Opinión
Irán: una guerra anunciada

El hecho de que la guerra en Irán resulte tan chocante para la base electoral de Trump y la plana mayor de los comentaristas refleja hasta qué punto se había distorsionado la imagen del movimiento Maga.
Donald Trump Netanyahu diciembre 2026
Trump participa en una conferencia de prensa bilateral con Benjamin Netanyahu, el lunes 29 de diciembre de 2025.
1 abr 2026 05:11

El comienzo de la guerra de EEUU e Israel contra Irán el 28 de febrero fue sorprendente, menos de cuatro días después del discurso sobre el Estado de la Unión en el que Donald Trump apenas mencionó a Irán. En una perspectiva más larga no debería haber sido una sorpresa. La guerra contra Irán era la predecible culminación de la política exterior de Trump, que se remonta a su decisión en 2018 de poner fin al JCPOA, el acuerdo nuclear de Obama cuyo cumplimiento Teherán había observado. Trump a punto estuvo de ir a la guerra contra Irán al final de su primer mandato con la temeraria decisión de asesinar al comandante militar Qasem Soleimani. Después de que Teherán decidiese encajar el golpe y esperar a que Trump terminase su último año de mandato con una respuesta limitada, los recuerdos de esta guerra que a punto estuvo de producirse se desvanecieron con el comienzo de la covid. Cuando Trump ganó en 2024, uno de mis primeros pensamientos fue que probablemente veríamos una guerra contra Irán en su segundo mandato, aunque no me esperaba que se adentrase en ella con la despreocupación con la que lo ha hecho.

El hecho de que la guerra de Trump se haya demostrado como tan chocante tanto para su base electoral como para la mayor parte de los comentaristas refleja hasta qué punto la imagen popular de Trump y su movimiento se había distorsionado. También refleja las distorsiones más amplias de la narrativa estadounidense sobre sus propios fracasos en política exterior en el último cuarto de siglo. Quienes esperan poner fin a la guerra de agresión contra Irán y evitar futuras repeticiones harían bien en corregir ambos errores.

Empecemos con nuestro estimado líder. Aunque puede que sea el primer ganador del Premio de la Paz de la FIFA y el galardonado de trasmano del Premio Nobel de la Paz adjudicado a María Corina Machado, nunca hubo ninguna prueba de que Trump fuese un anti-intervencionista, y menos todavía “un hombre de paz”. Era de sobras conocido que Trump había apoyado la Guerra de Iraq en los días previos a la invasión de 2003. En un adelanto de la manera de abordar las cosas que tanto le funcionaría en tantos ámbitos, Trump se limitó a repetir la mentira de que había estado en contra de aquella guerra hasta que sus contrincantes, exhaustos, tiraron la toalla a la hora de desmentirla.


El primer mandato de Trump tuvo una política exterior de ‘halcón’ en la mayoría de las medidas adoptadas, un hecho que sus apologistas atribuyeron a sus asesores procedentes del ‘establishment’. Aunque no hay ninguna duda de que figuras como James Mattis, H.R. McMaster y John Kelly eran ‘halcones’, lo cierto es que ayudaron más a limitar las acciones de Trump que a animarlas. Mattis, que cayó en desgracia con la administración de Obama por Irán, era con todo más moderado que Trump en esta cuestión e intentó, sin éxito, que Trump no abandonase el acuerdo nuclear. De manera similar, el asesinato de Soleimani fue una acción de Trump: supuestamente, ésta fue la más agresiva de todas las acciones que los planificadores militares le presentaron creyendo, equivocadamente, que de este modo conducirían al presidente hacia una opción media más equilibrada. En cuanto a Venezuela, Trump sopesaba la idea de emprender acciones militares desde 2017 y fueron los adultos en la sala quienes le hicieron desistir de la idea en su primer mandato.

Los seguidores de Trump que admiten que no es un anti-intervencionista por principios con frecuencia acostumbran a presentarlo como un realista. Aunque existe una cierta ambigüedad sobre qué puede calificarse como realismo, y se dan algunos puntos de convergencia entre los realistas y Trump –como el escepticismo hacia el apoyo a Ucrania– la gran mayoría de los realistas de verdad han sido feroces críticos de Trump durante todos estos años que ha ocupado la presidencia. Lo han sido porque han reconocido, correctamente, que aunque sus administraciones son buenas a la hora de producir peroratas que suenan a realistas y reciben una buena cobertura en los medios de comunicación –piénsese en el discurso en Riad de 2025 o la reciente Estrategia de Seguridad Nacional– estas declaraciones nunca han venido seguidas de una aplicación práctica de las mismas.

