Opinión
“Aro Berria”, las comunas y la memoria contracultural
A comienzos de diciembre se estrenó Aro Berria, el primer largometraje de la directora navarra Irati Gorostidi (Eguesibar, 1988). En este trabajo –que recupera el hilo de sus obras previas en Contadores y San Simón 62–, Gorostidi nos acerca a la experiencia de la proliferación de las comunas a finales de la década de los setenta.
Se trata de un proyecto cinematográfico con algo de experiencia etnográfica familiar: los progenitores de la directora formaron parte del movimiento tras su paso por las asambleas de fábrica y del incipiente movimiento autónomo vasco de los últimos años del tardofranquismo.
La película presenta a un grupo de jóvenes que viven en una casa compartida organizada de forma comunitaria. Guardan todo su dinero en común dentro de una caja de zapatos, de la que cada cual toma según sus necesidades.
La discusión colectiva y asamblearia nutre todas las esferas de la experiencia diaria, cuestionándolas y poniéndolas en entredicho, tanto en el ámbito doméstico como en el laboral. De este modo surgen temas como la defensa de las asambleas de base en las fábricas frente al modelo de delegación sindical, pero también la búsqueda del placer más allá de una mirada falocéntrica y los intentos por escapar del modelo familiar normativo.
En una serie de imágenes que ilustran el riguroso trabajo arqueológico y archivístico de Gorostidi –así como su producción artística anterior a su periplo como directora de cine–, Aro Berria hace aparecer algunos símbolos de época: pegatinas de los Komite Antinuklearrak, los primeros folletos de la Asamblea de Mujeres, ejemplares de la revista Ajoblanco, entre otros.
De este modo, lo más interesante de la película, además de la sugerente apuesta de reproducir la experiencia tántrica de los talleres mediante un destacable juego de cámaras y color: rescata una parte fundamental, y a menudo subterránea, de la memoria y el legado de las luchas antifranquistas y de la Transición.
Aro Berria es una pieza cinematográfica esencial para comprender el recorrido histórico de una generación que en los sesenta se vio inmersa en el nacimiento de la contracultura libertaria ibérica en la Transición.
La historia de Aro Berria, por tanto, es una historia que escapa a la narración de la Transición que defiende la clase media, un relato promovido de forma insistente y monocorde por todos los aparatos culturales del mandarinato nacional para legitimar el Régimen del 78 y lo que en otro tiempo se llamó Cultura de la Transición.
Destaca precisamente por recuperar la memoria de las apuestas por crear espacios de vida compartidos: Aro Berria es una pieza cinematográfica esencial para comprender el recorrido histórico de una generación que en los sesenta se vio inmersa en el nacimiento de la contracultura libertaria ibérica.
Del clima del desencanto a las comunas
En la escena de la asamblea de fábrica venida a menos que funciona como parteaguas con lo que sucede en el resto de la película, la directora de Aro Berria logra sugerir todo el clima que rodeó “el desencanto” con la Transición. La estabilización y un régimen democrático a la imagen de Europa sería el reverso oscuro y desengañado que se extendería entre los movimientos alternativos, incapaces de articular un proyecto propio frente al acuerdo entre élites sobre el que se cimentó el nuevo régimen.
Para muchos –que además arrastraban una distancia cada vez mayor respecto a las formas de militancia demasiado ligadas a una estética de la heroicidad y el sacrificio de los partidos de la extrema izquierda– las comunas experimentales ofrecieron un espacio fundamental desde el que desplegar, en el aquí y ahora, una revolución de la vida cotidiana. Y además lo hacen cuando parecían cerradas las puertas del “segundo asalto proletario a los cielos”.
Por las comunas pasaron personas de los más diversos ámbitos y estratos sociales: bohemios y artistas, hippies, obreros autónomos, feministas y personas que se vieron afectadas por la primera pandemia de la heroína.
En este sentido, la película de Aro Berria funciona como un reenactment sensible en torno a la experiencia que se generó en la comuna “Arco Iris”. Una experiencia, ubicada en Navarra, que se centró en la mística tántrica bajo la guía de Emilio Fiel, “Miyo” y sus teorías sobre una “nueva conciencia” humana.
El propósito de esta experiencia pasaba por generar una nueva forma de espiritualidad que integrará la vida en su conjunto, impulsando experiencias capaces de cuestionar los afectos y la estructura familiar. Por ella pasaron numerosas personas procedentes de los más diversos ámbitos y estratos sociales: bohemios y artistas, hippies, obreros autónomos, feministas y personas que se vieron afectadas por la primera pandemia de la heroína.
Y aunque para algunos espectadores lo que aparece en el film podría funcionar como un sesgo de autoconfirmación sobre los límites de las apuestas políticas de unos pocos hippies fumaporros, lo cierto es que el movimiento de las comunas fue una experiencia política de gran alcance.
