Opinión
Memoria versus concordia. ¿Cómo contarles el pasado a los jóvenes?
Profesor de la Universidad de Sevilla
El pacto de gobierno firmado recientemente por el Partido Popular y Vox en Andalucía incluye, como viene ocurriendo allá donde gobiernan, la aprobación de una “Ley de Concordia que sustituya la normativa vigente en materia de memoria histórica”.
“Concordia” es el término con el que el PP y Vox quieren decir “antimemoria” y forma parte de la miscelánea de planteamientos dicotómicos, en blanco y negro, de la propaganda electoral habitual en los partidos políticos. Si la izquierda propone memoria, la derecha sugiere concordia como forma de diferenciarse del adversario. Es un juego retórico, de etiquetas, y partidista que, por desgracia, tiende a generar polarización entre la ciudadanía cuando se abusa de él… y el abuso es la norma en España. El mecanismo es sencillo y peligroso a la vez. Se trata de abordar temas de enorme complejidad con preguntas del tipo: ¿Estás a favor o en contra de la memoria? La respuesta te define “políticamente”; mejor dicho: te sitúa en un bando. Y no se trata sólo de la memoria histórica: ¿Estás a favor o en contra de la inmigración? O, aún más delirante: ¿Estás a favor o en contra del cambio climático?
Cuando hablo de memoria –hay muchas formas de entender el concepto–, quiero decir la representación mayoritaria –hegemónica– que tenemos, como sociedad, del pasado. Se trata de una cuestión política y ha de ser discutida por la comunidad si queremos que, además, sea democrática. No podemos no tener memoria colectiva. Somos una sociedad, entre otras cosas, porque la tenemos. Otra cosa es cómo discutamos sobre qué memoria queremos y para qué. Se trata de un asunto delicado, íntimo y colectivo al mismo tiempo: esencial. De ella depende, en parte, lo que seamos en el futuro. No deberíamos maltratarla con un debate desquiciado.
Deberían saltar todas las alarmas democráticas cuando alguien nos propone “honrar y proteger” nuestro pasado. La historia no tiene por qué ser un objeto de culto ni algo de lo que sentirnos orgullosos
En efecto, la memoria es política; pero política no es sinónimo de partidista. Si lo que queremos es usar los términos memoria y concordia para, exclusivamente, la lucha electoralista entre partidos, sin hacer una reflexión común sobre cómo utilizar “nuestro” pasado para construir “nuestro” futuro, pues parece que vamos por el buen camino. En ello estamos: poca reflexión, mucha banderita. A algunos, no sólo en la derecha, les vale con esto.
En este contexto, la “concordia” y sus leyes buscan diversos objetivos. Destacaré dos. El primero lo he anticipado: mantener los temas de memoria en el ámbito de la lucha partidista, como etiqueta identitaria de la derecha, lo antiwoke y, si nos circunscribimos a lo más inmediato, al antisanchismo. El segundo forma parte de una asentada tradición heredada del franquismo: conseguir que se olvide la brutal y sistemática represión que la dictadura ejerció sobre quienes consideraba enemigos. Una represión que formó parte, conviene recordarlo, de la base más profunda del régimen. ¿Por qué esa obsesión con el olvido? ¿Por qué ocultar el crimen profundo del franquismo? Sólo el criminal o el cómplice, podría parecer, tendrían intenciones de ese tipo. Si el objetivo de la concordia es “cerrar heridas”, abandonar ese posicionamiento negacionista podría ser un buen punto de partida.
Pero no parece que ese sea el rumbo. Las leyes de “concordia” van, desgraciadamente, en sentido contrario. La de la Comunidad Valenciana, por ejemplo, comienza declarando que el objetivo del texto legal es el “compromiso para honrar y proteger la historia de España desde el año 1931 hasta la actualidad”. Deberían saltar todas las alarmas democráticas cuando alguien nos propone “honrar y proteger” nuestro pasado. La historia no tiene por qué ser un objeto de culto ni algo de lo que sentirnos orgullosos. El orgullo colectivo, que tiene sus ventajas y su función política, no siempre es buen compañero de la discusión y la reflexión; eso sí, va genial en las campañas electorales. Estás orgulloso o no: hay poco término medio y aún menos opciones para la crítica en estos planteamientos. La predilección por pasados épicos bien expurgados y llenos de héroes no sólo es patrimonio de la derecha, pero en España la sufrimos intensamente durante el franquismo y, de aquellos barros…
En la práctica, la concordia del PP-Vox es claramente “revanchista”. Se trata, en buena medida, de eliminar todo lo que se pueda eliminar de lo hecho en políticas de memoria por instituciones, asociaciones memorialistas, centros educativos, investigadores, etc.: acabar con la atención a las víctimas del franquismo, con las subvenciones a la investigación, promover el –aún mayor- empantanamiento burocrático de las exhumaciones, la eliminación o resignificación de los restos simbólicos de la dictadura, y muchas otras iniciativas que, si ya de por sí iban desesperadamente lentas, ahora no se van a acelerar, precisamente.
¿Qué futuro tiene, entonces, la memoria, en un contexto como éste? Es frecuente escuchar, en los círculos de quienes piensan y discuten sobre el recuerdo colectivo de la dictadura franquista, que la asignatura pendiente es “llegar a los jóvenes”, que la memoria está dejando de interesar a las nuevas generaciones. Y es verdad. No sólo es verdad; es también normal. Como regla general que, claro, conoce excepciones, la vida de nuestros padres nos interesa un poco, la de nuestros abuelos algo menos y los bisabuelos son ya casi personajes de ficción. Son… historia. Esta inercia generacional se puede reconducir, al menos parcialmente, con políticas de memoria, pero en España el trabajo en este rubro durante el último medio siglo no ha ayudado demasiado. No estamos, en este país, para dar lecciones de cómo hacer las cosas en lo que a memoria histórica se refiere.
