Opinión
Milei, el profeta detonado
En octubre de 2017, la coalición de centroderecha Cambiemos acababa de ganar con amplitud las elecciones legislativas y Mauricio Macri se sintió autorizado a pronunciar dos palabras que, vistas desde hoy, tienen algo de epitafio: “reformismo permanente”. Había derrotado al peronismo, los empresarios lo celebraban, las direcciones sindicales se subordinaban, los grandes medios hablaban de una nueva época y el Gobierno empezó a comportarse como si hubiera descubierto una ley de la historia. La Argentina, finalmente, había mutado para tomar el camino hacia un paraíso neoliberal.
Esa proyección duró dos meses.
El 14 y el 18 de diciembre, una multitud rodeó el Congreso contra la reforma previsional. Hubo piedras, gases, corridas, una plaza transformada durante horas en otra cosa; un campo de batalla. La ley se aprobó. Pero Macri había perdido algo que no aparece en ninguna planilla del Congreso: la sensación mesiánica de que podía hacer cualquier cosa. Después vino lo conocido: corrida cambiaria, FMI, 50.000 millones de dólares, 47,6 por ciento de inflación, recesión. En 2019 Macri perdió la reelección por paliza.
La semana pasada Javier Milei tuvo su propio aviso.
El jueves 6 de agosto consiguió en el Senado la media sanción de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada por 37 votos contra 33. Para llegar hasta esos 37 votos había dejado dos pedazos importantes de la ley en el camino. Primero retiró la flexibilización de los límites a la compra de tierras por extranjeros. Después cayó la reforma de la Ley de Manejo del Fuego.
Como pocas veces en mucho tiempo, Milei dejó de elegir las palabras de la conversación o de la guerra. Quiso hablar de propiedad privada y terminó respondiendo sobre Malvinas
Afuera llovía. Sin embargo, eso no impidió que organizaciones políticas y sociales, estudiantes y miles de personas sin pertenencia orgánica rodearan el Congreso. La discusión jurídica sobre una ley de propiedad privada se había transformado, de una manera bastante argentina, en otra discusión: “la patria no se vende”, decía una multitud bajo el agua. Hubo gases, balas de goma, detenidos y heridos.
El Gobierno ganó la votación y perdió la jornada política.
Como pocas veces en mucho tiempo, Milei dejó de elegir las palabras de la conversación o de la guerra. Quiso hablar de propiedad privada y terminó respondiendo sobre Malvinas, soberanía, recursos naturales y capital extranjero. Había llegado al poder con una capacidad sorprendente para obligar a todos a discutir dentro de su idioma. Durante las últimas semanas tuvo que hablar en un lenguaje extraño a su dogma.
Ocurrió justo después del Mundial. Hay momentos en que la política trabaja con materiales que nadie controla del todo. Después del triunfo de la Selección Argentina ante Inglaterra volvió a circular una frase escrita en banderas, camisetas y paredes: “Las Malvinas son argentinas”. Se había activado algo antiguo y elemental. Una fibra. En el mismo momento en que esa fibra volvía a vibrar sobre las mentes y los corazones de millones de argentinos y argentinas, el Gobierno abrió la discusión sobre quién puede comprar sin límites el territorio nacional.
En los primeros años, Milei había parecido tener una sensibilidad casi animal para detectar por dónde circulaba la bronca. Esta vez pisó el cable pelado.
Más Laclau que Gramsci
Durante el ascenso libertariano se puso de moda decir que Milei y el mileísmo habían leído “mejor” a Gramsci que las izquierdas. La fórmula fascinaba: la nueva derecha habría entendido las lecciones de la izquierda, comprendido la batalla cultural, conquistado el sentido común y construido una hegemonía. Para desgracia de los impresionistas, se había elegido al autor equivocado.
La eficacia temporal de Milei se explica más por las teorías de Ernesto Laclau, ese peculiar marxismo descafeinado con demasiadas concesiones teóricas y políticas a la moda posmoderna. El gran hallazgo político de Milei consistió en tomar malestares que tenían orígenes distintos y conseguir que todos señalaran hacia el mismo lugar. La inflación, el desprecio por los políticos profesionales, el enojo con el Estado y más aún con su “mímica” (como definió tempranamente el antropólogo Pablo Semán), la frustración de quien trabaja y no progresa, ciertos privilegios irritantes, el cansancio con el peronismo. Todo pudo entrar en dos palabras: “la casta”.
