Partidos políticos
¿Programa de mínimos, o programa de transición?

Sería un error para la izquierda institucional no aprovechar esta oportunidad para reconstruir el movimiento y buscar un programa de transición en el futuro.

Pacto de Gobierno PSOE Podemos
Acuerdo de gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos el 30 de diciembre de 2019. Dani Gago
31 dic 2019 10:47

Aunque no se discute abiertamente, el largo tiempo para formar la coalición que previsiblemente gobernará durante la próxima legislatura ha estado marcado por el contexto internacional. Desde que fue una posibilidad en 2016 hasta su realización hoy, se ha visto que la crisis política que ha seguido a la crisis económica se está solucionando por la nueva alianza de derechas. Los Trump, Johnson, Bolsonaro y Modi han sabido conjugar una combinación de tradicionalismo con mercantilización, abandonando la moderación merkeliana en favor de acercamientos a las bases conservadoras más radicalizadas. Un contexto económico marcado por la precariedad y la incertidumbre han creado una “falsa recuperación”. Los gestores liberales de la crisis, con su reparto injusto de los costes, se han asegurado de alienar a toda una generación de votantes que la izquierda no ha podido seducir.

Ante este escenario, hasta los socialdemócratas más reticentes a pactar con “los radicales” han comprendido el riesgo. O bien combaten la desigualdad y el cinismo con políticas públicas, o posiblemente la deriva autoritaria y mercantilizadora acabe con el sistema; “progres” incluidos. En una suerte de keynesianismo como farsa, la intención de cambiar lo mínimo para quedarse como están. Al otro lado de la mesa, la izquierda carece de bases a las que refugiarse. Los nuevos partidos radicales, de Syriza a la France Insoumise, han sido incapaces de generar instituciones como sindicatos, medios, escuelas o cooperativas… donde reconstruirse en tiempos difíciles. Solo el escaño y la cartera pueden ofrecer algo de alivio. ¿Qué se está haciendo con ambos?

En principio, este “nuevo acuerdo para España” es la descripción más explícita hasta la fecha de las políticas que la coalición llevaría a cabo. Como titulares, destacan el aumento de los impuestos a los ricos; la reversión de la reforma laboral del gobierno del Partido Popular; el diálogo con Catalunya y la reforma del sistema autonómico; la apertura a regular los precios del alquiler; el rechazo a los vientres de alquiler; entre otras. Hay viejos conocidos de programas “progresistas”: aumento del I+D+i, fin de contratos de trabajo abusivos, rehabilitación energética de viviendas, fomento del autoconsumo energético, ciudadanía digital… Finalmente, hay una buena cantidad de propuestas que son en realidad “intenciones”: comisiones, estudios o foros que investigarán asuntos de interés.

Es obvio que el votante conservador no va a pararse a leer el documento original, o las notas de prensa más asépticas. Se conformará con los titulares de su diario de referencia. Paradójicamente, el votante de izquierdas desearía que el programa se pareciese algo más a estas pesadillas invocadas por los tertulianos del extremo centro. En cualquier caso, lo interesante de este acuerdo político es enclavarlo en un contexto. ¿Para qué sirve un programa, realmente? ¿Qué relación tiene con la aplicación de sus políticas? ¿Cuál es la relación de estos documentos con la izquierda institucional?

Los programas políticos en el imaginario popular

Hay dos entendimientos “populares” de para qué sirven los programas electorales o, en este caso, de coalición. En primer lugar, y no sin ironía, como una serie de propuestas atractivas que serán ignoradas una vez en el gobierno. En campaña, los candidatos a menudo lamentan este cinismo y que el debate mediático gire en torno a sus personalidades, en lugar de sus programas. Hay un grado de verdad en todo esto. El oligopolio mediático y el desierto organizativo del neoliberalismo han hecho del liderazgo carismático la única divisa importante en período electoral. Incluso los partidos surgidos en entornos digitales, como remarcó el teórico Paolo Gerbaudo, tienden al reforzamiento de las cúpulas bajo la apariencia de banco de ideas colectivo. A pesar de todo, hay veces que hasta se ha admitido que estos documentos son meras “listas de sugerencias”, ahorrando a militantes y simpatizantes una desilusión fraccionada en cuatro años.

