Opinión
Lorca, las horas perdidas y el revisionismo en la televisión pública
Las derechas tomarán todas estas cosas para seguir en su campaña contra mí y contra Margarita [Xirgu] pero no importa. Es casi conveniente que lo hagan, y que se sepa de una vez los campos que pisamos. Desde luego, hoy en España no se puede ser neutral. Federico García Lorca.
Anteayer viernes se estrenó en RTVE Lorca, las horas perdidas. El documental pretendía mirar el asesinato del poeta “como una auténtica investigación criminal”, y reconstruir, “a través de testimonios de expertos, documentos, archivos históricos y recreaciones, su paso por el Gobierno Civil de Granada y sus últimas horas en la zona de Víznar”. Sin embargo, lo que prometía arrojar luz sobre los últimos días del poeta, ha terminado confirmando los peores presagios: un incomprensible ejercicio de revisionismo histórico emitido, para mayor decepción, desde la televisión pública y ante más de un millón de espectadores y espectadoras (mejor cuota de un documental de La 1 desde noviembre de 2025).
Destaquemos antes de la crítica, lo positivo: el documental tiene apreciaciones interesantes, responde a la universalidad del poeta al incluir una gran pluralidad en las intervenciones —artistas, periodistas, investigadores y poetas— y cuenta con actuaciones muy dignas de atención, como la de Ángel Ruiz, siempre emocionante en la piel del granadino. La narrativa se apoya además en textos emotivos, con una poética adecuada. Sin embargo, estos aciertos chocan rápidamente con decisiones formales difíciles de entender, como el uso inadecuado de inteligencia artificial, que distorsionaron de manera llamativa las fotografías del poeta. Una frivolidad visual que, con todo, palidece frente al verdadero problema de fondo: dedicar más tiempo a la teoría de que Lorca fue asesinado por unas simples rencillas locales que a su condición de rojo y homosexual, diluyendo de este modo su figura como símbolo universal de los represaliados por el franquismo.
La excusa de las rencillas familiares
Nadie niega que las disputas terrenales, los piques y los resentimientos propios de los pueblos existieran en la Vega de Granada. Se repitieron durante toda la Guerra Civil. Como documenta el historiador Paul Preston (El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después, Editorial Debate, 2011), la represión institucionalizada por los golpistas proporcionó a menudo el amparo perfecto para saldar viejas rencillas y venganzas locales, pero siempre bajo el paraguas de un plan de exterminio político sistemático. Es, en el caso de García Lorca, muy interesante analizar cómo llegó a existir una relación estrecha entre víctimas y verdugos, y el simbolismo que esto supone para explicar una guerra fratricida. Sin embargo, dedicarle la mayor parte de la atención a las riñas familiares en un documental sobre sus últimas horas es un error de bulto.
Frente a la excusa de las rencillas familiares, la propia lógica de los hechos impone una pregunta insoslayable: si el móvil del crimen fue una simple venganza privada o una disputa de poder caciquil, ¿cómo se explica que la represión golpista solo acabara con la vida de Lorca y con la de su cuñado, Manuel Fernández Montesinos —político socialista y alcalde de Granada en 1936— dejando con vida al resto de la familia? El fusilamiento de Fernández Montesinos, apenas un par de días antes que el del poeta, evidencia una cacería estrictamente ideológica; una purga política contra todo lo que oliera a República y Frente Popular. Incluso el poeta falangista Luis Rosales —en cuya casa se refugió Lorca antes de ser detenido— fue tajante al respecto. Durante su histórica intervención en el programa de televisión La Clave, Rosales negó rotundamente que las rencillas familiares fueran el motivo para explicar el asesinato. Que una figura tan vinculada a la Falange y a los últimos días del poeta desmonte esta teoría demuestra hasta qué punto el revisionismo actual se sostiene sobre mentiras prefabricadas.
Bajo este enfoque, el revisionismo suele llegar al extremo —y el documental peca de ello— de concederle una importancia capital a La casa de Bernarda Alba para explicar la persecución y el señalamiento del dramaturgo, argumentando que avivó el odio de la burguesía local. Los datos que tenemos desmontan esta teoría: la obra no vio la luz pública hasta su estreno en Buenos Aires en 1945. Sostener que desencadenó el odio público y letal hacia Lorca en la Granada de 1936 es, sencillamente, inverosímil.
Reducir las últimas horas de Lorca a un problema de envidias locales difumina la responsabilidad estructural de los golpistas. El periodista e investigador Víctor Fernández, participante en el documental, advertía de este despropósito en sus redes sociales, señalando un planteamiento que favorece las tesis revisionistas mediante el montaje. “Esto que voy a decir es importante. Mañana viernes la 1 de TVE emite el documental Lorca, las horas perdidas, en el que participo junto a gente a la que aprecio como Ian Gibson, Víctor Clavijo o Joaquín Sabina. He visto el resultado final y estoy muy sorprendido con él. Desde la la televisión pública se ha hecho un producto que apoya la teoría de que el poeta fue asesinado por riñas familiares, que La casa de Bernarda Alba tuvo que ver, pese a que no se estrenó ni publicó hasta 1945. Se llega a desvestir de política a Lorca, pese a su compromiso evidente. Así que, aunque aparezco en él, no puedo apoyar esta pieza. Me temía lo peor y al final se ha confirmado. Es una pena que el revisionismo se imponga”. Tras la emisión, Fernández lo confirmaba de manera explícita en X: “Me siento engañado”.
