fuego con las infraestructuras humanas. Se trata de evitar la simultaneidad de emergencias que denunciaba Malanda en su carta.
Martín Costas defiende la involucración de la sociedad en la naturaleza, “pero hay que ver bien cómo se hace para evitar que se den las condiciones para dramas más catastróficos” Este experto de Ecologistas en Acción aboga por regular la expansión urbana y que “este urbanismo disperso deje de estar a la orden del día y que cada vez las actividades humanas estén menos entrometidas en los ecosistemas naturales”. Como señalaban en un análisis Rafael Yus Ramos y Daniel López Marijuán, ninguno de los municipios afectados por el incendio de Los Gallardos contaba con el (obligatorio) Plan de Emergencia por Incendios Forestales de Andalucía, ni tampoco con las Agrupaciones de Defensa Forestal ni los Grupos Locales de Pronto Auxilio, “todas ellas herramientas que habrían aminorado daños y pérdidas”.
Para Fernando Medina, la exigencia tiene que partir de la ciudadanía e ir de lo local a lo global, exigiendo que los gobiernos actúen “porque son los garantes y los responsables de que los planes de autoprotección estén activos y sean conocidos por la población”. Desde Pelayos de la Presa, Olga Martín Sánchez confirma algunas de las circunstancias que denuncia este geógrafo: “Para empezar, el PAMIF [Plan de Actuación Municipal ante Emergencias por Incendios Forestales] no está aprobado por pleno. A partir de ahí te puedes imaginar de todo”, señala.
“La ordenanza municipal en esos términos es muy clara: los propietarios tienen que tener cuidado y desbrozar sus fincas y tenerlas en perfecto estado”, comenta, “pero luego no hay expedientes, y si los hay son mínimos y no hay un seguimiento por parte del Ayuntamiento. No se trata solamente del monte, que sí debería estar cuidado y prevenido por la Comunidad de Madrid, hay muchísimas urbanizaciones con parcelas no construidas alrededor y éstas están totalmente abandonadas”, refiere Olga Martín Sánchez. “Yo creo que tiene que ponerse las pilas y exigir que se cumpla la ordenanza y que se cumpla la Ley de Montes... y que dejen de echar la culpa a los ecologistas, a la izquierda“, concluye.
Se trata de una pirámide de decisiones, que va desde los compromisos insuficientes e incumplidos del Acuerdo de París hasta el cumplimiento de las ordenanzas municipales sobre fuegos, desbroces y cuidado de las parcelas. Una cadena que apela a todas las partes: ”Esto no tiene remedio si quienes gobiernan no empiezan a tomarlo no como una obligación de un acuerdo internacional, sino como una obligación propia", sentencia Martín Costas.
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