Paulita Pappel: “El porno puede ser educativo e inspirador”

La autora de ‘Sin sexo no hay feminismo. Manifiesto proporno’ reflexiona sobre sexualidad, porno queer, consentimiento, placer, fantasías, transfobia y el giro moralizante de una parte del feminismo prohibicionista contemporáneo.
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‘Ask me bang’. Fotografía cedida por Paulita Pappel.
8 abr 2026 06:06

Directora, productora, actriz y autora de Sin sexo no hay feminismo. Manifiesto proporno (Bellaterra Edicions, 2025), Paulita Pappel defiende una política sexual feminista y proporno. Critica la vergüenza patriarcal, el punitivismo y la deriva conservadora de algunos discursos supuestamente emancipadores. Con ella, conversamos sobre sexualidad, placer, transfobia, fantasía y libertad.

No me permití trabajar en la industria del porno hasta que encontré un marco teórico que me permitió definir la pornografía como una parte de mi práctica feminista.

¿Cómo quieres nombrarte y desde qué lugar te interesa entrar en esta conversación?    
Gracias por la consideración. A la gente le encanta decir que soy “actriz porno” porque vende más y atrae más clics. A veces trabajo como actriz —y disfruto mucho—, pero esa nunca ha sido mi ocupación principal. Ahora mi labor mayoritaria es la de directora y productora de porno feminista.

Has presentado el libro en Anti Liburudenda y en Katakrak. ¿Qué tal ha sido la acogida?
Increíble. Me sentí muy bien recibida. Estuve con Itziar Ziga y con June Fernández, referentes a las que admiro muchísimo. Fue un honor y las conversaciones muy interesantes en ambos casos. En Bilbao, había gente que conocía el tema y otra que vino casi por casualidad. Hubo chicas jóvenes emocionadas e interesadas, eso fue muy bonito. A veces la conversación comienza desde cero, pero siempre es más productivo cuando existe un terreno común.

Que la rama del Opus Dei a La Razón sea facha y reaccionaria no le sorprende a nadie. Lo que me sorprende es que haya medios de izquierdas que reproducen discursos muy similares. Y en algunos casos, monopolizados por la agenda abolicionista del PSOE.

¿Cuándo sentiste que tu experiencia en el porno exigía convertirse en intervención política con forma de ensayo?
Mi práctica pornográfica siempre ha ido acompañada de la teoría. No me permití trabajar en la industria del porno hasta encontrar un marco teórico con una narrativa asentada que me permitió definir la pornografía como parte de mi práctica feminista. Ya había escrito mucho sobre porno cuando me propusieron el libro en Alemania. Sentí que tenía material suficiente, tanto experiencial como teórico. Me vine a España para escribir ese original en alemán y tuve claro, ya entonces, que quería volver sobre el texto para traer lo aprendido al caso español.

Después de 15 años viviendo en Alemania, ¿qué te ha sorprendido del contexto español?
En varios temas, España está mejor posicionada que Alemania. En casos de violencia digital, la protección a las víctimas está más avanzada aquí. Desde el norte de Europa se repite mucho esa idea de que el sur es más atrasado, pero no siempre es así. Hay más debate y más trabajo político en estas áreas de lo que mucha gente imagina. También en materia de ley trans, España ha avanzado más que Alemania.

También has comprobado que ciertos sectores siguen igual de rancios.
Que la rama que va del Opus Dei a La Razón sea facha y reaccionaria no le sorprende a nadie. Lo que sí me sorprende es que haya medios, más de izquierdas, que reproducen discursos muy similares, en algunos casos monopolizados por la agenda abolicionista del PSOE. En Alemania soy una figura mediática y de referencia para hablar de porno. En España, en cambio, es como que no existo. Es normal, entiendo, porque todavía no he hecho casi nada por aquí. La verdad, me está costando conseguir entrevistas.

La propuesta prosexo es reapropiarnos de nuestra sexualidad. Dejar de pensarla únicamente como un peligro porque esta creencia nos deja indefensas. 

