Madres protectoras
Patricia Reguero Ríos y Sara Plaza Casares: “La lucha de las madres protectoras es una lucha feminista”
Sara Plaza Casares y Patricia Reguero Ríos cocoordinan feminismos en El Salto Diario. El mundo de los feminismos es muy amplio, transversal, impregna cada espacio de nuestras vidas. Y en estos últimos años, que han oscilado del apogeo feminista a las andanadas antifeministas, ha habido una historia que ha sido particularmente dura de contar, la de las madres protectoras, pues pone en jaque a la familia, uno de los pilares más sólidos del patriarcado, y está envuelta en mucho dolor, demandando una implicación que no toda periodista está dispuesta a poner sobre la mesa. Ellas sí.
Así, Reguero y Plaza han cubierto durante años los abusos sexuales hacia niñas y niños por parte de sus padres y el punitivismo de las instituciones contra las mujeres que alzaron la voz y actuaron contra estas violencias. Un tema que tiene su primer y terrible capítulo en la criminalización de las madres de Infancia Libre, caso que ambas periodistas abordaron y que es el punto de partida del libro que han escrito a cuatro manos: Hija, yo sí te creo. Madres protectoras y su papel en la denuncia de la violencia sexual hacia la infancia (Libros del K.O, 2026)
Veteranas periodistas, y con varias obras a sus espaldas —Reguero publicó el año pasado el libro de relatosTodo lo que pasó el día que me mordió mi hija (La Imprenta, 2025), y participó en (h)amor co(m)adre. Parentescos (Continta Me Tienes, 2025) y Plaza es coautora de la obra colectivaNietas de la memoria (Bala Perdida, 2020) y coordinó el libro Trabajadoras del Servicio de Atención a Domicilio. Las riders de los cuidados, (Catarata, 2025)— Plaza y Reguero investigaron, hablaron con muchas madres, leyeron leyes y sentencias y debatieron mucho. El camino recorrido durante aquellos años ha tomado la forma de un libro que refleja el pulso feminista de estas madres, por proteger, por organizarse, por transformar un drama personal en una lucha colectiva.
El título de vuestro libro es contundente, resuena. ¿Cómo llegasteis a él y qué implica para vosotras?
Sara: Es una reivindicación de que hay que darle una vuelta de tuerca más al “Hermana, yo sí te creo”, porque la lucha contra la violencia sexual en mujeres y personas adultas ha trascendido una barrera, incluso se han logrado avances legislativos de la mano del movimiento feminista, pero nos hemos quedado ahí y todavía no hemos mirado bien cómo opera la violencia sexual dentro de la infancia, cómo ésta opera de una manera diferente. “Hija, yo sí te creo”, apunta al hecho de que las niñas y los niños cuando denuncian violencia sexual no son creídas, no son creídos y en muchos casos solo las madres son las que las escuchan y las que deciden dar el paso a denunciar.
“Hija, yo sí te creo”, apunta al hecho de que las niñas y los niños cuando denuncian violencia sexual no son creídas, no son creídos
Patricia: A mi una madre que ha comprado el libro, y que tenía muchas ganas de leerlo, pues le llamaba el título, me hizo un pequeño reproche, pues en su caso eran niños los que habían sufrido esa violencia. Yo les explicaba que primero, el título es una referencia a la consigna feminista que movilizó a miles de mujeres en todo el Estado a partir de 2018. Yo creo que también es un señalamiento de que este “Hermana, yo sí te creo” se dejó fuera una parte de la violencia sexual, como dice Sara.
Aparte, es un lema conciso, llamativo, que en un momento en el que no nos estábamos encontrando con las propuestas que iban saliendo o que nos iban saliendo, me lo puso Sara en un WhatsApp y fue como: “sí”, lo vi total. Entonces, está en femenino como homenaje a esa consigna. Y porque también el uso del femenino como genérico nos resulta en este entorno concreto muy cómodo. Y además, en la violencia sexual hacia la infancia, es verdad que la prevalencia en niños es muy alta también, aunque siempre es ligeramente mayor en niñas. Y de ahí el título. Que es un hija inclusivo, extendible a los niños.
