El microfestival Gernikako Lekuek resiste, se expande y deja huella

En medio de una industria musical concentrada en marcas, cifras y formatos rentables, tres espacios autogestionados de Gernika impulsan Lekuek Festibala y son capaces de producir vida cultural propia, arraigada y sin domesticar todo el año
4 abr 2026 06:05

El último bolo del domingo revienta en Kult Parnasoa. Las paredes tiemblan con la música y los chillidos arcade punk de Sistema de Entretenimiento. Por un momento, parece que toda Gernika respira desde un mismo pecho. A punto de terminar la edición de 2026, ya no queda nada intacto en Lekuek Festibala: ni los cuerpos, ni las voces, ni la cadena de manos que lleva días sosteniendo horarios, barras, cenas, pruebas de sonido y una sucesión de imprevistos que nunca aparecen en el cartel. Tampoco los meses de trabajo previo necesarios para que todo esto llegue a suceder. Pese al cansancio, al desgaste y a la ausencia de grandes estructuras detrás, el festival ha vuelto a levantarse gracias al trabajo colectivo. 

Sudor, perfume, vasos en alto amenazando la gravedad y humo. Somos parte y testigo de una euforia colectiva contagiosa que desborda la música. Lo que vuelve singular a Gernikako Lekuek va mucho más allá de lo que ocurre sobre el escenario. No por casualidad, una de las actividades del sábado por la mañana fue la presentación de Microfestivales y otros escenarios posibles, de Nando Cruz, cerrada con una idea que aquí adquiere valor de consigna material: “La cultura, la haces o te la hacen”. El propio periodista se marchó de Gernika lamentando en redes no haber dedicado un capítulo del libro a Lekuek, al que definió como un “microfestival de aúpa organizado por tres centros autogestionados del municipio y diseminado por otra decena de espacios”. Durante unos días, cada año, en Gernika esa frase se vuelve descripción.

Nando Cruz y Koldo Otamendi (Musika Zuzenean) durante la presentación del libro ‘Microfestivales’ en Iparragirre

Izena izana: lo que no tiene nombre no existe

LekuekFestibala no tiene nombre de entidad financiera, estilismos festivaleros de catálogo ni esa estética prefabricada que convierte cualquier experiencia en decorado. Es fruto de una alianza entre tres espacios autogestionados de Gernika —Kult Parnasoa, Iparragirre Rock Elkartea y Astra— que durante todo el año sostienen actividad, escena y comunidad. Son realidades distintas, pero comparten una manera de hacer que desconfía tanto de la lógica del mercado como de la comodidad institucional.

El nombre del festival ya señala una toma de posición. Lekuek significa “lugares” en euskera y pone el foco en algo esencial: aquí lo central no es una marca ni un evento flotante, sino los espacios reales que hacen posible la cultura. Lugares que no aparecen de la nada cuando llega el festival, que ya estaban ahí antes y que seguirán ahí después. Frente a la lógica del macroevento, que aterriza, ocupa, rentabiliza, gentrifica y desaparece, aquí lo decisivo son las infraestructuras populares con historia, arraigo y continuidad.

La propia organización lo resume como la celebración de algo que dura 365 días (un día más en año bisiesto). Lekuek Festibala, dicen, nace de una unión real entre espacios, músicas, bares, calles y pueblo, y funciona en el fondo como “la fiesta de cumpleaños de algo que ya existe durante todo el año”. La imagen desplaza el foco del evento a la red que lo hace posible: no tanto un paréntesis excepcional como una intensificación de una vida cultural que ya estaba ahí y ahí continúa resistiendo.

Público de Gernikako Lekuek Festibala desde el balcón de la sala autogestionada Kult Parnasoa

Durante esos días, Gernika cambia de ritmo. La gente se mueve a pie de un espacio a otro, entra y sale de salas y bares, se cruza por la calle, comenta los conciertos, retoma conversaciones a media tarde y reaparece de madrugada. El festival no queda encerrado en cada lugar como si fuera un búnker: se derrama por el pueblo y organiza una manera compartida de circular por él.

También por sus satélites oficiosos. Para una pareja llegada desde Catalunya, que repite por segundo año, seguir la hoja de ruta de Lekuek Festibala tiene algo de ritual: conciertos, desplazamientos, reencuentros y una parada obligatoria para comer croquetas en el mítico restaurante Boliña Viejo. “Un Lekuek (lugar) fundamental” aunque no figure oficialmente dentro del festival. Su combustible y otro de esos lugares que lo dan todo durante todo el año.

