Análisis
El cianuro solo o con leche: tres escenarios y una pedrada para la izquierda

Las encuestas no dan ninguna respuesta a la encrucijada en la que se sitúan los partidos de la izquierda federalista. Solo la elección de un liderazgo claro puede definir cuál es el horizonte de cara a las próximas elecciones generales.
Urtasun Mónica García Antonelli
Ernest Urtasun en el Congreso de los Diputados. Bruno Thevenin
15 jul 2026 09:32 | Actualizado: 16 jul 2026 10:35

Hace unas semanas llegó una carta de una de las personas que son socias de El Salto. En un tono amable y preocupado ese socio argumentaba que este medio está haciendo poco caso al problema que se presenta para la izquierda. La falta de unidad o, más bien, la manifiesta ineficiencia de los modelos planteados hasta ahora para plasmar en las encuestas —y en la futura composición del Parlamento— la fuerza real que le suponemos a la izquierda en las calles, es una condena anunciada para la próxima legislatura.

Da igual si el PSOE es corrupto, si nunca lo ha sido, si lo es solo a medias o si es víctima del lawfare, la responsabilidad de la terrible aritmética parlamentaria que asoma no es de Pedro Sánchez, ni de Santos Cerdán. La responsabilidad es de ese espacio “a la izquierda”, que desde 2018 no ha conseguido conectar con ningún nuevo votante.


Esa caída con todo el equipo, a cámara lenta y con highlights inolvidables como el caso Errejón, ha abierto la posibilidad de que PP y Vox puedan llegar incluso a la cifra conjunta de 210 diputados, lo que significa una legislatura que puede cambiar la democracia española y, especialmente, expulsar a unos cuantos de la misma. Hace tiempo que está escrita el acta de defunción de un espacio político que no ha podido sobrevivir entero a: a) las cloacas, b) la paliza recibida en el cuerpo de Syriza, c) la sobreexposición mediática de sus liderazgos, d) las taras y falencias de sus liderazgos, e) la renuncia explícita a crear una organización política digna de ese nombre y que ejerciera de contrapeso a esos liderazgos, f) el asesinato de la inteligencia colectiva cometido todos los días en las redes sociales y g) todas las respuestas son correctas.

Lo que no podía contestarse a ese lector es que la situación es al mismo tiempo grave y esperpéntica; que el único debate viable a día de hoy es si es preferible tomar el cianuro solo o con leche

Incidir en esos errores es un ejercicio banal que no se merecen ni las personas que ahora mismo están en primera línea de esos partidos —no son las únicas responsables— ni, desde luego, las lectoras de esta pieza. La fotografía que muestra el Barómetro del mes de julio del Centro de Investigaciones Sociológicas no deja lugar a más revisiones críticas: todo está dicho, todo se sabe; es inútil que una de las partes en disputa pretenda cargar la responsabilidad del desastre sobre las otras. Sumar solo retiene uno de cada tres votos de los que recibió en 2023; Podemos solo obtiene un 17% de esos votos; el trasvase es mayor al PSOE (18%), un 11% asegura que no sabe todavía que votará y un 5% dice que votará a una “coalición de izquierdas”, que es una manera suave de decir que votará lo que se nos eche llegado el momento.

Lo que no podía contestarse a la carta enviada por ese socio de El Salto es que la situación es al mismo tiempo grave y esperpéntica; que el único debate que parece viable a día de hoy es si es preferible tomar el cianuro solo o con leche. Aspectos como el programa, la ilusión o las distintas tácticas, sobre si distanciarse del PSOE o amarrarse al palo del sanchismo para cruzar los próximos meses, parecen superfluos. Lo único relevante es saber dar con un nombre, algo reconocible para los viejos votantes y más o menos conocido para nuevos votantes que no tienen ningún vínculo sentimental con esta izquierda porque no les habla a ellos. Es una incógnita llena de incógnitas saber si esa figura, si ese nombre, será capaz de reintegrar a los que se fueron (Podemos) sin enajenar a los que están (Más Madrid), si tendrá con su carisma la capacidad de sumar un voto más del necesario en circunscripciones en las que un 9% de los votos no asegura representación, o si devolverá algo de energía a una izquierda que, con pocas excepciones, está fundida. Así que vamos con el nombre, que es lo único sobre lo que se puede elucubrar en el corto plazo, el único plazo que existe en la política institucional.

