Análisis
Maduro en el teatro de la crueldad de Trump
“Cada acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en una prueba de poder”, escribía hace unos meses Henry A. Giroux en su retrato de Stephen Miller, el subdirector de gabinete de la Casa Blanca. El secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su traslado forzado a los Estados Unidos constituye el episodio más reciente de este particular teatro de la crueldad.
Pocas horas después de la incursión de las fuerzas especiales de EEUU en Venezuela, el presidente estadounidense, Donald Trump, publicaba en su cuenta en la red social Truth Social una fotografía de Maduro a bordo del buque militar USS Iwo Jima. Maduro aparecía esposado, con unos auriculares de protección auditiva –empleados aquí para evitar que el detenido oiga lo que ocurre a su alrededor– y unas anchas gafas negras que bloqueaban su visión. Como ha escrito Stephen F. Eisenman, no existe absolutamente ninguna razón de seguridad que justifique esta decisión: “El motivo de que se utilizasen dispositivos para la privación sensorial fue intimidar, desorientar, y, en general, inducir en Maduro una sensación de indefensión y confusión”, lo que constituye una forma de tortura y trato degradante de acuerdo con la Convención de Naciones Unidas contra la Tortura y el Protocolo de Estambul de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (“privación de la estimulación sensorial normal, como sonidos, luz, sentido del tiempo, aislamiento”).
Como recuerda Eisenman, EEUU ha utilizado la privación sensorial antes con los prisioneros de las cárceles de Guantánamo, en Cuba, y Abu Ghraib, en Iraq. “Incluso la botella de agua que Maduro sostiene en sus manos en la fotografía sirve a un propósito de Estados Unidos”, escribe este autor, a saber: el de “persuadir al prisionero de su dependencia de los estadounidenses, y, a un mismo tiempo, comunicar a una audiencia mundial que está siendo tratado de manera humana”.
Esta escenificación continuó horas después con la llegada de Maduro a territorio estadounidense, donde se lo ha fotografiado con agentes de la Administración de Control de Drogas (DEA) o se lo ha exhibido por las calles de Nueva York como si fuese un trofeo de guerra, con las puertas de la furgoneta de policía que lo transportaba hasta el centro de detención abiertas, en la tradición imperial inaugurada por Roma de hacer desfilar por las calles de la ciudad a los prisioneros de guerra y sus líderes.
“A diferencia de presidentes anteriores, quienes al menos fingían un compromiso, con los ideales democráticos, Trump abraza una política de humillación y venganza”, señalaba Giroux
Hoy como entonces el triumphator tenía que preparar con cuidado el desfile para que comunicase sin ambigüedades la derrota y humillación del líder enemigo y no despertase entre los ciudadanos ningún tipo de simpatía hacia sus acciones de resistencia al Imperio romano. En efecto, como apunta Eisman, a la luz de este despliegue mediático podemos estar seguros de que las próximas apariciones públicas de Maduro “serán coreografiadas para disminuir su estatus y debilitar su resistencia”, mostrándolo como un mero criminal.
Desde numerosos medios se han señalado los paralelismos con la detención de Manuel Noriega en 1990 tras la invasión estadounidense de Panamá. Noriega, como Maduro, fue escoltado por agentes de la DEA hasta un avión militar estadounidense y fotografiado allí antes de su traslado a EEUU para ser juzgado. En la sala de espejos negros que son nuestras sociedades, sin embargo, las imágenes del secuestro de Maduro pierden rápidamente cualquier valor informativo que la administración estadounidense pudiese pretender conferirles y degeneran en ‘contenido’ para alimentar las redes sociales.
El feed de Pete Hegseth
En otro juego de fotografías publicado por las autoridades estadounidenses tras el secuestro de Maduro, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, aparece junto a Donald Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, monitorizando la operación desde la residencia privada de Trump en Mar-a-Lago. La CNN ha comparado la situación con el simple hecho de “mirar la televisión”. “Pude verlo en directo, y vi cada aspecto de la misma, y escuché a la comunicación entre, ya sabes, donde nosotros estábamos, en Florida, y ahí fuera, sobre el terreno, en Venezuela”, relató el propio Trump a Fox News al añadir que “fue increíble ver la profesionalidad, la calidad del liderazgo, la profesionalidad” de los militares a cargo de la intervención.