Pepe Ribas, uno de los animadores de la revista Ajoblanco, llega a enumerar cerca de 7.000 grupos (muy alejados, por tanto, de las 30.000 personas que el New York Times citaba en 1972 en Estados Unidos o de los 45.000 comuneros rurales que Roger-Pol Droit y Antoine Gallien identificaban en Francia), pero que representan una realidad considerable que en modo alguno debería ser prejuzgada.
De una forma que tuvo mucho de improvisación e intuición, lo de las comunas constituyó un intento paradigmático por superar las formas de relación que dicha juventud vio en la moral católica que el régimen franquista impregnó en sus padres y hermanos mayores.
Del mismo modo, la historia de este movimiento no puede reducirse a una categoría analítica única, ya que estos colectivos comunitarios fueron una realidad diversa. Desde aquellas conformadas por militantes de sectas trotskistas y maoístas, a otras que estuvieron más vinculadas con la producción artística y musical.
Hubo muchas comunas que ya existían a comienzos de la década de los setenta, bajo el régimen franquista, formadas por los hijos rebeldes de la pequeña burguesía. Y también las hubo durante los años ochenta, como es el caso de Lakabe –una experiencia que perdura hasta hoy–, en la que un grupo de personas procedentes de la objeción de conciencia decidieron dar el paso de plasmar sus ideales a través de la práctica colectiva, más allá de la teoría.
Los agitados años 70
La historia narrada en Aro Berria es otra entre las muchas posibles de los generación que llegaron a la fábrica en el momento de mayor amplitud e intensidad de la conflictividad obrera del tardofranquismo. Eran años en los que las huelgas alcanzaban cifras récord de horas perdidas y los conflictos desbordaron el espacio productivo para extenderse al terreno barrial, en algunos casos desarrollando luchas emblemáticas como ocurrió en el bilbaíno barrio de Rekalde.
Al calor de las luchas en el barrio y la fábrica, el movimiento obrero autónomo redescubrió la práctica asamblearia y unitaria, alcanzando un nivel de extensión tan potente que la conflictividad obrera fue capaz de poner en jaque los pilares del régimen franquista.
Son años de grandes conflictos en Euskadi. Es la época de “la asamblea y la culebra”. De hileras de personas que se pasan por cada hueco del taller haciendo que sus compañeros dejen las herramientas y se sumen a los paros.
Por los talleres del cinturón industrial barcelonés comienzan a circular textos como el apartado de Cómo hacer mal las cosas de las Plataformas Obreras y la indisciplina y el sabotaje comienzan a tomar cuerpo en la escena política
En Bizkaia, la Coordinadora de Fábricas llegó a reunir a representantes de 180 talleres y empresas y convocará asambleas por todo el territorio de hasta 40.000 personas. En Gasteiz, el movimiento inició en invierno una serie de movilizaciones contra los topes salariales que culminó en una secuencia de huelgas en distintos talleres y fábricas.
Fraga fue claro en la época: “Aquello de Vitoria (...) eran soviets que se estaban gestando. Había que extinguirlos”. El 3 de marzo, cinco obreros fueron masacrados en la iglesia de San Francisco. En Basauri, de vuelta en Bizkaia, Vicente Antón Ferrero fue asesinado en las huelgas de solidaridad convocadas a favor de los obreros de Gasteiz.
Con la normalización acarreada por la Transición, la conflictividad obrera descendió hasta casi desaparecer. Para muchos, la fábrica perdería su último atractivo.
El de los últimos años del franquismo es un momento de importantes innovaciones en el plano de las luchas. Por los talleres del cinturón industrial barcelonés comienzan a circular textos como el apartado de Cómo hacer mal las cosas de las Plataformas Obreras.
La indisciplina, el sabotaje comienzan a tomar cuerpo en la escena política. Entre los jóvenes trabajadores se produjo cierto distanciamiento respecto a la ética del buen hacer obrero y se empezó a asumir la lógica del «rechazo al trabajo»: madrugar e ir a un taller frío tenía poco de glorioso. La fábrica era un espacio interesante, a lo sumo, por su capacidad para generar conflicto de clase.
Con la normalización acarreada por la Transición, la conflictividad obrera descendió hasta casi desaparecer y muchas asambleas se vaciaron. De la antigua unidad de acción se pasó a reuniones reducidas, y de ahí a disputas entre sindicatos pactistas por obtener el mayor número de delegados en las recién instauradas elecciones sindicales. Para muchos, la fábrica perdió su último atractivo.
La huida, financiada mediante indemnizaciones y subsidios, tomó el nombre de «coge la bolsa y corre», preludio del gran proceso de reestructuración industrial que culminaría con el ascenso de un PSOE convertido en la fuerza hegemónica de una izquierda moderada.