Eran broncas diferentes. Milei les dio un enemigo común. Así se construyen momentos políticos poderosos. Alguien consigue decir una palabra y millones sienten que esa palabra estaba esperando dentro de ellos. La dificultad empieza cuando otra palabra (u otras palabras) consiguen hacer el recorrido inverso.
Universidad, jubilaciones, discapacidad, salarios, endeudamiento familiar y soberanía territorial pertenecen a conflictos distintos. Durante mucho tiempo permanecieron relativamente separados. Cada sector podía sufrir su propio ajuste frente a una sociedad obligada a mirar las peleas como acontecimientos aislados.
El jueves pasado apareció por unas horas otra posibilidad. Consiguió colocar problemas distintos dentro de una misma escena. Ese desplazamiento importa más que los artículos que sobrevivieron en el Senado.
Un gobierno puede perder votos y conservar iniciativa. Puede perder una elección y conservar una época. Lo peligroso empieza cuando pierde el derecho a ponerle nombre a las cosas.
La lenta caída
Las encuestas venían anunciando que algo se estaba moviendo. El último Latam Pulse de AtlasIntel y Bloomberg, realizado entre el 30 de julio y el 3 de agosto, ubicó la aprobación presidencial en 37,1 por ciento y la desaprobación en 62,4. Entre los jóvenes de 16 a 24 años, apenas el 23,1 por ciento aprueba al presidente. Entre los de 25 a 34, el 26,9.
Ahí hay una pequeña ironía de la historia. Los jóvenes fueron una de las imágenes más poderosas del ascenso de Milei. En 2023 hubo casas argentinas donde un pibe de veinte años convenció al padre, a la madre o al tío de votar a un economista que gritaba en televisión con una motosierra en la mano. Fueron militantes sin carnet de una rebelión electoral que entraba en la historia por el lado equivocado. Tres años después, una parte mira a aquel mismo presidente con decepción.
Milei necesita que la desigualdad deje de ser percibida como una injusticia. Que la solidaridad parezca una sospecha
Ese desencanto todavía no tiene dirección. Puede terminar en la abstención, en la indiferencia, en otra derecha, en el peronismo o en la izquierda. La certeza que empieza a caerse es anterior: aquella idea, repetida hasta transformarse casi en sentido común y escrita hasta el hartazgo en papers académicos, de que una generación completa se había derechizado para siempre.
La igualdad que no murió
Con la victoria de Milei se certificaron varias muertes. Murió lo público y lo colectivo. Murió la igualdad. Murió la calle. Murió, incluso, cierta Argentina. Los países tienen la mala costumbre de sobrevivir a sus certificados de defunción.
El sociólogo Juan Carlos Torre volvió recientemente sobre una frase vieja gauchesca de origen difuso, pero reconocida por todos: “naides es más que naides”. Es difícil encontrar cinco palabras que expliquen mejor una zona persistente de la cultura política argentina.
La frase nunca quiso decir que este fuera un país igualitario. La desigualdad existe y crece desde hace décadas. Habla de otra cosa: de la dificultad argentina para aceptar tranquilamente las jerarquías. Del malestar que produce alguien que se cree demasiado superior. De una disposición bastante plebeya a preguntar quién te creés que sos.
Muchos gobiernos quisieron corregir ese “defecto nacional”. Milei quizás sea el intento más radical de las últimas décadas. Su programa económico redistribuye ingresos hacia arriba y desarma funciones sociales del Estado. Su batalla más ambiciosa ocurre en otro terreno. Necesita que la desigualdad deje de ser percibida como una injusticia. Que la solidaridad parezca una sospecha. Que “justicia social” suene efectivamente a aberración. Que cada uno mire su vida y encuentre allí únicamente el resultado de sus decisiones personales. Una sociedad de individuos que agradecen cuando ganan y se culpan cuando pierden.
