Trump, lo que dice y lo que hace

Además de lo que dice, sería más provechoso prestar atención a lo que el presidente de EEUU hace, y en ningún caso subestimar de lo que es capaz la administración estadounidense.
Trump Air Force One 01-2026
Donald Trump en el Aeropuerto Internacional de Palm Beach el pasado mes de enero. Foto: The White House

Puede que el lector no se acuerde, pero dentro de unos meses será el décimo aniversario de la primera victoria de Donald Trump en unas elecciones presidenciales. Cuatro años después Trump perdió contra Joe Biden y todas las lecciones que supuestamente se habían aprendido durante aquel mandato y que habían de prevenirnos contra la nueva derecha radical quedaron olvidadas. La consecuencia más evidente es que prácticamente todos y cada uno de los errores de 2016 se repitieron en muchos de los comentarios y análisis políticos años después, a saber: Trump no ganaría las primarias de 2024, y, una vez las hubo ganado, entonces Trump iba a perder las elecciones, y, en el proceso, hundir al Partido Republicano de una vez por todas durante varias décadas, lo que tampoco ocurrió. Hoy aquellos mismos comentaristas y analistas siguen persistiendo en casi todos los mismos errores porque, quizás, como le gusta decir al periodista estadounidense Mark Ames, el secreto del éxito en esta profesión no radica en acertar, sino en equivocarse con el grupo adecuado de personas.

‘Don’t feed the troll’

Trump dice muchas cosas. Trump escribe mensajes fuera de tono en redes sociales. Muchos. Casi siempre de madrugada. Desde sus tribunas en los medios de comunicación, el establishment periodístico hace grandes aspavientos de indignación con cada declaración y publicación de Trump, por supuesto, también desde las redes sociales, en un curioso proceso de retroalimentación. Desde luego, a Trump se le da bien este juego, aunque puede que esté comenzando a dar muestras de agotamiento, como un humorista que ha abusado demasiadas veces del mismo truco.

“En tiempos ‘normales’, cuando el país no estaba en guerra, se enfrentaba a una pérdida masiva de puestos de trabajo o una inflación galopante, estos escándalos de corrupción, que son peores que cualquier cosa que hubiese ocurrido con Nixon, habrían dominado el debate público”, ha observado recientemente el escritor Duncan Moench, “pero los Demócratas y sus aliados mediáticos han llevado a cabo la que quizá sea la mayor campaña del tipo ‘que viene el lobo’ en la política occidental moderna”.

Ya mucho antes de que asumiese el cargo, continúa este autor, “lo declararon una alarma existencial en los términos más alarmistas posibles”, y, después de un cierto tiempo, “todo el mundo dejó de prestar atención, lo que no hizo más que contribuir a nuestra actual hipernormalización: todo es siempre el ‘fin de la democracia’, de manera que nada lo es”.

El juego, por otra parte, dista de ser nuevo. Va, incluso, más allá de la táctica de inundar la zona (flood the zone) aplicada por Steve Bannon en la campaña de 2016. A medida que pasan los años va quedando en el olvido, pero en su día las declaraciones al periodista Ron Suskind atribuidas al estratega político de George W. Bush, Karl Rove, se citaron hasta la saciedad y no convendría pasarlas aquí por alto: “Ahora somos un imperio, y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y mientras vosotros estáis estudiando esa realidad –tan sensatamente como se quiera– nosotros actuaremos de nuevo, creando otras realidades, que podéis estudiar también, y así es cómo las cosas se irán resolviendo. Nosotros somos actores de la historia… y a vosotros, a todos vosotros, no os quedará más que estudiar lo que nosotros hacemos”.

La Casa Blanca juega, hoy como ayer, con los temores de los dirigentes europeos a una retirada militar estadounidense de Europa que afectaría decisivamente a su capacidad de defensa

Antes que él, se atribuye al general estadounidense Wesley Clark la misma táctica de gestión de la información cuando supervisó, como comandante supremo de la OTAN, el bombardeo de Yugoslavia: “Dábamos tanta información a la prensa que les resultaba difícil saber qué era realmente importante.” Y antes que todos ellos el antropólogo Eugenie Scott acuñó la expresión “el galope de Gish” para referirse a una técnica empleada en los debates consistente en abrumar con falsas verdades –cuando no directamente mentiras– y argumentos capciosos al contrincante, para que éste dedique más tiempo en refutarlas que en presentar sus propios argumentos, y hacerlo de manera convincente. La política estadounidense puede ser más consistente de lo que a primera vista parece.

