Opinión
Ojalá te toque vivir en tiempos interesantes
Periodista
Ojalá te toque vivir en tiempos interesantes. Esta ancestral expresión, a menudo atribuida a la sabiduría china, es en realidad una maldición, y encapsula una paradoja: desearle a alguien una era de transformación radical, donde lo establecido se desmorona, los paradigmas colapsan y la incertidumbre se convierte en la única constante.
La normalidad, tal como la conocíamos, ha sido interrumpida. Nuestro desafío colectivo es navegar este desorden y darle forma antes de que él nos dé forma a nosotros. El economista experto en prospectivismo Rafael Martínez-Cortiña advirtió en 2020 que “en la era de desorden, distintos eventos geopolíticos, crisis climáticas y conflictos de gobernanza no harán más que acentuar la sensación de caída continua en las personas”. Y añadía: “El conflicto social parece estar asegurado”. Vivir en tiempos interesantes.
Nos encontramos inmersos en la era más “interesante” de la historia moderna: un vértice donde la desigualdad creciente fomentada por el capitalismo mas crudo —en muchas partes del mundo, entre países, y dentro de los mismos e incluso de las ciudades— atenaza el desarrollo. Por otra parte, la realidad se mezcla con la ficción y la posverdad en las noticias y en las redes sociales. Ambas se utilizan para lanzar fake news, ganar elecciones o normalizar realidades paralelas generadas por la inteligencia artificial al servicio de un tecnofeudalismo que redefine la conciencia y el trabajo, con sus sesgos. Sus dueños diseñan los algoritmos “configurando” el escenario que más les favorece, consumiendo por el camino ingentes recursos en agua y energía.
En los países pobres, muchos sienten las políticas verdes como extranjeras e indiferentes frente a la desesperada necesidad local de energía
Las infinitas posibilidades de cálculo y aplicaciones para el trabajo, la investigación y la comunicación ya se observan como una fuerza disruptiva clave a nivel de geopolítica. Como señalaba el rector de la Universidad de Oxford, William Hague, “las redes sociales se están volviendo incompatibles con un sistema democrático saludable”. A esto se suma la inmediata realidad, fracturada por el nuevo orden internacional que deviene en la ley del más fuerte, acaparando y desapareciendo la confianza y el multilateralismo.
Neoimperialismo o directamente apropiación, la ley militarista del más fuerte, “realpolitik“... El siglo XXI se despoja de su retórica diplomática y muestra su núcleo más duro: un nuevo reparto de esferas de influencia y recursos. El mundo observa cómo se normaliza la “anexión territorial” de Venezuela o se habla de Cuba o Groenlandia en términos de invasión mientas se suceden guerras regionales o masacres contra toda ley internacional, en muchos casos televisadas como está ocurriendo en Gaza y Cisjordania, aunque hay otras muchas olvidadas.
Combatir el cambio climático nunca fue fácil. El equilibrio energético fundamental de un planeta no se puede cambiar de la noche a la mañana; ni se puede reemplazar una economía basada en intereses y beneficios muy concretos de empresas muy contaminantes basadas en los combustibles fósiles, que a la vez tienen un poder inmenso con tentáculos en los massmedia y en la clase política con sus infinitas puertas giratorias.
La semana pasada Trump revocó un histórico fallo que permitía al Gobierno regular los gases de efecto invernadero para luchar contra el cambio climático
El cambio climático exacerba la desigualdad. Los mas débiles y los que menos responsabilidad tienen son los que mas lo sufren. Además, está totalmente condicionado por la verdad y la posverdad: se silencian investigaciones o se producen fake news sobre el mismo desde hace décadas. Y esta también afectado por la inteligencia artificial, tanto por las enormes demandas de energía y agua como por los grandes oligarcas tecnócratas que alteran los cimientos de la geopolítica.
El problema americano
Hoy, el problema se presenta particularmente difícil por el “amigo” americano. Las continuas políticas de desmantelamiento anti ciencia y anti lucha contra el cambio climático de la administración Trump han tenido hasta ahora cuatro puntos clave. El pasado 29 de julio la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos dijo que renunciaría a su autoridad para regular los gases de efecto invernadero. Por otra parte, EEUU planea desmantelar el Centro Nacional de Investigación Atmosférica en Boulder (Colorado), un espacio clave de ciencia climática. Esto va de la mano con sus imprudentes ataques a la ciencia del clima, además la salida del país de más de 64 organismos internacionales, muchos de ellos relacionados con el clima —entre ellos el prestigioso Panel Internacional de Expertos sobre el Cambio Climático, IPCC—. Finalmente, la semana pasada Trump revocó un histórico fallo que permitía al Gobierno regular los gases de efecto invernadero para luchar contra el cambio climático. Los grupos ambientalistas afirman que la medida es, con mucho, el retroceso más significativo en materia de cambio climático que se ha realizado hasta la fecha.
Pero Europa tampoco está haciendo los deberes. Los presupuestos de defensa aumentan por las exigencias de la OTAN mientras disminuyen los relacionados con la adaptación al cambio climático y la falta de ambición en las políticas de reducción de emisiones. Todo ello determinado por una renovada oposición política dirigida por los grupos de derechas que están gobernando en el continente. Temas como la prohibición de pesticidas, la aprobación de tratados internacionales de deforestación, las políticas de “desplastificación”, la regulación del precio de la electricidad en el mercado eléctrico o el coche eléctrico se están retrasando o posponiendo sine die.
