El año que Davos se volvió guay: cinco claves del encuentro de las élites

El foro económico de Davos (Suiza) comienza con guiños al ecologismo y al feminismo, mientras las potencias luchan por sustituir a EE UU como líder global. 

Davos 2018
La inauguración de la edición de este año incluía un taller participativo sobre 'un día en la vida de un refugiado'. © David McIntyre/Crossroads Foundation Ltd

publicado
2018-01-23 16:30:00

3.000 delegados de grandes empresas, organizaciones transnacionales y gobiernos, 60 jefes de Estado (como el español Felipe VI), gente del espectáculo. La 48ª reunión de las elites globales que se desarrolla desde este martes 23 hasta el viernes 26 en el resort de lujo de Davos, en Suiza, ha sido fuertemente criticada por el movimiento antiglobalización, que popularizó en los 2000 las imágenes de cientos de activistas asediando un bunker de multimillonarios, políticos y famosos en medio de la nieve.

Desde entonces, los organizadores del foro de Davos han tomado nota y han incorporado algunos de los discursos y preocupaciones de quienes les critican. Davos 2018 incluye talleres sobre el drama de los refugiados, ha elegido una presidencia conjunta formada solo por mujeres y ha declarado que el cambio climático es la principal amenaza para la estabilidad del mundo.

Es, además, un interesante teatrillo en el que los líderes mundiales escenifican y ponen a prueba sus diferentes ‘visiones’, por usar la terminología corporativa frecuente. Muchas cosas a la vez para un encuentro de debate sin capacidad decisoria vinculante. Aquí va una pequeña guía. 

informes que parecen antiglobalización

El informe anual de Davos -elaborado por un equipo multidisciplinar de expertos y expertas- señala los principales riesgos o retos de la economía y la política mundiales. La selección de riesgos sigue claramente los temas candentes del año, y así en 2016 el mayor ‘riesgo’ (la terminología es de la organización) era el desplazamiento forzoso de personas, apenas unos meses después de la crisis de refugiados en la frontera este europea.

Este año, el principal riesgo es el cambio climático, y también aparecen otros tradicionalmente asociados a la crítica de izquierdas a la globalización, como la creciente desigualdad entre ricos y pobres o los efectos de la llamada cuarta revolución industrial en el empleo. ¿Se ha vuelto Davos antiglobi?

La membresía básica en Davos es de 70.000 euros, a los que hay que añadir los costosos gastos de desplazamiento

“Algunos análisis de los informes del Foro Económico Mundial parecen copiados de los documentos del movimiento antiglobalización de hace 20 años”, escribe Tom Kucharz, veterano activista antiglobalización y miembro de Ecologistas en Acción. Por ejemplo, señala Kucharz, Ricard Samans (de la junta directiva del foro) reconoce en el informe sobre competitividad global : "está ganando terreno la percepción de que los enfoques económicos actuales no sirven a las personas y las sociedades (...) lo que provoca la demanda por nuevos modelos de progreso económico centrado en las personas".

Y añade: "En muchas economías avanzadas, se ha cuestionado el valor del crecimiento económico para la sociedad como resultado del aumento de la desigualdad, los desafíos del cambio tecnológico y los complejos impactos de la globalización, incluidos los relacionados con el comercio de bienes, servicios y datos, y el movimiento de personas y de capitales". Conclusiones muy similares a las publicadas por Oxfam también con motivo del foro de Davos.

De hecho, otro rasgo de los informes es su pesimismo, algo generalmente poco asociado a los discursos de las elites. El Davos de 2018 podría haber sacado punta a que, por primera vez en años, la recuperación económica se generalizó en 2017 y adoptó rasgos incluso de expansión. El informe de este año tiene en cuenta el crecimiento generalizado del PIB, pero para restarle importancia.

