El Puche y La Chanca, dos barrios al borde de la exclusión social

El abandono institucional está haciendo mella en los barrios andaluces de El Puche y La Chanca. Con altos índices de pobreza, estos barrios están en el límite para ser considerados de exclusión social. 

La Chanca
Pasillo de un edificio en el barrio de La Chanca. Paulo Antón

publicado
2018-09-01 12:30:00

La Alcazaba, con sus casi mil años de historia, se muestra como un vestigio de lo que la ciudad fue en siglos pasados, un conjunto amurallado que constituía toda una referencia en el sur de Al-Andalus. Almería, comenzada a construir en el S. X por Abderramán III con la idea de conectar el imperio musulmán por mar y abrir así el comercio con África, fue en su tiempo la mayor ciudadela árabe de toda la península.

Al atardecer, al lado del mar, a tan solo unas pocas calles del corazón de la ciudad, la terraza de La Hormiguita se encuentra casi vacía. Bacalaíllas, boquerones, pulpo y todo tipo de pescados fritos. En un par de mesas dispersas unas pocas personas apuran sus cervezas. El levante azota violento, sin descanso, y casi no da oportunidad para encender ni un cigarro. “Aquí, en Almería, a veces se hace difícil vivir, hace este viento casi todo el tiempo".

María, sindicalista del SAT desde hace más de seis años, baja a su Zen de uno de sus costados, un cruce de mastín que había sido abandonado en una localidad de los alrededores, y trata de poner en orden sus ideas. Nos habla de la ciudad, de su ciudad, en la que nos cuenta, más de cien viviendas del casco histórico se encuentran prácticamente arruinadas.

Nos habla de las dificultades que corren los barrios más desfavorecidos, pero que la última ocurrencia de la alcaldía ha sido talar veintidós árboles de la Plaza Vieja, que llevaba más de dos siglos con jardines, y pavimentar por completo para poner terrazas, ya que según la administración son lo que da vida a la ciudad. “Me imagino la Plaza Vieja tal y como la quiere dejar el ayuntamiento, diáfana, la cubren toldos horribles y no se puede ver el cielo, de los bares sale un desagradable calor producido por los aires acondicionados…“ María posa la mirada en su enorme cachorro y se pierde en sus pensamientos.

Yo pienso en La Chanca, en ese barrio olvidado que se encuentra bajo una colina al este de la ciudad pero que se alza soberbio sobre el Mediterráneo. Pienso en el pasado pesquero de esas gentes y en ese puerto que les ha sido arrebatado. Los viejos del lugar ya nos lo advertían, ahora no hay manera de trabajar allá. Con tristeza nos contaban que ese puerto se lo quedaron ya hace tiempo las multinacionales que ahora operan allí y que han dejado casi secas esas aguas en las que antaño era fácil perderse entre bancos de atunes.

En la parte alta de la colina, entre las empinadas paredes de roca y las pencas de los nopales, se pueden divisar las cuevas que sirvieron de asentamiento a familias romaníes tras la guerra civil, cuando llegó a ser bombardeada por la Alemania nazi, y que aún hoy en día dan cobijo a algunas de las familias más excluidas.

En la parte baja del barrio, como en los sesenta describía Juan Goytisolo, “diminutas, rectangulares, las chozas trepan por la pendiente y se engastan en la geografía quebrada del monte, talladas como carbunclos”. Olvidado durante la posguerra y con enormes dificultades para conseguir infraestructuras básicas, La Chanca constituyó un foco de oposición al franquismo y se caracterizó por las constantes movilizaciones sociales.

Por una de sus calles galopa un chaval joven sobre el asfalto, se levanta de la silla y le arregla las riendas a su caballo. No sé bien si es por sus ojos desconfiados o por su larga melena oscura, pero creo que también puedo percibir en él cierto orgullo. “Los chanqueños no se van a ir, han luchado mucho por quedarse donde están“.

Al otro lado de la ciudad, atrapado entre el río Andarax, la carretera, naves comerciales y la estación de Renfe, se encuentra el barrio de El Puche. Diseñado con una esperanza de vida de unos dos años para paliar los daños causados tras las fuertes riadas de las primeras semanas de 1970, casi cincuenta años después, El Puche sigue siendo una realidad para las más de mil familias que exiliadas de barrios como La Chanca o el Barrio Alto aún habitan en él. Un barrio que registra las tasas más altas de paro de la ciudad y en el que la inversión pública es prácticamente nula.

Pobreza
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A pesar de que los habitantes de El Puche, como todos, continúen pagando sus impuestos, a principios de este mismo año el vecindario se veía obligado a pasar casi una semana sin electricidad tras un desafortunado cortocircuito. Las bolsas de basura se acumulan a ambos lados de las calles debido a los inexistentes servicios de limpieza e incluso, en 2015, el ayuntamiento llegaba a suprimir la única línea de autobús de la que disponían, dificultando aun más sus desplazamientos y haciendo que aumentase el aislamiento de este barrio. Chiqui, presidenta de la asociación de vecinos, no tiene dudas, “o ponemos presión o no van a hacer nada”.

Las problemáticas de Almería se enquistan a ambos lados de la urbe mientras que el Ayuntamiento parece no tener ningún tipo de soluciones. La historia de marginalidad y lucha en la ciudad de Almería parece condenada a repetirse con el agravante de no haber sido capaces de ofrecer un futuro alentador a las zonas ya afectadas en años pasados.

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