No es un decorado, es un engranaje 

En Gernika todo adquiere una densidad añadida. Conviene huir de la tentación de repetir su carga simbólica como una fórmula vacía, de reducir el pueblo a una postal detenida en el tiempo. Aquí la memoria no funciona solo como herencia abstracta: se encarna en espacios vivos, en usos, en decisiones colectivas y en formas concretas de organizarse. También en la persistencia de quienes se niegan a aceptar que la cultura quede reducida a escaparate, consumo o rutina institucional.

Uno de los pilares del festival es Astra. Antigua fábrica de armas franquista construida tras el bombardeo, hoy convertida en hervidero sociocultural. El edificio contiene en su propia materia una torsión histórica poderosa. Donde antes hubo producción para la guerra, hoy hay encuentro, creación, cuidados y vida compartida. En Lekuek funciona además como corazón logístico y afectivo: allí se cocina, se come, se acoge y se articula parte del sostén material sin el que la música nunca llegaría a sonar.

La historia que cuenta la organización ayuda a entender por qué Lekuek no aparece como un invento repentino. Lo sitúan dentro de una lógica de “hazlo tú mismo” que en Gernika viene de lejos y que encontró en la okupación de Astra un punto de inflexión decisivo. A partir de ahí, y del recorrido de espacios como Trinkete Antitxokoa o Iparragirre —hoy también con Kult Parnasoa como relevo y continuidad—, fue cuajando una escena viva, vinculada a la música y a la cultura local, con una coordinación que no empieza ni termina en los cinco días del festival.

Público entregado de Gernikako Lekuek Festibala en la fábrica de armas resignificada Astra

Esa coordinación, explican, existe durante todo el año a través de un “calendario común de la autogestión” que intenta que los espacios no se pisen y que cada cual mantenga su identidad. Durante Lekuek Festibala, esa lógica se intensifica con reuniones semanales y con un trabajo de nodo entre bares, Ayuntamiento, calles, grupos y asociaciones. “Lo que hacemos es consolidar, encender y ampliar esa red durante cinco días sin descanso”, resumen.

El diseño también organiza una escena

Otro trabajo que conviene nombrar porque marca el tono de cada edición desde el principio es la imagen del festival. La organización insiste en que el arranque simbólico de Lekuek comienza con la artista que le da forma visual. Este año ese papel lo ocupa Ainhoa Olaso, con el murciélago de Belarrietan Betazalik Ez, una imagen que, dicen, les “ha llenado de energía”. No es un detalle menor. En Lekuek el cartel no funciona como simple reclamo gráfico, sino como primer gesto de comunidad y activación.

Además, subrayan un criterio que dice mucho del proyecto: la imagen y el lema de cada edición se encargan siempre a artistas de Euskal Herria. También ahí el festival intenta ser coherente con lo que defiende en el escenario: cuidar lo cercano, hacer visible la cultura local y generar red.

Anna Bananna al teclado y los chillidos en el último bolo del domingo de Lekuek 2026 en Kult Parnasoa

Kult Parnasoa introduce una textura de cierre, descarga y persistencia. Ahí resuena el eco del relevo de Trinkete Antotxokoa y la obstinación de una escena que se resiste a desaparecer; muta, se reorganiza y encuentra nuevas formas de continuar. El viernes, el bolo de Caballo Muerto dejó una de las imágenes fuertes del festival, condensando bien esa mezcla de intensidad, resistencia y electricidad que atraviesa Lekuek. Y el último concierto del domingo, con toda su descarga, su cansancio y su exceso, volvió a concentrar esa energía. Lo que desde fuera podría leerse solo como celebración, desde dentro revela algo más: alegría y alivio porque la gente ha venido, los espacios se han activado y la apuesta ha valido la pena, aunque al día siguiente queden agujetas, ojeras y cajas por mover.

Iparragirre Rock Elkartea representa quizá el músculo menos vistoso y por eso mismo más decisivo del festival. Su importancia no reside en el fogonazo puntual, sino en la constancia: en sostener música en directo, locales de ensayo, relaciones con otras salas y continuidad para una escena que no existiría sin lugares donde encontrarse. Desde allí lo resumen con una formulación que merece quedarse en el texto: “Militancia y trabajo continuo de un grupo de personas que no quieren dejar morir la escena local por falta de puntos de encuentro o lugares en los que forjarla y hacerla fuerte, visible y accesible”.