Además de lo que dice, sería más provechoso prestar atención a lo que el presidente de EEUU hace, y en ningún caso subestimar de lo que es capaz la administración estadounidense, aunque esté presidida por alguien como él, que se ha rodeado claramente de sicofantes elegidos por su total falta de escrúpulos y hasta de dignidad personal a la hora de subordinarse a la voluntad de su jefe.

Uno de los ejemplos más recientes –difícilmente puede escribirse “el último ejemplo”, porque a la hora de publicarse estas líneas puede que hayan aparecido otros tantos– son sus amenazas de abandonar la OTAN, a la que ha descrito, apropiándose de una expresión de Mao, como un “tigre de papel”. (Irónicamente, la retirada de la organización está contemplada en el artículo 13 del Tratado, en el que se explicita que debe notificarse a Estados Unidos, el país que ahora amenaza con abandonarla, siendo el primero en hacerlo, y, convendría añadir, el único con la capacidad de hacerlo sin temer posibles represalias). Por descontado, la plana mayor de los dirigentes europeos y los comentaristas que con él sintonizan han respondido como suelen hacerlo: entrando en pánico. Ahora bien, ¿por qué iba a renunciar EEUU a la Alianza Atlántica?

Con frecuencia se olvida que, además de ser una alianza militar, la OTAN es un instrumento de dominación de Europa. Al primer secretario general de la OTAN, Lord Hastings Ismay, se le atribuye la conocida frase de que su función es “mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo” ('Keep the Russians out, the Americans in, and the Germans down'). Por emplear un concepto muy utilizado durante la campaña del referéndum de permanencia de 1986, del que recientemente se ha celebrado su 40º aniversario, no se trata además tan sólo de la OTAN “hacia fuera”, sino también de la OTAN “hacia dentro”: una organización nacida con una fuerte impronta anticomunista difícilmente va a permanecer al margen de determinados procesos de cambio político.

Es más, ya existe un precedente de ello: en 1990, el entonces primer ministro italiano, Giulio Andreotti, confirmó al parlamento la existencia de la Operación Gladio, una estructura secreta de la OTAN descubierta por el juez Felice Casson en el transcurso de una investigación sobre un caso de terrorismo. Casson investigaba un atentado con bomba en Peteano, en la provincia de Gorizia, cometido en 1972 por militantes neofascistas –pero del que inicialmente se culpó a militantes del grupo de extrema izquierda Lotta Continua– cuando descubrió que los explosivos utilizados procedían de un depósito de armas de la OTAN. El atentado se enmarcaba en la ‘estrategia de tensión’ de los años de plomo, una campaña de acciones terroristas, muchas de ellas de falsa bandera, que buscaba sembrar el pánico, asociar la izquierda a la violencia y la inestabilidad y anular en última instancia cualquier posibilidad de su ascenso al poder.

¿‘Autonomía estratégica’?

La Casa Blanca juega, hoy como ayer, con los temores de los dirigentes europeos a una retirada militar estadounidense de Europa que afectaría decisivamente a su capacidad de defensa, sin que la autonomía estratégica haya pasado de ser por ahora un simple eslógan que no se ha traducido en medidas efectivas. Como de acuerdo con algunas fuentes ha admitido un alto funcionario del gobierno alemán, “no es la primera vez que [Trump] hace esto”. Puede que no sea la última.

Como han recordado los medios de comunicación estos últimos días, una ley aprobada por el Congreso de los Estados Unidos el 22 de diciembre de 2023, la National Defense Authorization Act for Fiscal Year 2024, prohíbe al presidente estadounidense retirarse de la OTAN de manera unilateral sin la aprobación de dos tercios del Senado o el Congreso. Significativamente, uno de los patrocinadores de aquella iniciativa legislativa, Marco Rubio, es hoy el Secretario de Estado de Trump. Con todo y con eso, como han señalado también varios analistas, como Ivo Daalder –quien fuera representante permanente de EEUU en la sede de la OTAN del 2009 al 2013–, Trump puede socavar la Alianza Atlántica sin abandonarla formalmente ordenando, por ejemplo, retirar al personal estadounidense de la estructura de mando o ignorando el artículo 5 de defensa mutua si otro país solicita su aplicación.

