Opinión
Más allá de la autonomía: hacia un nuevo ciclo del sindicalismo
Hay algo extraño en comparar inmediatamente la reciente acampada de Sol con el 15M. La imagen invita a hacerlo: las tiendas, la plaza tomada, las comisiones, las cocinas improvisadas, las asambleas, esa sensación tan difícil de explicar a quien nunca la ha vivido que durante unos días el tiempo político se acelera y todo parece posible. También está la memoria. Sol es probablemente el espacio político más cargado de significado de la izquierda madrileña contemporánea. Basta plantar unas cuantas tiendas para convocar los fantasmas de 2011.
Pero quizá lo más interesante de lo ocurrido estos días sea precisamente aquello que no se parece al 15M. Quizá estemos viendo algo bastante más interesante que una repetición del ciclo de las plazas. Puede que estemos entrando en otro ciclo político, uno en el que la palabra organización deja de provocar alergia.
El largo ciclo de la autonomía
Durante varias décadas, buena parte de la izquierda situada fuera de las instituciones desarrolló una profunda desconfianza hacia las organizaciones fuertes. Había buenas razones para ello, pues el siglo XX había dejado detrás partidos comunistas burocratizados, sindicatos convertidos demasiadas veces en aparatos de concertación, organizaciones donde la disciplina había sustituido al debate y vanguardias que habían acabado confundiendo sus propios intereses con los de las personas a las que pretendían representar. La crisis del movimiento comunista y el derrumbe de la Unión Soviética terminaron de desacreditar un determinado imaginario organizativo.
En ese contexto se fue consolidando otro sentido común militante, cuya genealogía no nació en 1991 sino que parte de la Nueva Izquierda de los 60, la política prefigurativa, el feminismo autónomo, la autonomía italiana, el zapatismo, el movimiento antiglobalización, las experiencias argentinas posteriores a 2001, Occupy, las plazas árabes, el 15M. Tradiciones diferentes que terminaron compartiendo, pese a todas sus diferencias, algunas intuiciones: sospecha de la representación, rechazo de las jerarquías formales, preferencia por estructuras descentralizadas, reivindicación de la horizontalidad y una enorme confianza en la capacidad política de los acontecimientos espontáneos.
El periodista Vincent Bevins reconstruye buena parte de esta historia en If We Burn. Su argumento no es que existiese una conspiración horizontalista ni que todas aquellas experiencias fueran idénticas, sino que durante el ciclo global de protestas de 2010 a 2020, una determinada forma de movilización (descentralizada, coordinada digitalmente, sin liderazgos reconocidos y centrada en la ocupación de espacios públicos) llegó a parecer casi la forma natural que debía adoptar cualquier movimiento emancipador. Pero esa forma era el producto de una historia concreta, no una ley de la naturaleza. Durante mucho tiempo aquello pareció una ruptura necesaria con el siglo XX, y quizá lo fuera, pero el problema apareció cuando la crítica de las organizaciones burocráticas terminó convirtiéndose en una crítica de la organización misma, cuando no tener líderes pasó a considerarse automáticamente más democrático que tenerlos, cuando la ausencia de estructuras formales se confundió con la ausencia de relaciones de poder, cuando crecer empezó a parecer sospechoso, cuando preservar la pureza de pequeños espacios militantes podía ser más importante que construir organizaciones capaces de incorporar a personas que no compartían previamente nuestros códigos políticos.
Ese mundo produjo cosas valiosas, protegiendo a la izquierda de muchas patologías reales del siglo XX y enseñando a desconfiar de los aparatos, a cuidar los procesos, a tomarse en serio quién habla y quién queda fuera, a experimentar con nuevas formas de democracia. Sería absurdo despacharlo como treinta años perdidos, pero también dejó una pregunta sin resolver: ¿cómo se construye poder a gran escala?
Quizá tampoco pueda entenderse el auge de la autonomía al margen de las condiciones sociales que la hicieron posible. Como reconstruyen Francisco Salamanca y Gonzalo Wilhelmi en Tomar y hacer en vez de pedir y esperar, aquel espacio consiguió organizar, sobre todo, a sectores juveniles que permanecían voluntariamente —y, en otros casos, materialmente— en los márgenes de las grandes instituciones de integración social: el partido, el sindicato, la asociación tradicional, pero también determinadas trayectorias laborales, familiares y de acceso a la propiedad. En una sociedad todavía atravesada por una fuerte capacidad estatal de integración, la autonomía ofreció una forma política a quienes rechazaban esa integración o quedaban parcialmente fuera de ella.