Para Kucharz, en Davos se está “advirtiendo del peligro de una nueva recesión global así como riesgos sistémicos de incertidumbre, inestabilidad y fragilidad, pero las soluciones que proponen nos llevarán irremediablemente a una nueva crisis global”. Así, frente a medidas para reducir el consumo global de energía, redistribuir la renta o rebajar las jornadas laborales, Davos “pretende continuar con la lógica del crecimiento económico que tantas consecuencias devastadoras ha tenido”, continúa.

Hay motivos para esta disparidad. “Un directivo de las principales empresas españolas se embolsa más dinero en 4 días de lo que puede ganar una trabajadora durante un año y siete meses, según datos de Bloomberg sobre los salarios medios de los ejecutivos”, señala Kucharz. Sólo españolas, estarán presentes este año -junto con el rey Felipe VI- Santander y BBVA, así como como Iberdrola, Repsol, Ferrovial o El Corte Inglés. La membresía básica, recuerda Kucharz -en la línea de lo que siempre denunció el movimiento antiglobalización- es de 70.000 euros, a los que se deben añadir los gastos de transporte para llegar hasta el complejo alpino. “No es cualquier foro de economía”, subraya el activista.

“Nadie ha esperado nunca nada de Davos, y este año menos”, declara a El Salto Cuca Hernández, coordinadora de Attac España. Hernández recuerda que, al contrario que foros institucionales como el G20, Davos “no tiene capacidad decisoria”, lo cual le convierte en un lugar “para el intercambio de influencias”.


Patricia Botín se sube al carro

Este año, una de las noticias es que el 21% de las participantes serán mujeres. Se trata de un hito en un foro que, a día de hoy, sigue siendo predominantemente masculino. Entre las invitadas, no es casual la elección de Cate Blanchett, un claro guiño al movimiento #MeToo, una de cuyas caras más tempranas fue la actriz australiana. La presidencia de la edición está formada por siete mujeres, y todas las mesas redondas contarán con una moderadora.

El movimiento feminista ha acuñado el término ‘purple washing’ (literalmente, "lavado morado", en referencia al color identificativo del feminismo) para hacer referencia al uso interesado de argumentos profeministas para tapar puntos de vista o políticas antisociales o regresivos en cualquier aspecto, incluidas las políticas de género. Esta edición de Davos no se ha salvado de estas críticas.

La cuenta de twitter Feministes Indignades aireaba en esta red social su indignación ante uno de los paneles, donde la presidenta del Banco Santander, Patricia Botín, disertará sobre “un mundo donde las mujeres alcancen su máximo potencial”: “¿un banco que desahucia, vende armas, opera en paraísos fiscales, nos empobrece y dicta las políticas del Estado desde sus despachos habla de la importancia de que las mujeres sean reconocidas?”.

Hernández ve una tendencia en este tipo de foros globales. “Ya en la última declaración de la Organización Mundial del Comercio (OMC) hablan del empoderamiento de la mujer”, en lo que en su opinión se trata de “una apropiación por parte del capital de las luchas de las mujeres”.

La composición de la presidencia da una pista: de siete mujeres, tres proceden del ámbito empresarial y financiero, uno del científico, otra de la Confederación Internacional de Sindicatos, otra es la primera ministra conservadora de Noruega y otra es Christine Lagarde, presidenta del Fondo Monetario Internacional.

Trump: el villano que nos une

El presidente norteamericano cumple en los foros internacionales una función muy típica en los grupos de amigos: ese acoplado que nadie sabe quién ha invitado y provoca que otros aparquen viejos rencores. Cuando el viernes pronuncie el discurso de clausura del foro, habrá pasado un año desde su toma de posesión. ‘América First’ se llamó su discurso de entonces, entonado mientras los mandatarios y altos ejecutivos se reunían en Davos. Lo que ha venido después ha sido una confirmación de ese título, y Donald Trump aprovechará su comparecencia -la primera de un presidente norteamericano en Davos desde Bill Clinton- para llevarse el protagonismo del evento (otros divos, como el francés Macron, se lo pondrán difícil).

