5 sep 2026 06:00

Últimamente he estado pensando en mi propia historia con el consumo de drogas y me ha asaltado una pregunta que parece obvia: ¿son la mayoría de creadores de contenido yonquis? Este negocio está prácticamente diseñado para atraer a y crear adictos. Internet y las redes sociales son adicciones muy reales en sí mismas. No se trata sólo de la gente que consume el “contenido”: la gente que lo hace son igual de adictos, si no más. Taylor Lorenz es un ejemplo paradigmático: ha admitido pasarse 17 horas al día mirando pantallas. Diecisiete horas. ¡Wired, desde luego! [juego de palabras entre la palabra ‘conectado’ y la revista de ese nombre, NdT].

La adicción a las redes sociales es en sí misma un enorme problema, también para la cada vez más autoexplotada clase de creadores de contenido. A lo que aquí me refiero es a la adicción a las drogas de siempre. La gente que crea contenido para Internet parecen inclinados a ser, ellos mismos, adictos. La naturaleza misma de su esfera económica —el aislamiento social; el brutal ritmo de producción, sin pausa, y siempre conectado que exige; la naturaleza vampírica de su trabajo; las oscilaciones emocionales entre ‘subidas’ y ‘bajadas’ de los ciclos de publicación— requieren que tengas una personalidad obsesiva, una adicción al trabajo y/o que desarrolles un considerable problema de adicción a las drogas: estimulantes para soportar la carga de trabajo, desde producir contenido como churros hasta responder a las hordas de comentaristas pasando por mantener los hilos de conversaciones con suscriptores, y sedativos para calmarse al terminar el día.

Por lo que he visto personalmente entre los trabajadores del sector informativo, casi todo el mundo está enganchado a algún tipo de estimulante, como Adderall o Ritalin. Y como cualquier consumidor de drogas sabe, los estimulantes siempre van de la mano con algo que te ayude a relajarte al terminar el día: Xanax, Valium, Ambien, alcohol, analgésicos… Es un secreto a voces desde que existe este mundo: la mayoría de gente en él son speed freaks enganchados a la velocidad. ¡No los llaman news junkies por nada! Lo que me pregunto es hasta qué punto está extendido este problema en el sector de la creación de contenido: la presión de esta industria es inmensa, la competición por la atención de los usuarios es un despiadado juego de suma zero que nunca se detiene en su intensidad, da igual si te dedicas a hacer TikToks de moda, gaming o política.

Si los niveles de adicción entre los creadores de contenido están remotamente cerca de los del mundo de la comunicación, con el que tengo experiencia personal, la conclusión es preocupante: puesto que buena parte de nuestra cultura es Internet y las redes sociales, ¿significa que la cultura está siendo creada abrumadoramente por drogadictos? Si das un paso atrás y la observas, ¿acaso no parece que es exactamente eso?

El tono de la cultura digital recuerda claramente al de los drogadictos: hipercentrado, maníaco, juvenil, superficial, amnésico, lleno de berrinches y obsesiones pasajeras, constantemente pasando de la elación a la depresión, la rabia, el miedo y la negación. En este sentido, Internet mismo se ha convertido en una tecnología de la adicción en la que todo el contenido está creado por adictos para adictos. Un amigo mío que estaba lidiando con sus propios problemas de adicción respondió a mi observación lo siguiente: “Tienes razón. Toda esta industria de la creación de contenido básicamente refleja la adicción a las drogas de manera casi perfecta: el mono, el subidón, el inevitable bajón, y luego la compulsión a comenzar el ciclo otra vez. Y esto se aplica tanto a la gente que produce contenido como a la gente que lo consume”.

Esta máquina de adicción es la que está siendo alimentada por los creadores de contenido, un bucle sin esperanza de adictos que atrae a adictos y se presenta como una conexión con sentido

Es espeluznante. No parece que esto sea una cuestión menor que pueda barrerse bajo la alfombra, sino algo central, que se encuentra en el corazón mismo de lo que aqueja a la sociedad. ¿Democracia? ¿Progreso? ¿Qué significa cualquiera de estas cosas cuando el motor de nuestra sociedad de medios de masas es una gigantesca máquina de adicción, dedicada a crear adictos y mantenerlos en el ciclo de adicción? La sociedad ha librado y ganado una guerra del opio contra sí misma y ahora va a ir hasta el fondo. Todo el mundo es víctima: todas las clases, desde los trabajadores hasta los propietarios de las fábricas.

Internet mismo nació como una tecnología militar, desarrollada por el Pentágono como una tecnología de contrainsurgencia durante la Guerra de Vietnam. La tecnología se comercializó en los noventa, fusionándose con una sociedad atomizada que hacía tiempo que había reemplazado cualquier tipo de sentido y conexión social por el aislamiento, el consumismo y la adicción. Por lo que tiene sentido que Internet encajase en este patrón y no sólo que encajase en él: esta tecnología ha hecho que la máquina de adicción funcione a pleno rendimiento.

No hay duda de que hay elementos positivos en esta tecnología. Pero la mayoría de sus efectos no son positivos: nos ha aislado todavía más, nos ha hecho más solitarios, nos ha separado de nuestros cuerpos, de nuestro prójimo y de nuestro entorno físico, y luego nos ha ofrecido algo que prometía paliar el dolor: ella misma, la adicción. Esta máquina de adicción es la que está siendo alimentada por los creadores de contenido, un bucle sin esperanza de adictos que atrae a adictos y se presenta como una conexión con sentido, como empoderamiento. Es algo brutal.

Algo tiene que cambiar, y el cambio tiene que venir de la iniciativa personal. El sistema no se reformará a sí mismo porque todo el sistema está basado en que la adicción siga. Ni siquiera importa cuál es la política subyacente en él. En su base, a la derecha y a la izquierda, está la máquina de adicción.

Are most content creators drug addicts?

Yasha Levine es periodista, autor de Surveillance Valley (2018) y creador del documental Pistachio Wars (2025). Artículo original publicado en Nefarious Russians . Traducido por Àngel Ferrero con permiso del autor.

 

Opinión
La distopía de las redes sociales y su impacto en nuestra sociedad
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Análisis
Mata al ‘influencer’ que quieres ser
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