Si la autonomía encontró su terreno entre quienes se situaban fuera de una sociedad todavía capaz de integrar a grandes mayorías, el nuevo sindicalismo puede estar encontrándolo precisamente en una sociedad que cada vez tiene más dificultades para integrarlas
Quizá no sea casual que el sindicalismo de base reaparezca ahora con especial fuerza en el momento contrario. Lo que Emmanuel Rodríguez describe en El efecto clase media es precisamente la erosión de aquel arreglo histórico mediante el cual el Estado, el empleo relativamente estable, los servicios públicos, el crédito y, en España de manera decisiva, la propiedad de la vivienda consiguieron integrar a enormes sectores sociales en una expectativa compartida de progreso y seguridad. Hoy, cuando la precariedad se generaliza, la propiedad se concentra cada vez más como frontera entre quienes tienen patrimonio y quienes no, y la promesa de incorporación a las clases medias pierde capacidad material para ordenar la sociedad, vuelve a abrirse el espacio para organizaciones construidas directamente sobre el conflicto de intereses. Si la autonomía encontró su terreno entre quienes se situaban fuera de una sociedad todavía capaz de integrar a grandes mayorías, el nuevo sindicalismo puede estar encontrándolo precisamente en una sociedad que cada vez tiene más dificultades para integrarlas.
Hay además indicios de que este desplazamiento no pertenece únicamente al movimiento de vivienda. Como comentaba recientemente el militante de la CNT Rafa Cuesta en El Salto, el regreso de la forma sindicato coincide con una recuperación más amplia de la conflictividad laboral y con la aparición de experiencias en las que sindicatos combativos de base, plataformas unitarias y grandes asambleas de trabajadores vuelven a adquirir capacidad de iniciativa. Quizá el sindicalismo inquilino no sea entonces una anomalía, sino una de las expresiones más visibles de una recomposición todavía incipiente. Si la ruptura de la sociedad de clases medias vuelve a hacer más nítidos intereses que durante décadas pudieron aparecer amortiguados por el acceso al empleo estable, el consumo, los servicios públicos o la propiedad, no sería extraño que reaparecieran también organizaciones construidas precisamente para convertir esos intereses compartidos en conflicto colectivo. El retorno del sindicato sería así menos una moda militante que el síntoma organizativo de una transformación social más profunda.
Después del estallido
If We Burn se pregunta sobre cómo organizar poder a gran escala mirando hacia atrás después del entusiasmo. Bevins entrevistó a participantes de movimientos de masas de una docena de países, encontrando enormes diferencias entre Brasil, Egipto, Chile, Turquía, Hong Kong o Ucrania, pero también una recurrencia: movimientos capaces de reunir centenares de miles de personas, derribar gobiernos o paralizar ciudades podían encontrarse sorprendentemente mal preparados para decidir qué debía ocurrir al día siguiente. La movilización podía producir un vacío de poder, pero alguien tenía que llenarlo.
Y el hecho de que un movimiento renunciara a hacerlo no significaba que el espacio permaneciese vacío, ya que otros actores —partidos, ejércitos, élites económicas, organizaciones religiosas, nuevas derechas— podían estar bastante mejor preparados para aprovecharlo. Ésa es una de las tesis centrales de Bevins: abrir una crisis política y disponer de una organización capaz de intervenir sobre ella son dos capacidades distintas.
España siguió naturalmente su propio recorrido. El 15M no “fracasó” sin más, pues transformó el lenguaje político, produjo nuevas organizaciones (y alimentó otras como la PAH), modificó la agenda pública y abrió posteriormente un ciclo institucional completamente nuevo, capaz de acabar con el bipartidismo hasta hoy en día. Reducir aquello a una derrota sería tan simplificador como idealizarlo, pero dejó abierta la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando la plaza se vacía?
El 15M no “fracasó” sin más, pues transformó el lenguaje político, produjo nuevas organizaciones (y alimentó otras como la PAH), modificó la agenda pública y abrió posteriormente un ciclo institucional completamente nuevo
Durante unos años la respuesta española fue, en cierta medida, electoral. Parte de la energía del 15M terminó canalizada hacia nuevos partidos y candidaturas. Otra parte regresó a movimientos sociales, centros sociales, redes de solidaridad y activismos sectoriales. Una última parte, acabó demasiado herida y cansada como para seguir participando activamente. Hoy parece estar apareciendo una tercera respuesta: el regreso del sindicalismo de base.