Tres escenarios: Rufián, veteranos del Consejo de Ministros o caja sorpresa

Entre los que suenan pueden distinguirse tres bloques. Uno lo forma solo Gabriel Rufián. El diputado de ERC parece tener un plan. Parece, también, que se demora en dar pasos definitivos para que ese plan se concrete. A su favor puede decirse que espera hasta que todos los astros se alineen con un proyecto de I+D+i que suena bien pero que no forma parte de la cultura política vigente. En su contra, que la cultura política vigente no se cambia en las bibliotecas, pero tampoco en TikTok ni en los pasillos del Congreso. Es necesario un impulso externo que no va a darse en estos momentos. La idea, tan apreciada por cualquiera, de ganar por aclamación popular, choca con la necesidad de una aceleración de los tiempos.

En el escenario más conservador queda un año para las elecciones. Puede ser suficiente para una entronización, pero lo incierto de esa apuesta es que dejar pasar el tiempo no crea nuevas simpatías y sí envejece una propuesta como la de Rufián, que hace seis meses parecía novedosa y ahora parece dar vueltas en círculo. Con todo, es el único que ha llamado a pensar “fuera de la caja” y eso le sitúa, aunque solo sea simbólicamente, como el candidato que mejor ha comprendido el escenario político actual.

Las elecciones autonómicas han rebajado la condición de outsider de Podemos, hasta el punto de hacer legítima la pregunta de si la propuesta de radicalización izquierdista ha atraído a alguien

El segundo grupo lo forman ministros y exministros. Cena recalentada. El más valorado según el CIS es Pablo Bustinduy, al que solo le hace falta declinar la oferta declamando en freestyle sobre un coche lowrider. Entre los demás, Ernest Urtasun apunta como el más probable de los candidatos entre quienes están actualmente en el Consejo de Ministros. De este grupo se ha caído Mónica García, que volverá a disputar unas elecciones aún más difíciles, como son las de la Comunidad de Madrid, y parece descartado también Antonio Maíllo, que salvó los muebles en Andalucía y no parece destinado a intentarlo a escala federal.

Los resultados de esta segunda experiencia del Gobierno de coalición son demasiado magros como para lanzar una candidatura que, de tan continuista, parecería que solo aspira a sostener la anomia del ejercicio de Gobierno actual, en parte causante de la desafección hacia el espacio de la izquierda. Es mala propaganda política que Urtasun aparezca como lo menos malo que puede presentar el combo formado por IU, Movimiento Sumar, Más Madrid y los Comunes. Tampoco ayuda que el propio Urtasun no caliente la sangre ni de los propios ni de los adversarios.

La exministra Irene Montero está llamada a ser la gran beneficiada si el grupo confederal Sumar no da con una respuesta aceptable. Urtasun sería un buen candidato para Podemos en caso de que se produzca el último duelo a garrotazos del espacio Sumar (2023) en las urnas. Pero solo en Madrid. Lo que dice el Barómetro del CIS es que, fuera de esa circunscripción, Podemos lo tiene difícil siquiera para entorpecer o molestar a su máximo rival y anterior socio.

El buen resultado de los morados en las elecciones europeas de 2024 no fue un excelente resultado, y las pruebas en el nivel autonómico han rebajado la condición de outsider de Podemos, hasta el punto de hacer legítima la pregunta de si la propuesta de radicalización de la retórica izquierdista del partido ha atraído a alguien o si por el contrario ha ampliado el catálogo de enemigos del grupo mediático-político generado después de la ruptura con Sumar. Pese a la autonomía de la que goza Podemos después de separarse de sus socios, el proyecto depende en gran medida de quién se presente como número uno de la “otra lista de izquierdas” en Madrid.