Al término de la emisión, periodistas como Rosa María Artal difundían en redes comentarios que señalaban a la productora, El Rugido, perteneciente al diario El Español, cuyo accionista mayoritario es Pedro J. Ramírez. “Es increíble que después de los que hizo ese periodista con los atentados del 11M durante años, tratando de modificar la verdadera autoría de los atentados, mantenga la posibilidad de que una televisión como TVE le encargue un documental. Y Pedro J. no defrauda. El documental sobre Lorca arranca responsabilizando de la guerra a la Segunda República y además se ponen en boca del personaje que hace de Lorca un texto que da a entender que el poeta se va a Granada porque en Madrid el cielo no se veía. Y para colmo incluyen en el documental unos totales del pseudoinvestigador, Miguel Caballero, asegurando que la causa del crimen de Lorca fueron rencillas familiares. Estas son las primeras imágenes de relato histórico con las que el documental, sin nombrar a los golpistas, está diciendo que la guerra había sido fabricada por la violenta realidad de la República”.
Hasta la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, también en X, ha tildado de “vergonzoso el documental que utiliza el asesinato de Lorca para exculpar a los golpistas de 1936 del inicio de la guerra y responsabilizar a la Segunda República, poniendo en voz de Lorca palabras que nunca dijo para que también haga revisionismo (...) Se utiliza la versión de Franco de la guerra y cuentan en un documental que el Gobierno republicano armó al pueblo tras el asesinato de Calvo Sotelo. Revisionismo puro. Ponen imágenes bélicas antes de la llegada de Lorca a Granada que fue el 14 de julio de 1936”.
En la misma plataforma Miguel Ángel del Arco, autor de La Hambruna Española y historiador en la Universidad de Granada, ha manifestado sentirse “conmocionado por el documental. Sin contexto sobre el golpe, la violencia rebelde o el origen de la guerra. Con la muerte de Lorca despolitizada. Qué pena”.
No es para menos. Como señaló recientemente el dramaturgo Alberto Conejero: “Cuando se afirma que el asesinato de Lorca fue por rencillas familiares se ofende también la memoria de todos los civiles asesinados en Granada en esas mismas fechas en un terrible engranaje de terror y exterminio. Muchos de esos cuerpos, como el de Lorca, siguen desaparecidos. Este tipo de declaraciones perpetúa la violencia simbólica sobre las víctimas”.
Un símbolo irrenunciable contra la desmemoria
Hay un intento de despolitización permanente con Lorca. Hacer un ejercicio de revisionismo en el momento político que vivimos, con la ultraderecha disputando el relato y militando en la batalla cultural, es una decepción mayúscula tratándose, para más inri, de la televisión pública. Lorca no fue fusilado como consecuencia de una riña de familias, ni fue un cadáver más de los “accidentes naturales de la guerra”, como llegó a definirlos el dictador Francisco Franco para sacudirse la sangre de las manos. Al autor de Poeta en Nueva York lo fusilaron por ser de izquierdas, por homosexual y por bordar en la bandera de la libertad el amor más grande de su vida.
Es importante no desviar el foco. La amnesia social es el caldo de cultivo que necesita la extrema derecha para sembrar sus mentiras premeditadas. Desde el viejo bulo de su amistad con José Antonio Primo de Rivera hasta los intentos por apropiarse de su figura desde las instituciones conservadoras, hay una insistencia en desvincular al poeta de su verdad.
Desvirtuar a Lorca
Esa apropiación cínica no tiene límites. Hace apenas unos días, el diputado del Partido Popular, Jaime de los Santos, retorcía un discurso de Lorca en el Congreso para atacar a la izquierda y a la educación pública. De los Santos utilizó las mismas palabras que el poeta pronunció en 1931 durante la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros para quejarse de que el PSOE pretenda hacer a Lorca “patrimonio de la izquierda”. Omitió, casualmente, que en aquel mismo acto republicano Lorca ensalzó la revolución rusa y citó a Karl Marx.
Este secuestro ideológico sigue la estela del esperpento de la extrema derecha. En los últimos años hemos visto a diputadas de Vox como Macarena Olona o Mireia Borrás afirmar sin rubor en el propio Congreso que el poeta “votaría a Vox” porque “amaba España”, exigiendo además que no se ensucie su memoria porque, a su juicio, “su memoria es apolítica”. Decir esto de una víctima del fascismo que aborrecía los nacionalismos excluyentes es un insulto directo a la inteligencia y a la historia.
Los hechos impugnan este empeño por vaciar su legado. Lorca firmó manifiestos contra el nazismo, el fascismo italiano y la dictadura de Salazar. Rechazó la equidistancia para situarse junto a quienes no habían cometido más delito que defender al proletariado y unirse a él. Su teatro y su poesía fueron un ariete contra el racismo, el capitalismo voraz y la moral tradicionalista y católica. Sentía, en sus propias palabras, una “comprensión simpática de los perseguidos”. Siempre se declaró del partido de los pobres.
El informe policial redactado en 1965 certificó por escrito lo que ya era una verdad irrebatible: fue pasado por las armas por “socialista” y por prácticas de “homosexualismo”. Relativizar hoy estos motivos, envolviéndolos en disputas vecinales o formatos de true crime despolitizados, equivale a romper nuestro único manual de instrucciones contra el olvido. Permanecer indiferentes ante la tergiversación del mayor símbolo de la represión franquista es permitir que vuelvan a asesinarlo. Como dijo Cernuda, la estupidez no puede suceder al crimen.
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