Ni partido ni plaza
Esto es lo verdaderamente interesante del sindicalismo inquilino contemporáneo. Un sindicato no es un partido político, no pretende necesariamente conquistar el Estado ni necesita presentarse a elecciones. Pero tampoco es simplemente un espacio de encuentro entre activistas, ya que aspira a organizar a una parte concreta de la sociedad a partir de una relación material compartida.
Ésa es una diferencia gigantesca. Una inquilina puede no considerarse de izquierdas, no saber qué significa “autonomía”, no haber participado nunca en una manifestación y no tener ninguna opinión sobre la Comuna de París. Pero sabe perfectamente cuánto paga de alquiler, sabe cuándo termina su contrato, sabe quién es su casero, sabe que en el piso de al lado otras cinco familias están recibiendo el mismo burofax.
Ahí comienza la hipótesis sindical, no en la coincidencia ideológica previa, sino en la posibilidad de construir intereses comunes a partir de una relación social existente. Por eso el Sindicato de Inquilinas de Madrid organiza simultáneamente por territorio, por bloque y por casero. Su propia metodología para organizar edificios pasa por localizar al resto de las vecinas, acordar demandas comunes amplia y profundamente sentidas, abrir una negociación colectiva y escalar el conflicto si el casero se niega a negociar. No es especialmente espectacular, pero ésa puede ser precisamente su virtud. Porque una de las paradojas de la política contemporánea es que hemos aprendido a producir acontecimientos extraordinarios mientras perdíamos capacidad para construir instituciones ordinarias.
Llamarse sindicato expresa una ambición específica: no limitarse a denunciar una injusticia, acompañar a quienes la sufren o intervenir episódicamente sobre ella, sino construir una institución permanente
En ese sentido, tampoco fue irrelevante empezar a llamarnos sindicato. Hay algo políticamente significativo en que, después de décadas en las que buena parte de los movimientos sociales prefirieron nombrarse como plataformas, colectivos, redes o asambleas, una nueva generación de organizaciones haya recuperado conscientemente una palabra tan cargada de historia. Llamarse sindicato expresa una ambición específica: no limitarse a denunciar una injusticia, acompañar a quienes la sufren o intervenir episódicamente sobre ella, sino construir una institución permanente del conflicto. Una organización capaz de agrupar intereses materiales, generar pertenencia, formar a sus miembros, negociar colectivamente, imponer costes al adversario y acumular poder entre un conflicto y el siguiente. La vuelta de la palabra importa porque señala también la vuelta de esa ambición.
La complementariedad entre movilizar y organizar
Aquí aparece una distinción que durante demasiado tiempo hemos tratado como si fuera semántica. Movilizar consiste en conseguir que mucha gente haga algo, mientras que organizar consiste en conseguir que esa gente sea capaz de hacer cosas que antes no podía hacer. Puedes conseguir que cincuenta mil personas acudan a Sol mediante una combinación de indignación, redes sociales, cobertura mediática y coyuntura. Eso demuestra una enorme capacidad de movilización. Pero si después de esa semana existen diez bloques organizados nuevos, centenares de personas capaces de convocar reuniones en sus edificios, más afiliación, nuevas brigadas y estructuras capaces de sostener conflictos durante meses, entonces ha sucedido algo distinto. Se ha construido organización.
Aun así, sería un error convertir esa distinción en una nueva oposición. Movilizar y organizar no son alternativas excluyentes. Una organización de masas necesita hacer ambas cosas. Hahrie Han ha mostrado precisamente que las organizaciones más fuertes no son aquellas que simplemente acumulan una gran base de simpatizantes ni aquellas que sólo concentran su energía en formar pequeños núcleos militantes. Las organizaciones con mayor capacidad combinan movilización y organización: crean oportunidades de participación accesibles para miles de personas y, al mismo tiempo, desarrollan mecanismos mediante los cuales una parte de esas personas adquiere responsabilidades, formación, capacidades políticas y liderazgo. Sin movilización, la organización corre el riesgo de encerrarse sobre sí misma y, sin organización, la movilización puede tener enormes dimensiones y dejar detrás muy poca capacidad acumulada.
