Análisis
25 años de Génova: herida abierta o cicatriz

Génova demostró las capacidades reales de coordinación internacional y articulación de estructuras como los Foros Sociales Mundiales, sentando las bases organizativas de las luchas futuras.
Homenaje Carlo Giuliani 2011 2
Homenaje en 2011en la Piazza Alimonda de Genova, donde fue asesinado Carlo Giulliani por el disparo de un carabinieri en 2001. Álvaro Minguito
21 jul 2026 05:02

Últimamente no me resulta extraño recordar en conversaciones con amigos y amigas cosas que sucedieron hace 25 años. Peinar canas es lo que tiene. Algunos recuerdos son borrosos pero este es claro. Todas íbamos en aquél autobús: aquellos chavales de Sevilla a los que les brillaban los ojos por la ilusión de acudir a una cita como aquella y volvieron con el brazo en cabestrillo y el cuerpo magullado, aquella compañera que era estaba terminando la carrera y ahora tiene un trabajo precario como consultora, aquel viejo militante que después de muchos años de batallas en la ciudad se retiró a vivir al campo, aquel joven punk que ya no es tan joven, tiene una hija adolescente, y sigue currando en hostelería y siendo punk, aquella compa a la que esta experiencia le costó un intento de suicidio, aquel joven libertario que años después protagonizaría una huelga de hambre de más de 50 días tras las movilizaciones de Tesalónica, aquella chica que estaba en la asamblea de la facultad de periodismo y luego fue concejala del ayuntamiento, aquel estudiante de doctorado que intentaba ser profe en la facultad pero que para conseguirlo tuvo que migrar, aquella histórica militante feminista que sigue al pie del cañón, aquel hacker que fue detenido en Bolzaneto y volvió con el terror de lo vivido todavía dibujado en sus ojos, aquel joven que venía de las Juventudes Comunistas y luego fue vicepresidente del Gobierno, aquella activista ecologista que sigue insistiendo en construir esperanza con una sonrisa dibujada en su cara, aquel rudo sindicalista entrado en años que ya no está entre nosotros…

Aquel autobús fue fletado por el Movimiento de Resistencia Global (MRG). Se trataba de una red creada a partir de una reunión convocada en L'Hamsa, histórico centro social okupado del barrio de Sants en Barcelona un año antes, con el objetivo de coordinar las acciones y la comunicación entre colectivos de cara a las protestas antiglobalización en Praga convocadas con motivo de la Cumbre del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Se trata de la primera, y quizá única, experiencia de una casa común de la izquierda radical a nivel de todo el Estado de nuestra reciente historia. Más tarde llegaría el desborde del 15M y sus epitafios en forma de iniciativa electoral y diferentes intentos de frentes amplios que aún a día de hoy dan coletazos. Pero creo que ninguno ha sido capaz de recoger la diversidad que se respiraba en aquellas movilizaciones, en aquel autobús.

Tras muchas horas de viaje llegamos a Génova, la vista del puerto de la ciudad con centenares de furgones de los Carabinieri, y los contenedores de basura que no habían sido retirados de las calles, eran el presagio de la batalla que se iba a librar dos días después.

Llegamos al estadio Carlini. Era uno de los espacios repartidos por la ciudad donde miles de personas nos alojamos durante aquellas jornadas. El ambiente era impresionante, talleres de desobediencia y asambleas llenaban cada uno de los rincones del espacio. Todo el mundo parecía tener claro lo que tenía que hacer, cuál era su función en aquel hormiguero de activistas. A la mañana siguiente, antes de salir hacia la manifestación que trataría de romper la zona roja, el cerco policial entorno a la reunión del G8, un viejo militante de la autonomía madrileña tomó la palabra y arengando a los allí presentes dijo que íbamos a vivir una histórica jornada de lucha. Creo que no se podía imaginar la certera magnitud de aquellas palabras.

Hay quien ve Génova como una herida abierta, apuntando a que el daño infligido por los aparatos del Estado italiano sigue supurando debido a la impunidad y a la falta de reparación

Jamás he vuelto a vivir con aquella intensidad la sensación de estar construyendo la historia con nuestros propios cuerpos. Como es bien sabido, horas después, los Carabinieri asesinaban de un balazo en la cabeza a Carlo Giuliani y los regueros de sangre provocados por la brutal represión de la policía italiana cubrían las calles de la capital de la Liguria, dejando claro que la liberalización mundial de los mercados y la democracia son como el agua y el aceite. Basta recordar que los hechos de Génova fueron calificados por Amnistía Internacional como la más grave suspensión de los derechos democráticos en un país occidental desde la Segunda Guerra Mundial y que catorce años después, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó al estado Italiano por lo ocurrido, calificando aquellos hechos como tortura.

