Opinión
¿Todavía con el 15M?
Hay pocas dudas de que el 15M fue un momento crucial en la historia reciente de España. Y no solo. También es sabido que formó parte de un ciclo de protestas globales contra la austeridad y la respuesta a la crisis de 2008. Desde la plaza Tahrir en Egipto, pasando por Occupy Wall Street en EEUU, la plaza Syntagma en Grecia, Gezi en Estambul, Brasil contra el Mundial hasta la Geração à Rasca en Portugal o la Nuit debout en Francia, todas ellas forman parte de un mismo río.
De hecho, entre los primeros libros que analizan el fenómeno, Vicent Bevins en Si ardemos. La década de las protestas masivas y la revolución que no fue, considera este ciclo como los diez años en la que se han experimentado más protestas masivas de toda la historia. Ya tendrán tiempo los historiadores —como el buen libro de Vicente Rubio-Pueyo,Un país entre dos tiempos. La década en que España experimentó políticamente— para escribir ponderadamente sobre el período, pero a día de hoy nadie puede cuestionar ya que el 15M y todas sus consecuencias y conquistas forman parte de nuestra propia tradición de revuelta y fue un episodio determinante de la historia de la España democrática. Todo esto va de suyo.
Pero, siendo sinceros, también es muy claro que todos los anhelos que se expresaron con estas protestas y el surgimiento de las organizaciones sociales y políticas post-crisis 2008 no se han resuelto. ¿La participación democrática de la ciudadanía ha encontrado su espacio con unos partidos que siguen cerrados en sus cúpulas? ¿La corrupción ha desaparecido cuando se escucha hablar de chistorras y lechugas en sede judicial? ¿Se han revertido los recortes en una sanidad y educación públicas cada vez más desbordadas y abandonadas? ¿Se ha reducido significativamente la desigualdad lacerante en nuestras sociedades? ¿Se ha implementado definitivamente el derecho a una vivienda digna para todo el mundo? No hace falta que respondamos.
No es que la socialdemocracia de mercado sea lo mismo que el fascismo, es que hace falta mucho más si se quiere parar al fascismo
Dolorosamente, toda potencia que busquemos en 2026 del impulso de hace 15 años es, para ser justos, difícil de encontrar. Pero, hoy, los diagnósticos y el rumbo estratégico de las fuerzas herederas del 15M han envejecido muy pronto y muchas veces. Ante de nuestros ojos, han pasado los años y los hechos que han cambiado nuestro contexto político de forma intensa. Por el camino, hemos tenido el municipalismo del cambio, la autoorganización popular del 1-O del 2017, las masivas manifestaciones feministas del 8M de 2018 y 2019, las protestas en Barcelona por la sentencia en 2019, protestas contra la monarquía en 2020, dos gobiernos progresistas, una pandemia, protestas por el encarcelamiento de Pablo Hásel en 2021 y de transportistas por la crisis inflacionaria en 2022, protestas educativas y sanitarias, de campesinos, por la vivienda y por el efecto del turismo masivo en 2024, las movilizaciones por Palestina en 2024-25 y ahora las protestas de profesores y profesoras. Ah, y el verano más caluroso de nuestra historia cada año y ahora la llegada del El niño, que me lo olvidaba. Aunqueseguramente me esté olvidando algunas, ha llovido desde el 15M, y como la lluvia caída durante un largo período sobre un terreno, cambia el paisaje.
Este paisaje político ha visto aparecer también una ultraderecha, que en algunos países ha pasado a ser simplemente la nueva derecha, y que amenaza con socavar los principios básicos de lo que entendíamos como vida democrática hasta ahora. En EEUU, la organización de un grupo parapolicial como el ICE que se ha llevado la vida por disparos de agentes y fallecimientos en custodia de 40 personas en dos años. O el autor de Antifa, Mark Bray se ha marchado exiliado de su país por miedo a la posible violencia a su familia. Son dos ejemplos, pero podríamos hablar del desempadronamiento de los pactos PP-VOX en Extremadura para quitar el acceso a la sanidad a los migrantes.
Con ello, el frenar su ascenso y llegada al poder se ha convertido hace años en una de las principales prioridades de la política en nuestro país, aunque las estrategias diverjan, si es que hay alguna estrategia. Cordón sanitario, dar espacio en los medios, etc. El frenar al fascismo y la reacción tiene de repente un sentido muy concreto y visible en sus consecuencias más básicas. Un fascismo que está creciendo principalmente por el apoyo de las grandes fortunas y propietarios que ven en este tipo de populismo de derechas una mejor opción en tiempos de crisis y por la colaboración de la derecha tradicional.
Este es el principal motivo como explica muy bien Johann Chapoutot en Los irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?. No obstante, cabe decir que la principal estrategia de las fuerzas democráticas y de izquierdas de los años 30 y 40 fue tratar de cortar todo camino que pudiera llevar a algunas clases hacia el fascismo. Los contextos de crisis inflacionaria sin respuesta generan espacios de confusión, rabia y desesperación que llevan a la abstención, o en el peor caso, al fascismo aparentemente rebelde. No sé si se imaginaba Rosa Luxemburgo cuando a principios del siglo XX escribiría el famoso Socialismo o barbarie, que en unas décadas en Alemania se estarían deportando judíos o quemando libros. Así, mientras no se ataje el encarecimiento brutal de la vida, seguirá existiendo el humus confusionario disponible para el crecimiento de la barbarie.
Con ello llegamos a un segundo aspecto relevante en este cambio de paisaje. A partir de 2019, se formaría en España el primer Gobierno de coalición en el Estado español y se inauguraba un proceso en que, si bien las fuerzas a la izquierda venían debilitadas respecto al 2015, había unos anhelos de transformación en algún sentido. En 2020, yo mismo escribía un artículo junto al consejo de redacción de Debats pel Demà, en el que hacíamos prospección, entre otras cosas, de las posibilidades de reforma que tenía el nuevo gobierno que se estaba formando. En él se hablaba de regulación del precio de los alquileres, derogación de la reforma laboral del PP, inicio del diálogo con Cataluña y reforma del financiamiento autonómico. Escribíamos: “el gobierno Sánchez-Iglesias no será un gobierno bolchevique, pero puede ser un gobierno democrático”. Dábamos por sentado la derogación de la Ley Mordaza o una reforma del sistema judicial. Pero no se ha hecho, y en el caso del CGPJ fue un reparto PP y PSOE —por los viejos tiempos del 135— y no un cambio de calado.
Si a ello se le añade el alza del coste de la vida y de la vivienda, se tiene un cóctel de decepción y enfado donde crece la extrema derecha. No es que la socialdemocracia de mercado sea lo mismo que el fascismo —por ejemplo, respecto a 2011, el índice de Gini ha bajado en España de 34 a 30 (EEUU está en 41,8 y subiendo)—, es que hace falta mucho más si se quiere parar al fascismo. Como escribía Pi Margall después del golpe de estado a la Primera República, en 1874: “La dictadura que la Justicia no levanta del suelo, la recoge con frecuencia la tiranía”.
Así pues, hoy, si no es para elaborar un programa común, de y entre todas las fuerzas de izquierdas a la izquierda del PSOE, en torno a todas estas pulsiones que han sacudido la sociedad en España durante los últimos 10 años —la regulación de los alquileres, control de los precios en alimentación y combustible, freno a la subida del gasto militar, refundación del sistema público de educación y sanidad, transición ecológica de verdad, republicanismo y plurinacionalidad—, si no es para todo esto, no veo por qué hablar todavía del 15M.
Historia
Juan Andrade
“En la Guerra de España se condensó toda una época”
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