Entrevista La Poderío
Patricia Simón: el amor como ética pública y de resistencia
Patricia Simón Carrasco (Estepona, 1983), reportera, periodista de investigación, escritora y docente universitaria, es actualmente una de las grandes firmas del periodismo internacional en nuestro país. Especializada en derechos humanos, conflictos bélicos y crisis humanitarias, su trayectoria incluye coberturas en más de veinticinco países (Palestina, Ucrania, Irán, Colombia, Cuba, Iraq, Mozambique, Sudán o Libia, entre otros) y su trabajo se puede seguir en medios como La Marea, Revista 5W, Cadena Ser, El País, Al Jazeera, Univisión, Il Corriere della Sera o la agencia Associated Press.
Su experiencia en conflictos bélicos y crisis sociales nutre su producción literaria constante. Sus dos últimos títulos, publicados el pasado año son, Narrar el abismo. Periodismo de conflictos en tiempos de impunidad (Debate), donde reflexiona sobre cómo ejercer el periodismo en escenarios donde la verdad parece no importar y la impunidad es la norma; y Guerra, paz y periodismo (5W), fruto del conversatorio con el periodista estadounidense Jon Lee Anderson, en el que se analizan temas como los rostros del poder, la actual ola reaccionaria y cómo construir la paz desde el relato.
Patricia, este verano estuviste trabajando en Irán tras la “Guerra de los 12 Días”. Tras los acontecimientos de este pasado sábado, la pregunta es obligada ¿Qué valoración haces del ataque a este país por parte de Estados Unidos e Israel?
No podemos analizar los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán de manera desgajada del genocidio de Gaza porque todo forma parte de la misma estrategia para redefinir la región y ponerla al servicio del proyecto colonial sionista y de Washington.
Desde el comienzo del genocidio de Gaza, Israel ha bombardeado países (Palestina, Irán, Líbano, Iraq, Yemen, Siria, Catar..) con el objetivo de provocar una guerra regional en la que Estados Unidos y Europa no solo sostuvieran económica, política y militarmente el genocidio de Gaza, sino que se implicasen directamente en una ofensiva militar. Y lo ha conseguido: Reino Unido, Francia y Alemania ya han anunciado que apoyarán este “delito de agresión” contra Irán, como se conoce en el derecho internacional. Y Trump ha enviado el mayor número de tropas a la región desde que George W. Bush ordenase la invasión de Irak en 2003.
Todos los expertos, y buena parte de los funcionarios de Defensa que han desaconsejado la operación a Trump, coinciden en que las consecuencias no sólo pueden ser impredecibles, sino incluso devastadoras a nivel global.
Pero para Netanyahu el caos y la guerra es la única forma de sobrevivir políticamente porque se avecinan nuevas elecciones en Israel y judicialmente para seguir librándose de los juicios por corrupción que tiene pendientes. Y además, en términos sionistas, el conflicto es una manera de consolidar la ocupación que mantiene en parte de Líbano y Siria, la totalidad de la Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, el cruce fronterizo egipcio de Rafah..., que propugna ampliar a otros territorios y países para construir el proyecto colonial “Gran Israel”.
La agresión contra Irán es sólo un paso más de la estrategia estadounidense e israelí de consolidar la ocupación israelí, la hegemonía de ambos en Oriente Próximo, controlar el acceso y las rutas del petróleo y gasísticas, y debilitar así a China. Y la incorporación a esta alianza de Francia, Reino Unido y Alemania -aliados de Israel en el genocidio de Gaza- les consolida como actores claves en este proceso de destrucción del derecho internacional y del orden -imperfecto e injusto- global que existía hasta ahora.
Por eso es más necesario que nunca que la sociedad civil, que ha conseguido unir el movimiento de solidaridad global con Palestina, siga movilizándose para defender la legalidad internacional y los derechos humanos, porque esto se ha convertido en el gran frente democrático contra el avance del régimen de la crueldad que están imponiendo las fuerzas reaccionarias.
¿Cómo imaginas que plasmarán las historiadoras e historiadores el genocidio de Gaza?
Creo que tendrán que dedicar muchas energías para identificar, por una parte, a quienes fueron los financiadores. Ahí tendrán que meter no solamente a los gobiernos y a los medios de comunicación, sino también a las grandes plataformas tecnológicas: cómo suprimieron las pruebas, cómo censuraron los contenidos que contaban el genocidio y cómo consiguieron aplacar las opiniones públicas. Y luego, el papel responsable de los medios de comunicación que, durante décadas, han deshumanizado al pueblo palestino para que ahora se le pueda exterminar sin que se produzca un gran levantamiento.