En última instancia hay algo vagamente cómico en los varios intentos de amañar una ideología coherente para Trump, que el jefe siempre acaba enviando al traste en cuestión de semanas. ¿Alguien se acuerda cuando, durante los últimos dos meses, la tan cacareada ‘Doctrina Donroe’ significaba que nos alejábamos de Oriente Medio para centrarnos en el hemisferio occidental?


La política exterior de Trump deriva menos de una ideología coherente que de unas cuantas peculiaridades psicológicas. La primera es una aproximación intensamente personalista. Trump, por ejemplo, parece que torpedeó el acuerdo nuclear iraní menos en respuesta a la presión israelí y de los neocon que por pura animadversión personal hacia Obama, quien se había burlado de él en una cena de gala unos años antes.

El segundo es un fetiche por los recursos extractivos como el petróleo, uno que a menudo excede el valor material mismo de esos recursos. Apoderarse del crudo venezolano fue una buena manera de que Trump vendiese la intervención en el país (como quienes, como John Bolton, se dieron cuenta en su primer mandato), pero la industria petrolífera estadounidense era mucho menos entusiasta.

En tercer lugar, y por encima de todo lo demás, está su obsesión con las percepciones de dominio, rudeza y masculinidad. De consuno, estos rasgos lo convierten en fácilmente manipulable. Así, en 2019, después de que Trump retirase a las tropas en Siria encargadas de proteger a los aliados kurdos (lo que sonaba demasiado humanitario) sus adversarios le convencieron para que hiciese marcha atrás cambiando la misión declarada por la de “quedarse con el petróleo” (suena apropiadamente duro y macho).

Cuando Hegseth entró en la televisión en la década de los 2010, transicionó del apoyo a la Guerra de Iraq en particular al apoyo a los crímenes de guerra en general

Las malas lecturas sobre Trump llevaron a las malas lecturas transitivas sobre sus secuaces, y algunos comentaristas asumieron que cualquiera que sea lo suficientemente Maga debe de ser una ‘paloma’ en lo tocante a política exterior. Stephen Miller, por ejemplo, que es sobre todo conocido por su odio a los inmigrantes, ha aprendido a denunciar a los adversarios de Trump por ser “neocons belicistas”, pero él mismo es un ‘halcón’ de toda la vida. Miller comenzó su carrera como joven activista que acusaba a los críticos de las guerras de Iraq y Afganistán de ser unos “traidores” y alinearse con “terroristas”, y supuestamente fue uno de los mayores impulsores de la agresión contra Venezuela junto con Marco Rubio. Resulta que querer infligir violencia en gente racializada en el propio país no es inconsistente con querer hacerlo fuera de él.

De manera similar, los medios han atribuido “puntos de vista aislacionistas” a Pete Hegseth por ser un personaje tan obviamente trumpiano (una personalidad televisiva, acusaciones de agresión sexual, odio a lo woke). La prueba principal es su declaración de que dejó de ser un neocon en torno a 2018 (en el momento preciso en que ser identificado como neocon se había convertido en un lastre importante en la política de derechas). Más allá de si es o no es un neocon, hay pruebas más que suficientes de que nunca fue otra cosa que un ‘halcón’ sediento de sangre. La primera vez que Hegseth atrajo mi atención fue en los últimos años de Bush, cuando era la cara pública de Vets for Freedom [Veteranos por la Libertad], una organización pantalla de la derecha centrada en la propaganda favorable a la Guerra de Iraq en el momento en el que el apoyo público a la guerra se estaba desplomando.

