Pilar Távora: “Andalucía hay que contarla y nos queda por contarnos todo”

Pilar Távora (Sevilla, 1959) es directora, productora y guionista, además de una figura clave en la renovación del audiovisual andaluz. Su trabajo, profundamente ligado a la identidad cultural y la memoria histórica, abarca cine, televisión y proyectos escénicos. Hablamos con ella sobre su trayectoria y sobre el papel del arte en la construcción de la conciencia social contemporánea.

En el ambiente, azahar. Sobre la mesa, el móvil en silencio. Las dos hablamos de lo que nos cuestan las redes. Se fue de X o Twitter por Elon Musk. Las redes son un trabajo y lo usa para el trabajo, nada personal. Y si lo hace no es por ella, es por la gente que “tiene derecho a estar informada”. Hablamos de cine, de memoria, de feminismo andaluz. Empezamos del tirón, sin rodeos, claras y directas.

A lo largo de tu trayectoria, tú que has trabajado la mirada profundamente andaluza en todo lo que has hecho, o prácticamente en todo, para no generalizar, ¿cómo definirías hoy el concepto de feminismo andaluz y de qué manera atraviesa lo que tú haces, tu trabajo, tu cine, todo?
Hablar de feminismo y Andalucía es hablar de mi trayectoria, porque la misma es feminista y andaluza. Cuando empecé, prácticamente no había mujeres en Andalucía haciendo cine. En mi idea de vida no estaba el cine, pero sí trabajar por Andalucía. En aquellos momentos, yo estaba empezando la universidad. Sin embargo, el cine llega, yo digo que por causalidad, a través de las personas que hicieron la película Rocío, que eran amigos de mi padre. A través de ellos, conozco a profesionales portugueses con los que empecé a relacionarme y veo que el cine es una vía de expresión que no tiene mi familia. Yo buscaba una forma de expresión propia y, durante esa búsqueda, llegó el cine. Estudiaba primero de psicología en la Universidad de Sevilla. En aquellos momentos, me atrevo a decir que en Andalucía había muy pocas mujeres en el cine, prácticamente ninguna.

Yo siempre he unido mi condición de mujer, de feminista, de andaluza, de gitana y de activista en todo lo que he hecho, porque era algo que formaba parte de mí y lo aprendí también de mi padre en la práctica: tú no puedes separar lo que tú eres como persona de lo que tú eres como artista o como profesional. El arte tiene que ser verdad, si no hay verdad en el arte estás mintiéndole a la gente. Y eso es lo que he hecho siempre. Y, como andaluza, siempre he defendido Andalucía por encima de todo, porque sigo sintiendo que somos un pueblo absolutamente desmemoriado, colonizado, sin conciencia de lo que somos, del poder que tenemos, porque se han ocupado, siglo tras siglo, de que así sea, y nosotras y nosotros no nos hemos preocupado de desentrañar las mentiras.

El arte tiene que ser verdad, si no hay verdad en el arte estás mintiéndole a la gente.

Defender que el arte tiene que ser verdad, nacer desde la verdad, es algo, ahí está su valentía: contrarrestrar a quienes solo lo ven como negocio. El arte debe ser herramienta de transformación social no una búsqueda exclusiva de rentabilidad, de resultados económicos, de incentivos fiscales, si no es así, pierde sentido y no cumple su función.
No se puede ver solo como industria. Es como lanzar la idea de que, cuando el arte es verdad, es reflexión, es memoria, es historia, no da de comer. Muchas veces, se utiliza el estómago para justificar tu incoherencia y yo he visto a lo largo de mi trayectoria mucha utilización del estómago como excusa para aceptar hacer cualquier cosa. Yo tenía claro que si no podía vivir de hacer cine, viviría de otra cosa y haría cine cuando pudiera, pero no iba a hacer cualquier cosa en cine para comer. Una herramienta de transformación no podía convertirse en una herramienta de involución, de enajenación, eso era ir contra mí misma.

Hacer cine cuesta dinero, sí. Hay que buscar dinero, sí, y hay que recurrir a las vías de financiación que se te ofrecen, pero primero hay que preguntarse: ¿por qué quiero hacer cine y para qué? Y tienes que tener clara la respuesta. En este sentido, las televisiones también olvidan su obligación de servicio público y el servicio público es atender a un montón de producciones que posiblemente no vayan a ser rentables en el cine, pero sí van a ser rentables socialmente, en la creación de conciencia, en la reflexión, en retratar un momento histórico concreto que después será memoria histórica. Esa es la obligación de las televisiones públicas. La primera, entre las demás. Una televisión pública tiene obligaciones que no tienen las privadas.

¿Qué historias sientes que aún faltan por contar sobre Andalucía y también qué voces?
De Andalucía en el cine, sobre todo, en el cine documental, no hay prácticamente nada contado que contrarreste la historia oficial. La verdadera historia de Andalucía, los verdaderos hitos andaluces, de los que los libros de textos no nos hablan, de eso no se ha hecho prácticamente nada. En un territorio, en un país como es el país andaluz, con miles y miles y miles de años de historia, imagínate tú lo que hay por contar todavía, tanto en ficción como en documental.

