La sangre escondida bajo los hoteles de Gandia

La fotoperiodista Eva Máñez recupera la memoria olvidada de la represión franquista en la comarca valenciana de la Safor.
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La fotoperiodista Eva Máñez (Fotografía Alex Oltra).
10 jun 2026 09:11 | Actualizado: 10 jun 2026 10:56

El 24 de julio de 1950 eran fusilados en Paterna José Andrés Momparler, más conocido como Pepe el Carinyo, agricultor y popular jugador de raspall, y Salvador Santamaria Escribá. Ambos eran de Rafelcofer, un pequeño pueblo próximo a Gandia. Al acabar la guerra se habían echado al monte, como muchos otros, huyendo de la represión de las tropas franquistas y dispuestos a continuar la lucha contra el fascismo.

Durante más de una década, estos hombres y mujeres combatieron a la dictadura con las armas por las montañas de Rafelcofer, Vilallonga o la Llacuna, la mayoría organizados en la Agrupación Guerrillera de Levante. Al recibir el tiro de gracia que remató sus vidas, Pepe el Cariño y Salvador Santamaria pasaron a la historia del País Valencià como los dos últimos vecinos de la Safor asesinados por el franquismo.

La expansión turística comenzó a apoderarse del litoral de la Safor al calor de los planes desarrollistas impulsados por los tecnócratas del Opus Dei: en 1959, el Hotel Bayren abría sus puertas en Gandia; a principios de los 60, Vicente Calderón promovía la Colonia Ducal

Durante aquel mismo verano de 1950, el promotor inmobiliario, franquista incondicional y futuro presidente del Atlético de Madrid, Vicente Calderón, se construía su residencia estival en la playa de Gandia, el chalet La Cavada. Un año más tarde, coincidiendo con la creación del Ministerio de Información y Turismo, el ayuntamiento franquista de la ciudad encargaba un plan para remodelar su playa. Muy pronto la expansión turística comenzó a apoderarse del litoral de la Safor al calor de los planes desarrollistas impulsados por los tecnócratas del Opus Dei: en 1959, el Hotel Bayren abría sus puertas en Gandia; a principios de los 60, Vicente Calderón promovía la Colonia Ducal, uno de los primeros complejos turísticos de la costa valenciana.

En nombre de un desarrollo turístico que, junto con la válvula de escape de la emigración, buscaba superar el fracaso de un régimen que, más de una década después de acabada la guerra, seguía sin recuperar los niveles de vida de la República, el franquismo empezó a cubrir con hormigón las dunas y playas de Gandia. Un turismo convertido en el símbolo de una supuesta modernidad con la que el franquismo, sin ceder en el férreo control social y político, buscaba maquillar sus raíces en un golpe militar que desencadeno una sangrienta guerra —que dejó sobre Gandia duros bombardeos— y en una política de exterminio contra las organizaciones obreras y los partidos de izquierda.

El régimen presentará así a los alegres turistas de sol y playa como el simpático icono de sus cínicas celebraciones de los 25 años de Paz. Franco se reafirmaba como Caudillo de España por la gracia de dios y cruzado anticomunista. Pero borraba su alianza con Hitler y Mussolini para sustituirla por la visita del presidente norteamericano Eisenhower y las exóticas imágenes de suecas en bikini bronceándose en las playas.

Mientras Vicente Calderón era enterrado entre multitudes en la Parroquia de San Nicolás del Grao de Gandia, los restos de El Carinyo y Salvador Santamaría continuaran olvidados en una fosa común

El subgénero cinematográfico del landismo de los años 60 y 70 se encargó de afianzar con éxito el modelo en el imaginario colectivo. Por eso, no es extraño que el 24 de marzo de 1987, mientras Vicente Calderón era enterrado entre multitudes en la Parroquia de San Nicolás del Grao de Gandia, los restos de El Carinyo y Salvador Santamaría continuaran olvidados en una fosa común. Y no eran los únicos. El historiador Vicente Gabarda, en sus investigaciones sobre la represión en el País Valencià, ha censado a un total de 339 vecinos de la Safor asesinados durante el franquismo. Oliva, con 71 muertos, fue el municipio más castigado. Le siguen en este macabro ranking, Tavernes de la Valldigna, con 55 asesinados; Gandia, con 54, y Simat de la Valldigna, con 34. Pero la represión se extendió por toda la comarca, siendo especialmente sangrienta en algunos municipios pequeños como l’Alqueria de la Comtessa, Ròtova o Potries.

