Opinión
Latin lover, impunidad blanca: el paraíso colonial
Las denuncias por agresiones sexuales, acoso, condiciones laborales abusivas y trata contra Julio Iglesias por parte de al menos dos trabajadoras internas en sus mansiones de Punta Cana y Lyford Cay no describen a un “monstruo” aislado, sino una ventana a cómo se articulan patriarcado, colonialismo y racismo sobre los cuerpos de mujeres trabajadoras del hogar latinoamericanas en el circuito del lujo turístico global.
La presunta violencia sexual ejercida por un hombre blanco, millonario y consagrado culturalmente contra empleadas internas en el Caribe se inscribe en una historia larga de esclavización, servicio forzado y sexualización racista mediada por el poder económico, la blanquitud y la precariedad racializada, una historia que el presente insiste en minimizar.
Las denunciantes, Rebeca y Laura (nombres ficticios), con el apoyo de Women’s Link Worldwide y organizaciones como Amnistía Internacional, relataron múltiples formas de violencia sexual, física, psicológica y económica entre enero y octubre de 2021 en las residencias de Iglesias en República Dominicana y Bahamas, donde trabajaban una, como empleada del hogar, y otra como fisioterapeuta. Hablan de penetraciones, tocamientos no consentidos, presiones sexuales, bofetadas, insultos y jornadas de hasta 16 horas sin descanso, sin contrato, con control de sus teléfonos y prohibición de salir de la casa.
No se trata de “abusos” aislados, sino de una estructura de explotación en la que la violencia sexual funciona como herramienta central de control.
El paraíso como dispositivo colonial
Las mansiones de Iglesias no son decorados exóticos, sino enclaves de la colonialidad del poder: espacios privados del lujo global donde trabajadores y trabajadoras racializadas sostienen la vida cotidiana de las élites. En el Caribe y América Latina, el trabajo doméstico remunerado es uno de los sectores más feminizados y racializados, heredero directo del trabajo esclavo y servil.
El poder de Iglesias no se explica solo por su fama, sino por ocupar la cúspide de una jerarquía global que sigue situando a las mujeres trabajadoras del Sur como mano de obra barata y cuerpos consumibles
Que los hechos ocurran en el Caribe, con víctimas latinoamericanas, importa políticamente: remite a una historia en la que el territorio se construye como lugar de placer y servicio para turistas y élites europeas, donde los cuerpos de mujeres negras, indígenas y mestizas son producidos como disponibles. El poder de Iglesias no se explica solo por su fama, sino por ocupar la cúspide de una jerarquía global que sigue situando a las mujeres trabajadoras del Sur como mano de obra barata y cuerpos consumibles. Sus residencias funcionan como enclaves de lujo cerrados donde el control y los abusos son posibles precisamente por esa arquitectura aislante: urbanizaciones exclusivas, guardias, límites físicos que dificultan la denuncia y la salida. Iglesias ha sido vinculado además a estructuras offshore para adquirir propiedades, lo que ayuda a entender cómo se construyen impunidades no solo sexuales, también económicas.
En este contexto, la violencia sexual no es un desvío ni un “deseo desbordado”, sino violencia de dominación, una extensión lógica del orden racial y de clase: si la trabajadora interna debe estar siempre disponible para limpiar, cocinar y cuidar, ¿por qué no también para el deseo del patrón?
Las empleadas eran enviadas a pruebas ginecológicas y de ITS, con acceso del empleador a los resultados médicos, un claro ejercicio de control biopolítico sobre el cuerpo femenino
La elección de víctimas no es irrelevante: mujeres latinoamericanas, jóvenes, pobres, internas, migrantes o con escasos recursos, insertas en cadenas globales de cuidados que descansan sobre el despojo del Sur Global. Aisladas y dependientes del salario, Iglesias tenía sobre ellas un poder brutal. Un detalle especialmente elocuente: eran enviadas a pruebas ginecológicas y de ITS, con acceso del empleador a los resultados médicos, un claro ejercicio de control biopolítico sobre el cuerpo femenino.
Racismo: credibilidad y protección
El racismo opera en dos niveles. El primero, en la selección de víctimas: el trabajo doméstico ocurre en el espacio privado, con menor inspección y mayor dependencia del empleador, lo que facilita el abuso y dificulta denunciar. El segundo nivel es la respuesta institucional y mediática. Cuando una mujer precarizada denuncia, aparece el “¿por qué ahora?”; cuando el denunciado es un icono, la “presunción de inocencia” se convierte en muralla moral mal entendida. Se protege el “patrimonio cultural” antes que a la trabajadora.
En este marco, la apertura de diligencias por parte de la Fiscalía de la Audiencia Nacional llega tras años de impunidad y requiere el soporte de organizaciones expertas en derechos humanos, algo a lo que la gran mayoría de trabajadoras del hogar nunca accede. Que las denunciantes sean mujeres latinas precarizadas, que el escenario sea el Caribe y que la justicia que ahora las escucha se tramite desde España no son casualidades: dibujan una geografía del poder.
Las estructuras que lo hicieron posible: la industria del turismo y del lujo, el régimen global de trabajo doméstico, la complicidad mediática con la figura del seductor impune y un sistema judicial patriarcal
También se ha activado el mecanismo mediático: se insiste en el personaje, el mito. Un mito construido durante décadas precisamente alrededor de la idea del “latin lover”: un varón hipersexualizado, conquistador, eternamente disponible y normalizado como seductor insaciable. Un marco cultural que trivializa y encubre el abuso. Lo vimos con la reacción de figuras públicas que corrieron a enmarcarlo como “guerra cultural” o a desplazar el foco a otros países (“las mujeres violadas están en Irán”), como si la violencia solo fuera intolerable cuando la cometen “otros”, lejos, en clave orientalista. Esto es colonialismo discursivo: externalizar la barbarie para mantener intacto el prestigio doméstico.
Para que la denuncia de Rebeca y Laura pueda convertirse en algo más que un escándalo pasajero y abra una grieta en la impunidad histórica de la violencia colonial ejercida desde el Norte global, España incluida, en territorios caribeños construidos como patios traseros sexuales y laborales, es necesario desplazar el foco del “monstruo individual” a las estructuras que lo hicieron posible: la industria del turismo y del lujo, el régimen global de trabajo doméstico, la complicidad mediática con la figura del seductor impune y un sistema judicial patriarcal.
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