Análisis
Gabriel Rufián, sabor de barrio para una izquierda sin muchas más salidas
Hay un hecho y hay una tendencia. El hecho es que el voto masculino, especialmente el voto masculino joven, ha sido el más esquivo para la izquierda en los últimos procesos electorales. La conclusión preliminar, tantas veces repetida, es que los varones jóvenes y no tan jóvenes (hasta 45 años) prefieren a Vox. Pero, al menos en el corto plazo, la cuestión no es tanto si es posible deshacer la soga con la que el Trumpismo y su sucursal española envuelve a cierto tipo de jóvenes varones, sino cómo conseguir que los otros dos tercios de la población masculina juvenil se decanten por un proyecto que les apele y revierta la anunciada victoria de la derecha y la extrema derecha en unas próximas elecciones generales. Ahí es donde entra la “operación Rufián”.
El acto que hoy, 18 de febrero, une a Gabriel Rufián y Emilio Delgado en Madrid, y la expectación que ha generado, habla de lo que pretende ser una solución a ese abandono demoscópico de todo un sector de la población.
Rufián y Delgado comparten ciertas características. Los dos funcionan ante las cámaras. En ambos casos se trata de políticos con más calle que academia. El diputado de Más Madrid desde los platós de TV, en los que se ha mostrado como un político con el punto justo de macarrismo, capaz de fajarse en el terreno en el que transcurren todos los debates de televisión, esto es, en el barro. Rufián, desde la tribuna del Congreso, que ha aprovechado para multiplicar minutos de oro con intervenciones nada rutinarias, a un millón de kilómetros de la burocracia.
Rufián no es un intelectual, ni un estratega, ni alguien con la visión de país que podían tener Íñigo Errejón o Pablo Iglesias. Posiblemente esa sea su mejor baza en este momento
Los dos ofrecen lo que parece que la gente quiere escuchar. Frente a los jóker de la extrema derecha, la propuesta no es contraponer al profesor universitario o el pedagogo paciente que ha tendido a ser el candidato por defecto de la izquierda “a la izquierda del PSOE”, sino una especie de contrajóker. Alguien que conoce los códigos de la victoria en el plano de las redes sociales y los reels. Maestros del zasca. Rufián no es un estratega ni un estajanovista de la negociación colectiva como Yolanda Díaz, ni alguien con la visión de país que han tenido el defenestrado Íñigo Errejón o el ahora empresario mediático Pablo Iglesias. Posiblemente esa sea su mejor baza en este momento.
Después de un ciclo de liderazgo por mujeres —Irene Montero, Yolanda Díaz, Ione Belarra o Mónica García, entre las líderes que aún mandan—, la propuesta Rufián va en dirección contraria y parece tener agarre en los números: el político catalán ha superado a Díaz, Belarra y Montero como favorito de la población entre las figuras de la izquierda.
Rufián se ve encabezando esa nueva tendencia en la que también encaja Emilio Delgado. Varones no incinerados en el anterior ciclo político, con desparpajo y el suficiente sentido de la oportunidad para ver que pueden ocupar el liderazgo en una izquierda que parece incapacitada para funcionar sin líderes mediáticos. Con un discurso que enarbola un tipo de antifascismo sin necesidad de demasiada elaboración, y que se basa de un sentido de la urgencia que les permite pasar (y, con ellos, a sus votantes) por encima de importantes matices y finos análisis.
El “sentido común” que proporciona Rufián defiende de manera implícita que la izquierda tiene que revisar sus expectativas: ni las bases ni los representantes necesitan tener demasiado conocimiento teórico; no necesitan comprenderlo todo sobre la teoría queer, posicionarse en el debate entre colapsismo o green new dealismo, examinar los argumentos sobre si es mejor la apuesta por una república confederal o una república de repúblicas, o monitorizar las tendencias autodestructivas del capitalismo global, para sentir que se está combatiendo a la extrema derecha a través del voto.
Se trataría de un experimento que cobra sentido en la lógica del deseo de un número indeterminado de posibles votantes y que no se corresponde de ninguna manera con la lógica interna de los partidos
Ni siquiera el reconocimiento de la lucha de clases en su dimensión global es lo principal —de ahí derrapes serios como los que ha cometido Rufián relacionados con la migración—, aunque sí hay una cierta identidad y sentido de pertenencia (este es mi sitio, esta es mi gente) que son imprescindibles para que la propuesta funcione.
La oferta que hace Rufián es clara: no te va a representar alguien que te cambie la forma de ver las cosas, sino alguien que pretende hablar tu mismo idioma y que dice a los fascistas lo que tú querrías decirles a la cara. No es nada sofisticado ni audaz desde el punto de vista político. Que no lo sea forma parte de la apuesta, de hecho. Finalmente, Rufián propone algo alcanzable para el votante medio. Acudir a las urnas, sentirse bien por ello, y seguir pico y pala currando día tras día, que bastante duro es ya.
El despeje de la incógnita sobre si Yolanda Díaz opta a la reelección como cabeza de lista para las próximas generales es el paso que queda por resolver antes de que la opción Rufián pase a ser algo más que un espectáculo para la tele y los medios de comunicación. Si Díaz no sigue, las opciones de Rufián de liderar el espacio de la izquierda federal serán más que reales. El motivo es que, en lo que queda de lo que fue la confluencia Sumar, no hay ningún nombre que se imponga claramente, nadie que entre por el ojo del votante. Al menos eso dicen las encuestas. Despejada esa incógnita, y solucionada la cuestión Podemos por la autoexclusión que se ha prescrito el partido morado, queda un camino bastante más libre de lo que podría parecer para que se abra la oportunidad para el diputado de ERC.
Nadie tiene muy claro cómo, cuándo y dónde se puede cerrar un acuerdo que distará mucho de ser lo mejor, pero que puede ser un apaño suficiente. Porque se trataría de un experimento que cobra sentido en la lógica del deseo de un número indeterminado de posibles votantes que, en algunos casos, saldrían de la abstención, y que no se corresponde de ninguna manera con la lógica interna de cada uno de los partidos y organizaciones que tendrían que implicarse. Una solución a pie de barrio para tapar un agujero demoscópico grave y dar algo de aire a una izquierda partidista que no ha dado con una salida a su crisis después de una larga acumulación de errores que comenzaron un día del que ya casi nadie se acuerda.
Extrema derecha
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