El sábado, Iparragirre fue ganando temperatura concierto a concierto. Abrió Aposapo, joven power trío local entre el stoner y la psicodelia, con un virtuosismo que, bajo la luz roja de la sala, puso el cuerpo del público en otra frecuencia desde el primer minuto. Ritmos complejos, muy precisos, y una manera de tensar la escucha que fue hipnotizando a la sala. Después llegaron Lester Donut y Guadalupe Plata, y con ellos el espacio alcanzó cotas máximas de aforo, calor y música. Más que una simple sucesión de bolos, la noche tuvo algo de escalada física y colectiva, de olla a presión bien llevada hasta el borde.

Izaro, bajista del power trío de Urdaibai Aposapo, durante el bolo del sábado en Iparragirre Rock Elkartea

Autogestión, financiación, trabajo, relevo y desgaste

La organización define la autogestión no solo como una reivindicación, sino como una forma de establecer por sí misma las necesidades del pueblo, de las personas músicas y de una cultura local a la que el mercado suele dar la espalda. Esa idea aterriza de manera muy concreta cuando se habla de dinero y trabajo. “No hay financiación externa, no hay sponsors, no hay un ánimo de lucro”, responden desde Iparragirre. Los cachés, explican, se pagan “con el dinero generado por las propias actuaciones y el generado por las consumiciones de los locales”, además de colaboraciones con bares de Gernika y con Lizeo Antzokia.

La voz organizadora añade otra capa decisiva: “Hablemos de lo verdadero: este festival sería imposible de financiar sin todo ese trabajo no remunerado de todas las personas que participan en él”. Luego llegan los bonos, las entradas, las barras y los apoyos concretos de bares, escuela de música o Ayuntamiento. Y también el compromiso de muchos grupos, que se adaptan a la idiosincrasia del festival y ajustan cachés cuando hace falta. Pero la base material sigue estando donde casi nunca se mira: en el tiempo regalado, en la coordinación militante y en el cuidado invisible.

Ahí aparece también uno de los nudos más delicados del festival. El principal límite de los proyectos culturales autogestionados no es solo económico. Es humano. “El desgaste es grande y hace falta mucha gente trabajando en estos proyectos para que funcionen”, dicen desde Iparragirre. La coordinación lo formula en términos parecidos: las caras que aparecen son a menudo las mismas, cuesta incorporar más diversidad de edades y la sociedad actual dificulta el compromiso con labores tan necesarias como invisibles. No es solo una cuestión de presupuesto, sino de relevo, energía y deseo colectivo.

La banda local Kolpeka tocando en Ipar Tabernie durante Lekuek Festibala 2026

Lekuek resiste y produce cultura

La pelea no es estética ni se reduce a una preferencia romántica por lo pequeño. Lo que está en juego es qué tipo de cultura puede sostenerse hoy, con qué recursos, quién recibe atención, quién recibe dinero y quién pone el cuerpo para que algo exista sin que ese esfuerzo obtenga siempre el mismo reconocimiento. No es una disputa entre gustos legítimos, sino entre modelos culturales con consecuencias materiales muy distintas.

Desde Iparragirre apuntan a una escena cada vez más polarizada por macrofestivales, grandes empresas y hábitos de consumo que dejan huella en la industria musical. “Nuestros hábitos de consumo, en este caso musicales, pero extensibles a todo, dejan una huella en la sociedad y en la industria musical”, advierten. Una huella que, añaden, “polariza cada vez más la escena favoreciendo a unos y castigando a otros”.

La voz organizadora empuja en la misma dirección cuando insiste en la necesidad de “no desatender nunca lo micro”, porque es ahí donde se sostiene el ecosistema entero antes de que los grandes se coman a los pequeños. Lo que se discute, en el fondo, no es solo qué bandas tocan o dónde, sino si la cultura va a seguir viva como red plural o a quedar cada vez más a cargo de unas pocas empresas y de sus necesidades económicas. Ese es el tipo de decisión que también toma forma cada vez que se compra una entrada.