El libro le dedica una parte a cómo llegaron las madres protectoras a vuestra vida. ¿Por qué era importante también reflejar este proceso de iniciación?
Patricia: Cuando este tema llega hasta nosotras estábamos en 2019 y, de repente, había medios muy fuertes, muy mainstream, dando una versión sobre estos casos unívoca, que además estaba basada en prejuicios y estereotipos sexistas, que se veían a la legua. En el momento en el que nosotras empezamos con esto, lo que nos propusimos fue poner a circular otro relato. Sabíamos que iba a ser minoritario, que lo íbaos a hacer desde un medio pequeño, —que además estábamos empezando, porque a lo mejor hoy tenemos unos cuantos seguidores en Instagram y ciertos temas sí que pueden tener más recorrido, pero entonces llevábamos dos o tres años en El Salto—, y sabíamos que nuestra capacidad de influencia era poca o ninguna, pero queríamos decir mira, este otro relato está ahí.
Y para mí una cosa importante también, es que nosotras no ponemos a circular los testimonios de estas madres, sino que la documentación de estas madres habla, y es la versión que quisimos dar. No es una versión basada en el testimonio, es una versión en la que hay fuentes de expertas, psicólogos, psiquiatras, pediatras, informes hospitalarios... Entonces fue esa primera misión casi de trinchera, de dar a conocer otra versión sobre Infancia Libre, en un momento en el que hay que mencionar que solamente El Salto y Público con Marisa Kohan, y con las que eran las directoras entonces, Virginia P. Alonso y Ana Pardo de Vera, se volcaron. Así empezamos.
Lo que pasa es que lo que parecía una excepción —porque nos parecía algo excepcional que una unidad policial se pusiese a investigar que unas madres hablasen entre ellas sobre lo que les estaba pasando e intentasen hacer incidencia política, y fuesen criminalizadas— vemos que no es ninguna excepción, sino que es una alerta. Son madres que tenían miedo de hablar, que tenían miedo de poner sus nombres y sus caras, que iban siempre de forma anónima, de una forma muy humilde y pequeña, y que cuando tuvieron un poquito más de visibilidad se les echó encima una investigación policial que, aunque finalmente fue archivada porque la Fiscalía dijo que no tenía ni pies ni cabeza, tuvo consecuencias muy graves porque sirvió como un aviso a navegantes a las madres que se estaban organizando. Y sigue sirviendo, lo que pasa es que ya son muchas y están ya muy estructuradas por territorios, por temas.
Sara: Cuando nos acercamos a este tema hemos pasado por fases. Una primera fase de escucha, de asimilación de lo que nos estaban contando y análisis de todos los papeles que llevaban. Al principio nos ceñíamos a lo que era el caso Infancia Libre, que fueron las cuatro primeras detenciones que vieron la luz y luego ya, poco a poco, nos fuimos dando cuenta de que eso no paraba ahí. Y ya fuimos más a lo estructural, a fijarnos en que historias así se repetían en contextos diferentes, pero con patrones similares en cuanto a la actuación de las instituciones.
Por eso no queríamos quedarnos en que eran casos aislados, casos sueltos, casos inconexos, sino mostrar que —y es lo que se pretende en el libro— realmente hay una estructura detrás de todo esto. Y también, no queríamos olvidarnos de la piel. Eso es importante. Queríamos reflejar que son personas. Y luego, llegado el momento ya, que esa ya fue la última etapa, decidimos que había que darle una vuelta y mostrar cómo esto ha impactado también en nosotras, en nuestras experiencias como madres. Para mí esa ha sido la etapa más difícil. Eso fue una idea de Patri, porque decía que quería sentirse más cómoda con lo que escribía.
Es verdad que usáis un estilo personal que os involucra en lo que se cuenta, que os sitúa.