Solo entre mayo de 1939 y noviembre de 1940, fueron asesinados en Gandia 63 personas de diferentes municipios de la Safor. Uno de los espacios de más siniestro recuerdo es l’Escola Pia. Reconvertida en cárcel al acabar la guerra, por ella pasaron más de 2.400 presos hasta su cierre en 1944. Allí se registró el 31 de noviembre de 1940 uno de los episodios más negros. Ese día, como castigo por un intento de fuga, los prisioneros fueron obligados a formar en el patio para presenciar la ejecución de 20 de sus compañeros. Manuel Martín Collado, un pintor gandiense de 32 años, fue uno de los asesinados. El pasado abril, su cuerpo fue identificado -junto a los de José Giner Gasent, Antoni Orengo Damià y Manuel Castillo García- gracias a las investigaciones de ADN realizadas a los 27 restos exhumados en una de las fosas del cementerio de Gandia.

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Un grupo de visitantes frente a los restos hallados en la exhumación de la fosa del cementerio de Gandia. Eva Máñez

La exhumación de esta fosa supuso una grieta en la losa de terror y silencio con la que el franquismo sepultó durante décadas sus crímenes en la Safor. Un largo y difícil camino que la fotoperiodista Eva Mañez ha reconstruido en su libro Memoria de l’oblit. La represió franquista a la Safor, publicado por CEIC Alfons el Vell. La palabra y las fotografías recogidas en sus páginas reflejan el tesón intergeneracional de viudas, hijas, nietos y biznietos por conservar viva estas historias rotas y su determinación por recomponer con sus pedazos un mosaico colectivo de memoria democrática.

Un esfuerzo arduo y callado que se remonta a la voluntad inquebrantable de muchas mujeres, las mismas que al acabar la guerra sufrieron el oprobio de ser rapadas, purgadas con aceite de ricino, algunas violadas, y todas señaladas por el pecado imperdonable de ser madres, hermanas, esposas o hijas de un rojo. Ellas llevarían el peso de memoria con la misma dignidad con que, en los duros días de la posguerra, sacaron adelante a sus hijos espigolando campos o ejerciendo el estraperlo con la sombra de la Guardia Civil y la cárcel pegada a sus pasos. Algunas no dudaron en desenterrar clandestinamente los cuerpos de sus seres queridos para darles una sepultura digna, como la madre y la esposa de Eduardo Banyuls, el alcalde republicano de Benipa fusilado en Paterna en febrero de 1943. Otras guardaron como reliquia algún recuerdo de su padre, su esposo o su hermano, como la viuda de Vicente Coscollà, de Xeraco, que conservó toda su vida el trozo que le entregaron de la camisa que vestía cuando fue fusilado en noviembre de 1939. Muchas más, acudiendo por Todos los Santos, año tras año, al cementerio donde sabían que yacían los restos en una fosa sin lápida ni nombres.

Hubo que esperar a 2018, cuarenta años después de aprobada la Constitución, para que la reivindicación de la memoria dejara de ser una resistencia íntima y silenciosa de las familias de la Safor, para convertirse en una exigencia compartida de verdad, justicia y reparación. Ese año, Nuria Martín, nieta de Manuel Martín Collado, impulsará junto con otras compañeras l’Associació de Víctimes del Franquisme de Gandia. Su objetivo: rescatar la dignidad de las víctimas del franquismo que, primero bajo la dictadura y luego con la democracia, continuaban ocultas y humilladas en las fosas comunes del cementerio municipal. Tres años tardaron en localizar, con la colaboración de la asociación científica Arqueoantro, la ubicación exacta de estos enterramientos clandestinos. Y hasta 2023 no lograron exhumar los primeros restos, algunos de los cuales ha sido posible identificar ahora gracias a las pruebas de ADN.

Se rompía así la losa de silencio impuesta sobre la represión franquista. Aunque sigue quedando mucho trabajo por hacer. De hecho, aún queda una fosa por exhumar. Como subraya Nuria Martín en la páginas de Memoria de l’oblit, “nuestro objetivo es exhumarlos a todos. Sabemos que esta vez será más complicado, ya que la segunda fosa continua bajo una tira de nichos y eso hará necesario desplazarlos. Pero el Departament de Memòria Democràticade Gandia ya está trabajando para ver cómo se puede resolver de la mejor manera posible sin perjudicar a nadie”.

