24 mar 2026 07:00

La primera regla de una sanidad totalmente privatizada es sencilla: no te descuides —y, hagas lo que hagas, nunca te duermas.

No por la operación. No por el dolor. Sino por la factura… y por lo que puede desaparecer silenciosamente de tu cuerpo mientras estás inconsciente. Dormirse es rendirse. Dormirse es consentir. Dormirse es el momento en que tu cuerpo deja de ser tuyo y pasa a ser, durante un rato, un almacén mal vigilado. «Pase lo que pase, que no me duerman».

Me lo dijeron en Yemen, en un hospital que se parecía menos a un lugar de curación y más a un matadero provisional de piezas de recambio. El hombre que me agarraba del brazo no tenía miedo a morir —morir, al menos, es limpio—. Lo que le aterraba era despertarse… disminuido. Editado. Con las tripas reorganizadas por contables invisibles con bisturí.

Había ido por una apendicitis. Lo que no quería era perder un riñón, como le había pasado a un primo tras una herida de bala. Una pequeña «extracción extra» para el mercado informal. Un sobresueldo en el negocio de los órganos humanos. Porque en el mercado, todo circula. El dinero. La sangre. Los órganos. El pánico.

Empiezas con tasas. Luego recargos. Luego «niveles de servicio mejorados» —una expresión que debería juzgarse en La Haya—. Y alguien se da cuenta de que la escasez da mucho dinero. Y antes de que te des cuenta, estás tumbado en una mesa metálica, negociando contigo mismo qué órganos puedes permitirte perder. El juramento hipocrático no desaparece. Simplemente deja de ser competitivo.

Y el libre mercado —ese organismo chillón e insaciable al que hemos decidido confiarle todo, desde la vivienda hasta el agua y el oxígeno— se inclina, se relame y pregunta qué más estarías dispuesto a soltar. ¿Un riñón? ¿Un pulmón? ¿Un poco de dignidad?

Esto, nos decimos, queda muy lejos de España. Eso pasa en otros sitios. En lugares rotos. En estados fallidos. En países donde las instituciones han sido masticadas hasta el hueso y escupidas. Y sin embargo.

Porque ningún país anuncia nunca abiertamente que va a desmontar su sanidad pública para sustituirla por un bazar educado del sufrimiento. No hay grandes discursos. No hay inauguración del Fin de la Responsabilidad Colectiva. En vez de eso, ocurre poco a poco. Con respeto. Con consultores trajeados. Porque el colapso es teatral. Y lo que estamos viviendo no es un colapso. Es una digestión.

Hay una historia —quizá cierta, quizá demasiado buena para ser verdad— que dice que la antropóloga Margaret Mead afirmaba que el primer signo de civilización era un fémur curado. Un ser humano roto, al que se cuida, se protege, se alimenta y se le da tiempo para recuperarse. Sin factura grapada a la pierna. Sin «paquete premium de fractura». Solo cuidados.

La civilización empieza cuando decidimos que las personas heridas no son una carga. Y termina cuando empezamos a desglosarlas en conceptos. Todo lo demás —mercados, banderas, crecimiento— son adornos sobre esa decisión.

España, no hace tanto, estaba claramente en el lado correcto de esa línea. De las ruinas aún humeantes de una dictadura de 40 años construyó un sistema sanitario público de primer nivel que funcionaba —no perfecto, no mágico, pero sí fiable—. Te ponías enfermo y te trataban. Rápido. Discreto. Sin tener que plantearte qué órgano interno tendría mejor salida en el mercado. No era «bueno para lo que es». Era realmente excelente. Esperanza de vida entre las más altas del planeta. Acceso universal. Resultados que incomodaban en silencio a países más ricos. No era fútbol, pero aun así éramos de los mejores.

En el gran esquema de la historia humana, era un logro descomunal. Y ahora empieza a parecer un rumor. Algo que creíste real, como los Reyes Magos.

