Opinión
Ante el odio, la escucha

La crisis de Ceuta debe ser abordada en el periodismo desde un enfoque de los derechos humanos. Porque es nuestro deber y nuestra responsabilidad.
Ceuta queralt
Una de las personas que llegó el 30 de julio a Ceuta, a primera hora en la playa de la Almadraba, donde pernocta cada noche hasta que se lleve a cabo el realojo. Queralt Castillo Cerezuela
Desde que he vuelto de Ceuta, no puedo dejar de pensar en todos aquellos menores que tienen hambre y no tienen un lugar seguro en el que pernoctar; en los que buscan a sus hermanos, en paradero desconocido; en los perseguidos por su condición sexual, en los que buscan mejorar su salario para progresar en la vida fuera de su país; en los que quieren reencontrarse con sus hijos; en las mujeres embarazadas que el 30 de julio cruzaron a nado arriesgando sus vidas y las de sus bebés; en los ceutíes que ayudan como pueden y en los que odian y gritan.

He vuelto con decenas de testimonios en la grabadora: el de F. y M., personas trans que han sido agredidas y maltratadas por sus familias y por las autoridades marroquíes; el de S., hostigado por su condición de cristiano y quien busca a sus dos hermanos, de los que no sabe nada desde abril; el de T., a quien la policía le reventó el móvil y ahora no puede hacer videollamadas con su hija de siete años; el de S.M., de origen bengalí a quien se le ha denegado el asilo a pesar de estar perseguido por las autoridades que han tomado el relevo de Sheik Hasina en Bangladesh; el de W., licenciado en biología y de origen senegalés pero con poco futuro en su país de origen; el de K. y su amiga, unas chavalas de 17 años que nos suplicaron que les encontrásemos un sitio en el que dormir porque estaban recibiendo amenazas y las habían intentando violar… Y así con decenas de iniciales, tras las que se esconden nombres propios e historias de vida que no deberíamos pasar por alto.

Las cifras importan, y así lo ha constatado la dimensión que les hemos dado estos días. “80.000 personas”, hemos repetido —sí, también nosotras— de manera incesante los medios de comunicación. Menos importancia, sin embargo, hemos dado a los nombres propios: Karima, Abdellah, Mohamed, Fariha, Sami, Ayman, Modou, Wakilo, Tamim, Alfadil, Adil, Zakha…

La responsabilidad no ejercida

Hay algo, sin embargo, además de todas estas historias, que me ronda la cabeza. Más que algo, se trata de una palabra, un concepto que baila de lado a lado de mis pensamientos desde hace días, dejando un cráter, un poso. Se trata de la palabra “responsabilidad”; no entendida como algo que se tiene que hacer, sino más bien como una manera de actuar, un camino sobre el que transitar, una manera de entender la vida o, en este caso, el oficio.

Lo que está sucediendo en Ceuta se tiene que abordar en el periodismo desde una perspectiva de los derechos humanos, algo que no se está haciendo. De hecho, se puede decir que se está haciendo todo lo contrario: abordarlo desde los “antiderechos humanos”, desde el odio y la violencia.

Los medios hemos pasado por alto las historias detrás de cada una de estas personas, comunes en algunos puntos, completamente diferentes si vamos a los detalles

Más centrados en saber si el CNI sabía o no sobre la llegada de estas personas, si Marruecos lo orquestó o no, si detrás de esto están Israel y Estados Unidos, los medios hemos pasado por alto las historias detrás de cada una de estas personas, comunes en algunos puntos, completamente diferentes si vamos a los detalles. Historias que importan y que deben ser escuchadas, porque ante el odio, la escucha. En un mundo cada vez más inhóspito e inhumano, escuchar al otro se convierte, cada vez más, en un acto de resistencia.

Mi compañero cámara Jaime Cinca y yo hemos pasado días escuchando historias. Con algunas hemos llorado de tristeza, con otras nos hemos encomendado a los demonios, llenos de rabia. Todas ellas, de una manera u otra, nos han conmovido. Ahora es momento de volverlas a escuchar y contarlas para que todas estas personas dejen de ser una cifra, un cuerpo, una palabra.

Lamentos que llegarán tarde

Cualquiera que haya estado en la Ciudad Autónoma estos días se habrá dado cuenta de lo delicado de la situación. A la emergencia humanitaria que viven las miles de personas que llegaron y permanecen —la gran mayoría de ellas sin un sitio en el que alojarse y sin nada que llevarse a la boca— se le suma un ambiente de crispación y tensión por parte de una porción de la sociedad ceutí —por suerte, no de toda— que no deja de gritar. Son los que aparecen en los programas de siempre, los que llevan las pulseritas, los que no han comprendido absolutamente nada. Los que contribuyen a la hostilidad y la volatilidad.

Por desgracia, su mensaje es amplificado por pseudomedios y pseudoperiodistas que desde sus sillones en la península miran complacientes. Persiguen un objetivo electoral que muy probablemente consigan, pero esto no justifica el daño que están haciendo. Con la humanidad dejada de lado, no se dan cuenta, porque no saben o porque no quieren, del perjuicio que sus crónicas del odio tienen. Luego, cuando pase algo, serán los primeros en lamentarse, pero también en carroñear la carnaza que de ello se derive, que en eso suelen ser expertos.

La brocha gorda y la generalización no suelen servir nunca, menos en estos casos; porque es en el relato, en la escucha, y en el detalle donde aparece la humanidad

Los medios tenemos una responsabilidad enorme, más cuando tratamos con vidas vulnerables y con situaciones que requieren matices. Y Ceuta, requiere ese cariño en las palabras y esos matices. La brocha gorda y la generalización no suelen servir nunca, menos en estos casos; porque es en el relato, en la escucha, y en el detalle donde aparece la humanidad, algo que parece que estamos perdiendo. Frente a un periodismo que crispa y enfrenta a la ciudadanía, repito: la escucha. Se dice que el dato mata el relato, y en muchas ocasiones así es, pero ¿qué ocurre cuando lo complementa? ¿o cuando se vuelve necesario?

Vuelvo de Ceuta sin saber exactamente cómo transmitir lo que allí se vive estos días; intentando encontrar en el silencio palabras que hagan justicia a la generosidad de aquellos y aquellas que han confiado en nosotros para explicar su historia; algo difícil de conseguir si se tiene en cuenta el comportamiento de algunos compañeros de profesión, que ensucian el oficio, generan recelos entre los testimonios y contribuyen al odio. No continuemos jugando a su juego. Escuchemos.

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