El tercer grupo de posibles líderes lo forman quienes, eventualmente, podrían aglutinar a los grupos dispersos bajo una marca/cara nueva. Las posibilidades se reducen prácticamente a dos. Ada Colau y Unai Sordo. Ninguno ha dado muestras hasta ahora de querer pisar en lo fregado pero, como en el caso de Rufián, no hay nada más seductor que ser elegido por algo así como una aclamación popular. Colau y Sordo no tienen nada en común y ese hecho sirve para entender la premisa de que, a estas alturas, un camino parece tan bueno como cualquier otro (porque no se tiene rumbo, como dice el proverbio, el refrán o la ocurrencia).


La exalcaldesa de Barcelona es una buena opción para la cohorte de votantes entre 35 y 50 años, es decir, para quienes fueron atravesadas vitalmente por el 15M. Fuera de ese grupo (y, en menor medida, de quienes han vivido en Barcelona bajo su mandato), parece una líder que debe ser presentada a las generaciones de votantes más jóvenes. Su nombre no aparece en las respuestas espontáneas de preferencias por candidatos en el CIS, pero no cabe duda de que sería la peor rival posible para Irene Montero si no logra (o no intenta) atraer a Podemos a su proyecto.

Por su parte, Sordo es la opción de quienes han visto en la creación de un partido Laborista una opción viable de competencia con el PSOE proponiendo como reclamo el refuerzo de la lucha por las condiciones materiales de vida. Se trata de un doble o nada de la propuesta de Yolanda Díaz de separarse de la izquierda omnicomprensiva para centrarse en dos o tres temas. Su problema es la poca pasión que despierta CCOO entre gran parte del “pueblo de izquierdas” más allá del PSOE. Resulta tan difícil pensar que el secretario general pueda crear un perfil confrontativo con Pedro Sánchez como aventurar que todos los afiliados a su sindicato vayan a optar por la papeleta de la lista jerigonza que hipotéticamente encabezaría.

Una pedrada, la oferta que no hará Sánchez

Hay un cuarto escenario posible, tan fuera de la cultura política vigente como el Plan Rufián, que puede llamarse el 'Plan Perro'. Este consistiría en que Sánchez diseñara el I+D+i electoral, presentando una especie de Frente Popular encabezado por su partido, destinado, como el plan de Gabriel Rufián a que “ningún voto de izquierdas se pierda” en unas elecciones que se trasladarían a una clave presidencialista, al menos en las circunscripciones sin lengua propia. Sánchez o el caos o bien Sánchez contra Donald Trump y sus servidores en España.

Lo dicho, esa fórmula no está en el ADN de los partidos, especialmente en el del PSOE, que previsiblemente sería el más rebelde ante una propuesta que puede afectar a otras elecciones en las que los socialistas viven cómodamente sin tener que repartir nada a su izquierda. Ya fue ensayada a medias en el año 2000 por Joaquín Almunia pero, como todos los experimentos a medias, salió mal. 

Es una pedrada, aun cuando fue la fórmula que consiguió que la izquierda francesa se sacudiera la melancolía y diera la sorpresa en las elecciones legislativas de julio de 2024. Sobra decir que Sánchez no es Mélenchon, que no hay un motor como La Francia Insumisa, que no somos ni Romeo ni Julieta, ni estamos en la Italia medieval.

La respuesta corta a esa carta, un tanto desesperada, del socio de El Salto que pedía abrir más debates sobre la posible unidad de las izquierdas, es que mientras no se resuelva la incógnita del liderazgo y hasta que no se recalcule la ruta de los distintos partidos y grupos con respecto a esa nueva cara, no es posible tener ningún debate más profundo sobre hacia dónde se debe orientar un proyecto político de transformación hoy. Y para cuando eso se resuelva estaremos en modo máquina de guerra electoral, sea lo que sea que significa eso.

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