Andalucía hay que contarla y nos queda por contarnos todo.

Me has dicho que se ha contado, o casi contado, la parte oficial de la historia. Pero, ¿cuál es esa parte extraoficial que no se ha contado?
La parte extraoficial es toda, incluso hasta nuestro proceso de autonomía del que no se ha contado la verdad, se ha maquillado a medida de los intereses de quienes han gobernado. Afortunadamente, ahora mismo se están publicando libros. José Luis de Villar, por ejemplo, o Manuel Ruiz, entre otros y otras, se están ocupando de rescatar toda la memoria histórica de la Transición y todo lo que fue la memoria histórica de la autonomía andaluza. Están contando la verdad sobre lo que realmente pasó y sobre los que se han adjudicado la autonomía andaluza cuando ni siquiera creían en ella.

Otra cosa que no se ha contado, cuando hablamos de Andalucía, por ejemplo ¿dónde están los tartessos? ¿Dónde están los turdetanos? ¿Dónde están las historias relacionadas con el patrimonio humano y físico milenario?

Están por contar todas las agitaciones campesinas. Están por contar todas las represiones andaluzas. Está por contar nuestra historia, de nuestro pasado, desde otras perspectivas, hay que volver a poner en su sitio la Conquista, no la Reconquista. Aquí no hubo Reconquista. Es mentira. Aquí lo que hubo fueron expulsiones, prácticas represivas, robo de tierras a sus dueños y un largo etcétera que nos llega de gentes del norte y del centro y que se vende como lo que nunca fue.

¿Dónde están los referentes históricos de los andaluces y de las andaluzas? ¿Dónde están esas mujeres andalusíes? ¿Dónde están nuestras antepasadas? ¿Dónde está esa otra historia de Andalucía? ¿Por qué se les niega a los andaluces su historia?

La propia historia de Blas Infante está dulcificada, porque no ha podido contarla la gente que lo tiene que contar, porque ese proyecto no sale. Sale el proyecto donde Blas Infante es un notario bonachón, un intelectual, pero no sale quién es el Blas Infante de verdad, porque no interesa. Ahora todo el mundo se apropia de Blas Infante, incluso la derecha. No conviene presentarlo como una persona revolucionaria, radicalmente revolucionaria. Si lo leyeran, no dirían que son andalucistas y la derecha no lo nombraría tanto.

Es como si no tuviésemos historia propia, que toda nuestra historia es de los otros, como si para los andaluces todos fuera prestado. Andalucía hay que contarla y nos queda por contarnos todo.

¿Cómo se resiste también sin caer en lo superficial, sin caer en esa homogeneización del relato?
Teniendo conciencia de que no vas a caer nunca. Se resiste negándote a hacer lo que no quieres.

Has abordado las tradiciones de de la Semana Santa, desde una mirada muy compleja, desde ese costalero, ¿cómo se puede interpretar este universo simbólico desde una perspectiva feminista y contemporánea?
Desde una perspectiva feminista, yo creo que se tiene que empezar a plantear ahora. Tiene que haber una revolución interna en la Iglesia por parte de las mujeres, que la está habiendo.

Hablando de Semana Santa, ese papel en los pasos, en los tronos que le dan a la figura, por ejemplo, de María Magdalena. María Magdalena está ya demostradísimo que fue la persona más cercana a Jesús, su mejor “apóstol”, que nada tenía que ver con ese rol de prostituta que la iglesia le ha asignado, eso es otra de las grandes mentiras. Vamos a ver si ya empezamos a enterarnos, pero cualquiera dice eso. La Iglesia se ha construido sobre una historia de mentiras con respecto a las mujeres y ha propiciado el rechazo a las mujeres. Las que más seguían a Jesús de Nazaret eran mujeres. Había muchas mujeres importantes entre sus seguidores y entre sus apóstoles. Y el papel que Jesús de Nazaret, ahora que estamos en Semana Santa, le daba a las mujeres era absolutamente igualitario. Después la Iglesia vino, se inventó a Jesús de Nazaret y se inventó el papel de las mujeres desde una misoginia absoluta.

Yo creo que la Semana Santa puede ser incluso una excusa para plantear ahora mismo, en el siglo XXI, cuál es el papel de la mujer dentro de la Iglesia, me refiero a las mujeres católicas. Yo soy una persona que estoy dentro de lo que se llama espiritualidad, pero no de ninguna religión concreta. Eso no quiere decir que no me guste entrar en una iglesia, que me encanta, y sentarme tranquilita, pensar…  Y me gusta contemplar el arte. Eso es distinto a la institución católica con la que nunca he comulgado.