No será por descuido de los organizadores: su comparecencia ha sido de hecho calculada al milímetro para establecer comparaciones con el discurso de de Xi Jinping, el encargado de despedir a los asistentes el año pasado. El presidente chino se erigió en defensor de la globalización y del libre comercio, y en realidad de algo que no es exactamente ni lo uno ni lo otro: el sistema de acuerdos multilaterales, desde la Organización Mundial del Comercio hasta las conversaciones sobre el cambio climático, que Trump ha ido cuestionando o directamente abandonando desde su llegada al poder.

Si en 2017 América first significó la salida del acuerdo de París sobre aumento de emisiones, o del acuerdo comercial Trans-Pacífico, la agenda de Trump en 2018 incluye reformular el NAFTA -el acuerdo de libre comercio entre EE UU, Canadá y México se renegocia estos días de forma paralela a Davos-, o dar marcha atrás al acuerdo de supervisión del programa nuclear iraní impulsado por Obama.

Macron sacó adelante su reforma laboral sin demasiada oposición en las calles y sólo eso le da pedigrí entre “el pueblo de Davos”

Las disputas comerciales con China, con amenazas de multas y procesos judiciales fuera del marco de la OMC, también han aumentado de tono en las vísperas de Davos, con cruce de acusaciones entre las dos partes sobre quién supone un mayor riesgo para el comercio internacional. Trump calentó el ambiente este lunes afirmando que el apoyo de EE UU en 2001 a la entrada de China en la OMC fue “un gran error”. El superávit comercial chino con respecto a EE UU alcanzó en 2017 los 275.000 millones de dólares.

El Davos de los informes responde con un ‘paper’ en el que cuestiona lo que viene siendo definido como ‘el unilateralismo de Trump’. El documento forma parte de los textos oficiales que acompañan a un encuentro definido por un alto grado de flexibilidad y de informalidad. “Actualmente, el Gobierno de EE UU busca reducir su déficit comercial renegociando los acuerdos comerciales de EE UU y adoptando políticas más proteccionistas”, describen. El texto critica el discurso de Trump -que justifica amenazas como las mayores barreras a la importación de acero y aluminio chino por su impacto positivo en el empleo local- y asegura que no hay prueba de que un menor déficit comercial suponga más empleo.

Macron: váis a verme hasta en la sopa

El francés llega a la montaña determinado a robarle el show a Trump. El momento es propicio: la propia organización le saluda como el responsable de detener, con su victoria en las presidenciales de mayo, “los miedos sobre el auge de la extrema derecha”. Sacó adelante su reforma laboral sin demasiada oposición en las calles y sólo eso le da pedigrí entre “el pueblo de Davos”. Además planea recortes fuertes en el elevado gasto público francés y a la vez llegar a un compromiso presupuestario europeo con Alemania. Su defensa del libre comercio en el último G20 la hizo supuestamente enarbolando un iphone; por todo esto y por dar el contrapunto a Trump, Davos quiere su parte de Macron.

Problema: aún en 2018, es pronto para otorgarle la corona de salvador de la democracia en Europa. Otros invitados como Jean Claude Juncker no podrían disputársela, ni nadie al frente de los despachos Bruselas. Pero la puja de Macron aún requiere del apoyo alemán. Lo mismo que le ha abierto un hueco para ser estrella europea de Davos -los más de 100 días sin acuerdo de gobierno en Alemania- le frena. Estos días la prensa europea ha creado un acrónimo: Merkron, para referirse a la alianza con que la todavía canciller alemana en funciones y Emmanuel Macron parecen empeñados pese a las incógnitas. 