Cuando entró en la televisión en la década de los 2010, transicionó del apoyo a la Guerra de Iraq en particular al apoyo a los crímenes de guerra en general, sumándose a la cruzada para la absolución de gente como Eddie Gallagher, que fue acusado por sus camaradas Navy SEALs por el supuesto asesinato por diversión de civiles iraquíes. En cualquiera de los casos, el verdadero historial de Hegseth no lo previno de convertirse en una causa célebre de la autoproclamada derecha antiguerra. Cuando su nominación se encontraba en la cuerda floja en el Senado, hubo una campaña de presión de Steve Bannon y Charlie Kirk que le dio el empujón definitivo para hacerse con el puesto.

El historial de Trump durante su primer mandato ofrece muy pocos motivos para el optimismo de que un Trump desatado y rodeado de “su gente” sería menos beligerante

Incluso Tulsi Gabbard, con su largo historial como crítica de las guerras de Iraq y Afganistán, se encuentra lejos de ser una ‘paloma’ en términos generales. Su alarmismo a lo largo de su carrera hacia el “terrorismo islamista radical” –una frase que criticó que Obama no usase– la hizo sospechosa de las “guerras para provocar un cambio de régimen” que tenían como objetivo democratizar países musulmanes, pero la mantuvo firmemente comprometida con los aspectos “kinéticos” de la guerra contra el terrorismo. Su apoyo al uso militar de drones fue férreo tanto con Obama como con Trump, y lo mismo ocurre con su apoyo a la destrucción israelí de Gaza. Una leyenda persistente mantiene que se opuso a la intervención estadounidense en Siria, cuando, en realidad, se opuso únicamente a una intervención estadounidense contra Bashar al-Assad, y criticó duramente a Obama por no intervenir de manera más decidida en su apoyo. Aunque la guerra actual implica algún tipo de disonancia cognitiva en alguien que llegó a vender camisetas con el lema ‘No a la guerra con Irán’ en su página web, la vieja inclinación de Gabbard por resolver las cosas con drones y bombas más que con métodos persuasivos no queda demasiado lejos de la de su jefe actual.

El antibelicismo Maga nunca lo ha tenido muy difícil a la hora de encontrar malvados asesores a los que culpar por el fracaso de Trump de no estar a la altura de la imagen que tenían de él. En el primer mandato fueron gente como Mike Pompeo y John Bolton los que sirvieron de chivos expiatorios, en esta ocasión Marco Rubio parece destinado a ocupar ese lugar. Pero el historial de Trump durante su primer mandato ofrece muy pocos motivos para el optimismo de que un Trump desatado y rodeado de “su gente” sería menos beligerante, y su segundo mandato ha disipado ya cualquier duda.

Pero más allá de los individuos, ¿pueden extraerse conclusiones más generales sobre este penoso estado de la cuestión? ¿Por qué a los comentaristas les costó tanto ver lo que se avecinaba? Buena parte de ello tiene que ver con cómo Estados Unidos ha recordado, o distorsionado el recuerdo, de su política exterior en las décadas recientes, especialmente de la Guerra de Irak.

El hecho de que hombres como Hegseth o Miller estén cómodos hablando con desprecio de los “neocon” es indicativo de una característica de esta memoria cultural: el aislamiento de los neoconservadores como los únicos culpables de los crímenes de la política exterior estadounidense.

Los neocon tienen en verdad un historial pernicioso (sobre el que yo, como muchos otros, he escrito en otro lugar). Eran la vanguardia intelectual que preparó el terreno para la Guerra de IraQ; en los primeros días, cuando el conflicto se trataba como un éxito, estaban contentos de reclamar su responsabilidad en él, y sólo por eso merecen ser culpados por su injusticia y su fracaso. Pero en una guerra que gozó del 90% del apoyo entre Republicanos en su comienzo es erróneo tratar a un grupo de intelectuales y burócratas que cabría en un campo de baloncesto como si fuesen toda el ala derecha del partido de la guerra.

Por importante que fuesen los neocon a la hora de modelar el discurso, quienes tomaron las decisiones con consecuencias de veras no fueron para nada neocons, en particular el triumvirato de George W. Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, junto con dirigentes liberales como Hillary Clinton y Joe Biden que eligieron seguirles el juego. El culto Maga actual de odio hacia los neocon tiene menos que ver con un apropiado ajuste de cuentas con la Guerra de Iraq que con otros motivos: la necesidad de desacreditar a un grupo que habría comprendido a un sector importante de críticos de Trump en la derecha y el deseo de pretender que el militarismo estadounidense es un implante del extranjero explotado por un puñado de intelectuales judíos en beneficio propio.