Durante un tiempo pareció funcionar. Una persona puede soportar por un periodo una caída en su nivel de vida si cree que está atravesando un túnel. Puede aceptar el sacrificio si del otro lado existe algo. La promesa libertariana tenía una relativa potencia temporal: hoy duele, mañana despega. El problema de los mañanas es que un día llegan.
El salario se termina. El trabajo se vuelve más precario. Aparece una deuda para pagar otra deuda. La tarjeta reemplaza al sueldo durante los últimos días del mes. Cada vez falta más salario y sobra más mes.
Entonces puede ocurrir un fenómeno político sencillo y peligroso: aquello que cada uno sufría en privado empieza a parecerse demasiado a lo que le pasa al de al lado. El drama individual se vuelve cuestión colectiva y la cuestión colectiva deviene en problema político.
Milei tuvo durante mucho tiempo una habilidad para individualizar los fracasos y colectivizar la esperanza. Ahora enfrenta la posibilidad inversa: que se colectivice la frustración.
La calle fue otra de las muertes anunciadas. El protocolo antipiquetes, los operativos policiales, las detenciones y el discurso que convirtió al manifestante en sospechoso buscaban producir una imagen precisa: la Argentina conflictiva finalmente había aprendido a quedarse en casa.
El jueves, bajo la lluvia, apareció una novedad adicional. Durante unas horas, personas que habían llegado por motivos diferentes desmintieron ese sueño húmedo de todas las derechas.
Reacción contra la reacción
Milei también fue un producto de exportación. Subió a escenarios internacionales, abrazó a empresarios, recibió premios, habló de Occidente y se volvió una especie de profeta austral para una derecha mundial que buscaba demostrar que era posible hacer en el gobierno aquello que durante años había escrito en Twitter/X. La reacción parecía tener el viento de la historia.
En Estados Unidos, la llegada de Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York fue seguida durante 2026 por nuevas victorias de candidatos identificados con el socialismo democrático en elecciones primarias y locales. Reuters registró además el crecimiento de medios y comunicadores de izquierda que conectan con públicos jóvenes fuera de los canales tradicionales del Partido Demócrata. Son episodios dispersos. Alcanzan para mostrar algo: una radicalización puede engendrar otra.
Argentina tiene una peculiaridad. La izquierda no necesita esperar a que alguien la invente.
Existen una tradición política organizada, una coalición electoral con representación parlamentaria, inserción sindical y estudiantil y una figura como la abogada Myriam Bregman, que durante los últimos meses empezó a moverse por encima de los techos históricos de valoración de la izquierda.
Una encuesta de Tendencias realizada a fines de mayo registró 42,3 por ciento de imagen positiva y 14,6 por ciento de intención de voto. Más de la mitad de quienes se inclinaban por ella tenían menos de 35 años y dos tercios eran mujeres. AtlasIntel había registrado un 47 por ciento de imagen positiva, la mayor entre las figuras medidas.
Entre esos números y disputar el poder hay una enormidad. Esa enormidad es la política.
Durante años la izquierda argentina atravesó una situación incómoda: tener razón en demasiadas derrotas. Podía anticipar una crisis, acompañar una huelga, denunciar un ajuste, tener diputados reconocidos y seguir encerrada electoralmente dentro de un perímetro conocido. Ahora el terreno está más abierto.
El desencanto con Milei será disputado. El peronismo buscará recuperarlo. Alguna derecha intentará ofrecer mileísmo sin Milei o ajuste sin gritos. Una parte puede retirarse de la política.
También existe otra posibilidad: que quienes hicieron su primera experiencia política bajo la promesa libertariana encuentren en su fracaso razones para radicalizarse en dirección contraria.
Macri creyó en 2017 que había cambiado la Argentina para siempre. Milei llevó esa ilusión mucho más lejos. Se imaginó como el profeta de un país que finalmente había dejado atrás la igualdad, la protesta y hasta cierta idea de nación.
La semana pasada la profecía recibió una detonación. El Gobierno salió del Senado con los votos y una ley mutilada.
Afuera seguía lloviendo. La multitud seguía ahí, empapada, respirando gases y ocupando una calle que el Gobierno había declarado perteneciente al pasado. Quizás ése haya sido su error. Creer que todo lo que venía de atrás estaba muerto. A veces el pasado vuelve. Y a veces se llama futuro.
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