El intento por declarar parte de Venezuela como propiedad estadounidense bajo la administración Trump no es una anomalía, sino el síntoma de una lógica más profunda
En los países pobres, que históricamente han emitido mucho menos que los ricos, muchos sienten las políticas verdes como extranjeras e indiferentes frente a la desesperada necesidad local de energía. Sintiendo los vientos políticos, las grandes empresas globales y fondos de inversión retrasan medidas necesarias de descarbonización o de protección de la biodiversidad, aunque las más responsables siguen manteniendo estos estándares, si bien de una forma mucho menos explícita.
Mientras la crisis climática abre nuevas rutas y recursos en el polo norte y la Antártida, la presión geopolítica los convierte en territorios codiciados. Empresas españolas como Repsol planean triplicar su producción de petróleo —y por ello sus emisiones de gases de efecto invernadero— solo en Venezuela. El intento por declarar parte de Venezuela como propiedad estadounidense bajo la administración Trump no es una anomalía, sino el síntoma de una lógica más profunda: una en la que las fronteras de lo posible se redibujan con declaraciones ejecutivas y la soberanía nacional se somete a la prueba de fuego de los intereses estratégicos y los recursos naturales.
Escenario distópico
Esta es la esencia de nuestros “tiempos interesantes”. La normalidad no ha sido solo interrumpida, sino desmantelada. El caos no es un accidente, es la arena donde se libra la batalla por el futuro. Ya no basta con navegar el desorden; el reto es comprender que estamos viviendo las primeras páginas de un capítulo histórico escrito con la gramática de la fuerza, la reclamación y la redistribución violenta de los bienes globales. La maldición ya está aquí. Y su significado se escribe día a día en los mapas que están siendo redibujados.
Habría que empezar a hablar de caos climático, dada la pérdida del equilibrio del sistema y la superación de algunos puntos de inflexión del mismo
Mientras, el elefante dentro de la habitación sigue sin citarse y sin enfrentarse a él. Se registran los años mas cálidos desde hace miles de años. Los tres más calurosos han sido los tres últimos: 2023, 2024 y 2025. Se disparan los fenómenos meteorológicos extremos por este cambio climático que ya estamos viviendo, y entre 2020 y 2025 se ha observado una agudización en todos los indicadores climáticos. Habría que empezar a hablar de caos climático, dada la pérdida del equilibrio del sistema y la superación de algunos puntos de inflexión del mismo. Y, sin embargo, no se reducen las emisiones y tampoco se implementan las imprescindibles políticas de adaptación.
Inconsciencia, irresponsabilidad, prevaricación son adjetivos que parecen quedarse cortos. No se entiende por qué no se enfrentan estas crisis con los recursos y las capacidades adecuadas. La concentración de CO2 en la atmósfera, que es el indicador clave, sigue subiendo.
La guerra de Trump —igual que la de cualquier país, empresa o colectivo— contra la acción climática, con acciones como eliminar renovables o reducir políticas científicas tiene unos principales afectados: sus propios compatriotas y sus propias empresas, que no podrán exportar fuera de sus fronteras. Empeorará el país y el mundo.
Trump no es EEUU, y lo que esta claro es que más pronto que tarde desaparecerá
Las soluciones son sabidas y, a pesar de ser factibles, o se realizan de una forma tímida y con falta de coherencia o directamente no se implantan. Hablamos de políticas de agricultura regenerativa, de agricultura ecológica, de alimentación sostenibles, de descarbonización en el transporte, de instalación de energías renovables con mínimo impacto, de implantación de renovables en zonas ya artificializadas, de utilización razonable del suelo, de gestión forestal sostenible, de descarbonización y adaptación al cambio climático, de rehabilitación energética que favorezca a los más humildes, de desaparición de la pobreza energética, de instalación de una economía circular real (y no solo de recoger y quemar residuos), de adaptación de ciudades con zonas verdes, de cuidado del uso del agua y la disminución de riesgos como inundaciones, de protección de la biodiversidad, de control y gestión de centros de datos minimizando los impactos, de uso de la inteligencia artificial a favor de lo procomún y los derechos humanos, de una regulación que impulse la innovación pero proteja a la humanidad en conjunto, pues la rendición de cuentas son buenas para todos y para el planeta.
Mientras, se siguen subvencionando las armas, los combustibles fósiles, la masiva utilización de fertilizantes y pesticidas, la industria automovilística contaminante, etcétera.
Quedan espacios de resistencia: honestidad, decrecimiento y democracia
Sin embargo, todavía queda espacio para este gran desafío. Trump no es EEUU, y lo que esta claro es que más pronto que tarde desaparecerá. Tanto los gobernadores de algunos estados importantes como California, Colorado, Minnesota, Illinois, Washington y Nueva York como docenas de importantes ciudades —desde Nueva York, a Washington DC, Chicago, Miami o Los Ángeles— están trabajando en la descarbonización y en la adaptación. Las próximas elecciones son dentro de solo unos meses, y existen muchos contrapoderes allí y en todo el mundo para intentar hacer las cosas bien.
El desafío no es solo sufrir los cambios, sino participar activamente en darles forma, y que sea reversible el nuevo orden internacional. Por supuesto, que vuelva Naciones Unidas, el respeto de la legalidad internacional, la honestidad, el decrecimiento, la democracia, el escuchar a la ciencia y el respeto a los derechos humanos.
2026 debería ser el año de la adaptación y de las actuaciones a todos los niveles, virtuosas para luchar con el año distópico y el actual nuevo orden suicida mundial impuesto. Sigamos viviendo en tiempos interesantes, pero transformémoslos, además, en sostenibles.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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