Patricia: Me costaba involucrarme en la escritura, era la sensación de que me ponía a escribir, pero me sentía como lejos del texto, no sé cómo explicarlo.
Pero luego, el día de la presentación, que fue el Ateneo la Maliciosa, nos acompañó Virginia Pérez Alonso, directora de Infolibre, y leyó parte de ese relato. Entonces como que me reafirmó, sentí que se entendía. Porque en realidad era una metáfora, no es que me hubiera pasado así, sino que utilicé la metáfora de un calcetín y una piedra para escenificar lo que significa que no escuchamos a la infancia.
Patricia: En mi caso, por poner un ejemplo, hay un paraguas que es ese capítulo inicial, del que hablaba Sara. A mí me contó una madre que su peque, en el momento en el que iban a forzarle a ir con su padre, tenía un paraguas y se enganchaba con el mango del paraguas a la verja del colegio. En mi caso el recurso es, qué paraguas tienen mis hijos y de qué les resguarda. Entonces, aplicando un par de herramientas de escritura creativa —pues imparto talleres de escritura creativa también— vi que me apetecía más sumergirme en el escribir y ya no era una cosa como técnica de explicar esto y citar esta fuente y poner esta cosa de esta forma. A mí me ayudó un montón buscar ese punto.
El caso de Infancia Libre irrumpe en pleno auge de las batallas culturales, e introduce un imaginario muy concreto de la madre malvada, secuestradora, podemita
Sara: Yo llegué a este tema en una sobremesa, en la cual leí un titular que era: “Madres detenidas por secuestrar a sus hijos, eran de Podemos”. Después de leer ese titular, me fui a los chats que compartía con otras mujeres, mujeres periodistas feministas y empezaban a decir: “mirad estas, mirad qué listas, encima secuestran. Es que no puede ser, esto no puede ser”. Y me pregunté “¿es que nadie está sospechando de este clickbait o es que a lo mejor estoy dormida y es la hora de la siesta y algo se me escapa?
Además entraban al trapo medios conservadores como Ok Diario. Pero este titular se replicó en un amplio espectro. Recuerdo que después de acumular muchos titulares así, en El Salto tenemos un chat de feminismos y trasladé mi inquietud. Dije: “mirad, estoy viendo esto. ¿No os parece raro?” Además, me llegó una profesora de una de las niñas que sus madres habían sido detenidas y me dijo: “En el colegio tienen otra versión, tienen la versión de que el padre es un maltratador y de que había una orden de alejamiento y nadie está contando eso”. Entonces respondió Patri y dijo “Estoy en ello. Hablemos”, y ahí fue cuando empezó todo.
Patricia: Debería haber sido un escándalo un relato como este, “madres secuestradores podemitas que se organizan para cometer crímenes”. De repente, lo escandaloso es que hubiese tantísima masa de gente dispuesta a comprar este relato. A mi me sigue chocando. Quiero decir, que estábamos en 2019, que estábamos en el contexto de las huelgas feministas, había cierta ebullición muy bonita en ese momento. Entonces, que este relato pueda calar como caló, a mí me asusta muchísimo porque hay muchísima gente dispuesta a creer que las mujeres mienten, alienan a sus hijos, actúan por venganza, por dinero. Ese enfoque era escandaloso.
Hay muchísima gente dispuesta a creer que las mujeres mienten, alienan a sus hijos, actúan por venganza, por dinero
Podría haber sido un Me Too.
Sara: Fue todo lo contrario. Primero hay que explicar un poco: se dice que secuestran a sus hijos e hijas porque lo que hacen es incumplir el régimen de visitas que se establece con los padres. ¿Y por qué se incumple ese régimen de visitas? Porque la infancia, los hijos y las hijas, comienzan a manifestar que están sufriendo abusos sexuales por parte de sus padres. Entonces, estas mujeres utilizan todas las estrategias que tienen a su mano para protegerles.
