Opinión
Los domingos: la 'monjamanía' ataca de nuevo

Premiada con cinco premios Goya, 'Los domingos', la película de la realizadora barakaldarra Alauda Ruiz de Azúa, merece todo reconocimiento por su calidad pero su abordaje del regreso de la juventud a la religiosidad resulta equívoco.
Los domingos 3
Fotograma de la película 'Los domingos', dirigida por Alauda Ruiz de Azúa. Foto de BTeamPictures
4 mar 2026 06:12

Una joven decide hacerse monja en la Euskadi de comienzos del siglo XXI. En principio, un planteamiento atractivo, de cuyo reto argumental Los domingos ha salido, aparentemente, bien librada. Por un guion correcto, solvente pero convencional y, en gran medida, por un casting femenino ajustado y hasta sobresaliente: la joven Blanca Soroa y su mirada de recatado arrobo, Patricia López Arnaiz y su rabiosa suspicacia laica y, especialmente, Nagore Aramburu por su contenida composición de madre superiora, que, a aquellos que las hemos conocido con mando en plaza, provoca cierto estremecimiento.

La joven Ainara, una chica bien de clase media vasca, duda entre el amor profano y el amor místico, hasta que decide rendirse a las mieles del catolicismo y profesar en un convento de clausura. Una trayectoria vital, quizá demasiado breve y esquemática, sin mayores complejidades ni sobresaltos argumentales, aunque la última inquietante escena, cuando se cierra la pesada puerta del convento, no redime su calculada ambigüedad. Una película que lo mismo sirve para un cinefórum católico que para otro ateo, con la figura anacrónica pero todavía glamurosa de la monja en primer plano...

Al parecer, la monjamanía ataca de nuevo, aunque resulta difícil descifrar si se trata de mera fascinación estética o de un retorno sincero a la fe cristiana. Por ello estamos tentados de calificar de superficial esta moda monjil, cuando hemos conocido monjas cinematográficas con mayor relieve dramático en el pasado; la duda vocacional de Historia de una monja a Narciso negro; el fanatismo de Más allá de las colinas a Las hermanas de la Magdalena; la libertad de Extramuros a Benedetta; la fe de Teresa a Las inocentes... Pero en Los domingos solo hay un ligero drama familiar burgués y, aunque todavía no hemos llegado a Sor Citröen o Sister Act, algo nos hace sospechar… ¿Una “atea cristiana” como Alauda (como la calificaría Žižek), puede sondear el abismo de la fe en el convulso mundo contemporáneo? ¿Es suficiente el olfato sociológico sobre la maternidad demostrado en Cinco lobitos, su anterior filme, para retratar el caso?

En estos tiempos, diríamos en términos de la escatología cristiana, de gran tribulación, provocada por la crisis política y ecosocial, la religión se convierte, como el oro, en un valor refugio, sobre todo, como expresión de un conservadurismo nostálgico que atrae a ciertos sectores hacia el mito del orden y la tradición. Y en el país del nacionalcatolicismo, sabemos bien lo que significa. Justamente lo mismo que ya triunfa en Estados Unidos: el reverso del fascismo o Mel Gibson, maltratador devoto y embajador especial en Hollywood, asesorando a Trump y Marco Rubio, el de la cruz de ceniza en la frente… y que nos lleva a la distopía de las monjas vestales de El cuento de la criada.

Una tendencia global, que también tiene su significativo acento católico, ciertamente peligrosa, que afecta directamente a las mujeres (al parecer no existe todavía monjemanía), enfrentadas a la disyuntiva radical entre convertirse en feministas o monjas, o al menos en tradwiwes. Pero no es lo mismo el convento en otras épocas, para Hildegarda de Bingen, Teresa de Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz, que para la mujer contemporánea que, si siente la llamada, más que por el convento, suele optar por sectas católicas, como el Opus Dei o los Kikos. En este aspecto, recomendamos revisar Converso (2017), del director iruindarra David Arratibel, una extraordinaria película autodocumental al filo de la paradoja que puede servir tanto de antídoto contra los ‘cristianos renacidos’ como de invitación al diálogo y la convivencia.

No obstante, una cosa es la religiosidad y otra, muy distinta, la espiritualidad, pues hay religión sin espiritualidad y espiritualidad sin religión.

No queremos pasar por anticlericales primarios, pero, resulta inevitable constatar que el catolicismo institucional actualmente es un cascarón vacío que ha traicionado el mensaje evangélico, y que solo algunos católicos críticos pueden calificarse de verdaderos cristianos. Aunque, incluso, el “cristianismo radical” (Daniel Tamayo), de Edith Stein a la Teología de la liberación, se sometió y se somete, voluntariamente, a una dictadura teocrática del Vaticano. Hasta que la Iglesia Católica no se democratice, y no elija papisas que no pasen por la silla stercoraria, no habrá cristianos en su seno. O, por ejemplo, como voraz inmatriculadora de bienes, se deje de caridades y asuma la justicia social, abriendo sus iglesias y parroquias a los migrantes que duermen en la calle, el catolicismo será puro fariseismo.

