Ceuta 2 Jaime - 6
Mujeres de la carpa cercana a la mezquita Sidi Embarek son atendidas por sanitarios. Jaime Cinca
Coordinador general de la Fundación Mundubat.
17 sep 2026 06:00

Sí, es evidente, la sociedad está polarizada. Pero sus polos no son simétricos. No son equiparables. En uno de los extremos encontramos una agenda reaccionaria que niega el papel de los derechos humanos como eje de nuestro sistema de convivencia y que se construye sobre el racismo, el machismo y la razón de la fuerza y la violencia. En el otro extremo, en tanto sujetos políticos democráticos, debemos contraponer un proyecto basado en la universalidad de los derechos humanos, en el feminismo, en la generación de condiciones de vida digna para todas las personas y en la paz como realidad material que lo haga posible.

La estructura de este marco polarizado no ofrece las condiciones éticas y morales mínimas para alcanzar ningún tipo de entendimiento en algún punto del continuum que va desde posiciones de respeto de la dignidad humana a posiciones que deshumanizan a determinados grupos sociales. Hoy, la tesis aristotélica de la virtud moral hace aguas, sólo sirve como coartada para la aceptación de la ignominia.

¿Sobre qué bases vamos a acordar nada? ¿Sobre cuánto racismo es aceptable? ¿Sobre cuánto de lejos ha ido el feminismo? ¿Sobre cuántos gazatíes tiene derecho a masacrar Israel?

¿Cómo vamos a poder entendernos con aquellos que defienden cazar a las personas migrantes “una a una”? ¿En qué punto de un supuesto diálogo podríamos entender las razones de representantes políticos que califican a las personas migrantes como “plagas”? ¿Sobre qué bases vamos a acordar nada? ¿Sobre cuánto racismo es aceptable? ¿Sobre cuánto de lejos ha ido el feminismo? ¿Sobre cuántos gazatíes tiene derecho a masacrar Israel?

No es relevante, tal y como se aduce desde ciertos sectores sociales inmersos en una operación indigna de normalización de la extrema derecha, el porcentaje de representación que estas fuerzas políticas obtengan en unas determinadas elecciones. Sus posiciones políticas y su proyecto de sociedad los invalidan absolutamente como actores democráticos legítimos. No lo son. Como no lo fue un señor bajito, de mostacho ridículo, en la década de los 30 del siglo pasado.

Es necesario, además, tomar en consideración otro factor determinante en la configuración de la polarización actual y que, desgraciadamente, nos obliga a volver la vista a las aciagas primeras décadas del siglo pasado. Entonces, al igual que ahora, los sectores conservadores tradicionalmente vinculados a cierta cultura democrática fueron cooptados por un fascismo pujante que, previamente, ya había colonizado la agenda pública. El día después, no dejaron nada en pie.

Ser intransigentes, perseguir un proyecto político común y denunciar la normalización del fascismo

¿Y qué hacer? En primer lugar y antes de todo, asumir esta realidad. En cuanto personas y organizaciones que apostamos por los derechos humanos para todas las personas y por la generación de condiciones materiales que permitan el desarrollo de vidas dignas y en igualdad, debemos actuar con madurez y afrontar el escenario defendiendo con intransigencia nuestras posiciones. La dignidad humana no es negociable.

Esta intransigencia (sí, ser intransigentes con los intransigentes es una necesidad, una urgencia, un mandato ético) tiene que reflejarse en la radicalización del proyecto político común de este polo. Ir a la raíz de los problemas. Apuntar con claridad a las causas y proponer soluciones basadas en el respeto a los derechos humanos y en la defensa de los sectores más desfavorecidos, vulnerables, excluidos, marginados y criminalizados por la expresión contemporánea del fascismo y sus aliados.

En tiempos de zozobra, necesitamos mirada larga y convicciones fuertes. Y asumir, como no puede ser de otra manera, las consecuencias que se deriven de la defensa radical de la dignidad humana.

Y, por supuesto, denunciar, en todo momento, en cada ocasión que se presente, los intentos de normalización del fascismo por parte de actores políticos, sociales y mediáticos que van a intentar, por convicción o por intereses espurios, favorecer la tolerancia moral de la sociedad hacia esas élites y sus formas extremas de violencia.

En tiempos de zozobra, necesitamos mirada larga y convicciones fuertes. Y asumir, como no puede ser de otra manera, las consecuencias que se deriven de la defensa radical de la dignidad humana.

Ceuta
Ante el odio, la escucha
La crisis de Ceuta debe ser abordada en el periodismo desde un enfoque de los derechos humanos. Porque es nuestro deber y nuestra responsabilidad.
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