Opinión
Más allá del racismo y la enemistad: hacia un eros social y anticolonial

Subvertir el racismo precisa de un replanteamiento radical de la sociedad, la cultura y del mundo en que vivimos.
6 jul 2026 06:00 | Actualizado: 6 jul 2026 15:03

Hace unos días, el 17 de junio, se cumplió un año del asesinato de Abderrahim El Akkouh en Torrejón de Ardoz. Abderrahim fue asesinado por dos policías que estaban fuera de servicio —uno de ellos jubilado—. La motivación de la brutal actuación de los agentes fue presumiblemente el robo de un móvil. Ambos policías asfixiaron en medio de una calle de Torrejón al joven de origen marroquí. Todas y todos hemos podido verlo gracias a las grabaciones de los vecinos. Un año más tarde, y con un buen número de pruebas y testimonios existentes, todavía no hay una sentencia firme. No hay aún justicia.

“Ojalá te mueras ahora mismo, cabrón”, grita uno de los policías en uno de los vídeos grabados aquella funesta noche. De nuevo, el cuerpo de una persona racializada y migrante es violentado hasta la muerte. Pero no es el único. Pues también podríamos hablar de Abdoulie Bah, Yoni Barrul, Brian Ríos, Mahmoud Bakhoum o Haitam Mejri. Todos ellos perdieron la vida tras una intervención policial. De lo que hablamos aquí, como es obvio, es de racismo. De racismo institucional en este caso: de cómo los cuerpos de seguridad del estado se sienten autorizados para acabar con la vida de una persona racializada por un supuesto hurto, desplegando una violencia inusitada —violencia que jamás se ejercería por un robo menor contra una persona blanca—. Por supuesto, la muerte de Abderrahim pertenece a una constelación de circunstancias más profunda e insidiosa. Y es que el racismo se ha convertido hoy en un programa político prácticamente global.

El Pacto Europeo de Migración y Asilo, un pacto que pone trabas a la migración, consagra actividades que violan los Derechos Humanos y restringe el derecho de asilo, es el horizonte que planea sobre Europa en la actualidad. Este pacto no es más que una profundización o el desenlace lógico de la agenda securitaria y anti-derechos iniciada la década pasada por las instituciones europeas. Como colofón, se acaba de aprobar un Reglamento de Retorno que agiliza las deportaciones y permite la creación de “centros de retorno”, más bien centros de internamiento, en países que no pertenecen a la Unión Europea. Está por ver si estos países respetarán los Derechos Humanos o no en la práctica —es fácil intuir ya la respuesta—.

Europa se encuentra atravesada por la misma pulsión racista que Estados Unidos, una suerte de thanatos colonial que se traduce en la deshumanización del otro migrante y racializado

Si bien la administración de Donald Trump y su policía migratoria (ICE) son todo un signo de época, Europa se encuentra atravesada por la misma pulsión racista que Estados Unidos, una suerte de thanatoscolonial —un instinto de muerte y destrucción— que se traduce en la deshumanización del otro migrante y racializado. Uno estaría tentado de hablar de la construcción contemporánea de una Europa fortaleza como de una suerte de repliegue narcisista y paranoico de la llamada cultura europea, pero las cosas son más complejas.

La invención moderna del racismo

En España los delitos e incidentes de odio aumentaron en 2025 un 23,6 %, llegando a 2.417, la cifra más elevada de toda la serie histórica recogida por el Ministerio del Interior. De estos delitos, 934 están relacionados directamente con el racismo y la xenofobia. Este es nuestro presente. Pero conviene interrogarse por las raíces de una cultura, la europea y la española en particular, que exhibe hoy este grado de odio. Una cultura que insulta, deshumaniza y, en el límite, está dispuesta a aniquilar a aquel que considera como un otro amenazante. Un otro creado a través de la construcción ideológica de la supremacía blanca y de la superioridad civilizatoria europea.