No obstante, una cosa es la religiosidad y otra, muy distinta, la espiritualidad, pues hay religión sin espiritualidad y espiritualidad sin religión. Existe, de hecho, genuina espiritualidad en lugares insospechados, más allá de la new age, de la ecología al feminismo, y, obviamente, en las artes, especialmente, en el cine contemporáneo. En este sentido hay más aliento espiritual, pese a su provocativa confusión, en Rompiendo las olas o a su delirio especulativo en La llegada que en la monjamanía de Los domingos. Y, ya que estamos en la resaca de los Goyas, implícitamente, en Sirāt, la película deOliver Jesucristo SuperstarLaxe; una película iniciática de aliento sufí sobre las raves, cuyo ritual derviche ha sido saludado por la filósofa queer McKenzie Wark enRaving, o, ya que estamos, en el black metal, que comenta Harmut Rosa en Cantan los ángeles, rugen los monstruos. En este sentido, la escena en la que Ainara baila extasiada en una discoteca muestra justamente la tentación de una diniosíaca espiritualidad otra, aunque la protagonista no llegue a entenderla como tal.

No todo el cine religioso es como el de aquellas pesadas películas parroquiales de nuestra infancia, deLa túnica sagrada y Ben Hur, propaganda jesuítica para ejercicios espirituales a través del cine. Hay un canon de cine espiritual, siempre transgresor, enDreyer, Pasolini o Tarkovsky, que alcanza a filmes más recientes como El silencio, De dioses y hombreso Ida, y que, pese a retratar el ambiente conventual, no caen en la monjamanía.

En fin, más allá de excepciones, la única monjamanía disfrutable para (casi) todos los públicos es, en línea con La religiosa de Diderot y tras el western irreverente Dos mulas y una mujer o la astracanada de Almodóvar Entre tinieblas, en el cine de terror, que nos ha regalado una ristra de clásicos delirios como La monja homicida, Dark Waters yLos diablos o la nunsmanía actual de La monja, Immaculate o La primera profecía… Definitivamente hay en la figura de la monja moderna, bajo el rigor de su católico hiyab, algo siniestro, castrador, reaccionario que nos espanta. Que frente a la estampa idealizada de la heroica misionera y la dulce maestra nos evoca los tiempos franquistas de a la ladrona de niños, la cruel maltratadora o la abusadora pederasta, que lamentablemente también hemos conocido por estos lares.

Los domingos, pese a estar filmada por una directora vasca, retrata lo que Oteiza calificaría de “espiritualidad latina”, y no la propiamente vasca, en torno al vacío estético-espiritual, que puede expresarse o no de manera religiosa. Una espiritualidad de raíz ancestral que florece en la mística universal o en el efecto Stendhal, pero que no necesita de dioses, jerarquías ni conventos para manifestarse. Y que en las mujeres tendría más sentido si profundizara en la tradición de las beguinas medievales, comunidades de mujeres laicas dedicas a labores sociales y la vida espiritual pero sin votos ni clausura.

La meritoria película de la directora vasca, quizá reclutada a la fuerza para nutrir la monjamanía como efímera moda cultural en el marco de la ultraderecha emergente, triunfa y fracasa al tiempo a la hora de mostrar y sondear la espiritualidad liminar de nuestra época. Y no resuelve el desafío feminista de la espiritualidad de las jóvenes que se enfrentan a una realidad que todavía las aprisiona: vestir los hábitos o disfrazarse de therian, escuchar un podcast sobre monjas barrocas o profesar a la Lux de Rosalía, tanto da. Las jóvenes vascas (y del resto del planeta), de momento no se hallan en esas tesituras minoritarias, y sí en luchar por su sexualidad diversa, su maternidad electiva, su condición laboral igualitaria o su rebeldía frente al patriarcado… Todo ello también puede ser el humus de una espiritualidad cotidiana, más allá del día del Señor.

Culturas
Los domingos de Rosalía
La fe ciega no existe. Mientras ‘Lux’ es la pregunta tramposa y a la vez la respuesta con todas las certezas, Alauda Ruiz de Azúa permite en ‘Los domingos’ pensar en los intersticios de la duda.
Opinión
La ambigüedad cómoda de “Los domingos”
Una película que juega a ser neutral mientras legitima el discurso eclesiástico, dejando al espectador atrapado entre la duda y la complicidad con el poder.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...