Opinión
Glosario de la memoria: la nostalgia
Hubo un tiempo en que el porvenir era el territorio natural de la izquierda. El horizonte y la esperanza, lejos de ser un mero paisaje, eran una invocación al cambio. Aquella certeza se adivinaba en la semántica de sus emblemas: L’Ordine Nuovo, Germinal, La Aurora. Entonces, el futuro no se esperaba como una consecuencia inevitable del paso de las horas; se reclamaba como una conquista. La paradoja, sin embargo, estalla al advertir que los sectores más reaccionarios de la sociedad también reclaman el futuro, aunque sus promesas no apuntan a nuevos tiempos. Por ejemplo, cuando Vox se apropia de la necesidad de cambio, poblando sus mítines de rostros jóvenes que aplauden la promesa de un «renacer» que mira hacia un pasado convenientemente ficcionado.
Cuenta el filósofo Fernando Broncano que la nostalgia ha desplazado a la esperanza como emoción políticamente productiva, sustituyendo la pulsión de futuro por el apego a un pasado imaginado. Por su parte, la también filósofa Clara Ramas se siente más cómoda hablando de melancolía que de nostalgia. Para ella, la melancolía es una herida abierta y paralizante. El melancólico no sabe exactamente qué ha perdido, porque lo que añora es una ilusión, y, por lo tanto, es incapaz de transitar un duelo que sí logran afrontar los nostálgicos. La melancolía, entonces, no extraña el ayer por lo que fue, sino por lo que pudo haber sido. Es la conciencia de una pérdida que no forma parte de la memoria episódica.
La verdadera tragedia es que esa parálisis melancólica ha terminado por parasitar a quienes menos pasado tienen para recordar: la juventud
La verdadera tragedia es que esa parálisis melancólica ha terminado por parasitar a quienes menos pasado tienen para recordar: la juventud. Hablamos de una fracción de la juventud cuyas biografías se han cincelado a golpe de desempleo crónico, de pandemias, de alquileres inalcanzables y de la sospecha de que los títulos universitarios han perdido su fetiche de ascensor social. En este sustrato florecen posiciones sorprendentes, como las de hombres jóvenes que añoran un franquismo que nunca vivieron —y que apenas han estudiado—, o influencers de la «retrofeminidad» que monetizan su vida en Internet. Estas formas de estar en el mundo podrían entenderse como elecciones militantes, pero también como una reacción a la cancelación capitalista del futuro.
Las (ultras)derechas se han dado mayor brío en capitalizar este malestar y proclamarse como el único alivio posible. Así, la audacia —y la perversión— de la nueva matriz reaccionaria reside en su capacidad para redirigir esta angustia, eximiendo de culpa a las dinámicas devoradoras del capital para arrojar la sospecha sobre el «socialismo» y el progreso. Al amparo de este malestar, cobra fuerza el mito de que la supuesta «dictadura woke» es la única responsable de los rigores y naufragios materiales del presente.
La memoria es el combustible necesario para volver a hacer del futuro un territorio habitable
Así se explica que multitudes de jóvenes estén entregadas a la melancolía por los años ochenta o noventa, o incluso por el espejismo de los regímenes autoritarios. Unas décadas idealizadas de las que han borrado la desindustrialización demoledora, el azote de la heroína y la marginalidad punzante de los barrios obreros. De igual modo, abrazan unos años de supuesto «orden» en los que no caben las abrumantes estadísticas de asesinatos machistas, y en los que se consumó la privatización salvaje de los sectores estratégicos. La reacción está triunfando en convertir el pasado en un oasis de certidumbres y paz social, donde una comunidad homogénea y un orden de género garantizaban, con fría rigidez, la división sexual y racial del trabajo.
La tarea que queda por delante es titánica, pero la historia nos recuerda que siempre lo fue. El desafío urgente pasa por desactivar el artefacto fascista que apuntala la narrativa falsa del pasado y por combatir al capitalismo que congela el presente. Disputar la memoria hoy —contra la incomodidad de la izquierda con la nostalgia— no es un ejercicio de arqueología, sino la necesidad de demostrar que el pasado no es un búnker en el que esconderse del temporal capitalista. La memoria es el combustible necesario para volver a hacer del futuro un territorio habitable.
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