“La causa palestina aglutina hoy toda la defensa de los derechos humanos, del derecho internacional y de las democracias frente a los autoritarismos”
También creo que estudiarán -y ojalá no me equivoque- el movimiento de solidaridad global con Palestina como el mayor despertar de conciencia cívica en este siglo. Además, tengo la sensación de que se puede transformar en el principal dique de contención de este auge de las fuerzas reaccionarias y antidemocráticas porque, en realidad, la causa palestina aglutina hoy toda la defensa de los derechos humanos, del derecho internacional y de las democracias frente a los autoritarismos. Así que va a ser interesante el análisis. Lo que no sé es cómo seremos como humanidad entonces.
¿Crees que Gaza ha sido una pieza clave en el cambio del orden mundial establecido tras la II Guerra Mundial?
Creo que Gaza ha sido el acelerador de una transformación que ya estaba en marcha, un proceso que empezó en los años ochenta con el neoliberalismo, con la crisis de los modelos democráticos y el abandono de la socialdemocracia de las clases trabajadoras. Fue entonces cuando los sistemas democráticos entraron profundamente en crisis.
Digo que el genocidio de Gaza ha funcionado como un acelerador porque ha sido el que ha revelado también todas las falacias en las que vivíamos, inclusive eso que tanto nos repetíamos del derrumbamiento del entramado legal que nos dimos tras la II Guerra Mundial. Un entramado legal que nos dimos las sociedades blancas europeas para evitar volver a exterminarnos entre nosotros, pero profundamente racista, colonial y, desde luego, nunca se planteó que pudiera aplicarse, por ejemplo, a las poblaciones de las excolonias.
¿Por qué nos sentimos tan impotentes ante lo que está pasando?
Gaza ha dejado al descubierto, por una parte, que las sociedades de los países que nos creíamos democráticos ni siquiera teníamos mecanismos para conseguir que nuestros gobiernos rompieran relaciones con un país aliado que, durante décadas y gracias a su impunidad, ha podido cometer un genocidio. Porque ahí claramente ya sabíamos que estaba cometiéndolo y la mayoría de nuestras sociedades civiles estaba en contra de ese genocidio. Sin embargo, no hemos conseguido, ni siquiera en España, que el Gobierno apruebe las mismas medidas que adoptó contra Rusia cuando invadió Ucrania, que sería lo mínimo. Gaza nos ha evidenciado que ni somos sociedades tan democráticas, ni tan avanzadas, ni tan respetuosas con los derechos humanos; todo eso era algo que nos habíamos contado porque nos sentaba muy bien.
Pero el gran transformador de nuestra era y responsable último del genocidio creo que es la administración Trump. Y no creo que tengamos que analizarla como una excepción en la historia política de Estados Unidos, sino como el resultado de un continuum en un país profundamente antidemocrático. Su política exterior se ha basado en cometer crímenes en otros países, en expoliar y en imponer su visión del mundo.
La diferencia respecto a Biden, Obama y sus antecesores es, simplemente, que Trump lo explicita, lo verbaliza y lo hace de cara a la galería. Esto rompe definitivamente con la teatralización de las normas. Y eso sí es importante, porque realmente la democracia también es una teatralización de esas normas, un espejismo que nos permitía tener una dirección hacia la que movernos.
Todos estos ataques al Derecho internacional de los Derechos Humanos son gravísimos porque, aunque no se cumpliesen, aunque los grandes violadores fueran quienes se presentaban como los guardianes de ese derecho internacional -fundamentalmente Estados Unidos y la Unión Europea-, a la ciudadanía global nos daba una dirección hacia la que dirigir nuestros esfuerzos, una potencia y una legitimidad en nuestras reclamaciones, y una enjundia legal hacia lo que proponíamos. Una vez que todo eso se ha desmoronado y que claramente no tiene ningún peso en el debate público, porque ya nadie intenta hacer ver que eso se cumple, pues nos quedamos sin herramientas.
Y creo incluso, para quienes somos más conscientes de que ese derecho internacional y esas normas eran ya injustas, que lo mínimo que podemos hacer, o lo más eficaz, es reclamarlas y ejercerlas para luego mejorarlas, porque empezar a construir ahora mismo desde cero sería imposible.