España tiene la mayor esperanza de vida de la UE —dos años y medio por encima de la media— y aun así está saboteando el sistema que la hizo posible. Y lo hace gastando menos que esa misma media europea en sanidad como porcentaje del PIB. Básicamente, el país está ejecutando el programa de extensión de vida más eficiente del mundo occidental… mientras lo desmonta metódicamente con la diligencia burocrática de una nación que ha confundido aspiración con autolesión.

España tiene la mayor esperanza de vida de la UE —dos años y medio por encima de la media— y aun así está saboteando el sistema que la hizo posible

España sigue destinando una buena parte de su riqueza a la sanidad —en torno a una décima parte de todo lo que produce, según cómo se hagan las cuentas— y aun así ha conseguido generar listas de espera tan largas que empiezan a desarrollar su propio ecosistema.

La espera media para ver a un médico de cabecera se acerca a los 10 días. Para un especialista: más de tres meses, con más de un tercio de pacientes esperando aún más. Para cirugía no urgente: cuatro meses de media —y eso es la media—. Cientos de miles de personas suspendidas en ámbar burocrático, envejeciendo mientras sus citas se acercan a la velocidad de la deriva continental.

Y todo esto en un país que, en los tiempos eufóricos de la austeridad, recortó el gasto sanitario en un 20%, eliminó casi 30.000 puestos y nunca reconstruyó del todo lo que destruyó. Hoy el país es más rico. No ha habido guerra (con nosotros). Ni desastre natural. Ni colapso nacional. Y aun así tenemos menos. Pagamos lo mismo —o más— y recibimos menos. El tiempo, en este sistema, ya no es lineal. Es elástico. Se estira. Se deforma. Se rompe. No esperas atención. Te maceras en su ausencia.

Estamos viviendo lo que solo puede describirse, con el lenguaje técnico más preciso disponible, como una «mierdificación».

Todo parece mejor. Los edificios brillan. Los logos se han rediseñado. Hay apps —docenas—, cada una un laberinto colorido en el que puedes perder una tarde intentando encontrar a un ser humano. Y, sin embargo, todo es peor.

La atención primaria, que fue el triunfo silencioso del sistema, ahora implica retrasos de una semana o más. Los médicos siguen siendo extraordinarios. Pero la atención es más superficial. El tiempo, más corto. Los resultados, más difusos. Es una sanidad desnatada hasta dejarla en algo pálido y vagamente nutritivo. La idea de que te vean mañana se ha convertido en una fantasía nostálgica, como la vivienda asequible o los tomates que saben a algo.

Ah, los tomates. El problema del tomate. Hubo un tiempo en que los tomates españoles sabían a discusión: intensos, imperfectos, imposibles de ignorar. Los mordías y te plantaban cara. Ahora están ahí, impecables y vacíos, como réplicas de cera. Perfectos por fuera. Muertos por dentro. Subió el precio. Se fue el sabor. Un triunfo de la apariencia sobre la sustancia. La fantasía neoliberal en un plato.

La sanidad siguió el mismo camino. Elegante. Eficiente. Vacía de contenido. Esto no ocurrió por accidente. España aspiró a ello. Aspirar, en este contexto, significa observar sistemas claramente peores —más caros, menos humanos, abiertamente depredadores— y decidir importar sus peores rasgos como si fuera un programa de intercambio cultural de malas ideas. Privatizar un poco. Externalizar un poco. Introducir «eficiencias», que viene a significar «hacer más con menos hasta que algo reviente y llamarlo reforma».

El sistema público absorbe la presión. El privado, los beneficios. Un arreglo limpio, como un parásito que ha convencido a su huésped de que esto es una relación mutuamente beneficiosa. Y esto no es cosa de un solo bando político.

