Opinión
Por una escuela pública LAICA, inclusiva y respetuosa
Docente y madre de la escuela pública.
Orientadora y madre de la escuela pública.
Somos madres de dos niños cada una, feministas y coeducadoras. Elegimos la escuela pública por convicción: por su vocación inclusiva, por su compromiso con la igualdad y por la libertad de conciencia que debe garantizar a todo el alumnado. Precisamente por eso, antes de que empiece el rosario de procesiones de Semana Santa en centros educativos, visitas a iglesias o “salidas de pasos” en horario lectivo, sentimos la responsabilidad de alzar la voz.
No hablamos desde el rechazo ni desde la provocación. Hablamos desde la experiencia, la reflexión pedagógica y el respeto profundo a una sociedad cada vez más diversa. Hablamos, sobre todo, por nuestros hijos e hijas y por tantos niños y niñas que, en estos días, viven la escuela como un espacio que deja de pertenecerles.
Cuando lo “cultural” se convierte en excluyente
La semana pasada, parte del equipo directivo de un centro público reunió a las delegadas de familias para comunicar una actividad “cultural” el Viernes de Dolores: una procesión. Después, la información circuló por los grupos de WhatsApp para confirmar quién participaba y repartir “roles”.
Aquí empiezan los problemas.
Existe una tendencia mayoritaria a justificar las procesiones escolares como actividades culturales o populares. No negamos que la Semana Santa tenga múltiples dimensiones culturales: musicales, históricas, gastronómicas, artísticas o comunitarias. Muchas personas —creyentes o no— se acercan a ella desde lugares muy distintos, y eso forma parte de la riqueza social.
Pero una procesión no es una aproximación plural a la Semana Santa. Es una manifestación religiosa concreta, con símbolos, imágenes y rituales que tienen un significado confesional claro. Presentarla como actividad cultural neutral es, como mínimo, una simplificación interesada. Desde el punto de vista didáctico, el enfoque no trasciende lo religioso ni invita a una mirada crítica, histórica o comparada. El peso confesional es rotundo e incontestable.
Libertad de conciencia… ¿solo para quien participa?
Cuando un centro pregunta qué alumnado va a participar, el mensaje es evidente: se sabe que hay familias que no comulgan —nunca mejor dicho— con esa dimensión religiosa, ya sea por ateísmo o por profesar otras creencias. La actividad, por tanto, no está pensada para todas y todos.
Y aquí aparece una de las mayores injusticias: la carga de la exclusión se traslada a las familias. Si un niño o una niña no participa, parece que es porque “su madre no quiere”, cuando la realidad es que la actividad no ha sido diseñada desde el respeto a la diversidad ni desde la inclusión. No se pregunta a las familias si desean que sus hijos e hijas participen en el Día de la Paz, en el Día de Andalucía o en actividades coeducativas. ¿Por qué aquí sí?
El resultado es el aislamiento: niños y niñas que se quedan al margen, que ven cómo el grupo se organiza sin ellos, que sienten —aunque no siempre sepan verbalizarlo— que su forma de estar en el mundo es “la rara”, “la que sobra”.
Escuela pública y Estado aconfesional
En un Estado aconfesional, las instituciones públicas deben mantener una postura neutral en materia religiosa. Esto incluye a los centros educativos. La función de organizar y transmitir la dimensión confesional de la Semana Santa corresponde a las hermandades y a los espacios religiosos, no a la escuela pública.
La diversidad no es un problema a gestionar; es una realidad a respetar. Y la libertad de conciencia no se negocia ni se supedita a tradiciones mayoritarias.
La escuela sí puede —y debe— abordar la realidad religiosa desde una perspectiva educativa: histórica, social, comparada, crítica. Puede hablar de religiones, de tradiciones, de creencias, sin practicar ninguna. Ahí está la diferencia entre educar y adoctrinar.
Un llamamiento a la responsabilidad institucional
Por todo ello, queremos dirigir este artículo a la Consejería de Desarrollo Educativo y Formación Profesional, a las direcciones de los centros y a los claustros del profesorado en Andalucía.
Les pedimos que reflexionen sobre el modelo de escuela pública que están construyendo. Una escuela que reproduce mayorías culturales sin cuestionarlas deja fuera a quienes no encajan en ellas. Una escuela verdaderamente inclusiva piensa las actividades desde el “todas y todos”, no desde el “quien quiera que se apunte”.
La diversidad no es un problema a gestionar; es una realidad a respetar. Y la libertad de conciencia no se negocia ni se supedita a tradiciones mayoritarias.
No se trata de prohibir creencias ni de borrar tradiciones. Se trata, simplemente, de algo fundamental: religión fuera de la escuela pública. Para que todos los niños y niñas, crean o no crean, se sientan parte. Para que la escuela siga siendo ese espacio común donde nadie tiene que quedarse mirando desde fuera.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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