¿Cómo se ejerce esa reclamación por parte de la ciudadanía?
Nombrando mucho los derechos humanos, hablando mucho de derecho internacional y manteniéndolo en el debate público, porque al visibilizarlo, lo estamos protegiendo de alguna manera.
El amor como ética pública frente al odio y la deshumanización
Veníamos de años tremendos, pero en estos primeros meses de 2026 da la sensación de que todo se ha acelerado. Asistimos a situaciones que no imaginábamos. ¿Qué análisis haces de lo que está ocurriendo a nivel global?
Creo que parte de la estrategia, con tantos frentes y focos de atención e informativos abiertos, es noquearnos. El año pasado no me costaba recordar que, pese a todo, no estábamos en el peor de los tiempos posibles, sin embargo, esa convicción que tenía en noviembre ha cambiado. Después de todo lo que hemos vivido -con grupos paramilitares por las calles de Estados Unidos deteniendo y disparando contra la gente, el secuestro de un presidente, las protestas aplastadas en Irán, la brutal crisis humanitaria en Cuba, cómo la administración Trump ha advertido que intervendrá directamente en las elecciones para favorecer los partidos ultra, o como Rusia está aplicando un crimen de guerra como es dejar sin energía para que se congele de frío la población civil de Ucrania; o China con Taiwán…
Con todo eso, si nos enfocamos en cada uno de los temas, nos paralizamos, porque son en muchos casos conflictos o situaciones irresolubles a corto plazo. Y luego, vemos que los resultados electorales, elección tras elección, gana la ultraderecha o la derecha con la ultraderecha.
Entonces, creo que parte de nuestra supervivencia, -en términos de eficacia analítica, emocional y como defensora de los derechos humanos-, pasa por analizar las corrientes que atraviesan el planeta, porque en realidad estamos ante un fenómeno global. Está ocurriendo en todas partes, espoleado por las grandes plataformas tecnológicas, que son el gran poder; por una inteligencia artificial al servicio también de estos “tecnoemperadores”, y por unos medios de comunicación que no están presentando ninguna resistencia para no perder los favores de esa corriente de ultraderecha y así poder seguir manteniendo sus ingresos.
“Tenemos que cuidarnos el alma porque somos sociedades que están recibiendo un ataque muy fuerte contra su propia esencia humana”
¿Y cómo entiendes que se debe abordar este incremento de la influencia de la extrema derecha a nivel internacional?
Creo que debemos tener dos líneas de trabajo. Una, intentar analizar cómo nos están robando la capacidad cognitiva y de pensamiento para entender todo lo que está pasando, también a través de esa falta de capacidad de concentración que nos está llevando a la fragmentación del pensamiento de las plataformas. Señalar -porque creo que eso sí sigue siendo eficaz-, más que a los líderes de esos movimientos, a quienes se están enriqueciendo con todo esto y ver cuáles son los intereses empresariales y financieros de que estemos así.
Y luego, por otra parte, creando todo el tiempo relatos que rehumanicen; relatos necesarios en un momento en el que todo está dirigido a deshumanizarnos -no solamente a los colectivos más vulnerables, sino en general a toda la ciudadanía-, para normalizar la maldad como forma de relación.
Eso debemos hacerlo cada una en nuestro ámbito de trabajo y de ciudadanía, con las herramientas que tengamos y siempre teniendo presente que vamos a sentir muchísima frustración. Pero, sobre todo, tenemos que cuidarnos el alma porque somos sociedades que están recibiendo un ataque muy fuerte contra su propia esencia humana.
“El odio lo ha inundado todo; hay muchas personas que han enfermado por esta plaga que está muy bien financiada y extendida”
Esto lo encontramos en tu ensayo Miedo. Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio, cuando hablas de cómo el miedo paraliza a la ciudadanía. Y también nos planteas propuestas de resistencia ante esta paralización del individuo.
Creo que necesitamos volver a tener un poquito de alegría de vivir, porque estamos en un momento de desazón y tristeza en general, y esa alegría la vamos a encontrar en el contacto humano. Recuperar tiempo para compartir con la gente a la que queremos y con la que disfrutamos es la gasolina que nos permite seguir creyendo en por qué estamos en la defensa de los derechos humanos y de las democracias.
