Opinión
Mirar con ojos ajenos: sobre Ceuta y el fascismo
El fascismo está relacionado con una sensación social determinada. El sociólogo francés Henri Lefebvre la llamaba envilecimiento. Envilecer es un proceso por el cual una persona pierde, a través de sus pensamientos y acciones, su dignidad y su valor como humano. Sería el equivalente a perder todo discernimiento ético; una especie de viaje sin retorno al primigenio estado de una bestia que actúa instintivamente en medio de un entorno sin reglas sociales.
El propio Lefebvre se preguntó por el auge del nazismo en Alemania, el cual vivió; una cuestión que lo llevó irremediablemente al discernimiento de la conciencia. ¿Cómo se produce y conforma la conciencia en la persona? En sociología tenemos una de las respuestas más convincentes sobre la conformación de un pequeño homínido en una persona: la socialización. Es decir, a través de los procesos de interacción con el entorno que nos rodea. Desde pequeños, pero también hasta que morimos, la persona está configurándose con su entorno. Imaginémonos cuál sistemas porosos que son lanzados sobre estructuras ya dadas como la familia, la iglesia, la época histórica, la política, el lenguaje, la cultura…
La conciencia se configura, por tanto, se conforma. Sin embargo, la conciencia no está exenta de procesos de toda índole. Y sobre todo, de lo que no está excluida es de la mentira y la transposición, así como de la enfermedad (no entendida en el sentido médico, sino en el sentido de un vector que tiene como consecuencia de su existencia dañar).
En el mundo moderno, la ciencia es un conjunto de procesos y paradigmas de significación, comprobación, lenguaje y pensamiento que buscan esclarecer la conciencia. Es decir, desvelar. Pongamos que el desvelamiento es, en ocasiones, una cara contraria al envilecimiento. El desvelamiento te permite conocer, dándote la oportunidad de actuar sobre lo que antes no conocías en su concreción, y por ende, no podías relacionar en cuanto a acción-consecuencia. Sin embargo, la ciencia, al igual que la persona, está inserta en estructuras más grandes. Inseparables, como un pastiche que se configura y avanza en una oleada entrópica bajo el avance histórico. El capitalismo, todo ese conjunto de relaciones sociales basada en la forma valor y la mercancía, acaba siendo definido, y por tanto, desvelado, a través de la ciencia. No obstante, esto no hace a la ciencia poderosa sobre él, ni mucho menos.
Si entendemos que existe al menos un grado de verdad objetivo en el mundo, también debemos aceptar que la conciencia bien puede desvelar, pero también puede alejarse de él
De hecho, la ciencia también puede sufrir procesos de envilecimiento. No hace falta ir muy atrás en el tiempo para ver cómo la ciencia se ha usado para la Guerra, el control y el exterminio. En un proceso de envilecimiento, de hecho, la ciencia puede perder aquello que la hace digna: no hace falta irse muy atrás para ver cómo el fascismo utilizaba la ciencia para hablar de una falsa separación biológica del humano en razas; o cómo la ciencia, sobornada por las grandes multinacionales de los hidrocarburos, ocultaba el cambio climático a través de publicaciones científicas fraudulentas, sobre todo en los inicios del debate hace décadas sobre la existencia del calentamiento global.
Siguiendo con lo expuesto, sobre el envilecimiento y la conciencia, Lefebvre se da cuenta de una cuestión fundamental, y es el principio de transposición de la verdad. Es decir, si entendemos que existe al menos un grado de verdad objetivo en el mundo, también debemos aceptar que la conciencia bien puede desvelar, pero también puede alejarse de él.
El pasado 30 de julio al menos 70.000 personas cruzaron a pie y a nado la frontera entre Marruecos y Ceuta, donde murieron más de cien personas, principalmente ahogadas. Tras esta marcha de miles de migrantes, el envilecimiento no tardó en aparecer con sus dotes de presencia consolidada en la sociedad española (aunque por desgracia el síntoma es mundial). Los principios de transposición de la verdad comenzaron a funcionar de manera engrasada, mientras programas de televisión como Horizonte, En boca de todos, Espejo Público o el Programa de Ana Rosa llenaban sus parrillas televisivas de un acoso y derribo deshumanizante frente al migrante. El principio de transposición y de deshumanización más claro era la continua insistencia del vocabulario belicista, sobre todo a través del concepto de “invasión”.
El lenguaje tiene una carga axiológica que fluctúa. Es decir, el lenguaje es un termómetro social de los valores que se van superponiendo en una época histórica determinada
No hace falta que nos pongamos a explicar por qué una marcha de civiles no armados, muchos de ellos menores y familias, que llegan en claras condiciones de vulnerabilidad, no es una invasión. Sin embargo, es importante volver a la verdad, a la sociología que se compromete, y ver como existen ejemplos de cómo el fascismo ha operado con el lenguaje burocrático-belicista para deshumanizar poblaciones desde sus inicios. Así como Zygmunt Bauman nos recordaba en su libro Modernidad y Holocausto (1989):
“Los objetos humanos, reducidos a objetos (...) ya están deshumanizados, en el sentido de que el lenguaje en el cual se narran las cosas que les ocurren o que les hacen salvaguarda a sus referentes de cualquier evaluación ética. Se trata, de hecho, de un lenguaje inadecuado para la expresión normativo-moral”.