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Nuria Martín, presidenta de la Associació de víctimes del franquisme. Eva Máñez

Pero l’Associació de Víctimes del Franquismede Gandia no solo aspira recuperar y entregar a sus familiares los restos de los asesinados. También busca una justicia reparadora para que sus muertes sean reconocidas como crímenes de lesa humanidad, como reclamaron con la denuncia presentada tras el hallazgo de los primeros restos en 2023. Aunque inicialmente los juzgados de Gandia abrieron diligencias, muy pronto comenzaron las trabas legales. El juez no reconoció a la asociación de familiares su condición de víctimas y les exigió para poder personarse una fianza de 8.000 euros. La asociación rechazo esta fianza por considerarse víctimas afectadas y apeló ante la Audiencia Provincial. Sin embargo, este tribunal dio la razón al juez y el juzgado de Gandia acabó archivando la causa. Tras este revés judicial, la asociación trasladó el caso a la Fiscal Provincial de València, Susana Gisbert, que decidió recurrir el fallo de la Audiencia Provincial, un recurso que sigue pendiente de resolución.

Aquellos asesinatos fueron, sin duda, la cara más brutal de la represión de la dictadura en la Safor. Con ellos el franquismo creó un clima de miedo colectivo que durante décadas paralizó casi por completo el menor signo de resistencia. Huir fue para muchos la única forma de superar ese terror asfixiante. Antes de que las tropas facciosas ocuparan la comarca, algunos lograron escapar desde el puerto de Gandia abordo de barcos que les conducirían a Argelia. Otros se esconderán en las montañas que envuelven el valle de Marisquera o el barranco de Beniopa, para continuar la lucha en el maquis o emprender el camino al exilio. Y otros acabaron enterrados como topos para salvar sus vidas, como el vecino Beniopa Federico Sabater. Afiliado a la CNT, Sabater vivió más de una década oculto en el pozo de la casa de un familiar, hasta que en 1951 trató de exiliarse a Francia. Su rastro se perdió en Barcelona y la familia sospecha que pudo haber sido asesinado en la localidad navarra de Olite.

La represión fue un manto negro que cubrió de miedo durante décadas la vida cotidiana en forma de palizas, detenciones arbitrarias, torturas, trabajos forzados, cárceles, depuraciones

Pero aunque los asesinatos sean la cara más criminal de la dictadura, la represión franquista tendrá muchos más manifestaciones. Así lo pone de relieve desde las páginas del libro de Eva Máñez el testimonio de los familiares de los perseguidos. Porque la represión fue un manto negro que cubrió de miedo durante décadas la vida cotidiana en forma de palizas, detenciones arbitrarias, torturas, trabajos forzados, cárceles, depuraciones. La etiqueta de rojos marcará la supervivencia de los vencidos y sus familias en aquella larga y dura posguerra de hambre, miseria, tuberculosis, miedo y estraperlo. Especialmente, una vez más, a las mujeres, que debieron aguantar todo tipo de ultrajes y humillaciones. Como Vicenta, la viuda de Martín Collado, que tuvo que rebajarse a trabajar como sirvienta en la casa Carlos Wolfgang Schneider, el empresario nazi que llegó a Gandia en 1941 tras los acuerdos entre Franco y Hitler, y que en los años 60 vería protegidos sus negocios al amparo del desarrollismo.

Pero ni el desarrollismo, ni el supuesto aperturismo del boom turístico en Gandia, pondrán freno a este poliédrico sistema represivo que se prolongará durante todo el franquismo en la Safor. El acoso será implacable con la lengua. Un “miedo lingüístico”, como lo definió el desaparecido poeta Josep Piera, que sufriría, por ejemplo, Maria Femenia, vecina de Miramar que aún recuerda las veces que de niña le obligaron a escribir en el colegio hasta cien veces: No hablaré valenciano en clase. Un control igualmente estricto frente a la cultura, vigilada siempre por censores y policías. Como férreo fue también el celo moral que el nacionalcatolicismo ejerció sobre la mujer, sometida a un eterno tutelaje sin derechos. O sobre las libertades sexuales. O la persecución despiadada a cualquier forma de disidencia político o resistencia sindical, que pagarían con penas de cárcel y torturas en las comisarias tantos líderes obreros.

Una violencia sistémica, columna vertebral del régimen, que incluso siguió proyectándose silenciosamente tras la muerte del dictador. Porque, como subraya Eva Máñez, “las generaciones que crecimos en la democracia somos víctimas y continuamos sufriendo su herencia. Víctimas porque nos ocultaron la historia y nos robaron la memoria”.

Crímenes del franquismo
Abaixar la mirada i continuar el silenci
Li he hagut de dir a una persona que s’ha obtingut ADN de les restes del seu parent (la qual cosa pot conduir a la seua identificació), assassinat pel feixisme, la filla del qual ha mort fa poc
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