También hay que tener presente que gran parte de las problemáticas internacionales y locales que sufrimos es porque el odio lo ha inundado todo. Hay muchas personas que han enfermado por esta plaga que está muy bien financiada y extendida. En el libro Miedo hablo de las razones de la frustración, la desorientación o la sensación de pérdida de estatus, del no reconocimiento, que les hace estar en una posición defensiva y desplegar tanto odio en su forma de comunicarse.
Creo que frente a eso -y esto no me parece nada naif-, lo que más nos protege es entender el amor como una ética pública. Tener presente que el amor a la otra persona, el reconocimiento y lo comunitario es lo que nos hace tener vidas mucho más plenas. Y eso no significa poner la otra mejilla, significa llenar de esos afectos nuestros espacios para ser más fuertes ante los ataques. Y luego, librar batallas.
Esa fuerza colectiva parece haberse reactivado con la causa palestina, que ha devuelto a la calle un sentido de urgencia que parecía dormido.
Eso nos lo ha enseñado el movimiento de solidaridad con Palestina, buscar pequeñas batallas que nos permitan disfrutar de pequeñas victorias. Debemos defender esa dignidad y esos cuidados en los espacios vecinales, en todo lo que tengamos cercano. Porque claro, si nos planteamos acabar con la administración de Trump, estamos abocados al fracaso en el corto plazo, pero es importante esa red tentacular que, en el caso de la solidaridad con Palestina, ha permitido sentir que puedes hacer algo, desde el consumo, al boicot, a parar una vuelta ciclista o a escribir un artículo.
Eso tenemos que plasmarlo en nuestras otras luchas y militancias y recuperar la idea del internacionalismo, que también se ha visto mucho en el movimiento de solidaridad con Palestina. Esto, que era algo propio de las fuerzas de izquierda y de la defensa de los derechos humanos, quienes más lo están aplicando son las fuerzas reaccionarias, mientras, las izquierdas y los sectores progresistas estábamos más en el nacionalismo, en la vuelta a las esencias y las identidades. Me parecen tres pasos importantes para avanzar con fuerza.
“Vuelve a ser la ciudadanía anónima la que, organizada y autogestionada, está librando una batalla heroica y épica de la que deberíamos estar aprendiendo continuamente”
En un oficio tan expuesto al horror como el tuyo, ¿cómo se evita esa deshumanización?
En mi caso personal, en los últimos años me había volcado tanto en informarme, en documentarme, en estudiar que había dejado de escuchar música, de leer poesía, novelas, y me había secado. Era mucho menos eficaz, incluso al escribir, porque había perdido la destreza de estar a flor de piel. Creo que el arte nos conecta con la ternura, con la parte más espiritual, más humana. El arte nos fortalece y ahora mismo le estamos dedicando muy poco tiempo.
Y es una resistencia inspiradora a la que, a veces, no le estamos prestando la atención que merecería, porque las amenazas son tan grandes y evidentes que nos parecen como pequeños grupitos. Pienso en estos grupos de personas que están siendo la gran resistencia en el caso de Estados Unidos y, además, con muy pocos recursos. Creo que es una de las cosas que también tenemos que recuperar de otros tiempos: la militancia tenía mucho más que ver con estar físicamente y estar juntas.
La gente en Estados Unidos que está llevando al cole a las hijas e hijos de las personas migrantes para que no puedan ser detenidos sus padres y madres cuando salen a la calle, o que con alarmas y silbatos avisan al vecindario, cuando pasan las patrullas del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) sabiendo, además, que eso te puede costar la vida. Pues, efectivamente, estas personas son la gran esperanza de la resistencia
Y algo que me sorprende, es que no esté habiendo un movimiento potente de intelectuales en Estados Unidos. Vuelve a ser la ciudadanía anónima la que, organizada y autogestionada, está librando una batalla heroica y épica de la que deberíamos estar aprendiendo continuamente. O esa victoria tan alucinante y maravillosa que ha supuesto la regularización de las personas migrantes (en España), gracias a todas las personas que recogieron firmas durante tanto tiempo sin saber si iba a servir para algo y consiguieron más de 500.000. Y la gente que ha salido a la calle en Irán, sabiendo que les iban a masacrar, para pedir libertad y reformas democráticas.
Creo que hay muchos ejemplos que nos recuerdan que, pese a todo, se pueden hacer muchísimas cosas. Es una de las cosas que la ultraderecha ha intentado que nos olvidemos: que demos por sentado que ya estamos totalmente sometidos a su poder. Y no, todavía no.
