Opinión
¿Cómo estalla la guerra? Las reflexiones de Friedrich Engels y Clara Zetkin
Muchos historiadores consideran la Primera Guerra Mundial como la “catástrofe original” del “corto siglo XX” (1914-1991). Entonces se consideraba como correcto, e incluso como algo romántico, deseado en el fin de siècle por quienes estaban cansados de la civilización, la muerte en el “campo del honor”, “dulce y decorosa”.
La gente tiende a olvidar. ¿Se había olvidado entonces lo que significaba la guerra? La última guerra contra el enemigo jurado de Francia, en 1870-1871, que había llevado tanto a la fundación del Imperio alemán en el Salón de los Espejos de Versalles como a la Comuna de París, había tenido lugar casi una generación antes. En estos 43 años, por otra parte, la bestia de la guerra no había desaparecido, sencillamente, como en nuestro pasado reciente en Yugoslavia, Iraq, Afganistán, Siria, Sudán, Mali, Ucrania o Irán, ocurría, hoy como entonces, en otro lugar. En ese otro lugar lloraban las madres y padres y la bestia eran los estados europeos, que descargaban la violencia de la guerra sobre las poblaciones de sus colonias: desde la segunda guerra contra los bóers del Imperio británico (1899-1902) hasta la represión de la rebelión de los bóxer en China (1899-1901) pasando por el genocidio cometido por los alemanes contra los nama y herero en la actual Namibia (1904-1908).
En aquel momento las ideas de la guerra que vendría seguían marcadas por las experiencias de las batallas decisivas limitadas como las de Austerlitz (1805), Jena y Auerstedt (1806) o Königgrätz (1866). Como en 1870-1871, los soldados del káiser, acompañados por el júbilo de la prensa burguesa, esperaban volver tan pronto de la guerra como para estar “para navidades en casa”. Marcharon al frente con caballos, cañones y fusiles y cuatro años después regresaron con tanques, bombardeos aéreos y gases venenosos. El talento creador humano se transforma en la guerra en violencia destructiva. De acuerdo con la dialéctica de la Ilustración, el dominio de la naturaleza mediante la técnica también sirve para el dominio de los hombres por los hombres y, en la guerra, al asesinato de los hombres por los hombres.
Cuando en agosto de 1914 los Estados europeos comenzaron de este modo a librar la guerra los unos contra los otros, nadie podía decir que no se hubiese advertido contra tal posibilidad. En el movimiento obrero socialista se sabía qué venía, se estaba convencido de que el capitalismo conducía necesariamente a la guerra y que la próxima guerra sería una guerra mundial.
“El general” anticipa la guerra
Friedrich Engels, que a raíz de su profundo conocimiento de la historia y la estrategia militares y de las tecnologías de defensa fue apodado “el general”, pronosticó la “catástrofe original” de 1914 ya en su introducción a un opúsculo de Sigismund Borkheim publicado a finales de 1887 hasta en el más mínimo detalle de manera inquietante:
“Finalmente, no queda otra guerra a Prusia-Alemania posible que una guerra mundial, una guerra mundial, además, de una magnitud y una violencia hasta ahora inimaginables. Entre ocho y diez millones de soldados se lanzarán unos contra los otros y, en el proceso, dejarán a Europa más desolada que un enjambre de langostas. Las depredaciones de la Guerra de los Treinta Años comprimidas en tres o cuatro años y extendidas por todo el continente: la hambruna, las enfermedades, la caída universal en la barbarie, tanto de los ejércitos como de la población, a raíz de una miseria aguda; la desorganización irremediable de nuestro sistema artificial de comercio, industria y crédito, que culminará en una quiebra universal; el colapso de los antiguos estados y de su sabiduría política convencional, hasta el punto de que las coronas rodarán por decenas y no habrá nadie para recogerlas”.
Ésta era “la perspectiva para el momento en el que la escalada armamentista mutua alcance su punto álgido y, finalmente, dé sus frutos inevitables. Hasta aquí es donde, estimados príncipes y estadistas, ustedes, con su sabiduría, han llevado a nuestra vieja Europa”.
