Carlos Javier González Serrano: “Hacemos filosofía de una manera natural”

El profesor de filosofía reivindica en ‘El aula insurgente”, una labor docente que conspire contra la domesticación, impugnando las lógicas productivistas y haciendo de la pregunta y el diálogo en común resistencias contra un mundo que ahoga.
10 may 2026 06:00

“Cuando aprendemos se abre un mundo. Otro mundo. Y se agrietan las certezas del nuestro, que nos oprime y fractura”. Este frase de El aula insurgente. Realmar el mundo: contra la domesticación de la escuela (Destino, 2026) condensa en cierto modo gran parte de la propuesta de Carlos Javier González Serrano (Madrid, 1985), que en su último libro compone una suerte de manifiesto en el que se articulan su experiencia como profesor de filosofía en la enseñanza secundaria con su lectura de la tradición filosófica y la realidad que nos acecha, reivindicando el aula como un lugar de diálogo y descubrimiento.

Tras años proponiendo acercar la filosofía a la vida cotidiana en su trabajo, pero también en libros como Una filosofía de la resistencia (Destino, 2024), o el volumen infantil El mundo según Lea (Penguin Random House, 2023), y en el Podcast de Radio Nacional de España “A la luz del pensar”, González Serrano comparte en su nuevo libro un diagnóstico que va y vuelve del aula a la sociedad, en el que subjetividades atrapadas en la competición y el utilitarismo se ven despojadas del tiempo para el conocimiento, la presencialidad, la apertura a lo inesperado. Frente a ello el autor propone emanciparse de la “Racionalidad Tecno Económica”, y pensar el aula como un espacio de aprendizaje en común, en la posibilidad de encontrarnos en comunidades de pensamiento.

Tu podcast, tus libros o tus intervenciones en distintos espacios, tienen un carácter muy divulgativo.
Creo que lo fundamental, lo más importante, es caer en la cuenta de que nosotros hacemos filosofía de una manera natural. Otra cosa es que la filosofía luego pueda tener una raíz o una disposición más o menos académica. Pero sobre el bien, la justicia y la belleza, hablamos todos, nos preocupa a todos. Entonces, el asunto no es tanto hacer la filosofía divulgativa como hacerla lo suficientemente cercana como para que los temas filosóficos interesen a todos los públicos. Y cuando se hace lo suficientemente cercana, la gente se permea, se deja traslucir y atravesar por los temas filosóficos.

Así que yo creo que lo que debemos hacer desde la docencia es transmitir la filosofía con la confianza de que la semilla filosófica está constitutivamente en el ser humano. Lo único que hay que hacer es desarrollarla, despertar ese interés.

El aula es todo lo contrario a un totalitarismo. Es donde se comparte conocimiento para crecer en común

Justamente en A la luz del pensar traes muchas veces anécdotas de reflexiones y conversaciones que surgen con tu alumnado. ¿No es el aula un espacio fértil para pensar juntos?
Es el espacio más fértil, más idóneo, más indicado para traer el diálogo. Y confío plenamente en que el aula, a pesar de la disposición en la que están muchas veces, mirando al profesorado, —aunque yo soy un defensor de la clase magistral que últimamente está casi defenestrada, casi expulsada por las nuevas tecnologías pedagógicas y demás— debe ser sobre todo un lugar donde suceda y donde se facilite el diálogo. Si no hay diálogo, no hay un aprendizaje que enraíce en el estudiantado. Porque tú les puedes explicar sobre Platón, sobre Aristóteles, sobre Descartes, María Zambrano, Hanna Arendt o lo que sea. Pero ellos se lo llevan a su vida cuando son capaces de hablar con sus padres en una comida y decirles, oye mamá, que hoy me han explicado lo que es el espacio público, lo que es la vida activa, sanar. Y de repente, cuando ellos introducen en sí mismos esos conceptos que parecen muchas veces tan alejados, los hacen suyos. La filosofía se da en el transcurrir de la vida. Así que creo que el aula es el espacio dialogal por antonomasia. Otra cosa es que nos hayan convencido de que en el aula solo tiene que haber una voz.