El ecofeminismo como dique de contención
¿Qué importancia crees que tiene el movimiento internacional de mujeres y por qué, desde el principio, ha sido uno de los principales objetivos a batir de la extrema derecha y la derecha radical populista?
En todos estos grupos fundamentalistas de ultraderecha, la misoginia y el antifeminismo son rasgos comunes y motores políticos. Lo son porque saben que somos el principal dique de contención ante sus avances. Electoralmente se ha demostrado que, sobre todo las mujeres a partir de los cincuenta años y también las más jóvenes, no están dispuestas a dejarse avasallar.
Además, creo que el movimiento ecofeminista es el que conjuga políticamente todas las propuestas que pueden dar salida a los grandes desafíos. Es una propuesta que antepone la igualdad de todos los seres humanos y el respeto a sus derechos de manera más transnacional, rompiendo con esta deriva de desigualdad que es la que está generando tanta violencia. Pone los cuidados en el centro, como la economía que nos puede salvar y pone la crisis climática como una de las cuestiones que tienen que ser abordadas, entre otras cuestiones. El ecofeminismo es una propuesta interseccional que abarca todos los mayores problemas que tenemos.
Y bueno, quienes saben que este es el gran desafío nos tienen en el punto de mira. Y de nuevo, tenemos que mirar a Estados Unidos para empezar a pensar estrategias de autoprotección y autocuidado. Desde la llegada de Donald Trump a esta segunda presidencia, las mujeres feministas, el movimiento de mujeres, ha sido uno de sus grandes objetivos para desacreditarlo, criminalizarlo y perseguirlo. Y eso, cuando tienes el uso legítimo de la fuerza aliado con todas estas plataformas tecnológicas, es muy peligroso.
Eso va a pasar aquí y deberíamos empezar a pensar cómo nos vamos a proteger las unas a las otras; tener protocolos de defensa para saber cómo actuar en determinados escenarios. Lo vemos ya con las periodistas, cada vez que sale una investigación se aplican rápidamente denuncias, se las desacredita, se las lincha en las redes sociales y, en algunos casos, se publican sus direcciones y sus teléfonos, además de llevarlas, -de llevarnos- a los tribunales.
Creo que tenemos que recuperar los conocimientos de los movimientos sindicales que el neoliberalismo arrasó y que es lo que nos permitía seguir adelante; tener una caja de resistencia y saber que había que ir rápidamente a la plaza del pueblo cuando algo pasaba, llamando por teléfono para ver qué se necesitaba. Si nos tocaban a una, nos tocaban a todas. Eso tenemos que hacerlo en el movimiento feminista y en todos los ámbitos laborales.
Por tu trabajo en diferentes lugares del mundo ¿qué similitudes has visto en el movimiento de mujeres de los distintos países?
La inteligencia estratégica. Creo que las mujeres, en ese sentido, somos más analíticas. Primero, porque se rehúyen más los liderazgos individuales y son más organizaciones como “de hormiguitas”; hay muchas, y además saben que tienen que conciliar muchos ámbitos de trabajo en las luchas. Suelen ser muy estratégicas al entender que el cambio va a costar tiempo, que no es algo inmediato y que, además, el mérito no se lo va a llevar una sola persona, como muchas veces pasa en los movimientos liderados por hombres donde los hiperliderazgos son mucho más habituales.
Y luego creo que, como estamos educadas en el compartir lo emocional, también somos más eficaces. Si en los movimientos sociales no tienes claro que, además del objetivo final, que siempre es difícil y a largo plazo, necesitas establecer relaciones personales que te hagan querer estar ahí, es muy difícil. Compartir el objetivo, pero también el resto de las preocupaciones y de la vida, es algo que las mujeres hemos hecho siempre de una forma más normalizada, no por biología, sino por educación.
Creo que es mucho más fácil que nos sumemos a los movimientos sociales de mujeres (sean hombres o mujeres quienes lo hagan) porque son mucho más permeables, más hospitalarios y porque tienen mucho más claro que es una cuestión de suma de muchas personas.
Por ejemplo, en el caso de Colombia, de las mujeres palestinas o en las primaveras árabes, se establecen muy rápidamente esos vínculos internacionales, porque el movimiento internacional de mujeres está muy articulado a nivel global. También creo que han sido claves en la defensa de los derechos humanos porque muchas veces han recurrido con sus casos a la justicia internacional -a la Corte Interamericana de Derechos Humanos y a otros ámbitos-, y eso también les ha dado mucha fortaleza porque han sabido nombrar muy rápidamente los derechos que les estaban siendo vulnerados. Creo que eso es evidente.
