La Unión Europea, enardecida por su propia propaganda

Rusia, se nos dice, atacará a algún país de la OTAN y la Unión Europea, se nos asegura, se defenderá con éxito. Lo que parecía ‘irracional’ hoy nos parece ‘lógico’.
Kaja Kallas
Kaka Kallas es la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores.

Cada país tiene seguramente su propio término para referirse a este fenómeno. Un comandante, y hasta un país entero, se deja llevar por sus éxitos en el campo de batalla y, convencido de que sus fuerzas son imbatibles, acaba conduciendo a su ejército a una derrota. En inglés recibe el nombre más bien poético de ‘enfermedad de la victoria’ (victory disease), que, al parecer, está tomado de un término japonés, ‘senshoubyou’, asociado con el agresivo avance imperial en el Pacífico desde el ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941 –un “ataque preventivo” antes de quedarse sin combustible por el embargo petrolífero angloestadounidense y holandés– hasta la Batalla de Midway en 1942, seis meses después.

Sorprende que algo que ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia vuelva a repetirse. Lo recordaba hace poco Matthew Stevenson en un artículo para Counterpunch: aunque “sobre el papel, si se lo mide en arreglo a su presupuesto, EEUU es el mejor corcel del establo, con una panoplia de gadgets, misiles crucero y bombarderos furtivos”, lo cierto es que desde la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos han librado unas cuantas guerras, pero pocas de ellas han terminado en victoria y unas cuantas sí que lo han hecho con una importante derrota estratégica. Vietnam, por supuesto, pero también más recientemente Iraq o Afganistán. Al comienzo de todos estos conflictos, escribe Stevenson, EEUU tenía la partida ganada “con espectaculares campañas de bombardeos aéreos que destruían redes eléctricas, aeropuertos y vías ferrovarias, sólo para que las fuerzas estadounidenses acabaran empantanándose en guerras de guerrillas imposibles de ganar.” Por ahora, añade este autor, “en Irán se está siguiendo este guión”.

El historiador estadounidense Alfred McCoy ha escrito un artículo parecido al de Stevenson, refiriéndose a este fenomeno como “micromilitarismo” y citando varios casos históricos, desde la derrota de Atenas en la batalla de Siracusa (415-413 a.C.) hasta la de Portugal en la batalla de Alcazarquivir en Marruecos (1578) o la del Reino Unido en el canal de Suez (1956).

“Cuando una potencia imperial como Atenas, o como ahora los EEUU, está en declive”, explica McCoy, “sus líderes reaccionan a menudo emocionalmente, planificando lo que parecen audaces ataques militares, con la esperanza de recuperar la grandeza imperial que se les escapa de entre los dedos”, pero “en vez de otra de las grandes victorias que el imperio ganó en la cúspide de su poder, este tipo de aventuras sólo sirve para acelerar el declive en marcha, borrando cualquier tipo de aura de majestuosidad imperial que quedase y revelando en su lugar la podredumbre moral en la élite gobernante […] Durante esta espiral descendiente desmoralizante, los ejército imperialistas, tan letales en la fase ascendente del imperio, pueden errar, hundiendo a sus países en desastrosas aventuras militares que agotan sus recursos y que no son más que esfuerzos psicológicos compensatorios para salvar la pérdida de poder imperial intentando ocupar nuevos territorios o mostrando un poder militar que inspire sobrecogimiento.” Y, “aunque estos ejercicios de micromilitarismo a menudo eligen objetivos que se han demostrado como insostenibles estratégicamente, las presiones psicológicas sobre los imperios en declive son tan fuertes que con frecuencia arriesgan su prestigio en este tipo de aventuras”.

“Cuando todo el mundo se envolvió en la bandera ucraniana en 2022, los llamados expertos fueron espectacularmente entusiastas sobre una eventual victoria de Kyiv”, ha indicado Münchau

¿Esta libre Europa de este mal? En absoluto. El mensaje de Donald Trump en la red Truth Social del 14 de marzo, en el que aseguró que el ejército estadounidense había destruido “el 100% las capacidades militares de Irán”, ha sido ridiculizado, con justicia, en las redes sociales y por los propios dirigentes iraníes. No obstante, aquí conviene apresurarse a recordar que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo con aplomo digno de mejor causa en su discurso sobre el estado de la Unión de 2022 que “la economía rusa estaba en ruinas” por las sanciones y que el ejército ruso estaba “cogiendo chips de lavadoras y lavaplatos para reparar sus equipos”.

