Diez años del acuerdo de la Unión Europea con Turquía para la gestión migratoria

Las imágenes de 2015 donde muchas personas en busca de refugio de Siria, Afganistán, Iraq o Palestina caminaban por vías de tren del este de Europa hacia un país europeo que tramitase su petición de asilo (con una Alemania de Angela Merkel que se mostraba dispuesta a hacerlo con un mensaje para toda Europa), son historia.
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Bárbara Bécares 2019. Un asentamiento informal de personas en tránsito en Bosnia y Herzegovina tras una inundación por lluvias
18 mar 2026 06:00

En marzo de 2016 un acuerdo con Turquía lo cambió todo. Fue el comienzo de una serie de decisiones que han marginado a las personas migrantes y han atacado la propia legislación europea que regía en cuanto a protección internacional. Los Convenios de Ginebra de 1949 firmados para proteger a las personas en conflictos parecen ahora una historia del pasado.

En 2026, la gente que escapa de guerras y pobreza vive escondida. Si no has visto en los últimos años imágenes de gente en tránsito por algún país del este de Europa, desde Grecia hasta Croacia, es porque prácticamente no hay. Las decisiones políticas europeas se han ido encargando de invisibilizar el sufrimiento humano: campamentos de refugiados cerrados como si fueran cárceles de máxima seguridad; denegación del acceso a los periodistas a estos lugares; acuerdos millonarios con países vecinos como Serbia para que se encarguen de prohibir a la gente migrante caminar por las calles; devoluciones ilegales en caliente a personas que llegan a países de la Unión Europea a solicitar protección internacional; o la criminalización de la ayuda humanitaria, son algunas de las técnicas usadas.

Las personas que buscan refugio en Europa, niños y niñas también, siguen recibiendo palizas de policías de países europeos, al más puro estilo del ICE de Estados Unidos, pero la opinión pública ya no lo ve.  Ahora, el presente y futuro con una externalización de fronteras, llevará a mucha gente a sufrir toda esta violencia en países aun más alejados de nuestras fronteras. No hay vías legales y seguras para migrar o pedir protección, cada vez hay menos. Mucho ha pasado en diez años.

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Noviembre de 2018 - Familias se manifiesta frente a la frontera de Croacia, desde Bosnia y Herzegovina, esperanzadas de que les abran las fronteras. Algo que no sucedió. Bárbara Bécares

Acuerdos que marcan vidas

Es mayo de 2018 y Mansur está en Bosnia y Herzegovina. Lleva meses en un pueblo, Velika Kladuša, ubicado a un par de kilómetros de un país de la Unión Europea, Croacia. Es joven, le encanta bailar y ha puesto música en la tienda de campaña que es su refugio. Por la zona no hay todavía campos para los que llaman refugiados. Decide parar la música para contar algo: una vez la policía de Bulgaria le dio un golpe tan fuerte en la cabeza que ahora las manos le tiemblan. Le produjeron un daño neurológico, según supo después del golpe gracias a un médico que quiso revisar ese temblor que no cesa.

Lleva más de dos años desde que salió de su casa y tardará casi dos años más en lograr llegar a un país de Europa donde le permitan pedir protección internacional y le tramiten una petición de asilo, como exige la ley. Todo porque un hecho clave de la historia europea se cruzó en su camino cuando decidió migrar a un país más seguro: un acuerdo con Turquía para “la gestión de la inmigración” que convirtió las fronteras de este continente en infiernos.

En 2016 la vida de Mansur corría riesgo en Afganistán porque había trabajado en un puesto relacionado con la seguridad del Parlamento Nacional y eso siempre podía ser el origen de que algún grupo talibán, en aquel momento todavía en la oposición, quisiera atentar contra una vida. Lo habían amenazado. No consiguió que ninguna embajada, le diera un visado para poder salir de manera segura de su país. No le quedó otra alternativa que cruzar las fronteras de manera irregular con el objetivo de llegar a un país de la Unión Europea donde poder ejercer el derecho de pedir protección internacional.

Tras llegar a Turquía, cruzó a Bulgaria, en un momento en que unos acuerdos en unos despachos estaban cambiando las reglas del refugio en Europa.

El 18 de marzo de 2016, la Unión Europea y Turquía firmaron un acuerdo millonario para “poner fin a la inmigración irregular”

Pacto con Turquía y contra los derechos humanos

El 18 de marzo de 2016 la Unión Europea y Turquía firmaron un acuerdo millonario para “poner fin a la inmigración irregular”. En la teoría, Turquía se comprometía a abrir su mercado laboral a las personas sirias que ya vivían en el país, a recibir a migrantes devueltos desde Grecia y a aceptar a las personas interceptadas en aguas turcas. En la práctica, comenzó toda una estrategia de cierre de fronteras y palizas que se extendió por muchos países de la región para frenar, a costa de violencia, el tránsito de migrantes por el este y centro de Europa.

Cuando Mansur llegó a Bulgaria desde Turquía, pisando su primer país de la Unión Europea, fue agarrado por la policía búlgara, llevado a un campamento cerrado en la localidad de Harmanli a la fuerza, y retenido durante meses, junto a miles de personas más. Ese tiempo que estuvo atrapado fue crucial. Las fronteras de países más al norte se estaban sellando. Cuando logró escapar a Serbia y trató de entrar a Hungría recibió muchas palizas, en vez de la oportunidad de pedir asilo. Luego se fue a Bosnia, sintiendo pánico ante la perspectiva de continuar su tránsito hacia Croacia, también territorio comunitario.