A medida que el movimiento Maga ha centrado la culpa en los neocon también ha tendido a identificar el neoconservadurismo con la promoción de la democracia wilsoniana. El error de los EEUU, de acuerdo con esta interpretación, es el deseo ingenuo y humanitario de llevar la civilización al Oriente Medio. Pero el neoconservadurismo nunca se ha atado de manera exclusiva a los sueños de democracia universal. El documento más importante de la primera generación de principios neoconservadores en la política exterior, ‘Dictatorships and Double Standards’ (Dictaduras y dobles raseros), de Jeane Kirkpatrick, era una llamada a defender los gobiernos “autoritarios” amigos de la derecha contra potenciales movimientos “totalitarios” de la izquierda, ya fuese democrática o no. Bien entrado el siglo XXI, los neocon han permanecido divididos en sobre a partir de qué punto la defensa de la democracia se superpone a otras prioridades, como la defensa de Israel, una división que ayuda a explicar la cesura entre los campos pro-Trump y anti-Trump dentro del movimiento.

Más importante aún, identificando la Guerra de Iraq con la promoción de la democracia llevan a malinterpretar, pura y simplemente, la propia guerra. Quienes somos lo suficientemente viejos como para recordar los días previos al conflicto comprendemos que la benevolencia no era el sentir dominante: la gente estaba enfadada y asustada por el 11-S y quería venganza. “Algo mucho más grande que [Osama] bin Laden necesitaba decapitación”, explicó William F. Buckley, dando una capa de barniz a las opiniones de los llamados “superhalcones” del Instituto Claremont (que andando el tiempo se convertirían en el grupo más prominente de intelectuales Maga).

El hecho de que el movimiento Maga haya llegado a recordar el asesinato de Soleimani como una jugada maestra trumpiana ha ayudado a preparar el terreno para la actual guerra

A medida que la justificación original de la guerra, basada en las armas de destrucción masiva, se venía abajo, la administración Bush echó mano de justificaciones más idealistas. El discurso inaugural del segundo mandato de Bush, en 2005, dos años después del esfuerzo bélico inicial, marcó el punto álgido de esta tendencia. Pero el motivo por el que gente como Trump y Miller apoyaron la guerra es que el ímpetu original fue uno que atrajo a gente como Trump y Miller. Y el sentir dominante en la derecha en 2003 no estaba muy lejos del que hay en 2026.

Este recuerdo distorsionado de la Guerra de Iraq sentó las bases de la política exterior Maga subsiguiente. Si Iraq había sido un desafortunado ejercicio de idealismo democrático, para evitar otros Iraq había que renunciar a ese tipo de idealismo. Como consecuencia, el listón de la crítica se rebajó demasiado, y las únicas intervenciones que se rechazaron fueron las ocupaciones con grandes números de tropas justificadas con una retórica humanitaria. De todo ello quedó ausente el punto de vista elemental del no-intervencionismo de que incluso las acciones limitadas y aparentemente exitosas en el corto plazo pueden tener consecuencias perversas en el largo plazo.

Hasta el pasado mes de febrero Trump ha evitado las guerras a gran escala. Pero en ambos mandatos hemos visto un incremento constante de las acciones agresivas que ha merecido el elogio de los influencers del movimiento Maga por ajustarse al listón de no ser Iraq, que ya era bajo. El hecho de que el movimiento Maga haya llegado a recordar el asesinato de Soleimani como una jugada maestra trumpiana ha ayudado a preparar el terreno para la actual guerra, como lo ha hecho la respuesta mayoritariamente positiva a la campaña de bombardeos del verano pasado (“El presidente Trump ha actuado con prudencia y decisión”, de acuerdo con Charlie Kirk) y el secuestro este invierno de Nicolás Maduro (“una victoria rotunda y una de las operaciones militares más brillantes de la historia estadounidense”, según Matt Walsh). A decir de todos, fue esta sucesión de “victorias” de gratificación inmediata lo que convenció a Trump a apostar por la actual guerra.