Organizar el desborde
Esto permite mirar de otra manera la discusión sobre la acampada. Pablo Carmona proponía estos días interpretar Sol como una nueva “Comuna de Madrid”: un movimiento capaz de desprenderse progresivamente de las organizaciones que originaron la protesta para convertirse en un sujeto autónomo, destituyente y expansivo. La imagen es sugerente, pero también pertenece reconociblemente al ciclo político anterior. La plaza aparece de nuevo como el lugar donde las identidades previas deberían diluirse para producir un sujeto nuevo. Las organizaciones existentes son necesarias para encender la mecha pero, después, deberían hacerse discretamente a un lado para permitir que el acontecimiento despliegue todas sus posibilidades.
Una mirada sindical permite plantear el problema de otra manera, sin caer en la conclusión superficial de que simplemente las organizaciones deben absorber el acontecimiento. Eso reproduciría, en dirección contraria, uno de los problemas históricos de cierta izquierda organizada, que tiende a imaginar que toda energía popular debe terminar contenida dentro de sus propias estructuras. Los grandes procesos políticos nunca funcionan así, pues siempre existen personas que llegan por primera vez, redes informales, grupos de vecinos, militantes de distintas organizaciones, gente que no quiere afiliarse a ninguna, espacios de autoorganización que nacen durante el propio conflicto, iniciativas imposibles de haber diseñado desde una coordinadora semanas antes. Y todo eso no es una anomalía que haya que corregir, es una de las fuentes de potencia de cualquier movimiento de masas.
Movilizar y organizar no son alternativas excluyentes. Una organización de masas necesita hacer ambas cosas
El reto consiste entonces en construir una relación productiva entre organización y espontaneidad. Las organizaciones fuertes aportan infraestructura, experiencia acumulada, formación, recursos, memoria, capacidad de sostener conflictos y una lectura estratégica. El movimiento popular aporta una capacidad de expansión, creatividad e iniciativa que ninguna organización puede fabricar desde la estrategia coordinada.
Una huelga general, si alguna vez llega a adquirir verdadera dimensión de masas, probablemente tendrá que construirse precisamente en esa relación. No podrá ser únicamente “la huelga del Sindicato”, tendrá que convertirse en una huelga de miles y después de decenas de miles de personas, muchas previamente organizadas y la mayoría, con suerte, sin haber pertenecido anteriormente a ninguna organización.
Eso obliga a pensar formas organizativas más amplias: comités de huelga por barrios, asambleas abiertas, coordinaciones entre bloques, estructuras donde participen sindicatos, colectivos existentes y personas que llegan por primera vez. Ahí las organizaciones fuertes no deberían desaparecer, pero tampoco deberían pretender sustituir al movimiento. Su papel sería proporcionar columna vertebral a una fuerza social necesariamente más amplia que ellas mismas. Quizá ésa sea una mejor manera de describir la tarea del momento: no contener el desborde ni adorarlo, sino organizarlo.
¿La autonomía ha muerto?
Por eso quizá pueda formularse, deliberadamente de manera excesiva, una hipótesis: la autonomía ha muerto. Pero conviene explicar inmediatamente qué significa, porque de otro modo la frase es simplemente falsa. No está muriendo la autonomía respecto del Estado, ni respecto de los partidos. No está muriendo tampoco la necesidad de que los movimientos sociales mantengan capacidad propia para decidir sus estrategias. Lo que puede estar muriendo es la autonomía como teoría suficiente de la organización.
La idea de que conectar luchas horizontalmente, respetar su independencia y dejar que la inteligencia colectiva emerja desde abajo terminará produciendo por sí misma una estrategia común. Durante décadas buena parte de la política radical sospechó de una palabra en particular, representación, pero la alternativa real nunca fue representación o ausencia de representación. La alternativa era representación controlada o representación informal, liderazgos visibles o liderazgos invisibles, estructuras sometidas a reglas o estructuras construidas mediante relaciones personales que nadie había votado.
Jo Freeman lo señaló ya en 1970 en su conocida crítica a “la tiranía de la falta de estructuras”. Bevins encuentra medio siglo después una intuición parecida entre muchos de los participantes de los movimientos que estudia, descubriendo que buena parte de quienes revisaron sus posiciones después de aquellas experiencias acabaron concediendo más importancia a la organización, al liderazgo y a alguna forma de representación explícita.