Tres años después la Comisión Europea anunciaba ReArm Europe, el ambicioso plan de rearme del bloque, cuya hoja de ruta fija el año 2030 como la fecha de un eventual conflicto convencional con Rusia, en consonancia con los pronósticos de la OTAN. Al parecer, Rusia ahora es una potencia militar a tomarse muy en serio gracias a sus lavadoras y lavaplatos. El primer ministro de Polonia, Donald Tusk, ha llegado a hablar por su parte de la posibilidad de un ataque ruso “en cuestión de meses". Cuando un Estado, o un grupo de Estados, se arma frente a otro —u otro grupo de Estados—, que, en respuesta, adopta medidas simétricas, comienza una espiral armamentista, y ésta aumenta, con su proliferación de armamento y la propaganda que lo acompaña, el riesgo de conflagración. El conflicto deviene una profecía autocumplida.

El peso de la “lógica de los acontecimientos”

Los medios de comunicación europeos vuelven a hablar desde hace semanas del llamado escenario de Narva, de tropas rusas tomando el corredor de Suwalki e incluso la isla de Rügen, como en tiempos de guerra fría se hablaba de la brecha de Fulda o de avistamientos de submarinos soviéticos en aguas territoriales de Suecia. En pocas palabras, Rusia, se nos dice, atacará a algún país de la OTAN y la Unión Europea, se nos asegura, se defenderá con éxito. Lo que parecía ‘irracional’ hoy nos parece ‘lógico’. Pero conviene recordar que episodios históricos que hoy nos parecen ‘irracionales’ fueron vistos en su día como ‘lógicos’, y que parecían ‘lógicos’ por el peso de ‘la lógica de los acontecimientos’.

La Batalla de Trafalgar mostró, como explica Borís Kagarlitsky en From Empires to Imperialism (Routledge, 2014), “que las fuerzas armadas del Imperio napoleónico no serían capaces de romper su cautiverio del continente: no sólo Bonaparte sería incapaz de golpear al Reino Unido al otro lado del Canal de la Mancha, sino que la burguesía francesa no sería capaz de abrirse paso y hacer suya una expansión económica a escala global para sus operaciones”. Después de este choque, “Bonaparte no tuvo otro camino ante él más que el de expandir su dominio sobre el continente”.

Este bloqueo continental afectó a las exportaciones de materias primas del Imperio ruso —un importante socio comercial de Reino Unido— y “la lógica económica de las crisis empujó a las élites dirigentes de Rusia y de Europa oriental a intentar romper el bloqueo, mientras Francia buscaba continuaba expandir el mercado continental unificado y convertirlo en un contrapeso al mercado mundial”, lo que hizo “inevitable” el conflicto con Rusia”. La campaña rusa de Napoleón terminó como es sabido en desastre, con el emperador “en Moscú, encerrado con su ejército en una ciudad en llamas de la que tuvo que retirarse hasta París”.

Un siglo después un escenario similar se repetiría, según Kagarlitsky, entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, en el que, además del evidente componente ideológico, “la lógica de la competición por la hegemonía en el sistema-mundo condujo de nuevo a Alemania, como potencia continental, a la casilla de salida del conflicto con Rusia, sólo que en esta ocasión no fueron las consideraciones socio-ideológicas, sino las geoestratégicas, las cruciales: como en el caso de Napoleón, la victoria sobre un imperio atlántico en un conflicto así sólo habría sido posible para una potencia continental si hubiese conseguido consolidar su control sobre todo el continente europeo, lo que implicaba un choque con Rusia; la oposición ideológica entre el nazismo y el comunismo ahora serviría a un nuevo objetivo: proporcionar la base para movilizar al ejército y la fuerza política de Europa, bajo el poder de Berlín, para otra ‘cruzada’”. Como es notorio, cuando la Alemania nazi empezaba a tener problemas con el suministro de petróleo que mantenía en marcha su maquinaria de guerra, los pozos del Cáucaso se convirtieron en un codiciado botín.

Todas estas campañas las llevaron a cabo, huelga decirlo, gobiernos y ejércitos confiados en su propia victoria, también en nombre de ‘Europa’. Senshoubyou.

Un catálogo de juicios equivocados

Hoy los dirigentes de la Unión Europea parecen conducirse a sí mismos a su propia versión de bloqueo continental. “Si esta guerra con Rusia alguna vez llegase a ocurrir, no sería porque Trump ha motivado a Putin”, escribía a comienzos de año el economista alemán Wolfgang Münchau, “sería, también, porque hemos permitido que la situación en Ucrania escape de control”.

Este comentarista considera que se ha llegado a esta situación por culpa de “un catálogo de juicios equivocados”: “Cuando todo el mundo se envolvió en la bandera ucraniana en 2022, los llamados expertos fueron espectacularmente entusiastas sobre una eventual victoria de Kyiv”. Así, “los generales retirados compitieron en sus predicciones sobre cuán rápido Ucrania terminaría el asunto” y uno de ellos “llegó a especular que ocurriría en unas dos semanas.” Ahora, en cambio, The New York Times titulaba días atrás un artículo que ‘Europa se prepara para una larga guerra en Ucrania sin ninguna estrategia para terminarla’. Claudia Major, una analista en defensa del German Mashall Fund, opinó paraeste medio que Bruselas “intenta ahora mantener a los ucranianos ocupados hasta que algo cambie en Moscú, hasta que alguien muera o sea arrojado por la ventana, o la economía se venga abajo”, pero eso, apostillaba, “no es una estrategia”.