Ahora el movimiento Maga está buscando chivos expiatorios. Además de su fijación con los neocon –algo que está bastante fuera de lugar en una administración que no contiene ningún autoproclamado neocon– está su fijación con Israel. El ángulo israelí es importante, aunque no suficiente por sí mismo, para explicar esta guerra. Israel y sus aliados estadounidenses claramente han presionado para arrastrar a Estados Unidos a la guerra contra Irán –mucho más que con Iraq, donde Israel y grupos como AIPAC apoyaron ampliamente la guerra, pero no lideraron los esfuerzos–. Esta influencia ha sido real y dañina, pero el problema es que Israel y sus aliados estadounidenses han estado presionando por conseguir esta guerra con cada presidente desde George W. Bush. La cuestión relevante para el movimiento Maga es por qué esta campaña, después de dos décadas de fracasos, finalmente ha logrado obtener resultados con Trump, y por qué su hombre de la paz fue quien ha iniciado una guerra que incluso Bush fue lo suficientemente inteligente como para evitar.

No deberíamos llamarnos a engaño sobre las virtudes del liberalismo realmente existente, pero tampoco sobre las alternativas existentes a él

Aunque no apoyaría el abanico completo de opiniones candentes del periodista Michael Tracey, siempre a la contra, claramente tiene razón cuando habla sobre “el problema con Tucker”. Las teorías de la conspiración melodramáticas de figuras como Tucker Carlson y Steve Bannon sobre Benjamin Netanyahu embrujando fatídicamente a Trump tienen su origen, llanamente, en su fracaso a la hora de aceptar el hecho de que su héroe comenzó esta guerra porque quería comenzar esta guerra. (¿Por qué? Porque le frustraba verse arrinconado domésticamente, porque quería otra muestra de dominio de gratificación rápida, porque le gusta volar cosas por los aires. ¡No será por razones!)

Sería reconfortante compartir la fe de Carlson de que el asesinato de más de un centenar de estudiantes en Minab ha debido ser el resultado de los pérfidos servicios de inteligencia israelíes porque “América no hace ese tipo de cosas”. Tristemente, nuestro país no precisa de lecciones de Netanyahu sobre cómo matar a inocentes. La guerra de Irán pertenece a Mark Levin, a Ben Shapiro y al resto de quienes la apoyan explícitamente. Pero también a Carlson, a Bannon y al resto de sus adversarios dentro del movimiento Maga, que han trabajado para propagar las afirmaciones claramente falsas sobre quién era Trump y qué significaría su retorno al poder.

¿Qué significa esto para la izquierda? La prioridad inmediata es detener la guerra, y a corto plazo no existe ningún motivo para rechazar alianzas que ayuden en este sentido. Pero a largo plazo merece la pena reflexionar sobre nuestras propias estrategias retóricas y analíticas. En un mundo en el que los Demócratas son tan poco inspiradores –o peor aún, si pensamos en Gaza– es tentador exagerar las posibilidades de la teoría de la herradura con elementos de la derecha. Sobre este punto, incluso si estas constelaciones nunca llegan a darse del todo, resulta útil enfatizar la posibilidad de que los progresistas sean superados por el flanco por la derecha en ámbitos como una orientación populista de la economía o una política exterior no-intervencionista, ni que sea para presionar a los progresistas para que mejoren. El riesgo es que tu propio bando puede terminar confuso sobre qué se juega verdaderamente en el conflicto político.

Siempre he sido escéptico hacia la idea de que el movimiento Maga conduciría a algún tipo de medidas económicas genuinamente populistas, y la Big Beautiful Bill del año pasado ha servido como una amplia confirmación de este escepticismo. De manera similar, la guerra de Irán corta de raíz cualquier esperanza de que las repetidas denuncias desde la derecha sobre las “guerras interminables” acaben alejándonos de las guerras interminables. Puede soñarse con un mundo en el que ambos partidos compiten por ver quién hace políticas más favorables a los trabajadores y más contrarias a la guerra. Pero vivimos en un mundo mucho más deprimente. No deberíamos llamarnos a engaño sobre las virtudes del liberalismo realmente existente, pero tampoco sobre las alternativas existentes a él.

Dissentmag
Daniel Luban es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia. Trump’s War, artículo de Dissentmag traducido con permiso expreso por Àngel Ferrero para El Salto.
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