El lenguaje tiene una carga axiológica que fluctúa. Es decir, el lenguaje es un termómetro social de los valores que se van superponiendo en una época histórica determinada. Como argumentamos al inicio del artículo, el envilecimiento es una sensación social, un adjetivo que Henri Lefebvre usó para describir los efectos psicosociales del fascismo de los años 1930. Por tanto, para la clase trabajadora surge una pregunta ineludible: ¿cuánto de ese envilecimiento nos ha impregnado? Cuesta reconocer que mucho más de lo que incluso somos conscientes.
Si volvemos a Ceuta, hemos observado cómo las filas de la heterogénea izquierda en España se han llenado de un campo semántico concreto, “la geopolítica”. Mientras los cadáveres de personas seguían aún sacándose del agua, decenas de cuentas de redes sociales del ecosistema influencer, así como programas de corte progresista, iniciaban sesudos análisis geopolíticos sobre quién, cómo, por qué, cuándo y con qué intención se había orquestado el episodio de Ceuta. En una muestra de chovinismo izquierdista sin parangón, una vez más se ha evidenciado que sin una mirada propia y, por tanto, desde un marco de análisis postcapitalista de la clase trabajadora, estamos a merced de los mismos males que nuestro enemigo más acérrimo. Volviendo a Bauman:
“La deshumanización está inseparablemente unida a la tendencia más importante de la burocracia moderna, la racionalización. Como todas las burocracias inciden en alguna medida sobre algunos objetos humanos, el impacto negativo de la deshumanización es mucho más corriente que lo que la costumbre de identificar casi por completo con los efectos genocidas podría indicar. Se dice a los soldados que disparen contra unos blancos que caen cuando se les da. A los empleados de las grandes empresas se les anima para que destruyan a la competencia, Los funcionarios de los centros de asistencia social manejan bonificaciones discrecionales, en algunos casos, y, en otros, créditos personales”.
¿Hasta qué punto no estamos impregnados de marcos burocrático-burgueses de análisis? ¿Hasta qué extremo la organización de la cultura del proletariado es arrinconada frente a marcos que van desde el nacionalismo socialdemócrata hasta el racismo de la extrema derecha?
La geopolítica como marco de partida es ya de por sí peligroso. Esta subdisciplina desideologizada de las ciencias sociales tiende a presentar en muchas ocasiones (la mayoría, no todas), las relaciones entre los Estados-Nación como piezas de ajedrez de un tablero que más bien se parece a un juego de rol. La falta de aproximación hacia el análisis del capitalismo global sin comprender las cadenas de valor y de producción, la división internacional del trabajo sustentada en el imperialismo y el supremacismo blanco y la dicotomía entre clases trabajadoras y burguesías nacionales, así como formas transnacionales de estas segundas (como los fondos de inversión), es un claro envilecimiento de nuestra visión científica de la realidad. Un ocultamiento.
La humilde intención de este texto es remarcar si seremos capaces de comprender el racismo interiorizado que nos constituye, a España y a Europa, como naciones imperialistas
Desde el “moro de mierda” que llevamos escuchando cada vez con más intensidad en bares, reuniones familiares y espacios de cotidianidad, hasta el aumento de las agresiones verbales, psicológicas y físicas de las escuadras fascistas en todo el mundo a los cuerpos migrantes, LGTBi, etc; así como la proposición sin tapujos de planes de reimigración, o concreciones tan atroces como el ICE y las decenas de campos de concentración que Estados Unidos está construyendo a través de los centros de detención de migrantes. Todo responde a una conjunción de procesos políticos e históricos que están tomando forma cada vez más consolidada de un nuevo fascismo del Siglo XXI. Un marco que se antepone a cada acontecimiento que la crisis constante del capitalismo tardío genera, también en la izquierda, en sus herramientas analíticas y en sus estrategias propositivas.
La humilde intención de esta breve reflexión es lanzar el debate sobre si tenemos clara nuestra posición en el tablero de la historia, si tenemos claro que no participamos, aunque sea inconscientemente, en ponerle la alfombra a este proyecto político que se nutre del supremacismo, la misoginia y el clasismo con el cual hemos tenido que lidiar en nuestra socialización. La humilde intención de este texto es remarcar si seremos capaces de comprender el racismo interiorizado que nos constituye, a España y a Europa, como naciones imperialistas.
Únicamente alineando, como a Lefebvre le preocupaba, verdad y ética, política y visión científica en un proyecto que busque el comunismo, podremos dar luz sobre los espectros que ahora nos ciegan. Quizá, únicamente así podamos dar la relevancia que tienen las incontables muertes de personas que ocurren en el Mediterráneo, bajo fronteras militarizadas donde nuestra clase sufre la peor de las pesadillas a cada minuto. Quizá así dejemos de configurar nuestra ética bajo esa geopolítica de la nación y los parlamentos burgueses, sendos espacios que jamás nos pertenecieron y que solo merecen de nosotres la rabia y el fuego.
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