El cierre de las fábricas –un proceso a menudo ligado a la desinversión y a la quiebra de las empresas– dio lugar a una gran diversidad de experiencias transformadoras. Algunos centros, como la fábrica Numax, bien documentada en la película de Joaquim Jordà, optaron por la autogestión. Muchos trabajadores, utilizando las indemnizaciones recibidas, se reinventaron como la primera generación del trabajo autónomo, creando pequeños negocios como bares, imprentas o librerías.
Otros, como los obreros que retrata Aro Berria, eligieron abandonar la ciudad para establecerse en el medio rural, donde fundaron comunas o abrazaron nuevas causas políticas, sumándose a los nacimientos de movimientos como el ecologista y el feminista.
Para muchos jóvenes de la época, el modelo de las “buenas familias” del Seat 600 y del estado de bienestar de cartón-piedra resultaba cuando menos ridículo y poco apetecible
Sin embargo, la historia subterránea de los años setenta no puede reducirse al terreno de la lucha fabril. De forma paralela y menos visible, en un plano cultural y social se estaban produciendo profundas transformaciones, impulsadas por la peculiar evolución que el régimen franquista, en su lucha por sobrevivir, había permitido en la década anterior.
Para muchos jóvenes de la época, el modelo de las “buenas familias” del Seat 600 y del estado de bienestar de cartón-piedra resultaba cuando menos ridículo y poco apetecible. Un goteo constante de nuevas ideas –facilitado por el relajamiento de la censura, con editoriales como Kairós publicando libros como California Trip de María José Ragué o El nacimiento de una contracultura de Theodore Roszak– introdujo las influencias del Mayo del 68, el situacionismo, la experimentación con drogas del movimiento beat y hippie, así como nuevas corrientes musicales. Entre una parte de los hijos de las buenas familias comenzó a calar la influencia del movimiento “provo” holandés, de las casas colectivas K-1 y K-2 de Berlín Occidental, el movimiento contra la Guerra del Vietnam y los vientos a favor del Black Power.
Inspirados por el lema situacionista de que la revolución exige subvertir la vida cotidiana, la transformación deseada por esta nueva generación no podía limitarse a la insurrección y la toma del poder estatal. El impulso se materializaría en los nuevos movimientos antidisciplinarios de los años setenta: el COPEL, que llevó la lucha a las cárceles defendiendo a los presos comunes; los primeros colectivos LGTB, que se alzaron contra la represiva «Ley de Peligrosidad Social»; y las prácticas antipsiquiátricas, que, profesionales influidos por pensadores como David Cooper o Franco Basaglia empezaron a difundir, promoviendo alternativas radicales al internamiento y la patologización.
En las últimas páginas de Ajoblanco, se incluían viajes, anuncios y contactos que sirvieron como un vaso comunicante para grupos de artistas, casas comunitarias y experiencias que conformaban la variopinta escena contracultural
La socialización de esta corriente subterránea encontró su nervio y su voz en una red de publicaciones contraculturales. A nivel estatal, revistas míticas como la barcelonesa Ajoblanco o Bicicleta sirvieron de referente cultural libertario para toda una generación, difundiendo las nuevas ideas junto a otras más pequeñas y netamente autónomas como Emancipación o Teoría y Práctica. En Euskal Herria, la revista Askatasuna (editada por el grupo homónimo) articuló debates políticos clave dentro del mundo anarquista euskaldun, mientras que publicaciones como Euskadi Sioux se vincularon más a la realidad musical y al lenguaje directo del fanzine underground.
Más que meros periódicos, cumplieron una auténtica función vertebradora como artilugios mediáticos de intervención y organización. En las últimas páginas de Ajoblanco, se incluían viajes, anuncios y contactos que sirvieron como un vaso comunicante para grupos de artistas, casa comunitarias y experiencias que conformaban la variopinta escena contracultural.
Pero no solo, por ceñirnos a cifras, la semana libertaria de Barcelona, que aunque contó con el apoyo de algunas partes de la CNT, fue principalmente impulsada por estas revistas, siendo capaz de reunir a 150.000 personas en Montjuic en un crisol de luchas y experiencias donde se dieron encuentro los anarcosindicalistas con algunas de las luchas antidisciplinarias que habían surgido durante la década.
En el terreno vasco, siempre diferencial, la genealogía de estos grupos hunde sus raíces en el potente movimiento asambleario de base –tanto en los Komite Antinuklearrak, reflejado en Aro Berria, como en las fábricas– y en su relación ambivalente con la lucha armada, expresada por distintos grupos autónomos que conformarán una parte de los Komando Autonomo Antikapitalistak–precisamente aquellos grupos que veían en la lucha armada un complemento a la agitación de fábrica y no la acción protagonista.