De esta forma, para “llegar a los jóvenes”, primero habría que aclarar, digo yo, qué es exactamente lo que les queremos contar. Me temo que la respuesta automática de “queremos que sepan lo que pasó” se nos está quedando corta. No es suficiente y, si con ella lo que buscamos es que los bisnietos y tataranietos sientan la guerra y la represión como las generaciones de mayor edad las sintieron o las sentimos, estaremos abocados al fracaso. Eso no va a ocurrir.
¿Qué buscamos, entonces, que permanezca en la memoria de esos jóvenes? ¿Para qué? Y, ¿Cómo conseguirlo? ¿Cómo se está narrando el pasado en esta “sociedad de las plataformas”? ¿Qué contenidos, con qué valores y por qué vías están llegando a esos jóvenes a los que nos queremos dirigir? Las respuestas a estas preguntas serán, si el debate es democrático, muchas y diversas, pero creo que llevarlo a cabo es urgente y de él debería salir un nuevo diagnóstico sobre el estado actual del recuerdo, entre los jóvenes, del pasado –ya no tan– reciente en Andalucía y, también, en España.
La preocupación sobre la juventud está justificada, aunque sólo parcialmente documentada. Sabemos que crece el número de jóvenes que ve con buenos ojos las “soluciones autoritarias” y, según el último sondeo del CIS sobre este tema, en torno al 20% de los jóvenes entre 18 y 25 años define los años de la dictadura como “buenos o muy buenos”. Una cifra alarmante, está claro, y parece que en ascenso, pero son más quienes así piensan en cualquier otra franja de edad y, entre los 18 y los 25, el 71,4% afirma que la dictadura fue “mala o muy mala”.
Faltan muchos datos, entre otras cosas porque los centros de opinión pública en España han preguntado muy poco sobre estas cuestiones pero, si queremos ver la botella medio llena –argumentos no faltan para verla también medio vacía–, hay margen para un cierto optimismo. No obstante, para que la tendencia “antiautoritaria” avance, quedarnos de brazos cruzados no es una opción, porque los discursos violentos, neofranquistas y de odio han entrado en velocidad de crucero y parecen estar ganando terreno.
Jóvenes y memoria histórica
En la tarea del trabajo en torno a los jóvenes y la memoria histórica, esperar un apoyo de las instituciones estatales y autonómicas serio y mantenido en el tiempo es una quimera. Ayuda puntual, quizás; sistemática, mejor descartarla: el caso del fallido museo de la memoria en la antigua cárcel de Ranilla de Sevilla, que se anuncia cada cuatro o cinco años durante unas semanas y sigue sin avances, es un buen ejemplo de la esclerosis de la memoria institucional en Andalucía. Cuando el largo plazo son cuatro años, el trabajo memorialista no funciona. Ni las instituciones ni los partidos políticos deberían dirigir, por ello, el debate sobra la memoria histórica.
Al mismo tiempo, y recuperando la botella medio llena, tenemos un movimiento memorialista potente, que sigue incansablemente haciendo su trabajo, maestros y profesores comprometidos que actúan por la memoria en sus centros, investigadores que estudian la memoria colectiva desde diferentes ángulos, periodistas, cineastas, músicos, artistas y comunicadores de todo tipo y una juventud que, a pesar de todo, sigue siendo mayoritariamente demócrata.
Quizás haya llegado el momento de una refundación del debate sobre la memoria. No es fácil definir con exactitud, en este momento, qué tipo de orden del día necesitamos para conseguir el traspaso del “legado memorialista” a las siguientes generaciones
Probemos, contando con esos jóvenes, nuevas formas de comunicación del pasado. En mis conversaciones con quienes piensan y actúan por la memoria, la preocupación por encontrar esas formas que conecten con la juventud es recurrente, pero se suele ligar, casi exclusivamente, a la modernización de los formatos. Y, claro, éste es un factor esencial, pero no basta con poner en circulación videojuegos, cómics o podcasts sobre el franquismo si en ellos le vamos a seguir contando a los jóvenes, a menudo sin contar con ellos, lo mismo, y desde las mismas perspectivas.
Quizás haya llegado el momento de una refundación del debate sobre la memoria. No es fácil definir con exactitud, en este momento, qué tipo de orden del día necesitamos para conseguir el traspaso del “legado memorialista” a las siguientes generaciones, nacidas en un contexto muy diferente a quienes lo hicimos aún en tiempos de dictadura o en los años de la transición. Creo que nos faltan datos. Para responder, con criterio, a la clásica pregunta de ¿Qué hacer?, necesitamos ese nuevo diagnóstico que ha de partir de una información más específica que nos haga conocer mejor a esa juventud a la que queremos dirigirnos. Preguntémosles en los institutos, en las universidades, en los clubes deportivos, en las calles, de dónde sacan su información sobre el pasado, qué piensan sobre la dictadura, qué quieren decir cuando llevan una pulsera con la cruz de Borgoña o con la bandera republicana…
Comencemos, entonces, una conversación ciudadana orientada a formular un plan de comunicación del pasado dirigido a unos jóvenes que, por supuesto, han de formar parte protagonista del mismo. Nos jugamos mucho. ¿Cómo, entonces, lo hacemos?
Glosario de la memoria
Glosario de la memoria: lógica memorial
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