La guerra supone un elevado riesgo para las clases poseedoras, la revolución en el frente interior, su mayor temor
Engels reconoció pronto la dialéctica de la guerra, que inicialmente paraliza la lucha de clases el interior y facilita un sentimiento nacionalista y patriótico, pero que, cuando se dejan notar los efectos de la guerra –muerte, mutilación, trauma, inflación, crisis de suministros, hambruna, politización del campesino que otrora vivía aislado y ahora se encuentra en las pobladas trincheras y de las mujeres en las fábricas de armamentos–, conduce a una rápida erosión del dominio y a la revolución. La historia lo demostraba: la Guerra franco-prusiana de 1870-1871 llevó a la Comuna de París, la Guerra ruso-japonesa a la Revolución rusa de 1905, la Primera Guerra Mundial a revoluciones desde Irlanda hasta el Lejano Oriente. También la Segunda Guerra Mundial allanó el camino a las revoluciones socialistas y anticoloniales en todo el mundo, incluyendo la Revolución china de 1949, y la Guerra de Irak de 2003 posibilitó la aplastante victoria de los Demócratas estadounidenses y Obama en las elecciones de 2006 y 2008.
La guerra supone, por tanto, un elevado riesgo para las clases poseedoras, la revolución en el frente interior, su mayor temor: en su mensaje de Año Nuevo de 1905 al entonces canciller, el káiser Guillermo II extrajo de la Comuna de París la conclusión de que en la guerra que planeaba para la reordenación de Europa “primero tiene que fusilarse y decapitarse a los socialistas, hacerlos inofensivos, si es necesario mediante un baño de sangre, y luego librar una guerra hacia el exterior. ¡Pero no antes y no al mismo tiempo!”.
Después de la derrota en la Primera Guerra Mundial, perdida, según Hans-Ulrich Wehler, ya en 1916 por la “política de nutrición”, pero en la que los gobernantes se imaginaban “invictos en el campo de batalla”, su claca chovinista, agitada y de extrema derecha inventó el mito anticomunista y antisemita de “la puñalada por la espalda” y el concepto de “criminal de noviembre” [por la revolución de 1918, NdT]. Al final, la clase dirigente extrajo la conclusión de la revolución social y antibelicista de 1918-1919 de que la historia no podía repetirse, por eso los nazis, en sus “crímenes terminales”, asesinaron sistemáticamente en sus campos de concentración y prisiones a los opositores encarcelados y a los dirigentes que habían sobrevivido hasta entonces del movimiento obrero (comunista) antes de que terminase la guerra.
Engels quería la revolución proletaria. Sin embargo, no estaba preparado para considerar la guerra mundial como un medio para llevarla a cabo. Podían cosecharse, sin duda, los frutos de la catástrofe: “Cuando se han desencadenado las fuerzas éstas no pueden volver a embridarse y las cosas emprenden su propio curso: al final de la tragedia se arruinan y se habrá conseguido la victoria del proletariado, o será inevitable”. Cuando la crisis del boulangismo de 1888 amenazó por vez primera con una carnicería para los pueblos europeos, Engels advirtió al yerno de Marx, Paul Lafargue, contra la esperanza de que una guerra así podría “armar al pueblo” –entonces una reivindicación central del movimiento obrero– y, de ese modo, introducir la revolución por la puerta trasera.
A la vista de la amenazadora guerra mundial la izquierda del partido se manifestó: socialismo o barbarie. Con ello no quería decir socialismo después de la barbarie, sino socialismo en vez de y antes de la barbarie. La posición de Engels fue desde entonces que la condición previa a un éxito socialista en el interior es evitar una guerra devastadora hacia el exterior. En los años siguientes, marcados por la amenaza constante de una guerra mundial (las crisis en Marruecos y otras), esta posición se mantuvo. Tras la experiencia de la Revolución rusa de 1905, que comportó la huelga de masas como nuevo “método de lucha”, los partidos obreros de la Segunda Internacional prometieron en su Congreso de Stuttgart de 1907 oponerse a la guerra imperialista de los opresores con la convocatoria de una huelga general de los oprimidos.