La derecha lo hace a gritos, con fervor ideológico y la sutileza de su amada motosierra. Ya ni lo ocultan: prometen liberar al sistema del insoportable peso de funcionar. Y la gente no solo lo acepta: se compra la camiseta y la ilusión de que esta vez será distinto. La izquierda lo hace en silencio, poco a poco, como quien le da tragos a una petaca en el cuarto de baño cada vez con más frecuencia mientras insiste en que está perfectamente sobrio. Aquí no pasa nada.

El resultado es el mismo: un sistema que sigue en pie, pero como un árbol hueco —erguido, impresionante desde lejos, y a un golpe de viento del colapso—. En ese hueco se cuela el mercado. Ya cerca de una cuarta parte de la población tiene seguro privado. No porque crea en él. No porque se crea mejor que los demás. Sino porque ya no cree en esperar. Porque esperar se ha convertido en una condición en sí misma, con síntomas como ansiedad, frustración y una lenta erosión de la confianza en aquello que te mantiene vivo.

Y llegamos a las huelgas.

Hoy tenía dos citas. O, mejor dicho, dos citas teóricas: ideas platónicas de cita, flotando en algún plano superior de intención administrativa. La primera, en el centro de salud: silencio. Médicos en huelga. El lugar parecía una exposición de museo titulada Sanidad, principios del siglo XXI.

La siguiente, en el hospital: pacientes mayores llegados de pueblos cercanos, agarrando sus papeles como amuletos, para que les dijeran —otra vez— que hoy no pasaría nada. Ni mañana. Quizá esta semana tampoco. Sin aviso previo. Sin explicación. Sin nada. Solo la humillación tranquila de ser procesado… y descartado.

Las enfermeras pedían disculpas. Los pacientes se enfadaban. El ambiente se cargaba de esa emoción tan contemporánea: la sospecha de que te están fallando, pero de una forma tan compleja que nadie parece responsable.

Y aquí está la jugada maestra. La rabia —legítima, acumulada— no cae sobre quienes han diseñado este desmontaje lento, sino sobre el propio sistema. Sobre la idea misma de sanidad pública. Porque no hay relato. No hay explicación. No hay conexión entre causa y efecto: entre el recorte y la lista de espera, entre la decisión política y la cita perdida, entre el voto y la consecuencia. Nada.

Y así la gente deriva. No porque esté convencida. Sino porque está acorralada. Hacia seguros privados. Hacia cuotas mensuales. Hacia un sistema que promete rapidez y entrega dependencia —y a veces reutiliza el catéter—. Hacia un mundo donde la salud deja de ser un derecho y pasa a ser una suscripción con condiciones variables.

Y entonces llega el último giro de cuchillo. Lo votan. Votan, en la práctica, por un sistema donde el fémur curado —símbolo de civilización— es sustituido por una tarjeta de crédito. Un acercamiento, en definitiva, a Yemen. Pero higienizado. Regulado. Reempaquetado. Una versión boutique de la misma lógica: el cuerpo como contabilidad, el cuidado como transacción.

Sí, España es hoy más rica que hace veinte años. Y, sin embargo, tenemos menos. Menos acceso. Menos confianza. Menos paciencia. Menos de esa idea radical y sencilla: que la enfermedad no debería ser una oportunidad de negocio.

Algo fundamental ha cambiado. La idea de que no abandonamos a los heridos —que los cargamos, los cuidamos, asumimos colectivamente el coste— ha sido sustituida por algo más frío. Más transaccional. Algo que mira un fémur roto y ve no una responsabilidad, sino una oportunidad de facturación.

La civilización no se pierde de golpe. Se desglosa. Se aplaza. Se reprograma. Hasta que un día te encuentras tumbado en una camilla, mirando al techo, haciendo cuentas con tu propio cuerpo como si fuera una empresa en quiebra. Y pensando, con total claridad: Pase lo que pase, que no me duerman.

El autor lleva dos décadas viviendo en España y sigue vivo, por ahora, en gran medida gracias a un sistema que aún no ha terminado de ser desmantelado.

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