Te estaba escuchando y estaba pensando: “qué difícil es cambiar la historia que nos han contado, si esa historia ya había sido modificada y habría que devolverla a su realidad original”.
Es complicado. Te digo porqué: Se ha creado un imaginario colectivo en el que esto es bueno, esto es malo, esto es verdad y esto es mentira, durante siglos. La historia la han contado siempre los que han vencido, los que han tenido poder, los que han tenido dinero, los que han tenido posibilidades de tener muchos altavoces y, al final, han sido ellos los protagonistas de la historia, los vencidos normalmente no han tenido ningún altavoz para contarla y han sido arrinconados, borrados.  Es lo que pasa con la Gran Redada gitana, mi última película. La Gran Redada Gitana es un hecho conscientemente oculto de la historia, un genocidio, un intento de exterminio del pueblo gitano que tiene que ver directamente con la situación actual de este pueblo en España. Eso se ha escondido.

¿Cuál es el imaginario colectivo de la gente sobre el pueblo gitano?
Cuando la gente ve la Gran Redada sale diciendo “ahora lo entiendo todo, me ha cambiado el chip”. ¿Por qué no me lo han contado? ¿Por qué sigo yo teniendo esta idea sobre los gitanos sin saber ésto? Pues lo mismo. ¿Por qué tengo esta idea de los andaluces sin saber ésto? ¿Por qué tengo esta idea de Al Andalus sin saber ésto? Tenemos esta idea porque nos han ocultado lo que no se quiere que se sepa, y es muy difícil, como tú dices, todo eso que está dentro del imaginario colectivo de todos y todas es muy difícil erradicarlo de golpe.

Cómo nos ven es problema de ellos, el cómo nos tratan es problema nuestro.

Estaba pensando, por ejemplo, en lo que mencionabas sobre el pueblo gitano y las andaluzas. ¿No crees que ese imaginario colectivo que acabamos creyendo nosotras mismas también es consecuencia de cómo nos ven desde fuera, desde otras partes de España (de Despeñaperros para arriba) y de cómo nos tratan, incluso fuera de Andalucía?
Cómo nos ven es problema de ellos, el cómo nos tratan es problema nuestro. ¿Por qué? Porque nosotros no podemos consentir que nos traten así. Se ha creado desde fuera una imagen del andaluz vago, que nada más que se ocupan de cantar y de bailar, que los andaluces son gente inculta, que hablan mal.. todo lo que ya sabemos que se piensa aún de Andalucía. Tú ves muchas veces las redes y hoy en el siglo XXI, desgraciadamente, sigue mucha gente pensando eso.

¿Qué ha pasado? Que los andaluces en muchos momentos han colaborado con esa imagen. Los andaluces dóciles, los que se han dejado manipular y también por una cosa muy clara: Andalucía nunca ha tenido una clase burguesa fuerte como la tiene Cataluña, como la tiene el País Vasco.

La clase burguesa andaluza no es andaluza. La gente que tenían aquí sus castillos, sus casas, como la duquesa de Alba, mucha gente que son terratenientes, esa gente eran todas de Madrid, de fuera de Andalucía. Esa gente no podía defender Andalucía, porque Andalucía la tenían subyugada, la tenían esclavizada, no sentían su dolor, lo  proporcionaban. Por lo tanto, la imagen de un pueblo que, en una parte casi reciente de su historia, tuvo que ser jornalero, un pueblo que tuvo que preocuparse solamente casi de sobrevivir, no puede contar su historia y su historia la cuentan otros.

¿Por qué nos ven así? Porque es la imagen que desde fuera se ha proyectado de nosotros y porque nosotros no hemos tenido las herramientas suficientes para proyectarla la propia desde dentro y cuando la hemos tenido nos la han cortado. Nos las quisieron cortar de raíz cuando nos levantamos el 4 de diciembre e intentaron engañarnos para que ni siquiera tuviésemos la posibilidad de ser nacionalidad histórica. Que, por cierto, no solo lo somos, sino que no estaría mal que las otras tres nacionalidades históricas fueran las primeras en reconocerlo y dejan mucho que desear en este caso.

Aquí se han ocupado de quitarnos todo. Nos han quitado las industrias textiles y nadie ha dicho nada. Nos han quitado las industrias metalúrgicas, no se ha hecho nada. Cuando venían los escritores románticos y llegaban a Andalucía,  escribían: “ya hemos llegado a Europa”… pero todo se fue para el norte. Y yo creo que somos demasiado pasivos.

¿Cómo contrarrestar esa imagen?
Los andaluces han tenido muy pocas posibilidades de contrarrestar esa imagen porque han tenido muy pocas posibilidades de hablar desde dentro, muy pocas. ¿Cómo se contrarresta? Con los hechos y no entrando en discusiones con gente que no tiene la capacidad de entendernos, con gente que no tiene la información, ni la cultura para entendernos, con esa gente no. Tú puedes hablar con personas que se sienten a dialogar y que estén dispuestas a escuchar, a entender y a cambiar su versión y a cambiar su idea. Si no, es una pérdida de tiempo que hay que emplear en otras cosas más productivas.

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