Eso no obliga a rehabilitar el centralismo democrático ni a construir pequeños partidos bolcheviques, pero nos permite plantear una pregunta bastante más práctica: ¿cómo construimos organizaciones grandes donde el poder pueda ser visible, discutido, distribuido, rotativo y controlado?
Aquí es donde un sindicato ofrece una posible respuesta, no porque elimine las contradicciones sino porque proporciona mecanismos para procesarlas: asambleas, delegadas, mandatos, afiliación, espacios de decisión, responsabilidades, formación de cuadros, de base, de masa. Una estructura democrática, participativa y estratégica.
El regreso del liderazgo
Quizá ninguna palabra haya sufrido tanto en determinados ambientes militantes como “liderazgo”, ya que durante años parecía esconder siempre una amenaza. La alternativa consistía en afirmar que todas éramos iguales, que no había dirigentes y que las decisiones surgían espontáneamente de la asamblea, pero cualquiera que haya pasado suficiente tiempo en una “asamblea horizontal” sabe que eso rara vez describe lo que realmente ocurre. Hay personas con más información, personas que llevan diez años, personas que conocen a todo el mundo, personas cuya intervención modifica inmediatamente una asamblea, personas que pueden dedicar cuarenta horas semanales a militar y otras que pueden dedicar tres.
Si realmente estamos entrando en un nuevo ciclo político, sería ingenuo imaginarlo como una simple restauración. No se trata de regresar al partido de masas del siglo XX, ni tampoco de reconstruir sindicatos burocráticos
El liderazgo existe incluso cuando decidimos no nombrarlo y, precisamente por ello, la cuestión sindical no se obsesiona con limitarlo, sino que se centra en: cómo multiplicarlo. No construir dirigentes imprescindibles, sino producir cientos. La persona que llega porque su casero quiere echarla puede ser dentro de un año quien organice su edificio, después puede acompañar otro conflicto, después formar a diez personas nuevas. Por eso, la formación política de pedagogía freiriana, es decir, que parta de la experiencia vivida de la gente para desarrollar un pensamiento político de clase y anticapitalista, es y debe ser un pilar estratégico.
Ese proceso es bastante menos romántico que una plaza ocupada, y bastante más peligroso para quien tiene poder. Porque el rentismo puede soportar manifestaciones pero lo que resulta más difícil de gestionar es que miles de personas aprendan colectivamente a negociar, desobedecer y sostenerse durante conflictos largos.
Organizaciones fuertes sin volver al siglo XX
Pero si realmente estamos entrando en un nuevo ciclo político, sería ingenuo imaginarlo como una simple restauración. No se trata de regresar al partido de masas del siglo XX, ni tampoco de reconstruir sindicatos burocráticos cuya relación con su afiliación consiste fundamentalmente en prestar servicios.
Las críticas producidas por el ciclo autónomo siguen ahí por buenas razones y nadie debería obviar que una organización grande tiende a burocratizarse, a profesionalizar excesivamente a sus cuadros, a convertir a sus afiliadas en espectadoras y sustituir a la gente en vez de organizarla. Puede terminar preocupándose más por conservarse a sí misma que por ganar conflictos, puede desarrollar una cultura interna incomprensible para quien llega desde fuera, o puede convertir la disciplina en obediencia y la unidad en silencio.
Nada de eso desaparece porque llamemos sindicato a una organización, ese sería precisamente el error simétrico al anterior. Si durante treinta años parte de la izquierda confundió horizontalidad con democracia, el nuevo ciclo podría acabar confundiendo estructura con poder. Tampoco son lo mismo. Una organización puede tener un organigrama impresionante y no organizar a nadie, la pregunta sigue siendo qué capacidad desarrolla entre su propia base.
De Sol a la huelga
Visto así, incluso la discusión sobre cuándo abandonar una acampada cambia completamente de significado. Reducir la presencia en Sol no tiene por qué significar desmovilización, puede significar exactamente lo contrario. El Sindicato de Inquilinas anunció esta semana que reduciría progresivamente su presencia oficial en la acampada mientras orientaba esfuerzos hacia los barrios, los bloques y la preparación de futuros conflictos, aunque otras personas y organizaciones decidieran mantener el campamento.