Pero fue justo lo contrario a un Me Too, estas madres estaban muy solas. Cuando llegaron a nuestra redacción, yo creo que era la primera vez que entraban en un medio de comunicación, temblando, no querían fotos. Me acuerdo de entrevistar a una de ellas mirando por la ventana de espaldas, y no entendían muy bien lo que estaba sucediendo. Y hablando también con ellas, nos han llegado a contar que han sido muy cuestionadas, incluso en entornos feministas.
Es fuerte que no las creyeran en estos entornos.
Patricia: No las creen, o no entienden que sea un tema del feminismo.
Pero es llamativo que, por un lado, les resulte difícil ser creídas o que las tomen en consideración, pero por otro, los datos sobre violencia sexual hacia la infancia muestran una prevalencia considerable.
Patricia: Los datos, en el contexto del Estado español, han empezado a ser claros hace muy poco, porque se ha hecho la macroencuesta de infancia, que es una referencia total y que no existía. Entonces, es verdad que hay datos, y que todos apuntan a que la violencia sexual se comete por conocidos, y a que hay mucha incidencia dentro de casa. Pero luego hay cifras muy difusas. Dicen que una persona de cada cinco ha sufrido algún tipo de violencia sexual y ahí te meten una ensalada de cosas donde están, por ejemplo, la exposición a pornografía, o el grooming.
Pero sí que es verdad que los datos que existen tanto en la macroencuesta como, por ejemplo, en la Fundación ANAR, que están basados en llamadas reales a sus teléfonos, reflejan esta incidencia. ¿Por qué no se cree? Pues es que el incesto es una palabra que salió del Código Penal. No se nombra, y es muy difícil de creer que el lugar que el Estado, que la ley, fijan como lugar de protección, como base de la sociedad, que es la familia, puede ser un lugar donde se cometen una violencia tan atroz como es la violencia sexual contra la infancia. O sea, creer esto, darle verosimilitud a esto, investigar esto, yo creo que es que hace tambalear un sistema que está muy bien montado. Es muy difícil de creer.
Y eso a nivel macro, pero a nivel micro, pues imagínate lo que puede ser eso para una familia. Creerlo supone destrozar todo el sistema familiar. Si tú no lo crees, o no le das importancia, se preserva esa especie de bote salvavidas, que es como se representa muchas veces la familia. Es imposible creer que en familias normales, que pueden ser tus vecinas, con las que puedes compartir espacio, esté pasando esto, pero la estadística es clara en decir que ocurre y que lo tenemos cerca, porque la prevalencia es constante y es muy grande.
En el libro recogéis el testimonio de una mujer que define el hecho de descubrir que su compañero de vida abusa de su hijo es lo peor que le puede pasar a una madre. También habláis de la dureza de tener que entregar a una hija a su padre, cuando esta manifiesta claramente que no quiere verlo, que le da miedo, que le hace daño. Son relatos con los que es fácil identificarse, y sin embargo el tratamiento mediático de estos casos cortocircuita la empatía con las madres que denuncian y los niños y niñas que sufren agresiones.
Sara: los medios establecen un relato, y ese relato va aparejado a la imagen social que se pueda tener de esas madres. Romper el relato y en este caso en concreto, es muchísimo más difícil de lo que te puedas imaginar, por el hecho de que no había un respaldo amplio entre el movimiento feminista y que han sido cuestionadas por absolutamente todo el mundo.
De hecho, yo hoy en día, cuando vamos a presentar este libro, siempre me pregunto cuántas de las personas que están escuchando me creen de verdad, me creen al 100%. Hay veces que hay personas que se acercan al libro y pienso “hostia, me lo están comprando porque es mi amiga, es mi amigo, pero ¿realmente confían en ese relato?” Porque sus casos han estado tan estigmatizados que es súper, súper difícil establecer otra narrativa.