Público de Gernikako Lekuek Festibala 2026 en la sala autogestionada Iparragirre Rock Elkartea

Pero conviene no narrar Gernikako Lekuek Festibala únicamente en clave de resistencia. El festival no solo aguanta: también produce. Comunidad, mezcla generacional, circulación entre espacios, aprendizaje organizativo, vínculos entre bandas y públicos, experiencia compartida. El domingo, por ejemplo, el mercado de arte, libro y música añadió otra textura al fin de semana: la circulación de objetos, ediciones, conversaciones y formas más pausadas de encuentro. Lekuek se dejaba leer entonces como un ecosistema más amplio, hecho también de cruces entre escenas, materiales y sensibilidades. El directo de la banda amazigh asentada en Bilbo Taghufi tuvo lugar en los arkupes (arcos) de la plaza de las escuelas públicas (construidas por Franco después de bombardear Gernika). Tanto el mercado como el concierto atrajeron a un público diverso durante toda la mañana, que disfrutó de la música en directo entre libros, vinilos, cerámica y otros objetos preciosos de artistas locales.

La primera visita de Nando Cruz sirve como termómetro externo. En sus notas sobre el festival, el periodista musical catalán habla de conciertos de “rock primitivista, blues del desierto, hardcore, canción folk, reggae, DJs de techno”, pero sobre todo destaca su valor como “escaparate para un puñado de prometedoras bandas locales”. También anota el “ambiente de camaradería”, la “fulminante capacidad de reacción ante problemas de última hora”, la “entrega absoluta a la causa” y esos llenazos con público “de 20 a 60 años”. Remata la impresión con dos palabras por las que brindar: “autogestión y comunidad”.

Público de Lekuek Festibala durante la presentación del libro ‘Microfestivales’ de Nando Cruz en Iparragirre

La organización insiste además en otra dimensión importante: Lekuek quiere que quien llega por primera vez entienda que aquí “hay sitio para todo el mundo, para todo tipo de grupos y personas, sin prejuicios”. Que descubra bandas que quizá no habría conocido nunca y que, la próxima vez que vaya a comprar una entrada para otro festival, recuerde que existen cosas como esta y se pregunte qué proyectos quiere apoyar de verdad.

Al terminar siempre nace un nuevo Lekuek 

Y quizá sea al final, cuando baja el volumen, cuando mejor se entiende qué ha ocurrido. No queda solo la última canción ni la épica fácil del fin de semana. Quedan vasos, cables, restos de barra, una cocina recogida a toda prisa, cuerpos molidos, una puerta cerrándose y la resaca material de algo que para mucha gente fue solo fiesta. Es ahí, en ese reverso poco luminoso pero profundamente humano, donde Lekuek Festibala muestra mejor su verdad: como el trabajo compartido de quienes siguen levantando espacios propios cuando casi todo empuja en dirección contraria.

El txupinazo final, de hecho, pasó casi desapercibido y no hubo tiempo ni ocasión de retratarlo como merecía. Pero el cierre verdadero apareció por otro lado. Una de las organizadoras más jóvenes insistió en que todavía quedaba un último Lekuek por descubrir: una campa verde, escondida entre naves industriales y fábricas, muy cerca de Kult Parnasoa, en el mismo polígono que comparte con Astra e Iparragirre. Allí, con un par de coches destartalados ardiendo en óxido bajo la luz del atardecer y con la tregua inesperada de un día que prometía lluvia, consiguió reunir a casi todo el grupo. Eider Iturriaga, fotógrafa de Hordago, inmortalizó la escena para la memoria: la del triunfo de un esfuerzo colectivo. Como dice el lema del festival pintado en los baños del Kult: Gora Lekuek, kabronak!!!

Euskal Herria
“El monopolio de Last Tour en Bilbao es inmenso y tiene mucho que ver con el modelo de ciudad”
El sociólogo gipuzkoano analiza en ‘Su festak’ (Susa, 2023) el fenómeno de los macrofestivales y de sus consecuencias en nuestro territorio, no solo a nivel musical, también en lo que a gentrificación y hegemonía cultural se refiere.
Okupación
El centro social Astra en Gernika cumple 20 años desde su okupación
En la Nochebuena de 2005 un grupo de jóvenes okuparon la fábrica de armas abandonada en Gernika para convertirla en un centro social autogestionado.
Culturas
“La música vasca y su institucionalidad contracultural viene de la militancia”
Crónica sobre el final de la gira vasca para presentar ‘Macrofestivales, El agujero negro de la música’ (Planeta), de Nando Cruz, y ‘Su festak, euskal musika jaialdiak XXI. mendean’ (Susa), de Jon Urzelai, en el espacio Sarean de San Francisco.
Culturas
Dopaje de ayudas públicas, elusión de impuestos y precariedad laboral en Last Tour
Last Tour, la promotora del festival BBK Live, recibe millones públicos todos los años, subcontrata mano de obra barata y tracciona una cultura vasca cada vez más acrítica.
VV.AA.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...