Rusia lleva años preparándose para un conflicto como Irán llevaba años preparándose para un conflicto como el que finalmente ha estallado

La Unión Europea, sus medios de comunicación y sus columnistas, como apunta Münchau, se han estado engañando a sí mismos todos estos años “con estadísticas profundamente engañosas, según las cuales el PIB de Rusia era aproximadamente del mismo tamaño que el de España”. Pero, como señala este analista, “lo que importa en una guerra es el poder adquisitivo”, es decir, qué puede conseguirse con lo que uno dispone, y, “según ese indicador, Moscú gasta más del doble que Alemania en defensa, y de forma mucho más eficiente.” Por este motivo, “aunque los expertos insisten en que la economía rusa está al borde del colapso, no hay indicios de que eso vaya a suceder”: Rusia cuenta además con un aliado fiable, China, y con una relación entre deuda y PIB que se calcula entre el 16,4% y el 20,4%. ¿Son los EEUU ahora mismo un aliado fiable para la Unión Europea? Rusia lleva años preparándose para un conflicto como Irán llevaba años preparándose para un conflicto como el que finalmente ha estallado.

El Instituto de Estudios Económicos Internacionales de Viena (WIIW) –que monitoriza las economías de Europa central y oriental, los Balcanes y la Comunidad de Estados Independientes (CIS)– ha contradicho los complacientes titulares que hablaban de un desplome de la economía rusa en su último pronóstico: después de una caída de una décima (del 1% al 0,9%), el PIB de Rusia volverá a crecer en 2027 (1,5%) gracias a la subida de los precios de la energía como consecuencia de la guerra de EEUU e Israel contra Irán. Este instituto precisa que si la guerra se prolonga, el crecimiento de la economía rusa será todavía mayor. Con el cierre del Estrecho de Ormuz, son varios los países asiáticos que buscan alternativas en la importación de energía y Rusia aparece como proveedor en un lugar destacado. Indonesia, Filipinas, Tailandia y Vietnam, por ejemplo, ya han recurrido a Moscú para paliar los efectos del incremento de los precios de la energía.

Nadie quiere creer que el jardín se está muriendo

“Ya hemos pasado por esto antes”, reflexionaba Münchau en otro de sus artículos. Antes de la Primera Guerra Mundial, “los jóvenes alemanes y austriacos también estaban ansiosos por ir a la guerra, al igual que parecen estarlo hoy muchos europeos”. En aquel entonces “los alemanes envidiaban a sus abuelos, que habían librado las gloriosas batallas de la Guerra Franco-Prusiana, unos 44 años antes”, y también entonces, como ahora, “la clase dirigente política y militar subestimó lo difícil que sería la guerra.”


El declive objetivo de Europa sigue sin ser percibido como tal por sus élites, que, como se decía de los Borbones, no han aprendido nada y no han olvidado nada. El ruido de sables oxidados resulta en esta situación mucho más cómodo: con él, los problemas cada vez más apremiantes que atenazan al continente –políticos, sociales, económicos, demográficos– quedan relegados a un segundo plano.

La cara más visible de este estado de cosas, la Alta Represente de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, cuenta con un largo historial de intervenciones paradójicamente poco diplomáticas, tratándose ella misma de la jefa de la diplomacia. Una de las más recientes fue cuando reclamó tras la última reunión de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) en Brunéi que los países asiáticos viesen “el marco más amplio”, añadiendo que la compra de petróleo ruso serviría para financiar la guerra en Ucrania. Unos días antes, la ministra de Asuntos Exteriores de Finlandia, Elina Valtonen, amenazó con vetar un acuerdo de inversión con China alegando el apoyo de Beijing a Rusia. “No debemos humillarnos suplicando a que Rusia negocie”, afirmó Kallas en una rueda de prensa el pasado 30 de abril. Efectivamente, como bromeaba Münchau, debemos haber llegado a la fase borbónica de la integración europea.

En un desafortunado y recordado discurso, el predecesor de Kallas, Josep Borrell, comparó a la Unión Europea con un jardín, y a la mayoría del resto del mundo con una jungla. Demos por un momento por buena la metáfora y, echando un vistazo al estado de nuestro jardín, y a sus jardineros, hagamos nuestros los versos de la poeta iraní Forugh Farrokzahd: “Nadie piensa en las flores / Nadie piensa en los peces / Nadie quiere creer que el jardín se está muriendo […] Temo a esta época que ha perdido su corazón / la inactividad de tantas manos / la alienación en tantos rostros”.

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