Si vamos, pues, a la raíz, conectando el presente con el pasado, debemos hablar justamente de la invención moderna del racismo. Del trauma histórico que supuso el colonialismo europeo para los pueblos del sur global y también de las formas de dominación que produjo, formas que se han perpetuado históricamente hasta la actualidad por otras vías. Es lo que podemos llamar la colonialidad del poder, tal y como ha subrayado Aníbal Quijano. La colonización instituyó un patrón de jerarquización social racista que fue fundamental para el desarrollo del capitalismo, ya que permitió al capital asegurar su ciclo de acumulación inicial a base de expolio y de la subalternización de pueblos enteros. El propio Marx divisó cómo todo el proceso de colonización constituyó el preludio necesario de la emergencia del capital industrial. “Los tesoros expoliados fuera de Europa directamente por el saqueo, por la esclavización y las matanzas con rapiñas, refluían a la metrópoli y se transformaban allí en capital” (Marx, 2003)”.

Retomando a Quijano, la cuestión de la institución del racismo fue consustancial al desarrollo del patrón de dominación del poder capitalista. Este patrón fue inaugurado hace más de 500 años, durante la conquista de América, allí se forjó la categoría de “raza” para después expandirse y globalizarse por todo el orbe que abarcaba el mercado mundial. Las diferencias fenotípicas y culturales entre colonizadores y colonizados funcionaron como justificación o base para la creación de las categorías raciales. En tanto construcción política y social, lo que hacían estas categorías era expresar la relación de dominación existente entre los vencedores y vencidos de las invasiones coloniales, instituyendo una jerarquización y estratificación social que situaba a Europa y la blanquitud en lo más elevado de una pirámide de relaciones sociales. Por ejemplo, la “pintura de castas” del antiguo virreinato del Perú (S. XVIII) puede servirnos como imagen plástica respecto de esta jerarquización: la cúspide es para el español blanco, cuya degradación fenotípica y social se genera a través de su mezcla con lo indio y lo africano, pero también con otros mestizajes intermedios que adquieren toda un exuberante clasificación (Chino, Morisco, Mulato, Gibaro, Salta Atrás, etc.). En estos cuadros de la época de la ilustración, que preludian la ansiedad taxonómica del racismo científico, subsiste cierta utopía del blanqueamiento como la idea de mejorar la “raza”, esto es, blanquearla como forma de ascenso social e integración.

Por supuesto, la noción de raza va aparejada a toda una división del trabajo global y en términos de clase, pero también a una serie de divisiones respecto del género y la sexualidad, como ha señalado de manera iluminadora María Lugones —la línea de color marca la animalización y estereotipización de la otra y el otro racializados en términos sexuales, además de una heterosexualización colonial obligatoria—.

Europa se autoconstituye como “centro” de la modernidad en el proceso de colonización, cuando más que “descubrir” a un otro, lo encubre a través de una lógica imperial, expansiva y de conquista

La “raza”, en tanto que forma de opresión y dominación que llega hasta la actualidad, desplaza tendencialmente a los sujetos racializados a las jerarquías inferiores en términos sociales, laborales y de estatus frente a la blanquitud, que se reserva para sí la normalidad y el privilegio —el falso lugar de “lo neutro”—. Conviene señalar, siguiendo a Enrique Dussel, que Europa se autoconstituye como “centro” de la modernidad en el proceso de colonización, cuando más que “descubrir” a un otro, lo encubre a través de una lógica imperial, expansiva y de conquista. Dicho de otro modo, “la Modernidad de Europa constituye a todas las otras culturas como su «Periferia» (Dussel, 2012). Es decir, que Europa se auto-define y se dota de unidad como sujeto civilizatorio al tiempo que define su propia alteridad en términos de barbarie. Por tanto, siempre será absurdo hablar de la “colonización” como “encuentro de culturas” o de “comunicación” entre las mismas, pues ello no es más que un término encubridor que busca amortiguar el peso histórico de un genocidio y un etnocidio. Como decía Aimé Césaire en su Discurso sobre el colonialismo sin perder de vista la esclavitud negra, la distancia entre la colonización y la civilización es infinita: “de todas las expediciones coloniales acumuladas, de todos los estatutos coloniales elaborados, de todas las circulares ministeriales expedidas, no se podría rescatar un solo valor humano (Césaire, 2006).