Me gusta pensar en estas madres como madres rebeldes, porque rompen la imagen de la madre que viene del nacionalcatolicismo, abnegada y sufriente y callada, y actúan
Es contradictorio que por un lado tenemos esta fetichización de la maternidad —rollo “madre no hay más que una”, o las campañas del Corte Inglés por el día de la madre—, esa imagen de las madres como cuidadoras que lo darían todo por sus hijos, y por otro lado, se castigue a las madres protectoras con tanta dureza.
Patricia: A mí me gusta pensar en estas madres como madres rebeldes, porque ellas rompen la imagen de la madre que viene del nacionalcatolicismo, abnegada y sufriente y callada, y actúan. Lo que hacen estas madres, y por lo que son señaladas, es actuar, hacer. Entonces creo que ante ese hacer, que es desobedecer, que es negar la sacralidad de la unidad familiar, el castigo que reciben fue primero mediático, pero también judicial.
Creo que también es un recorrido que ellas mismas han hecho, y que nosotras hemos hecho con ellas a lo largo de estos años: el pasar de pensarlas como víctimas señaladas a pensarlas como madres protectoras. Cuando empezamos con estos casos, ellas mismas no se llamaban así, nosotras no teníamos esa etiqueta que creamos luego. Entonces, son madres rebeldes que merecen ser castigadas porque han abandonado ese papel de abnegación y silencio. Y a mí me gusta mucho pensarlas así, porque me parece una figura potentísima.
También emerge esa contradicción tan patriarcal de exigir a las mujeres ser una cosa y la contraria. Ser la madre leona que lucha por sus hijas e hijos, y al mismo tiempo preservar la paz familiar, aunque protegerles implique señalar al padre.
Sara: Es que lo que nos exigen no es protegerles de su propio padre. El peligro está fuera de casa. Y de hecho, esta conversación nosotras la hemos tenido mucho. Cuando se sitúa al agresor como un ser extra corpóreo, un monstruo, estás desviando la atención de lo que realmente es la violencia sexual en la infancia.
Patricia: Esos relatos del perverso señor que va por internet...
Sara: La violencia sexual en la infancia, en su mayor parte, se da dentro de las casas. Y hasta que no entendamos eso nada va a cambiar. Esto me lo dijo Pau Lluc, la autora de Despojos (Reclam editorial, 2024) y la verdad es que me parece una reflexión muy acertada. Para la izquierda es muy fácil señalar a la Iglesia, el enemigo común. Pero claro, cuando hay que señalar al padre de familia, ahí nos cuesta más, porque es la piedra angular, el pater familias. Abrir ese melón cuesta muchísimo más.
Rita Segato habla de la fatria, del pacto masculino, como una forma de entender cómo se ejerce la violencia o se organiza el castigo hacia las mujeres. Es difícil no pensar en ello cuando se lee sobre la articulación de padres, periodistas, policía, jueces, en su respuesta punitiva contra las madres protectoras.
Sara: Hay una gran asimetría, porque ha habido un pacto masculino muy grande y una soledad de las mujeres muy fuerte. Entonces, ha habido una asimetría en ese aspecto que les ha hecho superpoderosos, están por encima del bien y del mal y de todo. Porque si bien es cierto que muchos de estos hombres no han sido condenados por abusos sexuales en la infancia por ausencia de pruebas, y se han sobreseído de manera provisional estos procedimientos, hay muchos otros que, aunque no se han reconocido los abusos, han sido condenados por maltrato. Ver a hombres que sí han sido condenados por maltrato, decir que es que no ven a sus hijos, que pobrecitos, que su madre se los ha quitado, es que es de un nivel de cinismo insoportable.
Patricia: El pacto masculino viene de lejos. En el momento en el que en España se activan las leyes de igualdad —en 2004 la Ley de violencia, en 2007 la Ley de Igualdad— ahí se empiezan a organizar. Todas estas organizaciones de hombres por la custodia compartida vienen de esa época. Yo creo que lo que ha pasado con este tema, con Infancia Libre y luego con el tema de la violencia sexual en la infancia, en la familia, es que nos ha costado ver que esto es continuista con aquello. Creo que siguen la línea.