¿No es lo mismo una clase magistral que un aula donde solo hay una voz?
No es lo mismo. Donde hay una sola voz, es porque hay una voluntad de que exista una sola voz. Sin embargo, el aula es todo lo contrario a un totalitarismo. El aula es donde se comparte conocimiento para crecer en común. Esto es un pensamiento muy zambraniano. Lo más fundamental en el aula —decía María Zambrano—  es el silencio que se genera antes de que el profesor profiera la primera voz,  en ese silencio se juegan todo el estudiante y el alumno. El profesor no tiene que querer que solo haya una voz, sino que de esa voz pueda emanar el conocimiento compartido.

En el libro está tu experiencia docente atravesada por una mirada desde la filosofía. Introduces numerosas referencias y perspectivas en un texto muy articulado. ¿Es de alguna forma este volumen un compendio, una especie de balance, de tu trayectoria estos años?
Es absolutamente imposible hacer un manual de cómo educar. Creo que lo que he intentado hacer son guías de lo que debería siempre estar como un tapete, como un caldo de cultivo común en el aula. Lo que no puede faltar. Pero un profesor deja de ser profesor cuando piensa que es el mejor profesor, cuando piensa que como profesor no tiene nada más que hacer porque —y esto también lo defiendo permanentemente en el libro y todos los días en mi práctica docente— el aula es un lugar vivo. Y esa viveza se arrebata cuando se pone una sola voz, cuando se impone la voz de la ley educativa o la voz del sistema político o del sistema económico que sea. Lo que hace falta en el aula es que el profesor esté convencido de su propia labor, que es enseñar.

Durante la escritura del libro, ¿has podido profundizar en algunas reflexiones que estaban ahí y que al escribir han tomado otra forma?
Sobre todo lo que tiene que ver con la emocionalidad compartida y con la vocación docente. Está claro que la vocación docente no puede estar a pesar de otras cosas, porque no todo lo cubre la vocación. El profesor no puede parapetarse solo en: “Yo tengo vocación de ser profesor. Y pase lo que pase, voy a seguir siendo profesor”. No, porque existen las depresiones, existe la ansiedad en el cuerpo docente, existen un montón de problemas emocionales y de trabajo en términos laborales, incluso marxistas, si se quiere decir, que el profesorado tiene que afrontar. Pero me ha servido sobre todo para ahondar en una posición irrenunciable, que es estar con las nuevas generaciones para construir comunidad. Eso es sobre todo lo que he hecho.

Vivimos en una sociedad muy fragmentada, donde parece que los espacios no se relacionan entre sí, y la conversación sobre los centros educativos, por ejemplo, solo atañe a quienes habitan las aulas. En este marco, ¿a quién te diriges cuando escribes este libro?
Yo creo que está dirigido por una parte a familias. Aunque es un lenguaje denso, es un lenguaje que a veces necesita de la pausa, no he querido rebajar el nivel. A veces me decía mi editora: Carlos, esto a lo mejor tiene un público más restringido, pero creo que es un momento para no bajar el nivel porque estamos perdiendo léxico, estamos perdiendo palabras con las que decir nuestra realidad.

Por otra parte, el libro está dirigido, por supuesto, al público general y al alumnado. Pero está dirigido también a estamentos políticos, sociales, a las autoridades educativas. Espero que lo lean —y me consta que ha llegado—, para repensar la educación más allá de la utilidad, de la mercantilización del conocimiento. El conocimiento no puede estar al servicio de la utilidad, de la rentabilidad. Esto lo dicen los propios alumnos: esto me renta o esto no me renta. Y hay cosas que al margen de que renten o no renten, tienen valor, son valiosas, y una de ellas es el conocimiento.

Entiendo además, que las cuestiones que abordas en el libro no tienen que ver sólo con las aulas, sino con las sociedades en las que vivimos que también necesitan de diálogo, de curiosidad, de respirar más allá del productivismo. ¿Cómo desbordar entonces las paredes de las aulas, en este sentido?
No haría falta más que las familias, los estamentos políticos, la prensa, se dejaran permear por lo que pasa en las aulas, —y en este sentido agradezco a El Salto este ejercicio— . Se trata de darse cuenta de que lo que pasa en las aulas es una escuela de Polis, es una escuela de politizar en el mejor de los sentidos, es decir, hacer que la ciudadanía se sienta ciudadana y no se sienta individuo aislado que lo único que hace es introducir una papeleta cada cuatro años. ¿Pero qué pasa con la votación? Necesita una lectura pausada de un programa electoral. Necesita entrenarse en lo político. Necesita impregnarse de los problemas que acucian y que tenemos que solucionar de una manera más o menos urgente en la sociedad.