La persistencia actual de la memoria colonial

La cuestión actual del racismo está enraizada en esta memoria colonial, usualmente obliterada y sepultada bajo toneladas de silencio. Su persistencia en Europa y Estados Unidos es obvia, y hoy su olvido permite el renacimiento de antiguos repertorios simbólicos y de violencia que se expresan en todos los planos. Y de manera cada vez más visible: desde la política imperial y neocolonial de Estados Unidos hasta las relaciones sociales más cotidianas de cualquier Estado europeo —pensemos en las políticas policiales de perfilamiento racial, por ejemplo—. Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Es obvio que la Gran Recesión (2008) puso en crisis el modelo neoliberal, erosionando los Estados de Bienestar y las propias democracias gracias a las políticas de austeridad. El aumento de la precariedad y la vulnerabilidad de este neoliberalismo zombihizo aflorar numerosos proyectos de extrema derecha, los cuales se afanaron en construir la imagen de un chivo expiatorio del malestar social y existencial. Por supuesto, el fracaso de diversas iniciativas de izquierda también ayudó a sembrar un clima de desencanto social propicio para la derechización social. Tras la pandemia y sus traumas, las dinámicas racistas y antimigratorias se aceleraron, corroyendo consensos básicos en torno a la convivencia. En este punto, vale la pena recuperar el diagnóstico del pensador camerunés Achille Mbembe, pues resulta tremendamente útil para captar las dimensiones objetivas y subjetivas del presente. Me refiero especialmente a la figura dela enemistad. Y no solo como emblema de una época belicista y neocolonial, sino como dinámica afectiva que permea las bases de la sociedad y nuestras propias subjetividades.

En una provocadora declaración, Mbembe señalaba que “el deseo de un enemigo, el deseo de un apartheid y el fantasma del exterminio constituyen la línea de fuego, en pocas palabras: la prueba decisiva de comienzos de este siglo” (Mbembe, 2018). El tono afectivo dominante que tiende a instalarse en la sociedad es este, auspiciado por proyectos imperiales y racistas. Una sociedad ansiosa que sospecha de la alteridad desde un horizonte eurocéntrico y que sueña o anhela una relación de separación con el otro. ¿No es acaso una concreción de este anhelo los 997 millones de euros destinados por la UE en 2025 a la agencia Frontex para la gestión de fronteras? ¿No está habitado el nuevo pacto de migración y asilo europeo por el ensueño de un nuevo apartheid? Apartheid aparentemente “sin mácula” para Europa, ya que busca que otros Estados se hagan cargo del internamiento de extranjeros –el trabajo sucio–, los cuales según el nuevo reglamento podrán estar ahora hasta casi dos años encerrados. Lo verdaderamente brutal, si podemos hablar así, tiene que ver con la propia constitución subjetiva y libidinal que generan estas dinámicas sociales. Pues ¿qué tipo de sujeto puede albergar una “sociedad de la enemistad”?

La tonalidad depresiva e incluso paranoica que la situación actual genera en la vida psíquica, precisa de la enemistad como forma de relación, incluso como modo de afirmación de sí a través de un otro que es negado —en definitiva, una negación que solo es afirmación de manera especular—. Esta necesidad no es únicamente social, sino que, siguiendo a Mbembe, podríamos decir que es casi constitutiva de cierta subjetividad a un nivel ontológico. Pareciera que para entrar en el orden simbólico (Lacan) hubiera que odiar, que enemistarse, que localizar en un otro el mal que debemos erradicar, mal que a su vez nos autoriza a ser. Odiar para ser, entonces. En este sentido, el otro racializado y migrante aparece como un elemento inquietante que no puede ser asumido en su identidad y corporalidad. De hecho, sucede como si esta forma pura de enemistad se decantase en la modalidad de un antagonismo total por la supervivencia. Es, si se quiere, la concepción schmittiana de enemigo: no un adversario o un agonista con el que tenemos alguna disputa privada o parcial, sino alguien que nos cuestiona radicalmente, poniendo en peligro nuestra propia existencia y nuestro ser. Ser contra los otros, podría ser la fórmula de esta sociedad de la enemistad. La fórmula de toda necropolítica.