Es una decisión estratégicamente interesante precisamente porque rompe la arraigada intuición de que una movilización sólo puede crecer permaneciendo físicamente donde ha alcanzado su máxima visibilidad. Quizá ahora crecer pueda significar otra cosa. Utilizar el momento excepcional no para permanecer indefinidamente dentro de él, sino para modificar las condiciones de la vida cotidiana cuando el acontecimiento haya terminado. En ese sentido, Sol sería menos una Comuna que una gigantesca escuela sindical acelerada y su éxito no se podría medir simplemente contando tiendas de campaña. Habrá que esperar unos meses y, en concreto, ver cómo se materializa en la huelga general que está en ciernes.
Sol sería menos una Comuna que una gigantesca escuela sindical acelerada y su éxito no se podría medir simplemente contando tiendas de campaña
Porque preparar una huelga general no significa únicamente fijar una fecha futura en el calendario. La construcción de la huelga puede ser en sí misma un proceso de organización de masas. Cada comité de huelga que se levanta, cada bloque que se incorpora, cada conversación con alguien todavía no organizado, cada nueva responsable que aprende a convocar una reunión, cada caja de resistencia y cada estructura de coordinación construyen antes de la huelga una capacidad que permanecerá después de ella. En ese sentido, la huelga no es únicamente el momento culminante en el que una fuerza previamente existente se pone a prueba. Puede ser también el proceso mediante el cual esa fuerza llega a existir. Prepararla significa producir al propio sujeto capaz de sostenerla.
Esto modifica también la relación entre organizaciones y movimiento popular. Los comités de huelga no deberían ser simples correas de transmisión de una decisión adoptada previamente por los sindicatos, sino espacios donde la experiencia acumulada por las organizaciones pueda encontrarse con miles de personas que entran por primera vez en el conflicto. Si la huelga aspira realmente a ser general, tendrá que construir estructuras suficientemente amplias para que quienes no pertenecen hoy a ninguna organización puedan apropiársela, asumir responsabilidades y dotarla de formas concretas en cada territorio. Con los tiempos actuales, sería poco realista pensar que esa ampliación vaya a traducirse ya en una participación plena en la dirección general de la huelga. Pero sí puede permitir que aparezcan comités y espacios abiertos capaces de construir estrategias territorializadas, adaptar la convocatoria a conflictos y realidades locales, incorporar a personas nuevas a tareas de organización y fortalecer la motivación política e impugnatoria que da sentido común al conjunto de la huelga. Las organizaciones pueden proporcionar continuidad, recursos y orientación estratégica; el reto inmediato es que la huelga no sea percibida como una convocatoria externa a la que simplemente adherirse, sino como un proceso que muchas más personas puedan hacer suyo y desarrollar desde abajo.
Lo que realmente dejó el 15M
En este punto conviene evitar una narración demasiado cómoda sobre nuestro propio pasado, ya que sería falso decir que el 15M llenó las plazas y después desapareció. Las plazas se territorializaron, surgieron y se reforzaron asambleas populares en decenas de barrios, grupos de vivienda, redes de cuidados, despensas, centros sociales, plataformas sectoriales y espacios comunitarios. Muchas de las personas que hoy sostienen sindicatos, movimientos de vivienda y organizaciones populares aprendieron política precisamente en aquel ciclo.
El 15M produjo organización, mucha. Lo que podemos discutir quince años después es qué límites tuvo la forma organizativa predominante de aquel ciclo. La autonomía territorial facilitó una enorme proliferación de iniciativas, pero hizo más difícil construir escalas superiores estables. La horizontalidad abrió espacios de participación extraordinarios, pero también dificultó en ocasiones reconocer y formar liderazgos más allá de las lógicas partidistas. La flexibilidad permitió que nacieran proyectos con enorme rapidez, pero hizo que otros desaparecieran cuando se agotó el núcleo militante que los sostenía. Y la desconfianza hacia cualquier mecanismo fuerte de representación protegió frente a la burocratización, pero también complicó la capacidad de actuar como una fuerza unitaria cuando la coyuntura lo exigía.