El otro entendimiento está asociado al mítico “programa, programa, programa” de Anguita, el coordinador de Izquierda Unida durante los años 90. Es la visión, frecuente en la izquierda politizada, de que lo más valioso en unas elecciones es la coherencia interna de las propuestas políticas con el ideario político de la formación. La superior capacidad de análisis permite entender el mundo mejor que los adversarios y, eventualmente, ganar el apoyo popular. Los partidos pasan meses en diálogo constante y duras purgas internas para generar el documento definitivo. Sin embargo, como han comprobado los laboristas con Corbyn, el apoyo a políticas concretas no se traduce en mayorías absolutas. Cierto, el trabajo invertido en investigar, redactar y popularizar medidas no es totalmente inútil. Pero de poco consuelo sirve cuando se pierden unas elecciones.

Encontrar las teclas adecuadas, como la sanidad universal, es la tarea para partidos de vanguardia y sus ideólogos

En momentos históricamente difíciles para la izquierda, como los años 30 o los años 90, aparece la necesidad de unidad con partidos liberales o centristas. El también llamado frentepopulismo puede ser más o menos productivo, pero es la constatación práctica de que la izquierda, por sí sola, no puede obtener la hegemonía política. Ante esta situación, los partidos han tenido que decidir qué medidas merece la pena preservar o descartar para facilitar el acuerdo. Un programa de mínimos suele ser el insatisfactorio resultado; el mismo será acusado de programa maximalista si la negociación fracasa. Un buen ejemplo es la negociación de Podemos tras su irrupción en el Parlamento en 2015. El programa soñado por todos los movimientos de izquierdas es, efectivamente, algo intermedio entre ambos. El que los viejos militantes trotskistas llamaban, con mucha esperanza, “el programa de transición”.

Las bases materiales y el poder de la izquierda en el siglo XX

Afortunadamente, no hace falta ser experto en historiografía de la Revolución Rusa y la Cuarta Internacional para entender el significado de un programa de transición. Bajo el optimista titular de “la agonía mortal del capitalismo”, Trotsky y sus seguidores defendieron un enfoque alternativo para la transformación social en las democracias avanzadas. En lugar de la lucha armada o la renuncia socialdemócrata, la izquierda radical debía defender medidas que mejorasen la vida de la mayoría y, al mismo tiempo, le hiciesen cuestionar al sistema. Es decir, se debe defender la sanidad universal porque el ciudadano gana derechos inmediatamente. Pero, al mismo tiempo, demuestra que hay esferas de la sociedad que pueden quedar fuera de búsqueda incesante del beneficio y la explotación.

Igualmente, si hubiera medidas que la clase política o los medios calificasen de impracticables, se aceleraría la frustración de los votantes y su simpatía hacia el socialismo. Encontrar las teclas adecuadas, como la sanidad universal, es la tarea para partidos de vanguardia y sus ideólogos. Desde entonces, grupos más o menos numerosos de organizaciones de la Cuarta Internacional han participado en luchas de todo tipo, buscando la fórmula para liderar a la clase obrera a la victoria final. 

Aunque el trotskismo no tuvo mucho futuro más allá de su impulsor, es llamativo que el momento de mayor poder de la izquierda institucional europea, el de las reformas de postguerra, siguiese este modelo. Ya fuese a través de victorias masivas, como las del laborismo en 1945; o por su hegemonía social, como la del Partido Comunista Italiano; las políticas de izquierdas parecían aplicarse en un círculo virtuoso y expansivo. Por supuesto, cabe recordar, con un trasfondo imperialista, hetero-patriarcal e insostenible con los límites naturales. Aun así, como relatan narradores tan diversos como Polanyi, Wallerstein, Judt o Fukuyama, los treinta gloriosos fueron la época en que socialdemócratas, comunistas y cristianodemócratas abrazaron juntos el liberalismo regulado. 

Lo que los nostálgicos del keynesianismo suelen olvidar es la sólida base material de la izquierda para aplicar su programa

Los bancos centrales se encargaban de garantizar el pleno empleo, no de proteger las carteras de los inversores; las empresas públicas lideraban en innovación y eran imitadas por las privadas; los sistemas de seguridad social consideraban un valor en sí mismo proteger “de la cuna a la tumba”. El programa de coalición de PSOE y UP, supuestamente de izquierdas, está lejos de estos principios que eran parte del sentido común tanto de progresistas como de conservadores.