También puede, como han señalado otros analistas, obstaculizar el envío de armas o, no menos importante, dejar de compartir la información de sus servicios secretos con sus socios de la OTAN y Ucrania. Como ha apuntado uno de ellos, el alemán Wolfgang Münchau, en EuroIntelligence, “Trump puede restringir la exportación de tecnologías relacionadas con la seguridad, como hizo Joe Biden con China, pero, a diferencia de China, nosotros no estamos en posición de inventar nuestras propias tecnologías digitales”. Para Münchau, “es posible que los líderes europeos hayan concluido que la alianza está irreparablemente rota, y que no hay ninguna necesidad de pretender lo contrario”, pero si ése fuese el caso, se pregunta este economista, “¿No estaríamos viendo una lluvia de iniciativas para la autonomía estratégica europea, en materia de política energética, materias primas y defensa? ¿No deberíamos comenzar este proceso antes de terminar formalmente la relación?”

En efecto, como ha escrito el periodista Jonny Ball a propósito de lo que ha denominado ‘anglogaullismo’, “es imposible crear unas fuerzas armadas creíbles en un vacío industrial, y el gasto militar es una opción pésima para cerrar nuestras enormes brechas de productividad”. Si fuese así, señala este autor, “la Unión Soviética se habría visto impulsada por el excesivo compromiso del Politburó con la carrera armamentística de la guerra fría, en lugar de hundirse a causa de la esclerosis generalizada del sistema”.

La resistencia frente a Trump se queda en retórica. De este modo, el incremento del gasto militar se ha traducido por ahora en una mayor compra de armamento estadounidense. De acuerdo con el último informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), publicado el pasado mes de marzo, las importaciones combinadas de armas de los 29 miembros europeos actuales de la OTAN se han triplicado en los últimos cinco años, y, de esas importaciones, Estados Unidos suministró el 58% durante el período 2021–2025. Trump no ha conseguido la anexión de Groenlandia y desde algunas cancillerías europeas se ha vendido este hecho como un pequeño triunfo, resultado de un bloque unido para hacer frente a la presión de Washington, pero según una noticia reciente de The New York TimeS, la administración estadounidense está actualmente negociando con Dinamarca el acceso a tres bases militares adicionales en el territorio autónomo, incluyendo dos que los estadounidenses habían abandonado años atrás.

Si el gánster del barrio le pide al tendero la mayor parte de las mercancías que vende y éste se niega, pero al final le entrega, pongamos por caso, una cuarta parte, entonces el tendero no ha ganado nada: ha perdido una cuarta parte. Puede incluso que el gánster quisiera la cuarta parte de entrada y sólo estuviese pidiendo lo que pedía con ánimo de amedrentar al tendero.

Soltar amarras con EEUU no es, desde luego, una misión fácil. Una parte del problema que acostumbra a mencionarse menos es que un número nada desdeñable de quienes ocupan posiciones de responsabilidad en el proceso de toma de decisiones políticas, y, desde los medios de comunicación, de influencia en la opinión pública, se han formado en instituciones transatlánticas y en su ideología, y, por tanto, el problema, para ellos, no es la dependencia de EEUU, sino de los EEUU de Trump, y esperan que las próximas elecciones presidenciales resuelvan la cuestión por ellos. Sobre este punto regresaba hace unos días el sociólogo ucraniano Volodymir Ishchenko al advertir que los “intelectuales orgánicos” de este entramado no actúan irracionalmente, como pudiera pensarse a primera vista, sino que “han forjado sus carreras contribuyendo a la confusión ideológica sobre cómo funciona realmente el mundo.” Ahora podría resultar que sus apuestas personales por la estabilidad del ‘orden internacional’, y los beneficios que ésta reporta”, concluía Ishchenko, “no fueran inversiones a tan largo plazo como habían supuesto”.

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