El 15M produjo organización, mucha. Lo que podemos discutir quince años después es qué límites tuvo la forma organizativa predominante de aquel ciclo. La autonomía territorial facilitó una enorme proliferación de iniciativas
Había, además, otra cuestión decisiva: el 15M produjo una enorme indignación social, pero quienes consiguieron representarla a medio plazo no fueron principalmente las estructuras populares nacidas en los barrios. Fueron, sobre todo, sus traducciones electorales. Primero las candidaturas municipalistas, después Podemos y, más ampliamente, el conjunto del ciclo político que trató de trasladar a las instituciones una parte de las demandas, el lenguaje y la energía que habían irrumpido en las plazas. No fue necesariamente una traición ni un desenlace inevitable, fue, entre otras cosas, el resultado de una debilidad organizativa. Se había creado una enorme capacidad para abrir una crisis, pero mucha menos para dotarla de una dirección propia a escala suficiente.
Ésa puede ser una de las diferencias fundamentales con el momento actual. Hoy, la traducción política inmediata de la indignación no tiene por qué pasar por una nueva oferta electoral. Puede pasar por el sindicalismo de base y por la construcción de una huelga general. No porque las elecciones hayan dejado de importar ni porque los partidos hayan desaparecido, sino porque existe ahora una infraestructura organizativa que hace quince años era mucho más débil: sindicatos de base capaces de organizar conflictos, acumular experiencia, formar militantes, negociar, desobedecer y plantearse la escalada.
En 2011 una parte de la izquierda social esperaba, explícita o implícitamente, que las siguientes fases del conflicto fueran orientadas desde algún otro lugar. Los movimientos podían abrir el ciclo pero la cuestión de la estrategia general aparecía muchas veces desplazada hacia la política institucional, hacia nuevas candidaturas o, en otros casos, hacia un sindicalismo de clase tradicional que tampoco supo siempre leer la dimensión de lo que estaba ocurriendo.
Ahora la situación puede ser distinta. La dirección de las siguientes fases puede construirse desde las propias organizaciones populares que han abierto el conflicto. No necesitamos esperar a que otro sujeto traduzca políticamente nuestra fuerza y esa es quizá una de las novedades más profundas del sindicalismo inquilino. No aparecemos únicamente como un movimiento que presiona para que otros actúen, sino que aspiramos a disponer de estrategia propia, herramientas propias y capacidad para determinar los ritmos de la confrontación.
Y eso cambia también la relación con el sindicalismo. En algunos lugares, el 15M estuvo atravesado por un fuerte sentimiento antisindical, no solamente contra las burocracias de determinados sindicatos mayoritarios, algo perfectamente comprensible en aquel contexto, sino a veces contra la propia forma sindicato, identificada con jerarquía, representación, negociación desde arriba y política del viejo mundo. Quince años después, una de las ironías más interesantes del nuevo ciclo es que son precisamente los sindicatos quienes empiezan a proporcionar orientación estratégica a una movilización que vuelve a desbordar las plazas.
La huelga general aparece hoy de una manera muy distinta a como aparecía en 2011. Entonces era fundamentalmente una herramienta cuya convocatoria dependía de estructuras sindicales externas al propio movimiento de las plazas
Pero son sindicatos de otro tipo: sindicatos de base, construidos desde conflictos concretos, que pretenden organizar directamente a quienes sufren una relación de explotación y que no esperan a que un partido traduzca sus demandas. De ahí que la huelga general aparezca hoy de una manera muy distinta a como aparecía en 2011. Entonces era fundamentalmente una herramienta cuya convocatoria dependía de estructuras sindicales externas al propio movimiento de las plazas. La consigna “huelga general” podía recorrer las asambleas pero su realización efectiva remitía inevitablemente a otros actores que disponían de las organizaciones capaces de convocarla.
Ahora podemos empezar a imaginar una huelga general que no llegue desde fuera del movimiento, sino que sea construida desde su interior, bloque a bloque, barrio a barrio. Mediante sindicatos, comités de huelga, asambleas abiertas y estructuras populares que puedan incorporar a miles de personas que nunca han militado antes. Ése es un cambio considerable, porque significa que quienes han ayudado a abrir la crisis pueden disponer también de herramientas para orientar sus siguientes fases.
El sindicalismo que viene después del ciclo 15M seguramente sea posible precisamente porque miles de personas aprendieron durante ese ciclo a organizar una asamblea, tomar una plaza, parar un desahucio, crear redes de apoyo mutuo y desconfiar saludablemente de quien pretende hablar en nombre de los demás. El cambio de ciclo no consiste en olvidar todo aquello, consiste en responder a las preguntas que quedaron abiertas. Cómo crecer, cómo agregar, cómo formar dirigentes sin producir élites separadas, cómo representar sin sustituir, cómo disciplinarnos colectivamente sin obedecer ciegamente, cómo construir organizaciones que duren. Y, sobre todo, cómo conseguir que la enorme energía de un levantamiento popular no necesite buscar después, fuera de sí misma, a quien le diga hacia dónde continuar.