Porno y feminismo se siguen presentando como dos mundos incompatibles, muchas veces.
Sí, me parece triste que la postura feminista prohibicionista sea tan visible en los medios, especialmente en España. Ese feminismo de primera y segunda ola, que reacciona ante la violencia patriarcal, tiende a situar a las mujeres únicamente como víctimas dentro de un marco sexual punitivo. Pero el paso siguiente, debería ser reapropiarnos de nuestra sexualidad. Eso es, simplificando, lo que plantea el feminismo prosexo. Muchas personas continuan atrapadas en el miedo. Es un miedo comprensible, claro, porque vivimos en un patriarcado y existe la violencia sexual. Pero no es una violencia contra las mujeres exclusivamente: atraviesa estructuralmente todo el sistema. La propuesta prosexo es reapropiarnos de nuestra sexualidad. Dejar de pensarla únicamente como un peligro porque esta creencia nos deja indefensas. Nos roba la agencia para actuar.

¿Qué hay detrás del llamado feminismo abolicionista, tan de moda últimamente?
Primero conviene aclarar la terminología. Quienes hoy se llaman “abolicionistas” en realidad practican un prohibicionismo. El abolicionismo histórico fue antipunitivista y antirracista. El mal llamado abolicionismo actual, en cambio, es racista, tránsfobo y perjudica especialmente a mujeres racializadas y trans. Controlar la sexualidad es una forma eficaz de controlar a la gente. Esta doctrina estigmatiza, silencia y criminaliza a muchísimas trabajadoras sexuales. Eso causa un daño enorme. En la manifestación del 8M en Madrid hubo dos marchas: una prohibicionista y otra general. Yo fui a la general y se intentó agrupar a trabajadoras sexuales y abolicionistas como si fueran lo mismo. No lo son.

Además, el feminismo prohibicionista niega el placer femenino soberano. Es sexista, porque no contempla que las mujeres tengamos deseo sexual libre. Cuando no se concibe el placer de las mujeres, se pierde una parte de nuestra identidad y de nuestro bienestar.

June Fernández me dijo una vez en una entrevista: “cuando una mujer blanca rompe el techo de cristal, una mujer racializada limpia los pedazos”.
Totalmente. Eso conecta con la historia de autoras de USA como Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon, cuyo discurso antipornografía se apoyó en alianzas conservadoras y se utilizó para legislar contra ciertos grupos marginales. Incluidos colectivos LGBT+ a los que en teoría querían apoyar. Es algo paradójico y muy dañino. Yo crecí con esta doctrina y la entiendo. La cultura de la violación nos ha inoculado un miedo enorme hacia el sexo, presentando a las mujeres como potenciales víctimas. Por eso, cuando una mujer vive su sexualidad libremente puede producir miedo e incluso rechazo en quien se siente indefensa. Pero prohibir el porno y la prostitución no evita la violencia: empeora las condiciones del trabajo sexual y profundiza desigualdades.

¿El prohibicionismo reduce la diversidad en la pornografía?
Cuanto más se prohíbe, menos variedad queda: menos cuerpos, menos sexualidades, menos formas de representación. Resiste solamente lo que es comercialmente dominante. Por eso, propongo financiar y distribuir pornografía inclusiva para sacarla de la marginalidad. El porno tiene un enorme potencial transformador, puede ser educativo e inspirador. La prohibición limita su potencial y perjudica la salud sexual de la sociedad. Sería mejor tomar medidas para tratar de combatir la piratería, proteger legalmente los productos pornográficos y crear vías de financiación y difusión para que haya más contenidos éticos y diversos.

Y hay una distinción fundamental que quiero hacer: la pornografía creada y distribuida con consentimiento no es lo mismo que un crimen grabado o el revenge porn. Hay que separar claramente pornografía y delitos. Llamar pornografía a imágenes de abusos o de pedofilia relativiza esos crímenes.

Foto fija tomada durante un rodaje de porno queer dirigido por Paulita Pappel. Imagen cedida por la autora de ‘Sin sexo no hay feminismo. Manifiesto proporno’.

¿Cómo entiendes y practicas el consentimiento en tus rodajes?
Como transparencia y comunicación antes, durante y después. Antes: informar a todo el equipo y a las performers sobre el tipo de rodaje, las expectativas, el pago y quién va a estar presente; y recoger qué quiere y qué no quiere cada persona. Durante: acordar cómo se va a comunicar todo, revisar límites y preferencias, y chequear constantemente que se respeta lo pactado. Después: revisar y aclarar cualquier punto que haya quedado abierto.

El consentimiento es un músculo que hay que entrenar. Requiere información, educación y marcos de comunicación donde la gente se sienta empoderada para negociar. Practicar preguntas abiertas —“¿cómo te sientes ahora?”— ayuda más que limitarse a preguntas cerradas, de sí y no. El consentimiento no sirve solo para el sexo o en un rodaje porno, se puede aplicar para enriquecer nuestras relaciones cotidianas.