El dique a la extrema derecha y los populismos -palabra que figura una vez más entre las más repetidas en el informe anual de Davos-, sigue siendo frágil. Si de alguna manera Macron ha logrado personificar este empuje, sus debilidades siguen siendo demasiado evidentes en el terreno local, donde el Frente Nacional seguirá siendo una fuerza decisiva, y en el flanco alemán: dos días después de que los delegados socialdemócratas avalaran un nuevo acuerdo de gran coalición con Merkel, una encuesta sitúa al SPD al mismo nivel de votos que la extrema derecha. La delicada construcción de Macron tiene una de sus patas, de hecho, en un acuerdo de Gobierno que deja a los nazis del AfD como principal fuerza de oposición en Alemania.

Esta misma semana el presidente francés ha juntado en el Elíseo a 140 representantes del mundo empresarial y de las finanzas. Con el lema “Escoged Francia”, su intención de ofrecer una imagen amistosa para los negocios a dos días de su discurso en Davos era evidente. ¿Ejemplos del desfase entre el Davos de los informes y el Davos de los pasillos? Para Kucharz, la contrapartida que exigirán estas empresas, muchas de ellas presentes en Davos, está clara: una rebaja de impuestos como la planteada por EE UU. La música proteccionista de Trump puede irritar a algunos, pero su letra pronegocios es inconfundible. Y la carrera entre países para bajar impuestos y atraer inversores ya lleva años.

Regulación blanda, consecuencias duras

Si ha llegado hasta aquí, quizá se esté preguntando qué diferencia a un foro de Davos de un encuentro del FMI, una reunión del Eurogrupo o una misión conjunta de la ‘troika’, el trío Banco Central Europeo, Comisión Europea Y Fondo Monetario Internacional que supervisa el rescate de la banca en los países de la periferia europea. La respuesta, según el Transnational Institute (TNI), una ONG con sede en Amsterdam: cada vez menos.

Sí, la diferencia en principio está clara: lo de Davos es un foro de debate informal, donde los representantes oficiales, si acuden, no están obligados a dar cuenta en sus respectivos Parlamentos nacionales, dado que no es un encuentro cuyas orientaciones deban suponer decisión alguna o adaptación de normativas para sus asistentes.

Ese carácter poroso del encuentro, propicio para el lobby y la captura institucional, es el que entre otras cosas denuncian sus críticos. Pero además, TNI y otras organizaciones temen que la lógica de Davos acabe instalándose en procesos más formales de toma de decisiones.

Según un informe del TNI, Davos promueve activamente la Responsabilidad Social Corporativa como forma de autorregulación de los principales actores económicos privados, como los grandes fondos de inversión o las multinacionales de la energía. Dicho así no suena tan mal.

El problema, dice TNI, es que este enfoque basado en compromisos voluntarios y códigos de conducta es el que defienden como mejor método también para los gobiernos y organismos transnacionales. En vez de leyes y regulaciones duras, estos deberán buscar esos compromisos por parte de actores que, con frecuencia, les sobrepasan en poder y presupuesto. La clave aquí es “proceso”, “sinergia”, “participación de la sociedad civil”.

La creación desde Davos del “Centro para la Cuarta Revolución Industrial”  puede ser un ejemplo de esto. Autodefinido como “un hub de conocimiento experto, transimisión de saberes y colaboración” reúne fundamentalmente a actores procedentes del sector privado tecnológico. Este espacio con, por y para las multinacionales, y sus efectos en las condiciones laborales o en el empleo ya preocupan a la Confederación Sindical de las Américas. 

Otras grandes ideas, blandas, nacidas como sugerencias no vinculantes y con efectos bien reales de Davos: el acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés), o la Iniciativa para un Rediseño Global de 2009, lanzada para “estimular un proceso de pensamiento estratégico entre todas las partes interesadas sobre modos en que las instituciones internacionales y los acuerdos pueden adaptarse a los desafíos contemporáneos”.

La iniciativa, según TNI, “rechaza los acuerdos intergubernamentales, los marcos internacionales y la legislación dura aplicable, favoreciendo en su lugar la discrecionalidad, los códigos de conducta y la regulación blanda”. Según resume Hernández, de Attac, “Davos nos dice que llueve cuando ya está cayendo el diluvio”.

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