Esta imagen también cuenta con sus propios precedentes: desde Ronald Reagan –uno de los referentes ideológicos de Trump y, como él, un presidente adicto a la televisión– siendo informado en la Sala de Crisis de la Casa Blanca del bombardeo contra Libia en 1986 con una gran pantalla de televisión mostrándole las imágenes granuladas de los objetivos alcanzados hasta la instantánea capturada por el fotógrafo oficial de la Casa Blanca, Peter Souza, de Barack Obama y su equipo mientras eran informados en directo de la Operación Lanza de Neptuno que acabó con la vida de Osama Bin Laden (cuya ejecución extrajudicial fue asimismo objeto de crítica por parte de numerosos expertos legales, incluyendo a Benjamin Ferencz, uno de los fiscales estadounidenses en los Juicios de Núremberg).
En una de esas fotografías destaca, detrás de Hegseth, una pantalla retransmitiendo el feed en directo de un perfil de X, con los ‘emojis’ de un rostro emocionado (🥺) o la bandera de Venezuela (🇻🇪). La presencia de la red social –usada, a pesar de sus evidentes sesgos algorítmicos desde su adquisición por parte de Elon Musk, como termómetro de las reacciones en directo a la operación– da cuenta de su integración política en el mundo del trumpismo –pues Musk ya era antes un importante contratista del Pentágono–, pero también de la asunción de la degradación del discurso público por parte de las élites dirigentes, en forma, en contenido, y, por lo que parece, hasta en el canal de comunicación preferente para sus mensajes.
El ya mencionado Giroux publicó en febrero otro artículo sobre “la cultura de la crueldad” en el neoliberalismo, de la que el trumpismo sería su máxima expresión. En él, Giroux pronosticaba que Trump “pondrá en escena un sinfín de espectáculos brutales, una política del sufrimiento en la que el miedo y la violencia son a la vez el medio y el mensaje […] A diferencia de presidentes anteriores, quienes al menos fingían un compromiso, por defectuoso que fuese, con los ideales democráticos, Trump abraza una política de humillación y venganza”.
La hemos visto en la primera visita del presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky, a la Casa Blanca, y su humillación ante las cámaras; en el trato displicente hacia los mandatarios europeos en sus ruedas de prensa, aceptado sumisamente por estos, atrapados en un sistema de alianzas heredado y del que son incapaces de salir; en los arrestos arbitrarios y desproporcionados del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) y las deportaciones subsiguientes, celebradas por los perfiles oficiales del gobierno en redes sociales en fotografías, caricaturas y montajes de vídeo; y, ahora, en el secuestro de Nicolás Maduro. El mundo tiembla ante cuál podría ser el siguiente espectáculo.
Una estética y, a la vez, una pedagogía
Esta política es a un mismo tiempo, como viene insistiendo Giroux, una pedagogía, pues “enseñaba a la nación a equiparar la crueldad con la fuerza”. El secuestro de Maduro ha sido recibido en X con vídeos generados con IA burlándose, con humor tosco, de su situación durante la detención –transformándolo en la mayoría de ellos en un DJ– o mostrándolo en prisión compartiendo celda con Sean 'Diddy' Combs, entre muchos otros. Uno de los problemas de esta pedagogía, y desde luego no el menor, es que abona el terreno a la continuidad del trumpismo sin Trump, ya que está convirtiendo a los ciudadanos estadounidenses, y, por extensión, a buena parte de los occidentales, en espectadores que, como escribió Jilli Filipovic para New Stateman, “quieren ser entretenidos con la crueldad” y que “quieren a un líder brutal que crea espectáculo, que los hace reír y les da permiso para portarse tan mal como quieran.”
Trump, observaba días atrás Nicholas Powers en Truthout, “ha apartado de un manotazo la última pantomima de respetabilidad de los Republicanos y ha hecho de la estética de la crueldad, del goce en el castigo de un villano inventado, el pilar central de su atractivo”. Ese enemigo es cambiante, pero constante: los inmigrantes, las personas trans, el presidente venezolano, los manifestantes antifascistas. Como señala Powers, ésta es una estética compartida por toda su administración y sus seguidores, desde “Pete Hegseth alardeando de volar por los aires barcas” en las costas frente a Venezuela hasta la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kristi Noem, “posando en athleisure frente a una prisión en El Salvador”, pasando, por supuesto, por el propio Trump y sus “vídeos generados con IA de su plan para una 'Riviera de Gaza' limpiada de palestinos.” Lamentablemente, puede que tengan que pasar años, y dedicarse muchos esfuerzos, a “sofocar las llamas de la crueldad atizadas por Trump y los de su pelaje durante décadas”.
Por sus apariciones públicas y ambiciones imperiales Trump fue comparado el año pasado con Nerón, pero quizá convenga comenzar hacerlo con Calígula, un emperador excesivo, vulgar y cruel, y venal, cáustico y despiadado. Las imágenes que produce su presidencia son un reflejo de todo ello, reflejado, a su vez, en los millones de pantallas negras de televisión, ordenador y teléfono móvil.
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