Para todo eso hace falta un lugar donde podamos, donde puedan los alumnos tener un conocimiento certero de lo que está ocurriendo, de lo que ocurrió y de lo que podría ocurrir. Y ese espacio donde se dan todos los tiempos, el pasado, el presente y el futuro, es el aula, porque es donde se piensa por qué pasó lo que pasó, por qué está pasando lo que está pasando y  si podemos dirigirnos hacia el futuro con cierta esperanza o no. Yo creo que ahí se juega mucho.

Al principio del libro, hablas de la docencia como una apuesta por perseverar en el fracaso sostenido. Parece que si se fracasa, solo queda rendirnos o deprimirnos. ¿Cuál es el valor de esta perseverancia?
Para mí, si existe un verbo que en la vida tiene sentido es el de perseverar. Incluso cuando alguien está pasando por una tesitura emocionalmente delicada, al final, a lo que se aboca todo el apoyo que recibe desde fuera, sea desde terapia, sea desde amigos, sea desde la familia, es a que perseveres. Es que, a pesar de que las cosas son como son ahora, podrían ser de otra manera. Y nos jugamos todo en ese condicional: Podrían ser de otra manera las cosas.

Entonces el profesor lo que hace es empeñarse en que hay algo así como un futuro por el que se puede y se debe perseverar a pesar de que pudiera salir mal. Es aquello que yo muestro a mis estudiantes: es posible que no encuentre un suelo fértil en algunos, y no pasa nada por ello, porque en otros sí. Y es muy importante que el profesorado tenga constancia de que con quien más habría que perseverar es con aquellos estudiantes con los que presuntamente no ocurre nada. Es decir, ese suelo se puede fertilizar. Lo que pasa es que hace falta tiempo, hace falta esfuerzo, hacen falta otros tiempos en el aula también, hace falta la preocupación del profesorado por ese estudiante o esa estudiante que necesita otros tiempos. Si desde el profesorado no perseveramos, ¿quién va a perseverar? Nos queda solo el sometimiento.

Carlos Javier González Serrano - 4

Próxima a esta idea de enfrentar el sometimiento, hablas del aula como un espacio contra la domesticación. Justamente muchas personas que son críticas contra el sistema, se ven en la contradicción cotidiana de querer que sus hijas e hijos puedan contestar esa “domesticación”, y al mismo tiempo, aprueben y pasen por lo que el sistema les pide para encontrar un lugar. Y ahí entra el miedo de ser a nuestro pesar cómplices en cierta domesticación necesaria para la supervivencia en el sistema, pensando en su futuro.
Pero el futuro se hace en el gerundio, se hace en el haciendo. Entonces, muchas veces, en lo que pecamos tanto desde profesorado como desde familias es en tratar el futuro como si fuera un participio, como si fuera un infinitivo, de hecho, como si fuera algo donde yo pongo mi molde de la vida y la vida va a salir conforme a mi molde. Eso pasa muy pocas veces. Les pasa a las grandes fortunas que tienen asegurada la existencia, y ni eso, porque el dinero no garantiza el bien, la justicia y la verdad. ¡

Yo lo que diría a las familias respecto a ese encasillamiento, ese adocenamiento, esa domesticación, el sustantivo que se quiera usar, es que hablen con sus hijos y con sus hijas, que hablen con ellos. Yo sé, lo sé perfectamente, que es difícil hablar con un adolescente, es complicadísimo, y que muchas veces están en el monólogo. ¿Qué tal ha ido? Bien. ¿Con quién has estado? Con gente. ¿Qué has hecho? Nada. Pero tira del hilo un poco. ¿Cómo te encuentras? ¿Cómo estás? ¿Has visto lo que ha pasado entre este país y este país? Oye. ¿Qué te parece esto de la guerra civil entre orangutanes, entre chimpancés? ¿Qué opinas? Hacerles partícipes de su acción y, por tanto, de su libertad. En cuanto a un adolescente, —sobre todo un adolescente, pero también a un niño— le cercenamos, le coartamos la posibilidad de preguntar, se cierra. No quiere saber nada porque sabe que solo existe una voz, que es la tuya, la del adulto.

