Opinión
La finitud del píxel: la caída de los influencers es también la tuya
A nada que mires unos reels antes de dormir, en la última semana no se puede escapar de la polémica de algunos influencers que han colmado la paciencia de sus seguidores tras reírse de los que reciben paguitas y vacaciones, de los borregos que creen en el eclipse u otro puñado de opiniones tan indignantes como ridículas expresadas en plataformas de multinacionales como Tiktok o Instagram. La indignación entre sus fans ha provocado una ola de bloqueos, unfollows y boicots, que, si bien se ha hecho notar en alguna figura como RoRo, quien ha perdido cerca de medio millón de seguidores entre las dos principales redes sociales, es casi la excepción de una corriente que apenas ha hecho mella en estas estrellas del supermercado digital.
Entre creadores de contenido, digamos, del espectro menos neoliberal, se ha empezado a hablar de ‘la caída de los influencers’ como gancho para meter su punto de vista, y su cara, en el trend del momento. Una compañera de El Salto me comentaba que no se estaba hablando de la cuestión de clase en toda esta oleada de contenido, que cuál era mi opinión al respecto. No descubro nada si afirmo que el mismo concepto de influencer de internet me parece problemático ya de serie en términos revolucionarios o de lucha de clases.
Suponer que gente famosa de internet vaya a servir a la clase trabajadora desde un pedestal controlado por empresas tecnológicas de Estados Unidos es parecido a creer en los unicornios o en la horizontalidad en el MS. Además, en cuanto alguien con cierta visibilidad en estas plataformas empieza a tener un discurso que pueda quebrar el relato hegemónico, el algoritmo no tiene más que hundirlo en el scroll hasta las profundidades, anulando su influencia y alcance general, y siempre puede relegar su mensaje al nicho de cualquier burbuja ideológica, que para algo nos tienen perfectamente clasificados.
De los reels no se puede vivir, lo sabían los Mayas, cualquier famoso o famosa de internet sobrevive gracias a la publicidad encubierta o descarada del mejor postor. Recuerdo que, tras las últimas elecciones autonómicas en las que Ayuso arrasó sin dificultad, Yago Álvarez me pasó un archivo PDF de la Comunidad de Madrid lleno de nombres de cuentas de Tiktok para que investigara si tenían algo raro. Mi compañero de la sección de economía de El Salto había conseguido por el buzón de transparencia una relación de destinatarios de dinero de la campaña electoral del PP madrileño pero, como el propio Yago no tenía cuenta en esa red social, me pidió meterme en el barro a ver si había algún tesoro en forma de exclusiva.
Después de empacharme de vídeos sobre maquillaje, viajes y unboxings, concluí que todas esas cuentas respondían a un patrón: mujeres normativas sin ningún mensaje político que enseñaban productos y un estilo de vida tan aburrido como neoliberal. Aquí no había tema, solo espacios publicitarios. No sabemos cuántos votos consiguieron para Ayuso con el alquiler de estas influencers, pero si los partidos de izquierda están pensando en hacer lo mismo con Rufián o Pedro Sánchez, quien ya está trabajándose su Tiktok, nos espera una campaña tan superficial como los píxeles de las pantallas.
Quien ha probado la cocaína de Twitter o la heroína de Tiktok, no tiene mucho apego a la metadona de Mastodon y aún menos interés por acudir a una asamblea un miércoles por la noche
Mientras sigamos acudiendo a la llamada brillante del chute dopamínico, siempre habrá codazos para colocarse en el escaparate y acaparar nuestras miradas ganando capital social. Quien ha probado la cocaína de Twitter o la heroína de Tiktok, no tiene mucho apego a la metadona de Mastodon y aún menos interés por acudir a una asamblea un miércoles por la noche. También se puede afirmar que ambas cosas no son incompatibles, que incluso los y las activistas también comparten por privado el último reel polémico del día entre comentarios del último post de Anarcoshitpost, pero hay que reconocer que, aún existiendo cuentas con mensajes politizados, llenas de zascas a la derecha o dedicadas a desmontar el último bulo de Vox, no volcaría toda la energía activista en crear reels para competir por la atención. Porque ya hemos pasado por ahí, ya nos creímos que con unos tuits se podían conquistar las plazas, que podíamos controlar el relato, que podíamos hacer caer gobiernos enteros.
El descalabro de los influencers no es el único que sucede ante nuestros ojos. Todos y todas estamos sumidas, como dijo Hito Steyerl, en una caída libre de la que no tenemos ninguna referencia. Hasta la llegada de la televisión a cada casa, todavía se idolatraban figuras de madera, veíamos el aura de las obras de arte y teníamos un imaginario compartido, comprensible y revelador de los misterios del mundo. Un relato manipulable, pero razonablemente abarcable. El problema de nuestro tiempo es que, como escribió Regis Debray en su Vida y muerte de la imagen, hemos cambiado de régimen visual, no tenemos el control de la representación colectiva, es la imagen la que nos controla. No es casualidad que la mal llamada Inteligencia Artificial haya culminado el proceso de desecho del ser humano como creador, ya no somos productores de imágenes icónicas porque hasta en eso somos prescindibles. Ahora solo podemos ser espectadores y, si acaso, productores reemplazables de clichés y simulacro.
La cuestión de clase en campañas como la que se está dando contra los influencers tiene las mismas limitaciones que el número de píxeles de las pantallas que los acogen. Son tan efectivas y duraderas como el tiempo que tarde el siguiente en ocupar el puesto de moda en el algoritmo
Quizás por todo esto, la finitud de las pantallas, limitadas tanto por el borde de los móviles como por la poca profundidad de las resoluciones de las pantallas, nos dan cierta sensación de control de la situación. Nada que ver con la inmensidad abrumadora del universo encima de nuestras cabezas o el incomprensible funcionamiento de la mecánica cuántica a escala subatómica, ni con la sucesión espectacular e inabarcable de eventos del siglo, uno detrás de otro sin respiro en el scroll de nuestras pantallas ante las que permanecemos durmientes hasta que nos despierta una comisión judicial llamando a la puerta de casa.
La rabia nos puede mover a dejar de seguir a algún influencer, al fin y al cabo solo hay que apretar un botón, pero ya hemos visto hasta dónde llegan los boicots digitales, como la campaña ‘Vámonos juntas’ de la que El Salto formó parte al irnos de Twitter, la red social donde permanecen muchos colectivos pretendidamente revolucionarios. Qué pensarían de ellos hace 90 años los sindicalistas de la CNT que recorrían las calles de Barcelona convenciendo a trabajadores de secundar una huelga, alguno todavía usaría el argumento de que hay que hacer frente al fascismo alimentando la maquinaria con más tuits. Pero la cuestión de clase en campañas como la que se está dando contra los influencers, tiene las mismas limitaciones que el número de píxeles de las pantallas que los acogen. Son tan efectivas y duraderas como el tiempo que tarde el siguiente influencer en ocupar el puesto de moda en el algoritmo.
Encima corremos el riesgo de caer en las trampas, bulos, fake news y todo tipo de manipulaciones, con IA o sin ella, que dominan el scroll. Si algo nos han enseñado las infiltraciones policiales en movimientos sociales o la judicialización del activismo es que a lo que verdaderamente tiene miedo el sistema capitalista es a una acción en la calle o una buena asamblea llena de gente sin móviles ni wifi, simplemente disfrutando el momento.
Tecnopolítica
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