¿Se debía el éxito de estos programas a haber encontrado esas teclas mágicas, como defendía Trotsky? No exclusivamente. Lo que los nostálgicos del keynesianismo suelen olvidar es la sólida base material de la izquierda para aplicar su programa. Muchos de los líderes socialistas de postguerra habían pasado meses y años en la clandestinidad, fuera de la política oficial. Conocían la dificultad de sobrevivir en el desierto, sin representación parlamentaria o mediática. Por tanto, las organizaciones estaban implantadas en torno a los que debían ser organizados: clubes de fútbol, bares, revistas, concursos, loterías… Es decir, no era solo la eterna injerencia rusa (o de la URSS) ayer y hoy la que suministraba oxígeno a los antisistema. Por toda Europa, los movimientos poseían sistemas más o menos informales de reproducción y captación de apoyos tanto materiales como simbólicos.

Los sindicatos y partidos eran los más importantes, pero no los únicos. Era la combinación entre los programas y la base material de la izquierda la que permitía su éxito. Antes de la sanidad universal, hubo clínicas para obreros y sus familias. Antes de las pensiones, hubo centros cooperativos para mayores. Antes de ver hijos de la clase obrera en las universidades, hubo centros de formación que impartían mucho más que propaganda. Todo ello suponía la construcción colectiva de un programa y de grupos de personas que defenderían su implantación. La izquierda no se centraba solamente en la redistribución de la riqueza, sino en redistribuir las fuentes de creación de la misma. Por ejemplo, el cooperativismo no se defendía porque era más ético o solidario; simplemente implicaba que mayor parte de la economía estaba bajo el control de los trabajadores que la sostenían.

Por todo ello, la entrada de un ministro radical en un gobierno frentepopulista no suponía, en principio, la renuncia a la transformación social. Había todo un mundo alternativo empujando y vigilando desde fuera. 

La izquierda institucional ante la ventana de oportunidad, o la puerta giratoria

El retorno al keynesianismo en la era de Amazon y el cambio climático es imposible. ¿Qué puede hacer un partido de izquierda institucional en Europa Occidental hoy? Como dijo el fallido candidato británico a Ministro de Economía, John McDonnell, se trata de “estar dentro del Estado, contra el Estado”. Es decir, en primer lugar, aceptar que las instituciones favorecen a menudo soluciones contrarias al interés general. Sus cuerpos más punitivos, como los servicios de desempleo, los bancos centrales o las agencias de protección de fronteras, están intrínsecamente ligadas a la gobernanza neoliberal. Sin embargo, y en segundo lugar, reconocer que renunciar a ocupar las instituciones puede traer peores consecuencias en el largo plazo. La respuesta no es “cambiarlo desde dentro y desde arriba”, sino alterar en la manera de lo posible la correlación de fuerzas externa para promover reformas con apoyo popular. Es decir, que haya incentivos contrapuestos a las voces de la oligarquía que le empujará a abandonar sus medidas.

Opinión
No hay nada más poderoso que un hombre con un plan

El conflicto en Reino Unido en torno al Brexit es mucho más que europeístas contra euroescépticos. Es el conflicto de un hombre con un plan, contra un movimiento, el del proyecto Corbynista, que busca transformar la sociedad.

¿Qué aspecto podría tener una labor legislativa para este objetivo en España? En primer lugar, eliminar la legislación más restrictiva con el derecho a protesta, manifestación y libertad de expresión. Lo más elemental para tener una sociedad civil activa es no restringir su existencia mediante medios legales y represivos.

Anular la reforma laboral iría en la buena dirección, pero no solo los sindicatos tradicionales pueden renovar la vitalidad del movimiento. Por ejemplo, las reformas en materia de vivienda podrían ir asociadas a fomentar las organizaciones de vecinos y barrios. ¿Por qué no hacerlos gestores de la regulación de las viviendas turísticas? La extensión de la movilidad sostenible como derecho fundamental debería fomentarse junto a productores locales y de proximidad, de manera que cooperativas agrícolas y de otro tipo garanticen el consumo responsable mediante el asociacionismo.