Nos topamos cotidianamente con un discurso que oscila entre el alarmismo y la indiferencia sobre la adolescencia, convirtiéndola en un sector de la población al que hay que proteger o que no se tiene mucho en cuenta. ¿Qué nos estamos perdiendo con esta mirada tan corta?
Estas son cuestiones que discuto mucho aquí en mi tutoría de Ciencias y Artes Escénicas, que es un grupo magnífico que aúna la objetividad de la ciencia —digamos la física, la química, el dibujo técnico, la biología—, con el arte dramático, la literatura dramática, está otras cosas que trascienden lo meramente objetivo.

Cuando cuando tú le privas a un adolescente de su presente, lo único que tiene para vivir es de un pasado que no está, la infancia —un pasado delegado, en el que mis padres me dicen lo que tengo que hacer— y un futuro que no sé cómo va a ser. ¿Qué hago con mi presente? Si tú no les das herramientas para que puedan decidir sobre su presente, están perdidos. De hecho, están perdidos porque no quieren hacer nada. Prefieren delegar: Ya lo harás tú por mí. Por eso es tan necesario preguntar mucho a los adolescentes.

Tenemos que enseñar a los adolescentes a hacer preguntas, aunque la pregunta te expone muchas veces a la intemperie, incluso al desierto

Hablas del aula como un espacio para lo inesperado. Pero en este momento del demasiado, de saturación, de rapto de las pantallas, cómo hacer este lugar para lo inesperado.
Se habla mucho hoy de pensamiento crítico, del pensamiento socrático, de la introducción del diálogo. Pero si tú no preguntas a un adolescente ¿cómo quieres que el adolescente te pregunte? Un adolescente se activa cuando tú le preguntas. Y voy a ser muy claro en esto: tienes que estar preparado para que un adolescente esté en desacuerdo contigo. Y tienes que estar preparado también a que se lleve un berrinche y a que se enfade y a que te grite porque es un adolescente. Su locus de control interno en términos psicológicos no está desarrollado y está bien que así sea. Pero si tú no les introduces en las preguntas, solo se van a mover en las afirmaciones y eso tiene un peligro y se llama totalitarismo. El totalitarismo digital, el totalitarismo económico, el totalitarismo político, el totalitarismo familiar que también existe. Tenemos que enseñarles a hacer preguntas, aunque la pregunta te expone muchas veces a la intemperie, incluso al desierto. Tienes que mirar al lado y encontrar compañeros para transitar ese desierto y esa incertidumbre. Creo que es lo más bello que se puede hacer en el mundo: Dar la mano a alguien y compartir preguntas incluso estando desorientado.

También hablas de la soledumbre, el detenimiento, de la atención. Son todas ideas que parecen tener difícil encaje en un momento de aceleración y ansiedad generalizada.  
Yo creo que habría que diferenciar muy claramente entre salud mental y gestión emocional. Son cosas muy distintas. Todos necesitamos gestionarnos emocionalmente para levantarnos por la mañana y trabajar. Pero de la salud mental se tienen que ocupar psicólogos, psiquiatras y médicos, es decir, servicios de salud mental. El profesorado nos tenemos que limitar a detectar, por supuesto, pero sobre todo a enseñar.

Y respecto a la pausa y a la atención, yo soy muy devoto de Simone Weil y en La Gravedad y la Gracia, y en otros muchos lugares, también en sus Cahiers, habla de la atención no como un ejercicio de concentración, sino como un ejercicio de amplitud de miras, pues tu mirada está coartada o está fija en determinados elementos. Entonces, creo que hoy la atención tiene que ver no tanto con estar atento a algo en particular, como en abrir la capacidad para poder estar atento a otros elementos que nunca habías visto, nunca.

Por eso la filosofía en el currículo muchas veces es tan útil, tan enriquecedora y tan valiosa. Porque Platón, Hannah Arendt, Simone de Beauvoir o Sartre o quien sea, te hacen mirar hacia otro lado. Y ese mirar hacia otro lado, de repente te hace comprobar que existen elementos para pensar en tu vida de otra manera y también opciones de acción que hasta ahora no habías comprobado. Estuvimos hablando aquí, en esta misma clase, del 8 M y tuvimos un debate apasionante, y duro también, porque hay quien critica, hay otros que no… pero si tú no abres esa posibilidad, tú como profesor estás siendo también cómplice de un pensar único. Y está bien que haya gente que piense, pero también está bien que vayamos todos hacia una justicia social que esté dominada por el bien en sentido amplio.