En pueblos fronterizos como Velika Kladuša era común ver a personas con moratones y sangre por el cuerpo tras haber sido devueltas desde Croacia. También cuerpos de niñas, niños y mujeres embarazadas eran objeto de estas violencias. Cruzar la frontera era aterrador, pero suponía la única opción de conquistar una vida segura. Bosnia y Herzegovina y Serbia prácticamente no tramitaban ninguna petición de asilo.

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Invierno 2018 - Un grupo de jóvenes muestra cómo les ha dejado el móvil la policía croata durante una devolución en caliente ilegal. Algo muy común Bárbara Bécares

Denegaciones de asilo y amenazas de deportación

Es agosto de 2020 y un calor denso inunda Kastoria, una ciudad griega cerca de Albania. Dos familias de Afganistán, dos madres, dos padres y cinco hijas e hijos en total, están sentadas en una plaza. En el suelo hay mochilas y sillas de paseo que se usan más para cargar todo lo que tienen que para pasear a los niños. No hay donde pasear, solo hay angustia. Ambas familias quieren llegar a Albania y, si los dejasen, quieren quedarse allí a vivir.

Unas semanas antes, tras más de un año viviendo en Grecia, donde tramitaban su asilo, recibieron una notificación terrible: les denegaron darles protección internacional. La autoridad griega consideró que su país de origen era seguro. Justo falta un año para que los talibanes retomen el poder de Afganistán y en ese 2020 los atentados allí son constantes.

En su más de un año en Grecia, los padres de estas familias habían logrado un trabajo precario en la agricultura y dicen que les gustaba. Solo la mera paz les gustaba. Con la respuesta denegando el asilo había una amenaza: o salían del país o si las autoridades los encontraban indocumentados corrían el riesgo de ser deportados a Turquía, un país donde no tenían nada, ni familia, ni amistades, donde solo habían estado de paso unos días de su vida y donde es sabido que los afganos o sirios viven sin derechos.

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Menores sirios en el lugar en el que viven con su familia en Turquía, cerca de Esmirna. Trabajan 12 horas al día en el campo pero este es el lugar donde pueden permitirse vivir. Bárbara Bécares

Cierre y securitización

Desde su desesperación, sentados en la plaza de Kastoria en la que también duermen cada noche, cuentan que hay grupos organizados que ayudan a las personas en busca de refugio o migrando a cruzar la frontera a Albania pero que cobran unos 1.000 euros por familia.

2019 había supuesto otra fecha clave en ese lugar donde estas personas afganas se habían quedado varadas en la incertidumbre: La Unión Europea firmó la primera misión de su policía fronteriza, FRONTEX, en un país ajeno a la propia UE: apoyando a Albania en el control fronterizo. En el papel, el objetivo era acabar con las mafias, las bandas organizadas de tráfico de personas.

Nadie pagaría cientos o miles de euros por migrar si pudiera hacerlo por su cuenta

En la práctica, mientras que un año atrás, las personas migrantes hablaban de cómo Albania había sido un lugar amable en su ruta y donde explicaban que lo mejor había sido poder cruzar esa frontera sin tener que contar con una banda organizada, en 2020, esta familia no sabe ni cómo poner un pie en el país vecino. Una misión de FRONTEX que clamaba acabar con el tráfico de personas ha sido el origen de que ya haya traficantes aprovechando la desesperación: al fin y al cabo, nadie pagaría cientos o miles de euros por migrar si pudiera hacerlo por su cuenta.

Externalizar para invisibilizar

Es primavera de 2024. Un grupo de jóvenes está escondido en un bosque del sur de Serbia. Tienen hambre pero no pueden ir a la tienda del pueblo más cercano. Es el sur del país pero esa ya es una nueva frontera. Si fueran descubiertos, la policía los llevaría aun más al sur a la fuerza. Desde 2022, la estrategia de la Unión Europea es llevar las fronteras europeas lejos de las verdaderas fronteras.

Los policías de países miembros llevan años manchándose las manos frenando la migración a base de violencia y ha llegado un momento en que las autoridades de Bruselas ya no pueden seguir negando estas ilegalidades. Se han ido acumulando muchos testimonios y pruebas. Por ello, el objetivo ha cambiado: dar dinero a terceros países para que se encarguen de prohibir que la gente pueda acercarse. Dinero y esperanzas de llegar a ser estados miembros de la UE en el futuro.

La comisaria europea de Asuntos de Interior, Ylva Johansson, visitó Serbia el 16 de marzo de 2023 para reforzar la colaboración de la UE con las autoridades serbias en materia de migración y gestión de fronteras. En ese contexto y de manera inmediata, una mega redada atrapó a las personas migrantes que vivían en el norte de Serbia con el objetivo de llegar a Europa y las llevó a la fuerza al sur. Tras eso, caminar libremente por las calles del país se volvió un imposible para la gente sospechosa de ser migrante (sospechosa por su color de piel, básicamente). Solo se podía atravesar el país recorriendo sus bosques. Todo se ha vuelto más complicado, más peligroso. En 2024, es muy difícil ver a una persona en tránsito por las calles de Serbia más allá del sur del país. La gente se ha vuelto invisible.

El Pacto Europeo de Migración y Asilo

Con los años y con el Pacto Europeo de Migración y Asilo aprobado en 2024 y que comienza a tomar forma, los países de la UE, España incluida, envían cada vez más dinero a países lejanos para que sean ellos quienes se encarguen de frenar a la gente. Así, como ciudadanía europea ya no vamos a poder tener fácilmente información que muestre cómo con el dinero de nuestros impuestos destinado al control fronterizo hay personas sufriendo violencia a costa de lo que sea.

El objetivo es frenar algo natural de la naturaleza y del ser humano: migrar.

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