Las personas jóvenes tienen derecho a recibir información sobre anatomía, placer y exploración sexual informada. El problema es que la educación sexual suele centrarse en las enfermedades y el embarazo. Deja fuera el placer.

Sobre educación sexual: ¿estás a favor de que adolescentes entren en contacto con profesionales de la industria?
Sí. Me parece importante, especialmente en la juventud. Una persona de 16 o 17 años es un adolescente y tiene capacidad de reflexión. Creo que la protección no debería ser paternalista ni infantilizante. Las personas jóvenes tienen derecho a recibir información sobre anatomía, placer y exploración sexual informada. El problema es que la educación sexual suele centrarse en las enfermedades y el embarazo. Deja fuera el placer. Empezar por ahí cambiaría muchas cosas.

Parece algo obvio pero también es crucial aprender a distinguir entre fantasía y realidad. Ignorar esa diferencia genera problemas. Las fantasías sexuales son algo normal y saludable; prohibirlas o demonizarlas puede favorecer violencia real. Y la represión y la criminalización son, además, herramientas que ciertas ideologías usan para controlar a la población.

Cuando se habla de la industria real del porno, ¿cómo respondes sin idealizarla?
Reconociendo sus problemas de frente. La industria del porno tiene un fuerte racismo estructural, situaciones de abuso y problemas en el trato a los intérpretes masculinos. No la idealizo. Tiene fallos como cualquier industria. Pero la solución no es más restricción, sino más apoyo, más financiación y mejores sistemas de distribución, además de protección contra la piratería. Las medidas punitivas suelen afectar sobre todo a las personas más vulnerables dentro del sector y tienen un efecto regresivo.

Hay muchísimo porno feminista y queer, lo que falta es visibilidad. La hiperregulación y el estigma dificultan que el público lo encuentre. Por otro lado, mucha gente consume porno sin pagar y eso daña a quienes producimos contenidos éticos. Combatir la piratería y facilitar vías legales beneficiaría tanto a la industria como a la protección de las víctimas de violencia digital. Y repito: el revenge porn, la pedofilia y otros delitos no son pornografía, son crímenes.

¿Cómo se puede hacer un consumo ético de pornografía?
Un consumo ético de pornografía implica pagar por contenidos y apoyar a quienes los crean, igual que ocurre con la música o el cine. Si consumes música bajándote torrents, estás dañando a la gente que produce música. Esa conciencia todavía no existe con respecto a la pornografía.

¿Qué amenaza encarna hoy este feminismo proporno y prosexo que defiendes?
La pornografía feminista puede ser política y subversiva: desmonta la sumisión sexual y el punitivismo patriarcal. Por eso genera tanto miedo y rechazo en quienes defienden el orden heteropatriarcal establecido. Hay que producir más porno queer y feminista accesible para democratizar esas visiones.

Luchar por una cultura del consentimiento va de la mano con una posición antisupremacista, antirracista y antitransfoba. La sexualidad también es un asunto de derechos humanos.

En primavera de 2026: lo que más te preocupa del feminismo y lo qué más tenemos pendiente en el terreno de la sexualidad?
Me da mucho miedo el matrimonio entre el llamado feminismo y el auge del fascismo. Diría que el mayor problema es esa corriente que se llama feminista pero reproduce ideologías patriarcales, sexistas, racistas y tránsfobas. Feminismo mainstream, blanco y excluyente, que alimenta —en alianza con distintas instituciones conservadoras— políticas regresivas.

Hablar de sexualidad saca a la luz emociones muy personales, muchas veces reprimidas. Por eso es necesario fomentar marcos serenos para poder debatir. Ser capaces de reconocer los daños sociales y personales, pero sin permitir que nuestros temores individuales nublen la discusión política de fondo. Y esta conversación sobre sexualidad tiene que incluir a toda la sociedad.

Habrá quien considere frívolo hablar de sexo, pornografía y consentimiento mientras se violan derechos humanos fundamentales a escala global.
Para mí no lo es en absoluto. Defender una cultura del consentimiento desde una sexualidad feminista proporno implica una posición pacifista, antipunitivista y antibelicista. Luchar por una cultura del consentimiento va de la mano con una posición antisupremacista, antirracista y antitransfoba. La sexualidad también es un asunto de derechos humanos.


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