Zetkin y la tormenta de la revolución
El 1 de agosto de 1914 la guerra finalmente estalla. El día anterior el dirigente socialista francés Jean Jaurès es asesinado a sangre fría por un nacionalista. La promesa queda rota. Mientras en la mayoría de los países se impone en los partidos socialdemócratas el ala derecha y se vota a favor de la guerra en la que obreros dispararán contra obreros y campesinos contra campesinos, la opositora a la guerra Clara Zetkin es encarcelada el 2 de agosto.
En 1907 Jaurès presentó junto con Edouard Vaillant una resolución conjunta sobre la relación entre el orden basado en la propiedad privada y la política de la violencia: “El capitalismo lleva la guerra como las nubes la tormenta”, afirmaba, y al mismo tiempo destacaba que las guerras podían “prevenirse oponiendo a la voluntad de la clase dominante la voluntad de la clase obrera”. Zetkin lo ve de manera parecida: también ella veía en la guerra “un nubarrón de tormentas en el cielo del orden capitalista” que solamente podía “alejarse con el viento tempestuoso de la revolución social”.
“En el combate contra los enemigos extranjeros” los “proletarios no tienen ‘nada suyo que proteger’”, concluye Zetkin
También Zetkin conocía bien la dialéctica de la guerra. Veía como comportó indirectamente en 1891 la abolición del trabajo infantil para los menores de 12 años. Por motivos muy poco nobles: el Estado y el capital no quieren que los niños obreros se dañen antes, sino en la guerra. Las de 1905 fueron para Zetkin “las revueltas de los soldados que se negaron a desempeñar el despreciable papel de ayudantes de los verdugos de sus hermanos y hermanas” que luego llevaron a la revolución. En febrero de 1917 fue la “enorme expansión del empleo femenino entre las trabajadoras” durante la guerra la que condujo a la “conciencia interior libre de las mujeres” y a su “enérgica y entusiasta influencia” en la Revolución rusa.
Con todo y con eso, la guerra no es ningún entretenimiento, sino un crimen del capital. “En el combate contra los enemigos extranjeros” los “proletarios no tienen ‘nada suyo que proteger’”, concluye Zetkin. El “mayor devorador de hombres” y “el principal culpable de las guerras contemporáneas” es el “orden capitalista”. El efecto de la acumulación capitalista en el país, el incremento de “la productividad del trabajo” y la “explotación, tan elevada como sea posible, de las masas oprimidas [por los capitalistas]” genera contradicciones que convierten las relaciones entre estados en violentas: el capital busca en el extranjero lucrativas posibilidades de inversión, recursos naturales y mercados para su propia sobreproducción, y la geopolítica imperialista le garantiza esta expansión del capital con una política de fuerza respaldada por el Estado.
La guerra, para Zetkin, es la “forma más criminal y desquiciada de explotación del pueblo en masa”, porque en última instancia son “los hijos de las masas trabajadoras” quienes son “engañados, agitados y cegados los unos contra los otros para asesinarse entre ellos” aunque deberían ser “hermanos, compañeros en la lucha por la misma libertad”. Zetkin ve en ello dos tareas prácticas: “La dura lucha por conseguir reformas militares que transformen el ejército existente en una milicia”, por una parte, y el “debilitamiento del militarismo desde dentro mediante la revolucionarización de los reclutas proletarios”, por la otra: “Debemos conseguir que gracias a una educación socialista en su infancia y juventud los jóvenes en edad militar […] entren en los cuarteles con una conciencia de clase tan clara y sólida que haga al ejército inservible en la lucha contra el ‘enemigo interior’. Aquí radica una tarea de importancia, en cuya resolución es sobre todo la mujer proletaria como madre, como educadora, quien puede ejercer la mayor influencia en sus hijos”.
La izquierda del partido en torno a Zetkin, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht es quien sitúa la lucha contra el militarismo en el centro y la considera la prueba de fuego del movimiento obrero. La derecha del partido en torno a Eduard Bernstein, Gustav Noske, Eduard David y Wolfgang Heine quería entrar en coaliciones con los partidos burgueses “avanzados” en el marco de lo posible. Como quiera que estos partidos defendían el rearme, el colonialismo (por supuesto “humano”) y la guerra (por descontado sólo en caso de emergencia), estos excesos del capitalismo eran relativizados y el riesgo de una guerra mundial, subestimado.