Ontología de la crueldad

A la luz del genocidio en Palestina, de las numerosas guerras que recorren el planeta y de los crímenes que no dejan de sucederse a las puertas de Europa, las exigencias de esta ontología de la crueldad parecen claras: el hecho de ser supone una movilización libidinal contra un enemigo de cuya identidad, cultura y modo de vida debemos poder disponer y disciplinar, cuando no, en el límite, borrar de golpe. Sucede como si los elementos reprimidos dentro de la memoria o el inconsciente colonial de Europa afloraran, guiados por una pulsión paranoica, un thanatos colonial y narcisista que sitúa el agravio en un otro sobre el que debe descargarse toda la agresividad. Hay que reconocer que el silencio en torno a esta memoria, incluso su negación —el caso español es bastante significativo— crea una cultura neurótica, incapaz de comprender su pasado y sus propias raíces —atravesadas por diversas alteridades que le son consustanciales—. Todo ello abona la posibilidad del regreso de los repertorios coloniales, los cuales irrumpen como una suerte de retorno de lo reprimido. Esta es la matriz de los nuevos procesos de deshumanización y violencia a los que asistimos. En definitiva, España solo puede soñarse “blanca” o “europea” hoy negando lo gitano, lo musulmán, lo negro, lo marrón que constituyen su historia —tal es la “neurosis imperial” de la cultura española, por decirlo con Helios F. Garcés—.

En síntesis, conviene plantearse la espiral belicista actual y el resurgimiento y la normalización del racismo bajo esta figura de la enemistad. Una enemistad que se impone desde arriba, haciendo proliferar el odio y la ansiedad en una sociedad golpeada y vulnerable. La canalización de la indignación, del rechazo y la agresividad a través de la lógica del enemigo, nos habla, por tanto, de una sociedad sometida a una dinámica de separación —recordemos ese sueño racista del apartheid—, en la que lo primero es discernir quién o qué imaginariamente nos violenta, ya que es esa oposición la que nos brinda nuestro propio ser. Todo esto es lo que parece hallarse en las ideologías de la extrema derecha y en sus derivas conspiranoicas como “el gran reemplazo”. Un relato delirante de la “llegada de los salvajes” que no es más que la inversión del fantasma de la colonización (de nuevo el retorno de una memoria espectral). Lo terrible es el modo en que la energía libidinal inviste una dinámica de odio y separación que hace de cualquier vínculo algo frágil y contingente, sujeto a la sospecha de la enemistad, lo que siempre invita al repliegue sobre una identidad homogénea y cerrada, construida sobre una negación primaria.

Memoria colonial y eros social

Llegados a este punto, cabe reflexionar sobre cómo podemos salir del viejo “cuadro de castas” que jerarquiza la sociedad, que instituye un conjunto de relaciones sociales opresivas, violentas y del todo asimétricas. Si la imagen de la enemistad nos servía para elaborar cierta diagnosis histórica y social en lo macro y lo micro —desde la política internacional hasta la constitución de la subjetividad—, lo difícil aquí es quebrar la lógica especular y enajenante del enemigo y transformarla en otra cosa diferente. Ya que si las tendencias continúan por el camino actual, ese ensueño de la separación al que aludía Mbembe, y que él caracteriza a través del apartheid y los checkpoints en la tierra ocupada de Palestina, serán cada vez más constantes. ¿Y a qué remite la creación de los nuevos campos de internamiento en países fuera la UE si no a una expresión nítida de esta lógica de la separación?

La cuestión radica en cómo combatir el thanatos colonial que atraviesa el presente, que sitúa unas vidas a la zona del ser, como diría Frantz Fanon, la zona de la humanidad apreciable, y relega otras a la zona del no-ser, donde el otro no ni siquiera forma parte del régimen de una alteridad posible, pues su propia existencia es puesta en cuestión. Una alteridad radical que puede ser deshumanizada y degradada de múltiples formas, como pudimos ver en el caso de Abderrahim El Akkouh. Si bien todo combate precisa de una fuerza capaz de oponerse a otra o, siguiendo a Spinoza, requiere de un afecto mayor que desplace el previo, este no puede ser de la misma naturaleza o, al menos, no puede trabajar en la misma lógica de la enemistad tal y como la hemos explorado aquí. Precisamente por ello, para luchar contra el racismo y cuestionar sus fuentes, debemos insistir, por un lado, en la liberación de una memoria colonial, siempre asediada por el silencio y el mito civilizatorio de la modernidad. El trabajo sobre esta memoria permite toda una desmitificación de la europeidad y su superioridad civilizatoria, enfrentándola con las voces y relatos de pueblos originarios y con las huellas de su propia violencia histórica. Esclarecer esta memoria a través de diversas vías —culturales, políticas— sin duda ayudará a desactivar una identidad cerrada, homogeneizadora y voraz (la europeidad, la hispanidad) que además es falsa. Pues solo remite a un imaginario nostálgico —incluso melancólico en términos psicoanalíticos—.