Si el movimiento de mujeres es el principal dique de contención, ¿cómo debe reaccionar ante la extrema derecha y su batalla cultural?
Ahora el desafío frente a esa ola reaccionaria que nos tiene en el punto de mira es -y esto sé que a veces no es tan popular- hacer un esfuerzo por incorporar a los chicos más jóvenes. Ellos son los que están siendo cooptados por la ultraderecha y abordarlo no tiene que ver ya solo con ser pedagógica o con que “no nos toque” a nosotras hacerlo, sino con una cuestión también estratégica.
O los recuperamos y les damos un espacio en este frente amplio democrático, o va a ser muy difícil. Porque todo está dirigido a que ellos terminen siendo embaucados y cooptados por ese movimiento antifeminista y antidemocrático.
Dignificar el oficio, periodismo frente a propaganda y discursos de odio
Hace un par de siglos se acuñó el término “cuarto poder” para definir a la prensa. Ahora se habla de un “quinto poder”, el de las grandes tecnológicas, internet y las redes sociales. Como periodista, ¿cómo se debe trabajar para revertir el desprestigio que acompaña al oficio y combatir este nuevo escenario de noticias falsas y discursos de odio?
Creo que exigiendo a las instituciones que creen espacios de redes sociales democráticas y de dominio público, con reglas claras. Ahí la Unión Europea debería estar trabajando en ello, además de obligar a las grandes plataformas tecnológicas a cumplir con la legislación europea, que no se está haciendo y eso que ya es muy laxa.
Necesitamos espacios digitales públicos y plazas democráticas digitales donde poder difundir nuestros contenidos. Esto, que parece algo muy ambicioso o incluso imposible, lo es hasta que se consigue. Hay que repetir esta reclamación, estructurarla e intentar crear canales para que se pueda llevar a cabo.
En tu libro Narrar el abismo reflexionas acerca del reto de informar sobre las violencias más extremas. Al hilo de esto, ¿qué es para ti el buen periodismo?
Creo que el buen periodismo es aquel que, de manera rigurosa y respetuosa con las protagonistas y los protagonistas de la información y con las personas destinatarias, cuenta los hechos con rigor con el objetivo de que eso contribuya a sociedades más justas, más democráticas, más cultas y más igualitarias.
Y tomando otra de tus publicaciones, Guerra, paz y periodismo, en la que hablas del periodismo como una herramienta de construcción social. Viendo el panorama actual, ¿crees que se hace buen periodismo en España?
Yo creo que muchísimo. Creo que nunca se ha hecho tan buen periodismo ni en España ni en el mundo, porque nunca ha habido tantos profesionales convencidos de que tienen un papel crucial y una responsabilidad enorme en nuestras sociedades. Profesionales formados y comprometidos con la defensa de los derechos humanos, siendo muy cuidadosas y cuidadosos con las personas que han sufrido graves vulneraciones de derechos humanos y cuentan su historia.
Lo que pasa es que mayoritariamente los medios que siguen modulando la opinión pública todavía son, por una parte, las televisiones y, cada vez, más los youtubers e influencers muy bien financiados y muy bien posicionados por esas plataformas tecnológicas, y que difunden algo que no tiene nada que ver con el periodismo, pero que tiene la apariencia de periodismo: hay una persona hablando o una persona entrevistando, entonces se confunde. Pero es propaganda dirigida a acabar con las democracias, y a deshumanizar a determinados colectivos.
El problema es que, como tienen la misma apariencia, pues hay muchas personas que sienten que estamos haciendo lo mismo. Yo creo que ahí también necesitamos hacer pedagogía y alfabetización para diferenciar lo que es periodismo de lo que no lo es.
En realidad, ha sido más fácil que se presente como periodismo todo lo que están haciendo estos agitadores de ultraderecha, porque ya lo hacían presentadoras en la televisión desde hace 30 años, en televisiones privadas. Entonces, claro, se ha desvirtuado todo lo que llamamos periodismo o determinados periódicos.
Medios de comunicación
“Si queremos resucitar las palabras, hace falta crear narrativas y relatos en los que el amor esté muy presente”
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