De aprobarse la derogación de la ley educativa del PP, abrir la puerta a que padres, profesores y alumnos puedan diseñar planes de estudio en conjunto representaría otra oportunidad de construir lazos comunitarios. ¿Y qué hay de fomentar cooperativas digitales en todos los sectores en que sea posible? RTVE, Correos y otras empresas públicas podrían ser la raíz de nuevos servicios digitales, a la manera que la BBC supo innovar en el mercado de la televisión a demanda. Todas estas medidas tienen cabida en el programa actual; lo que falta es dotarlas de el trasfondo material para promoverlas y sostenerlas en el largo plazo.

Otro aspecto importante de un programa ambicioso, que está todavía más ausente, sería limitar el poder de las instituciones que impiden una sociedad más democrática. Por ejemplo, las escuelas concertadas deberían desaparecer gradualmente, ya que distorsionan la igualdad de clase que debe proporcionar la educación financiada por el Estado. Igualmente, los grupos de comunicación no deberían acumular tanta cuota de mercado ni tampoco ser dependientes de fondos de inversión y otras empresas, ya sea por deudas o acciones.

Las instituciones bancarias con participación pública tendrían que aceptar un grado de supervisión e incluso intervención para facilitar la inversión productiva y ecológica. Las empresas tecnológicas con prácticas anticompetitivas deberían cumplir sus responsabilidades fiscales y laborales, aunque fuese a nivel continental mediante impuestos y legislación europea. Finalmente, las empresas que coticen en bolsa deberían reservar una cuota para que representantes de los sindicatos puedan participar en su gobernanza. Es un hecho que todas estas organizaciones se opondrán a un eventual gobierno, porque poseen un alto grado de privilegio bajo el orden actual. Ninguna de estas medidas es de carácter revolucionario; pero serán tachadas de radicales igualmente. ¿Por qué no aprovechar para minar su poder e influencia?

Queda patente que el preacuerdo entre Unidas Podemos y el Partido Socialista está muy lejos de perseguir estos objetivos. Sin embargo, aquellos que simpaticen con los valores generales de un acuerdo progresista y teman el ascenso de la extrema derecha, no pueden dejarse llevar por la decepción. Históricamente, victorias para la izquierda se han arrancado en condiciones de gobierno muy adversas: a líderes de derecha en busca de la paz social; a través movimientos revolucionarios pero poco democráticos; o gracias a nacionalistas antiimperialistas en el Sur Global. En todos los casos, ha habido un rico repertorio de prácticas e instituciones que han presionado para su aplicación.

Sería un error para la izquierda institucional no aprovechar esta oportunidad para reconstruir el movimiento y buscar un programa de transición en el futuro. Lo que queda del 15M está ahora mismo ante la oportunidad de abrir la ventana de oportunidad y ampliar el campo de políticas disponibles. O también puede rendirse ante el desafío, y convertirse en otra puerta giratoria más entre los poderes que planean otro destino para nuestro país.

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4 Comentarios
#45427 15:48 3/1/2020

Todo me parece una cortina de humo...mucho prometer y luego nada. En lo único que estoy de acuerdo con este artículo es que es necesario que haya una potente movilización popular para exigir la soberanía popular y que se vayan todos, pero me temo que por ahora no es así, impera el individualismo, no nos escuchamos, nos entretienen con los deportes y series, y hay quién ve todo esto contra el independentismo como una cosa ajena sin percatarse de la restricción de libertades a que nos someten.

Del posible gobierno "progre" solo espero a ver si las casas de apuestas abren a partir de las diez de la noche como no paran decir los de UP (aunque yo estoy por la eliminación total) y con restricción publicitária. Pero creo que la frustración empezará con los sigiuientes presupuestos. En fin, lo dicho, una cortina de humo.

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#45328 19:37 1/1/2020

De momento para mí, es un experimento con 0 crédito de escasa ambición realmente transformadora.
Se la juegan, toca hacer política con los pies en la tierra y la mirada a las preocupaciones del CIS...
Hay que acabar con el 'storitelling' (relato) el trilerismo, el infantilismo, el paternalismo y el 'chicken game' o el experimento puede acabar como un erial pasto del neotrumpismo nacionalcatólico.

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#45324 16:48 1/1/2020

Me resulta un articulo un tanto trilero...
Un si pero no, pero si.
Y mi pregunta después de leerlo es.
Como se puede recuperar el espirita del 15 M, siguiendo a quienes directamente lo dinamitaron???

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#45305 20:15 31/12/2019

Una reflexión muy necesaria, espero que tomemos nota de lo que aquí se dice

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