También deben incluirse dentro de este archipiélago quienes centraron su práctica política en lo que se denominó la autorrealización de la vida, opción en la que se encuadraron muchos militantes de LAIA-EZ. Desde la perspectiva analítica de esta organización, Euskal Herria vivía un clima preinsurreccional; por ello, consideraban necesario seguir impulsando la radicalización de las prácticas políticas, más allá de la normalización institucional y de los pactos que caracterizaban el llamado «arreglo» de la Transición española.
Frente a esta interpretación, la apuesta por el pacto –una divergencia estratégica fundamental– fue compartida, con distintos matices, por prácticamente todas las organizaciones que integraban la Alternativa KAS y que más tarde darían lugar al MLNV. No obstante, dentro de esta orientación existió siempre una amplia gradación de posiciones: desde el rumbo que fue adoptando la opción poli-mili, desde el informe de Otsagabia hasta la aceptación del marco institucional que acabaría asumiendo Euskadiko Ezkerra, hasta otras corrientes que apostaron por una ruptura independentista con sus fases transitorias, como la defendida por ETA-M y HASI.
Los setenta fueron un período de muchas luchas de las mujeres, como las movilizaciones por la despenalización del aborto, destacando el movimiento de las once de Basauri
En Euskal Herria, sería también la época en la que surgiría EHGAM, en el marco de su lucha contra la «Ley de Peligrosidad Social» y de las movilizaciones desencadenadas tras el asesinato, a manos de la policía en Errenteria, de Francis. En el plano feminista, la década de los setenta sería igualmente el momento en que, a partir de los grupos clandestinos de autoconciencia, se conformarían las primeras formas de coordinación del movimiento, cristalizando en la Asamblea de Mujeres de Bizkaia en 1977. Pronto emergerían en su seno diferencias entre un sector que daría lugar al feminismo autónomo y otro vinculado a las estructuras de partido, conocido como el de la «doble militancia».
Fue, asimismo, un período en el que afloraron numerosas luchas de las mujeres contra el ámbito patriarcal en la familia y en la sociedad, así como en favor de la conquista de derechos, como ocurrió con las movilizaciones por la despenalización del aborto, destacando el movimiento de las once de Basauri.
Comuna, ahora y siempre
Recogiendo todo este bagaje podría parecer que Aro Berria es una película más –eso sí, de marcado carácter artístico y alejada de lo comercial– dentro de la serie de largometrajes que han surgido en los últimos años y que, de algún modo, contribuyen a fisurar y complejizar el relato hasta ahora dominante sobre la “modélica Transición”. Sin embargo, de manera indirecta, pues no está claro que esa haya sido su intención, el filme de Irati Gorostidi nos sitúa más allá de una simple retrospectiva histórica. La cuestión de la comuna, que no es otra que la cuestión de la comunidad, nos interpela también en el presente.
Esto se debe a que todo cuestionamiento del “estado de las cosas” no puede reducirse únicamente a la pregunta leninista del ¿Qué hacer?, sino que debe pensar su dimensión ética y su relación con las formas de vida que pone en juego, respondiendo así a lo que el colectivo Tiqqun planteó bajo la pregunta del ¿Cómo hacer?
Todo movimiento que no se plantee a cuestión de cómo sostenemos nuestro universo de prácticas políticas está condenado a fracasar
Y es esto lo que hace que la cuestión de la comuna regrese una vez más. Un retorno que nos obliga a realizar un balance crítico sobre su dimensión práctica y vital. Hoy ya no existe una revista como Ajoblanco que, con una tirada nacional, pusiera en común a personas e ideas. Por si fuera poco, cada vez resulta más difícil encontrar un gaztetxe o centro social donde siquiera viva gente (algo que, cuando aquí se comenzó a okupar (sí, con 'k' de kilo), ni siquiera estaba en discusión.
Desde luego, también habría que darle una vuelta a lo del yoga y demás, que hoy tiene un tufo orientalista que tira pa’atrás. De fondo aparece, la capacidad que desarrolló la contrarrevolución neoliberal para recuperar –y despolitizar de su dimensión comunitaria– gran parte de la inteligencia creativa general que los movimientos de los años setenta fueron capaces de generar, reduciéndolos a una mera mercancía más.
Sin embargo, todo movimiento que no se plantee de fondo la cuestión de cómo sostenemos nuestro universo de prácticas políticas está condenado a fracasar. Así, el verdadero legado que Aro Berria recupera no es solo la nostalgia por un pasado comunitario, sino una pregunta inexcusable para cualquier proyecto emancipatorio: ¿cómo sostenemos la vida que lucha?
Hoy como ayer seguimos necesitando espacios de vida donde se construya la confianza suficiente como para lanzarse a luchar, que nos permitan saber que otros nos sostendrán cuando llegue el momento de la quemada. Como se nos recuerda desde el sindicalismo social, para sostener la lucha, hay que sostener las vidas que luchan. Y ahí, una vez más, emerge la cuestión de la comuna.
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