Hay quien ve Génova como una herida abierta, apuntando a que el daño infligido por los aparatos del Estado italiano sigue supurando debido a la impunidad y a la falta de reparación. Recordando el trauma de la violencia estatal pivotando sobre la muerte del joven activista Carlo Giuliani, los brutales asaltos policiales a la escuela Díaz y las torturas sistemáticas en el cuartel de Bolzaneto dejaron un dolor físico y psicológico que la justicia institucional a duras penas reconoció y solo por la enorme presión y trabajo de los equipos legales que dieron soporte a las personas torturadas y detenidas. La violencia desarrollada por los aparatos del estado italiano en Génova, sumada al cambio geopolítico radical provocado por el 11 de septiembre apenas semanas después, funcionó como un abrupto corte que interrumpió el auge de una resistencia global prometedora. La sensación es la de un cuerpo político que fue mutilado antes de alcanzar su madurez, dejando un vacío que todavía duele al recordar el potencial truncado.

Hay quien recuerda Génova como una cicatriz, reconociendo que, aunque el tejido social fue gravemente dañado, la piel volvió a unirse, transformando el dolor en memoria, experiencia, aprendizaje y estructura. Dibujando a base de puntos de sutura el mapa de un territorio que resultaba desconocido, la cicatriz como prueba visible de una batalla ganada o perdida, pero sobre todo, de la supervivencia.

Génova demostró las capacidades reales de coordinación internacional y articulación de estructuras como los Foros Sociales Mundiales, sentando las bases organizativas de las luchas futuras que se alimentarían de las lecciones aprendidas sobre la brutalidad del sistema globalizado, endureciendo la piel de los movimientos sociales del siglo XXI. Los diagnósticos y aprendizajes que nos recuerdan las cicatrices de Génova sobre la crisis climática, las desigualdades de las grandes corporaciones y el control fronterizo no desaparecieron; mutaron y dieron forma a movimientos posteriores como las movilizaciones contra la guerra de Iraq, el 15M, Occupy Wall Street o las actuales resistencias ecosociales, las luchas contra el sistema de fronteras o las movilizaciones de denuncia del genocidio israelí sobre pueblo palestino.

Quizás Génova no es una cosa o la otra, sino ambas a la vez en un constante proceso dialéctico. Es una herida porque la injusticia y el dolor de las víctimas directas no desaparecen con el paso de los años. Sin embargo, se ha convertido también en una cicatriz que recuerda a las nuevas generaciones el precio de la disidencia y la necesidad constante de tejer redes globales de resistencia frente a un sistema que de forma aparentemente irremediable conduce un tren, cada vez a mayor velocidad, hacia un abismo, incapaz de dar respuesta a las múltiples crisis ecosociales a las que nos enfrentamos.

Heridas y cicatrices que nos recuerdan que, dado el actual estado de las cosas, parece evidente que las hipótesis y diagnósticos de hace 25 años eran a todas luces certeros y que, pese al asalto de las vallas que delimitaban las zonas rojas en las que se refugiaban empresarios y jefes de estado en las diferentes cumbres del ciclo de movilizaciones contra la globalización, la revolución no es tanto una toma del Palacio de Invierno, como una forma de vivir la vida, que aún a día de hoy, tratamos de llevar a la práctica.

En definitiva, herida y cicatriz nos enseñan que en los procesos de cambio radical solo son posibles desde un sujeto político que se conforma desde una expresión multitudinaria, en el sentido descrito por Michael Hardt y Antonio Negri, que se reconoce en la diversidad en la que la relación entre lo individual y lo colectivo se transforma frente a las identidades revolucionarias clásicas.

Mientras tanto, aquella noche del 20 de julio de 2001, una madre esperaba angustiada la llamada de teléfono de su hija, un padre veía en la tele las noticias sobre el asesinato de Giuliani al terminar su jornada laboral pensando en que su hijo estaba en aquella manifestación, una hermana revisaba las imágenes del asesinato de Carlo tratando de confirmar que aquel cadáver no era el de su hermano, un novio recibía un SMS de su compañero diciéndole que estaba bien.

Pensamiento
Toni Negri: “No hacen falta héroes, ni vanguardias”

Filósofo, profesor, referencia del comunismo autónomo, Negri vino a Madrid a presentar una autobiografía, Historia de un comunista.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...