Para luchar contra el racismo y cuestionar sus fuentes, debemos insistir en la liberación de una memoria colonial, siempre asediada por el silencio y el mito civilizatorio de la modernidad

El otro eje de lucha debe ser la reconstitución de un eros social.Precisamos de una erótica del encuentro que se sitúe en las antípodas de las relaciones de enemistad. La construcción de vínculos más allá de las relaciones de sospecha y odio a las que hemos aludido, las cuales plantean una lógica que quiebra el deseo de toda sociabilidad y alteridad, encerrándonos en los muros de una jerarquización racista del mundo. Necesitamos un eros anticolonial que cuestione radicalmente el canon de la blanquitud y vaya más allá de cualquier idea abstracta y folklórica de mestizaje, precisamos de una reconstrucción de lazos sociales, eróticos y deseantes que estrechen relaciones entre identidades, miradas y concepciones del mundo fronterizas —por decirlo con Gloria Anzaldúa— que desborden el eurocentrismo y el capitalismo, para tejer así una trama en la que la igualdad y la diferencia se anuden.

Para que algo así suceda, debemos luchar contra la institucionalidad que mantiene la colonialidad más viva que nunca: la ley de extranjería, los centros de internamiento de extranjeros, las políticas de violencia fronteriza, el racismo en todas sus formas. Y, más allá, contra toda política imperial que revive el delirio aniquilador del colonialismo en la actualidad. Solo la solidaridad y la lucha contra el racismo y el dominio capitalista, solo el antagonismo como una forma de eros social puede generar la potencia colectiva para impugnar estas dinámicas que no dejan de sumir al mundo en un ciclo de violencia devastador, en el que familias, ciudades, culturas y territorios enteros son sacrificados en aras del beneficio de unos pocos.

Pero erraríamos si pensásemos que el racismo es únicamente un “instrumento” para dividir a las masas desde la perspectiva de las élites. Es mucho más, es una estructura que recorre la modernidad: ha moldeado la cultura, las relaciones de poder actuales y se ha revelado tremendamente funcional y constitutiva del desarrollo del capitalismo y su expansión. Subvertir el racismo precisa, por tanto, de un replanteamiento radical de la sociedad, la cultura y del mundo en que vivimos. Vale la pena recuperar una frase de Sigmund Freud que pertenece al Porvenir de una ilusión, y en la que reverberan los ecos revolucionarios de otra época: “Una cultura que deja insatisfechos a un número tan grande de sus miembros y los empuja a la revuelta no tiene perspectivas de conservarse de manera duradera ni lo merece” (Freud, 1992). Es una sentencia tremendamente actual, pues el mundo que nos toca vivir no es en absoluto sostenible. Y no merece la pena que lo sostengamos más.

Una versión inicial de este texto fue presentada en la sede de Madrid de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, durante el encuentro “Política del cuerpo y racismo”. Me gustaría agradecer a Tamina Orellana su hospitalidad e invitación al debate y a Joaquín Caretti su agudeza y su gran disposición a la conversación. Gracias también a Carolina Meloni y a Sergio de Castro por su siempre valiosa lectura.

Bibliografía
Anzaldúa, G. Borderlands/La frontera, (Capitán Swing, 2016)
Césaire, A. Discurso sobre el colonialismo, (Akal, 2006).
Dussel, E. 1492. El encubrimiento del otro, (Docencia, 2012).
Fanon, F. Piel negra, máscaras blancas, (Akal, 2009).
Fernández Garcés, H. Religión Vs. Revolución, (Bellaterra Edicions, 2023).
Freud, S. El porvenir de una ilusión, (Amorrortu, 1992).
Lugones, M. Colonialidad y Género, (Tábula Rasa, 2008), pp. 73-101.
Marx, K. El Capital, (RBA, 2003).
Mbembe, A. Políticas de la enemistad, (NED, 2008).
Quijano, A. Cuestiones y horizontes, (CLACSO, 2014).

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