Cuando nos cierran los canales para poder comunicarnos, nos queda dentro tanta rumiación que necesitamos sacarla de alguna forma

Hablabas antes de comunidad. Yo tengo la sensación, y me consta que es compartida por más miradas, de que hay una cierta búsqueda de comunidad en torno al pensamiento. Clubs de lectura, incluso clubs de lectura de filosofía. ¿Crees que hay una pulsión por formar comunidades pensantes?
Es inevitable. Cuando nos cierran los canales para poder comunicarnos, al final el problema es que nos queda dentro tanta rumiación que necesitamos sacarla de alguna forma. Uno de los diagnósticos que hago, en términos sociológicos, de tantos problemas sobre todo de distimia, anhedonia y depresión mayor es esa continua rumiación de asuntos que no logramos verbalizar. Y eso es porque también nos roban progresivamente los espacios de diálogo.

Los buscamos de manera natural, el ser humano necesita relacionarse. Más allá de que somos animales que comparten el logos en la polis, en el ágora, para preocuparse de lo común en términos aristotélicos, —libro segundo de la Ética a Nicómaco— somos mamíferos, nacemos en el pecho de una madre y necesitamos el calor del otro. Necesitamos que el otro te toque y tú ser tocado por el otro. La presencia: el otro huele, el otro tiene un rostro y tiene unos ojos. Todo eso queda desvinculado o mediatizado a través del teléfono móvil, a través de la tecnologización y la pantallización de nuestras vidas.

Yo si estoy en el aula también es por puro disfrute. Yo disfruto muchísimo con mis estudiantes en la presencia y encuentro pocos lugares en los que disfrute tanto. De hecho, es el lugar donde más disfruto y es porque ahí hay un intercambio que no es solo lo que me interesa a mí, sino que compartimos todos un interés por conocer.

Justo hablabas del espacio del aula, de la presencialidad en común. Pensaba en el libro “Palacios del Pueblo”, en el que se habla de infraestructuras sociales, espacios que permiten generar comunidad. Se refiere sobre todo a espacios como bibliotecas públicas, huertos, parques. Lugares donde no se va con un fin en concreto. Los centros educativos tienen un fin, ¿pero es justamente el poder distanciarse del mandato funcional el que permite abrirse a lo inesperado? ¿Abre otras posibilidades?
Abre todas las posibilidades y aquí también seré muy claro, los estudiantes van a mi clase o la de cualquier compañero o compañera con otra disposición cuando saben que lo que a ti te interesa no es que ellos aprueben y ya está. A ti te interesa como profesor que ellos aprueben, en un sentido amplio, para que se formen y puedan cumplir también con sus expectativas en términos sociales y académicos. Por supuesto. Hasta ahí todos llegamos.

Ahora bien, esa es la suficiencia del profesor: hacer que ellos puedan aprobar. Que aprueben, ya es una labor bastante ardua, porque hay procedencias económicas de todas las clases, procedencias sociales de todas las clases, procedencias étnicas de todas las clases, procedencias psicosociales de todas las clases. Con todo eso, un profesor tiene un caldo de cultivo con el que trabajar bastante intenso y difícil.

Pero cuando el alumnado ve que esto trasciende la utilidad, de repente descubren un sentido de pertenencia. Porque no es el para qué, sino es el cómo y el qué. El qué sobre todo, el qué se está compartiendo. Es que “profe queremos que nos cuentes más de esto”. El otro día les hablaba de las beguinas, de esas místicas que surgen en el siglo XII y XIII que no eran monjas, que se salieron de la iglesia, no querían saber nada de la Iglesia ni necesitaban a la Iglesia en absoluto. Se dedicaban a cuidar a los pobres, y la Iglesia encima les perseguía. Y sobre todo las alumnas me preguntaban, yo ya me quería callar y me dijeron, pero profe, cuéntanos más, dinos más. En ese momento (y mira, me emociono) surge una comunidad que es una comunión y es una comunión por querer saber más. “Quiero saber más”: Cuando eso sucede en el aula está todo ganado por su parte y por la nuestra.

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