El tiempo de los políticos se ha acabado. Que comience el tiempo de la política.
Puede que ésa sea la transformación realmente importante que estamos viendo. Durante buena parte de las últimas décadas, el espacio existente entre el individuo y el Estado quedó políticamente devastado. Los partidos perdieron militancia, los sindicatos tradicionales perdieron densidad social, las asociaciones vecinales se asimilaron y envejecieron. Buena parte de la participación política se desplazó hacia campañas, redes, ONG, movimientos temporales y explosiones periódicas de protesta.
La política se volvió extraordinariamente intensa y extraordinariamente intermitente. Pero una democracia rica necesita instituciones sociales intermedias, lugares donde la gente pueda encontrarse durante años, donde existan conflictos y también memoria. Donde alguien aprenda de quien lleva diez años y después enseñe a quien acaba de llegar, donde los conocimientos no desaparezcan cuando se termina un grupo de Telegram. De ahí que el sindicalismo inquilino resulte políticamente interesante más allá incluso de la vivienda. No porque proporcione un modelo universal, sino porque muestra que puede existir algo que parecía haberse vuelto difícil de imaginar: una organización fuerte que no sea un partido.
Una organización con identidad propia que pueda negociar con instituciones sin convertirse en ellas, que pueda relacionarse con partidos sin depender de ninguno, que pueda ganar reformas sin reducir su actividad a producir propuestas legislativas, que pueda sostener conflictos durante años sin necesitar que cada semana sea histórica. Y, sobre todo, capaz de poner su propia fuerza al servicio de procesos populares que la exceden.
Después de la autonomía
Seguramente sea demasiado pronto para anunciar solemnemente un nuevo ciclo histórico a partir de unas semanas excepcionales en Madrid. Pero sí permite nombrar una sensación que lleva tiempo apareciendo en distintos lugares. Después de décadas obsesionadas con el momento de la explosión, vuelve el interés por aquello que ocurre antes y después, por construir base, por organizar sectores concretos, por formar liderazgos, por identificar adversarios, por elegir conflictos que permitan crecer, por disponer de recursos propios, por crear organizaciones capaces de permanecer y con voluntad de ser de masas.
Hay otra diferencia importante con el ciclo político anterior. Construir organizaciones sindicales fuertes significa construir también un poder que no depende enteramente de los ritmos electorales. Eso no implica indiferencia hacia las instituciones ni una fantasía de exterioridad respecto del Estado. Un sindicato puede negociar una ley, disputar un decreto, presionar a un gobierno o intervenir abiertamente en un debate político. La diferencia es que su capacidad para actuar no procede principalmente de ocupar esas instituciones. Procede de la gente que organiza y de la posibilidad de alterar materialmente una relación económica.
Esa autonomía material respecto de los ciclos electorales resulta especialmente importante después de la experiencia posterior al 15M. Una candidatura puede perder unas elecciones, un gobierno puede caer, una mayoría parlamentaria puede desaparecer. Un bloque organizado sigue existiendo al día siguiente. También una sección sindical, un comité de huelga o una red territorial capaz de movilizar a miles de personas. La apuesta por organizaciones fuertes y no partidistas no consiste entonces en abandonar la política institucional, sino en construir fuentes propias de poder que, entre otras cosas, permitan intervenir sobre ella sin depender completamente de su suerte. Un contrapoder que pueda arrancar conquistas ante cualquier gobierno, enfrentándose a ellos cuando sea necesario y continuar organizándose cuando cambie la mayoría parlamentaria.
Quizá la lección del ciclo anterior no sea que las plazas no sirvan, sino qué tipo de organizaciones quedan cuando se vacían y ahí, quizá, puede encontrarse la diferencia entre dos épocas. El imaginario político de 2011 podía resumirse en una plaza que decía nadie nos representa. El imaginario sindical que comienza a aparecer formula un problema diferente: ¿cómo construimos organizaciones de masas que realmente podamos controlar y que sean suficientemente fuertes como para representarnos cuando decidamos actuar juntas?
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!