Bernstein estaba convencido de ello: no había una gran catástrofe, un “colapso” (Kladderadatsch), ni económico ni político-militar próximo. Mientras Zetkin criticaba duramente las guerras coloniales, con sus “balas dum-dum envenadas” y “campos de concentración asesinos”, y la mentalidad racista de los “superhombres (Übermenschen) estéticos”, que se veían a sí mismos como miembros de “naciones cultas” mientras escribían “por otra parte las páginas más sangrientas de su historia”, Bernstein argumentaba que el colonialismo no había de ser necesariamente algo bárbaro, sino que también podía ayudar a un pueblo culturalmente superior a instruir mejor al país de “los salvajes”. ¿Por qué no cultivar uno mismo las frutas tropicales en tierras ajenas? La milicia popular reivindicada por la izquierda, contraargumentaba Bernstein, no era realista, y era mejor reclamar un “ejército popular”. Las democracias abandonarían definitivamente la guerra cuando el pueblo mismo decidiese en los parlamentos sobre el presupuesto militar.
Mientras Zetkin combatía el militarismo, también por los efectos que tenía en la redistribución, como “el enemigo más salvaje y amargo de la clase obrera”, el ala derecha del partido consideraba su tarea principal sacar el tema del armamento de la campaña electoral. Zetkin sacó este tema en el Congreso de Essen de 1907 para enfrentarse a Noske, el posterior “perro de presa” de la contrarrevolución, para señalar que el problema “de cómo se trata la cuestión militar” ya no era tanto lo que se decía como lo que en campaña electoral “no se decía o por lo menos no se destacaba lo suficiente”. Era precisamente “en su juicio del militarismo y las crisis internacionales” donde la socialdemocracia “no debería entonar […] [un discurso] en el que resuenen discretamente matices burgueses ‘patrióticos’.”
Paralelismos históricos
Los paralelismos históricos con el presente son evidentes. El antimilitarismo de Zetkin comenzó con su resistencia contra “el modelo militar” de 1893 y más tarde contra la “expansión de la Marina” con la “construcción de torpedos de mayor capacidad, esto es, más destructivos y asesinos”, “a costa del pan y la formación de tus hijos, a costa de la extenuación de tu marido”. En vísperas del Congreso de Stuttgart de 1898 se produjo un enfrentamiento con el ala derecha del partido que recuerda al voto a favor del plan de rearme del gobierno de Merz por los grupos parlamentarios de La Izquierda de Bremen y Mecklemburgo-Pomerania oriental en el Senado, conseguidos mediante presiones por los escasos medios disponibles para el presupuesto de sus estados federados y justificados por “responsabilidad política” a escala de estado federado.
Mientras entonces el ala derecha del partido, representada por el jurista y diputado del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en el Bundestag de 37 años Wolfgang Heine, se pronunciaba a favor de una “política compensatoria”, en el sentido de un intercambio con los gobernantes basado en el principio de “cañones por derechos”, Zetkin advirtió contra una política “de regateo con el Estado capitalista” como ésa. La posición de los partidarios de la “política compensatoria” culminó con la interpretación de que “hay reivindicaciones militares a las que la clase obrera no puede ser indiferente”, como “la cuestión de la creación de nuevas piezas de artillería” en nombre de la defensa de la patria.
Unos 16 años después Heine se convirtió en nombre de la defensa de la patria en el principal partidario de los créditos de guerra. Mientras Zetkin, Luxemburg y Karl Liebknecht se encontraban tras rejas debido a su oposición al conflicto y organizaban la resistencia contra la guerra mundial, Heine fue hasta el final un defensor de la política de entendimiento entre clases (Burgfrieden). Y mientras Luxemburg y Liebknecht fueron entregados después a las bayonetas por la derecha del partido socialdemócrata y más tarde asesinados, Heine fue recompensado con el puesto de ministro del Interior de Prusia por su servicio a la razón de Estado.
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