ANAVID, la asociación a la que pertenece el ex de María Sevilla y toda esta gente que no sé si nos conviene nombrarla, hereda el discurso de las asociaciones de custodia compartida que VOX hace suyo, que se empieza a normalizar en el Congreso y que además se presenta como el summun de la igualdad. Este pacto patriarcal es continuista, pero creo que nos ha costado ver cómo se aplicaba en el caso de Infancia Libre y después en los casos de violencia sexual hacia la infancia, por ser un tema que se ha visto al principio como más centrado en la infancia. Finalmente, creo que ya se ha visto de forma más mayoritaria en entornos feministas, que esta es una lucha feminista también.
Hay algo que resulta estremecedor en la forma en la que son tratadas las víctimas de violencia sexual en la familia: esa imagen de una niña o niño que va a declarar de la mano del mismo progenitor denunciado por abuso sexual.Sara: Esto Violeta Assiego me lo cuenta muy bien en el libro. Ella considera que la mera declaración de una niña o un niño en una Cámara Gesell ante un equipo psicosocial en la cual verbaliza que está sufriendo violencia sexual por parte de su padre, esa mera declaración, ya debería de activar una orden de protección con respecto a ese niño o esa niña, y ese niño o esa niña no se deberían de irse de esa Cámara Gesell de la mano del padre al que acaba de denunciar. Eso no tiene sentido. Es ahí cuando deberían de activarse mecanismos que en otros contextos sí se activan, pero en el contexto de la infancia, no.
Patricia: En violencia de género, las denunciantes tienen derecho a no cruzarse con el acusado, entonces tú entras en una sala y te ponen unos paneles para que no se vean, para que no puedan cruzar ni siquiera la mirada. Y además tienen derecho a ir por circuitos diferentes y eso el juzgado lo tiene protocolizado. Sin embargo, un niño, una niña, va a declarar de la mano de la persona acusada.
¿Cómo podemos pensar en despatriarcalizar la familia, que es este reducto tan, tan duro, desde una perspectiva feminista, pero también niñista, que también la habéis queriendo introducir?
Patricia: Yo no tengo ni idea, si lo supiera lo estaría aplicando. Uno de los recorridos que yo he hecho con este tema y con este libro es aplicar la perspectiva de la infancia, no solo al periodismo, no solo a los relatos de violencia sexual, sino a mi propia vida, a mi propia familia, y luego a lo mejor se me ocurre dar un consejo a alguien, pero yo ahora mismo no me atrevo. Pero desde luego es la gran puerta que a mí se me ha abierto con este tema: ¿Cómo yo he podido estar tan ciega a la perspectiva de la infancia que me parece fundamental en el feminismo y en el periodismo?
Muchas veces las necesidades de las más pequeñas no reciben la atención que debieran, especialmente cuando están señalando a quien ostenta el poder
Sara: Yo creo que para despatriarcalizar las familias lo primero es ser conscientes de que dentro de las familias hay una estructura de poder, muchas veces no somos conscientes de ello. Esa estructura de poder acaba subyugando a las más pequeñas, porque no son tenidas en cuenta. Y muchas veces las necesidades de las más pequeñas no reciben la atención que debieran, especialmente cuando están señalando a quien ostenta el poder.
Tenemos que ser conscientes de esas relaciones que se establecen dentro de las familias y estar muy atentas cuando estamos haciendo abuso de poder, porque lo hacemos, lo hacemos de manera inconsciente. Y yo creo que esa es una manera también de educar a los hijos y a las hijas, educarles en un contexto en el que se tenga en cuenta su opinión y sus sentires y sus pareceres, en el que no estén en un contexto en el que ya solo ven, oyen y callan. Para que aprendan a verbalizar y para que tengan la confianza de hablar de todo. También de esto.
Patricia: Y dejar que te eduquen a ti tus hijos también. No solo pensar que tú les educas a ellos.
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